Alejandro Periáñez, el nieto de las «papas aliñás»

«Me siento un privilegiado: he crecido feliz entre los fuegos y el cariño de mi familia»

Por: Ana Hermida.

Alejandro, alma del restaurante Periáñez La Ría, es mucho más que un vistoso joven empresario de nuestro pueblo… Es el niño que jugaba entre los fuegos, mientras su familia lo cuidaba sin soltar la espumadera, la sartén, la comanda o la bandeja. Es el nieto que hizo de su abuela un universo entero. Es aquel adolescente que maldijo la hostelería porque secuestraba a toda su familia mientras las demás celebraban el verano, la navidad o las fiestas del Carmen. Es el joven que, cuando todos se iban de fiesta, fregaba vasos con rabia y que, con los años, se llenó de gratitud hacia las oportunidades que le ha brindado la hostelería y su familia. Ale, como todos le llaman, es ese emprendedor que en un momento determinado se asustó de un éxito para el que no se sentía preparado. Es ese empresario bonachón que, lejos de vestirse de jefe, se tizna la cara cada noche preparando exquisitos pescados y carnes a la brasa porque no entiende otra forma de liderar un proyecto que viviéndolo desde dentro. Es el joven que, aún siendo consciente de que fuera de Punta Umbría se multiplican las oportunidades, no se plantea salir de su pueblo porque siente que aquí está su hogar, su gente, su corazón y su historia. Es el soñador romántico que no encuentra el momento para casarse con su novia porque quiere que el momento sea perfecto. Y ese joven arrepentido que, en esa espera de que llegue el mejor momento, perdió la oportunidad de cumplir su sueño de ir al altar con su madre a un lado y su abuela al otro. Es el joven entusiasta que en la cocina de casa y en petit comité, hace con cariño y alta autoexigencia esas papas aliñás con sabor a historia, a raíces y a Punta Umbría. Un hombre capaz de enloquecer ante la injusticia social y que no tolera la cobarde mentira.

Ale en la playa, disfrutando de los primeros rayos de sol de la primavera.

Una entrevista bajo el ansiado sol…

Me cité con Ale en el Miramar. Cuando llegué ya estaba allí. Me esperaba sentado en las mesas altas de la terraza con su cervecita y sus aceitunas. Me recibe con una sonrisa discreta, nos conocemos tan solo de vista. Soy cliente ocasional de su Restaurante. Se le ve feliz y tranquilo bajo un sol que por fin se había decidido a salir. Tímido empieza a contestar a las preguntas más simples que suelo hacer para romper el hielo. Ni dos minutos habían pasado cuando sale por primera vez el nombre de su abuela. Bella es su gran referente vital. Habla de ella con un cariño infinito y un pellizco de dolor, aunque sus palabras siempre vengan bañadas en una sonrisa. Ale tiene 29 años y aunque su aspecto es algo aniñado, su forma de expresarse refleja una madurez digna de aplauso.

Una infancia diferente

Su infancia fue muy feliz, aunque marcada por el compromiso férreo de su familia con el negocio y por el exceso de trabajo. Así, mientras otros niños jugaban en parques o se encerraban con videojuegos, Ale crecía entre fogones, comandas y el olor de las papas aliñás. “Aprendí a jugar en el bar y me lo pasaba bomba”, cuenta. No hay queja en su tono: para él, criarse en ese ambiente fue un auténtico regalo.

Su familia, su mayor orgullo

Su padre, puntaumbrieño, Carmelo, o como todos le conocen, “el cano”, y su madre Pepi, que como él dice entre risas, “es ayamontina, paguata y fina”, han dedicado sus vidas al restaurante familiar. Y mientras ellos trabajaban sin descanso, Ale se dejaba achuchar y cuidar por su abuela Bella, uno de sus tesoros más preciados.

