Rafael García González nació en Huelva el 27 de abril de 1964, aunque su corazón, sus raíces y su vida entera están ligadas a Punta Umbría. A punto de cumplir 61 años, Rafael forma parte de una de las primeras familias asentadas en este rincón marinero. “Soy familia de Rafael, el de los burros”, comenta con orgullo. Ha vivido siempre en la calle Santa Ana, y desde pequeño ha llevado el peso de una historia marcada por la humildad, el esfuerzo y, con los años, por una batalla silenciosa: el alcohol.
Sus padres, Emilio y Antonia, se casaron siendo mayores. Emilio, viudo, con una discapacidad severa —ambas piernas amputadas—; Antonia, madre a los 40 años, con una fuerza callada que sostuvo el hogar. Rafael fue hijo único y desde joven comprendió el valor del trabajo. A los 14 años dejó los estudios y comenzó a ganarse la vida. Había que colaborar con la economía familiar. Su primer empleo fue en una charcutería de la calle Ancha. Aquello marcaría su oficio durante tres décadas: charcutero.
Pasó por pequeños comercios, supermercados y, finalmente, El Corte Inglés, donde trabajó más de 20 años en la charcutería del Hipercor. Allí consolidó su carrera, pero también empezó, sin saberlo, a dejarse vencer por la rutina, el cansancio y una adicción que se colaba sin hacer ruido: el alcohol.
Con 48 años decidió disfrutar de un merecido descanso. Se tomó un año sabático. Lo que parecía una pausa en el camino se convirtió en un punto de inflexión. “Ese año fue mi perdición”, dice ahora. Durante ese tiempo, entre paseos con su cámara de fotos y colaboraciones en medios locales, empezó a beber de forma habitual. No había escándalos ni discusiones familiares. “Yo llegaba a casa, comía y me acostaba. Todo parecía normal, pero no lo era.”
Casado con Fernanda, su novia de siempre, con la que está desde los 15 años, Rafael ha formado con ella una familia sólida. Juntos tienen dos hijos, Abraham y María, y dos nietos, Aitor y Enzo, que juegan al fútbol con pasión en Punta Umbría. Rafael admite con tristeza que se perdió gran parte de la infancia de sus hijos por estar trabajando y por disponer de su tiempo para beberse algunas copas que le permitieran evadirse de una realidad que, en ocasiones, se presentaba muy exigente. La enfermedad de sus padres, a quienes Fernanda y él cuidaron durante más de 20 años, les sometió a mucha presión.

Tras dejar El Corte Inglés, se reinventó en la hostelería de la mano de su primo Manuel, conocido como «Pito Pito». Estuvo en marisquerías, freidurías y arrocerías en Punta Umbría, Huelva y Córdoba. Pero el ritmo, las exigencias físicas, la carretera y el consumo creciente de alcohol lo arrastraron poco a poco.
Su consumo era diario, silencioso y aparentemente funcional. “Nunca llegaba a casa gritando ni dando problemas, pero bebía todos los días”. Su entorno lo notaba, y su mujer, firme pero amorosa, fue quien un día lo miró a los ojos y le dijo: “Así no podemos seguir. Estás mal. Algo tenemos que hacer”.

Fue entonces cuando entraron en ARO (Asociación de Alcohólicos Rehabilitados Onubenses), donde fue convencido de que no tenía ningún problema. “Yo fui para callarle la boca a mi mujer”, confiesa. Pero allí encontró un espejo, una familia, una verdad: sí tenía un problema. Y ese fue el principio de su recuperación.
Han pasado ya ocho años desde que dejó de beber. No ha recaído ni una sola vez. Hoy forma parte del grupo de apoyo, recibe a otros compañeros en la sede, hace guardias, participa en terapias y colabora en las actividades que ARO desarrolla en pueblos de la provincia. Lo que un día fue su ruina, hoy es su mayor orgullo: “Me han salvado la vida. Mi mujer, ARO y también mi médico de cabecera, que me dijo muy claro: o lo dejas, o te mueres. Ya tenía el hígado tocado…”
Aunque arrastra secuelas físicas —artrosis en rodillas, manos y una enfermedad hepática crónica— Rafael ha recuperado lo esencial: la libertad, la conciencia de lo importante y el sentido del presente. Vive con lo justo y no necesita ni quiere más. Sueña con retomar la fotografía, preparar paellas para los suyos, pasear con su mujer y ver crecer a sus nietos. “Lo que más disfruto ahora son las tonterías: una charla, un paseo, una infusión. Antes no me daba cuenta de nada”.
Rafael García González no solo es un hombre rehabilitado. Es, sobre todo, un hombre agradecido. Consciente del camino recorrido, de lo que se ha perdido, pero sobre todo, de lo que ha ganado abandonando el alcohol: “Ahora elijo vivir. Y vivir, para mí, es levantarme por la mañana, mirar a mi mujer y saber que estamos vivos los dos”.








