Cuerpo atlético, ojos deslumbrantes y una sonrisa que mezcla cercanía, ternura e inteligencia…
Por: Ana Hermida
En su consulta privada de la calle Plus Ultra, en Huelva, entrevisté a Ana Bella Vázquez Gento, psicóloga de 37 años que reparte su vida profesional entre tres ámbitos: la atención individual en consulta, las valoraciones psicológicas para los juzgados y, sobre todo, su labor en la dirección técnica de ARO (Alcohólicos Rehabilitados Onubenses), donde trabaja desde que finalizó la licenciatura en Psicología en 2010. Desde ese rol, contribuye a que los procesos de rehabilitación y la formación continua de los monitores funcionen con eficacia dentro del complejo mundo de las adicciones.
Al tomar asiento frente a Ana, veo como tras ella se impone la imagen de un león enmarcado. No es casualidad. Nacida en Punta Umbría y bajo el signo de Leo, Ana evita los discursos astrológicos, pero reconoce sentirse reflejada en las cualidades del felino: resistencia, determinación, persistencia, instinto de supervivencia… “Todos tenemos un felino dentro —dice—. Solo hay que aprender a encontrarlo”.

En ARO, Ana trabaja para que los procesos de rehabilitación sean posibles, eficaces y humanos. No guía directamente a las personas, pero ayuda a que los grupos funcionen, que los monitores estén preparados y que cada historia tenga el espacio terapéutico que necesita para reconstruirse.
Su historia personal está marcada por una vocación inesperada, una familia resiliente y un criterio claro sobre lo que significa ayudar a los demás y reparar el daño invisible que las adicciones causan en toda la sociedad.
El deporte, su equilibrio personal
Para Ana Bella, el deporte no es una rutina ni un pasatiempo: es un pilar esencial en su bienestar emocional y su equilibrio mental. En una profesión como la suya, donde se lidia a diario con el dolor, la frustración y las heridas profundas de otros, necesita una vía de escape que la mantenga conectada consigo misma. Y esa vía es el movimiento. “El deporte supone una descarga física que alivia también la carga mental. Liberas endorfinas, te hace sentir mejor. Para mí, es tan importante como cualquier otra forma de cuidado psicológico”. Más que un hábito, es su espacio personal de reparación, su refugio para sostenerse y sostener a los demás.
Su entrada en ARO
Su camino hacia el ejercicio de la psicología fue, en sus palabras, “completamente inesperado”. Desde pequeña, su verdadera pasión era el deporte. “Lo tenía clarísimo: quería dedicarme profesionalmente a ello. Pero una lesión en la rótula, sufrida con solo diez años y arrastrada hasta el día de hoy, me obligó a renunciar a ese sueño”.
Fue a los 16 o 17 años, en una convivencia de ARO en Matalascañas a la que asistió acompañando a sus padres —su padre se rehabilitó en ARO— cuando algo hizo clic en su interior. “Me gustaba ir a las convivencias de ARO y escuchar las conferencias que daban Don Cristóbal, Doña Lourdes y otros. Me encantaba… y en una de esas convivencias, en Matalascañas, el Doctor Gangoso se sentó conmigo, hablamos largo rato y al final de la conversación me regaló un libro que cambió mi vida: El caballero de la armadura oxidada, de Robert Fisher.”
La dedicatoria escrita a mano en la primera página del libro fue, para ella, una especie de revelación. “Cristóbal me decía que había escuchado voces que pedían mi ayuda, tal vez como psicóloga, y que si yo también llegaba a escucharlas, no tardara en acudir a esa llamada”. Aquel mensaje, que parecía dirigido más al alma que a la razón, sembró en Ana Bella una inquietud que acabaría guiando todo su destino.
De descubrir una vocación al compromiso total
Tras licenciarse en Psicología por la Universidad de Huelva, Ana Bella comenzó a trabajar en ARO en el año 2010. Desde entonces, su función dentro de la asociación ha sido muy concreta y especializada: no realiza terapia directa con los pacientes, sino que ofrece apoyo técnico a los monitores de los diferentes grupos de trabajo, especialmente cuando algún caso no avanza como se espera dentro del grupo. En estos casos concretos, su papel es observar, evaluar, orientar y proponer pautas que faciliten la integración de esa persona en el grupo terapéutico, auténtico núcleo del tratamiento en ARO.