Cuando falleció su abuelo, Ale tenía ocho años. “No quise que mi abuela se quedara sola. Tan solo pensarlo me rompía el alma. Me fui a dormir con ella una noche… y ya no me moví de su casa”. Así pasaron más de 22 años juntos. “Mi abuela era toda mi vida. Y lo sigue siendo. Cuando me pasa algo bueno, lo primero que pienso es en ella. A veces, cuando estoy en casa, me levanto y la busco”.

Ale habla de su abuela en presente. Aunque falleció hace un año, la siente viva en su cocina y en cada decisión que toma. “Antes de hacer algo, me digo: ¿qué pensaría ella de esto?”. Porque Bella no fue solo su abuela. Fue hogar, refugio, confidente, admiradora y ejemplo silencioso. Le animó siempre a emprender y a confiar en su instinto. “Me decía: coge esto, hazlo. Tenía una mentalidad de lo más actual. Era un lujo compartir la vida con ella”, dice Ale con orgullo.

Ale con su abuela Bella.

Bella murió rodeada de los suyos y pocas horas antes de irse, le dejó una frase que Ale guarda como un talismán: “tú eres el amor de mi vida”. Así era ella: cariñosa, intuitiva, generosa, humilde, sin estridencias. Siempre dispuesta a ayudar a quien lo necesitara. Ale reconoce haber tenido en ella una gran maestra: “Era muy humilde. No iba de nada. Ese aprendizaje me lo llevo yo conmigo para siempre”.

Ale es alegre, agradecido y bromista, capaz de gastar a su entorno más cercano bromas pesadas en el momento más insospechado. También es reservado. Reconoce que cuando algo negativo le ronda, prefiere no mostrarlo. “No soy de airear las penas”, confiesa. Pero con su abuela era distinto: “Me conocía tanto que con solo mirarme me sacaba la verdad. Era mi confidente. Con ella era imposible no mostrarse”.

Hoy vive con su novia Zaira en la misma casa que compartió con su abuela. La pareja lleva siete años juntos. “Me quiero casar, pero me da miedo la boda. ¡Que se me va a ir a más de 500 invitados!”, dice riendo. Al respecto admite que tiene una espina clavada: “Soñaba con entrar al altar con mi madre y mi abuela, una a cada lado. Ahora me arrepiento de no haberme casado antes, me hubiera encantado haber compartido ese día con ella”.

Del rechazo al amor

Ale no estudió carrera. Terminó la ESO y se metió de lleno en el negocio familiar. Al principio, a regañadientes. Después, con pasión. “En la adolescencia me parecía una condena. Mis amigos de fiesta y yo fregando vasos. Le decía a mi padre: ¡tú eres malo, me tienes aquí encerrado! Y él, bajito, me decía: hay que trabajar, hijo”. Ale pronto lo entendió. Aprendió el valor del esfuerzo y, desde entonces, siente que el gusanillo de la hostelería le corre por las venas.

Empezó trabajando tras la barra, pero sabe que su sitio está en la cocina. Hoy domina la brasa y sueña con rescatar las recetas de su abuelo “que es quien enseñó a cocinar a mi abuela. Esas recetas no se pueden perder. Son historia de mi familia y de mi pueblo. Es una cuenta que tengo pendiente conmigo mismo”.

Sus inicios como emprendedor

En 2022 se lanzó a abrir Periáñez La Ría en la plaza 26 de abril. Arropado por su familia, los comienzos fueron sorprendentes. Nunca imaginó la afluencia que tuvo desde el día de la inauguración. Recuerda que, con criterio de prudencia, contrató poco personal. Su familia acudió para echarle una mano durante los primeros días. Todo iba genial, pero “cuando se tuvieron que marchar y me vi solo, sin ellos, sin manos suficientes, y con el restaurante lleno, me agobié. Llegué a pensar que me había equivocado. Estaba desbordado y vi que la infraestructura era insuficiente para atender a toda la clientela. Pienso que tampoco estaba preparado para tanto éxito. Cerré una semana para adaptar mi cabeza y el local. Reformé. Invertí. Respiré. Y volví con más fuerza”.

No ha sido fácil

Los veranos de 2022 y 2023 fueron inmejorables. Pero en marzo de 2024 antes del tercer verano, le llegaba el primer gran revés de su vida empresarial. El propietario de la instalación con el que tenía un contrato de alquiler por 5 años prorrogables, le comunicaba su intención de rescindir antes de tiempo. No se lo podía esperar. “Fue un mazazo. Había invertido mucho dinero y había proyectado mi futuro en torno a ese local. Ya tenía mi clientela fidelizada y un buen sistema de trabajo. Para colmo de males, la noticia me llegó en el peor momento, hacía solo dos meses que había fallecido mi abuela”. Tras hablarlo con su abogado, decidió abrir. La ley le amparaba. Pero ya no iba a trabajar con la ilusión de antes. “No es agradable estar donde no te quieren tener”.

Y por si fuera poco, ese verano, el verano pasado, fue dificilísimo por el tema de la plaga de mosquitos. “Veía a los clientes levantarse y marcharse dejando la comida en las mesas. Era insoportable. El personal estaba estresado porque le comían los mosquitos. Comprábamos spray antimosquitos y velas de citronela, pero nada funcionaba. Me sentía impotente”. Ale tuvo que asumir además el extracoste de comprar cada fin de semana decenas de botes y velas para ofrecerlo a sus clientes. Todo parecía estar en contra. Pero nada le frenó. Apretó los dientes y siguió haciendo lo que sabía hacer: cuidar a sus clientes y tratar de dar el mejor servicio.

A raíz de saber que su negocio en el local de Periánez La Ría no tenía futuro, Ale abrió los ojos a nuevas opciones que pudieran garantizarle una estabilidad. Fue entonces cuando se cruzó con la posibilidad de alquilar el famoso mamotreto que se está construyendo en la plaza 26 de abril justo al lado de su restaurante. Habló con el dueño y llegaron a un acuerdo.

Cuando le pregunto por el mamotreto, me dice entre risas: “Te juro que he pensado hasta en ponerle ese nombre”. Las redes sociales lo bautizaron desde que se inició su construcción. El proyecto es ambicioso y lo emprende de la mano de su amigo de la infancia Fran, quien pisa por primera vez en su vida el sector hostelero. Se trata de “un complejo de ocio que permanecerá abierto todo el año para ofrecer desayunos, tardeos, cenas… y lo que surja”, dice ilusionado.

El mamotreto en construcción.

Afirma no sentir miedo ante este proyecto: “Miedo no. Lo que tengo es ilusión y muchos números en la cabeza”, dice divertido.

Todo en regla

Su filosofía como empresario es muy clara y transparente: “Hacer las cosas bien para poder descansar tranquilo por las noches”. Así, asegura que no tolera las irregularidades: “No quiero a nadie trabajando sin contrato. A mi casa pueden venir todas las inspecciones que quieran, siempre serán bien recibidas”.

Un mal «pronto»

Ale es fuego. Reconoce tener un pronto explosivo aunque “en pocos minutos me vengo abajo”. Se enciende con la injusticia y con la mentira. Cuando le invito a contar los motivos de la última vez que explotó, nos relata indignado como hizo todo lo posible por contratar a un joven inmigrante sin papeles, hambriento y sin recursos. Todos sus esfuerzos sirvieron para nada. “Fui a extranjería, a Cáritas… y nada. El sistema está roto. Me sentí impotente ante tanto absurdo, me encendí, y la lié…”.

Ese es Ale

Ale es el que se remanga sin miedo y se enfrenta cada noche de verano a las brasas. El que ama con el alma y guarda su dolor en el cajón de su mesita de noche. El que no olvida lo bonito recibido. El que se ríe fuerte y habla bajito de sus cualidades y éxitos. El que reconstruye caminos alternativos cuando la vida le pone una zancadilla.

Ale no ha heredado solo una marca. Ha heredado una forma de estar en el mundo: sencilla, humilde, generosa y valiente. Como las papas aliñás de su abuela: sencillas por fuera, inolvidables por dentro.

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