“Las terapias grupales son, con diferencia, el método más eficaz y eficiente para tratar una adicción”, afirma convencida. “En este contexto, incluso una terapia individual paralela puede resultar perjudicial si desvía el foco del trabajo grupal”.
Su labor, junto a la del doctor Cristóbal Gangoso, se centra en la formación continua de los monitores, la actualización metodológica y el fortalecimiento del modelo de intervención grupal. Para ello, cuentan con el apoyo de profesionales especializados en adicciones que acuden periódicamente desde otras provincias andaluzas no solo para impartir formación, sino también para intercambiar experiencias, poner en común observaciones y enriquecer, entre todos, las herramientas y enfoques con los que trabajan.
Ana Bella reconoce que no todos los pacientes aceptan al principio trabajar en grupo. Algunos llegan frenados por la vergüenza, los prejuicios, e incluso el miedo a verse expuestos públicamente si pertenecen a determinados sectores profesionales. “Aun así, me gustaría aclarar —señala— que por ARO han pasado personas de todas las profesiones que puedas imaginar. Aquí no importa lo que haces fuera, sino lo que estás dispuesto a trabajar dentro”.
La adicción no es el problema origen, es el síntoma
Una de las afirmaciones que Ana repite con convicción durante la entrevista es que la adicción no es el problema origen, sino más bien el síntoma visible de algo más profundo. “El verdadero conflicto es psicológico y comportamental. Las personas consumen porque no saben gestionar determinadas situaciones o emociones, porque no saben cómo enfrentarse a lo que les duele. La sustancia o la conducta —da igual cuál sea— les sirve como escape, como anestesia, como mecanismo de evasión”.
En otros casos, explica, el origen ni siquiera está en un conflicto evidente, sino en la repetición. “Hay adicciones que nacen de la costumbre, de la construcción inconsciente de malos hábitos. Lo haces una vez y otra, y sin darte cuenta el consumo se convierte en parte de tu vida”.
Lo que parece tener claro nuestra protagonista de hoy es que sea cual sea el origen de una adicción, el mecanismo se repite. Todas las adicciones —con sustancias o sin ellas— tienen una estructura común. “Incluso las adicciones comportamentales, como la dependencia emocional, responden a la misma lógica. Y pueden llegar a ser tan devastadoras como el alcohol o la cocaína. El patrón es el mismo: no saber vivir sin algo, o sin alguien. Sentir que lo necesitas para sobrevivir” aclara.
En muchos casos, la propia pareja de la persona con adicción desarrolla una forma de dependencia emocional hacia él (o ella). La familia enferma junto a la persona que consume, y por eso el tratamiento debe incluir siempre a ambos. En ARO, el acompañante acude también a las terapias y recorre su propio proceso. “Porque si no se trabaja el entorno, la recuperación se tambalea”.
Ana Bella lo deja claro: la adicción es un trastorno del comportamiento, no una simple falta de voluntad. ¿Se puede salir adelante y superar una adicción sin ayuda? Sí. Pero es mucho más difícil. Y, sobre todo, el riesgo de recaída es infinitamente mayor cuando se transita este proceso en soledad.
La familia del adicto también enferma
En ARO no solo se rehabilita a quien consume, sino que también se trabaja con quien acompaña. Parejas, madres, padres… todos pueden estar enfermos por causa de las malas dinámicas que se generan en torno a una adicción. “La pareja también necesita pautas, acompañamiento y herramientas. Por eso participa en todo el proceso”.
Mujeres con adicción: el tabú que aún persiste
Aunque cada vez más mujeres con adicciones acuden a ARO, Ana Bella reconoce que siguen siendo mayoría los hombres con adicciones en los grupos de terapia. Tal vez haya más hombres que mujeres con adicciones, pero también es cierto que “la adicción en una mujer sigue estando más estigmatizada. No vivimos aún en una sociedad igualitaria. La sensación de culpa, la vergüenza… todo eso pesa más sobre ellas. El miedo al qué dirán sigue siendo una barrera enorme” explica.
Cuando la adicción es propia, a muchas mujeres les cuesta mucho verbalizarla, asumirla, ponerla sobre la mesa. “Temen ser juzgadas, señaladas, e incluso abandonadas. Y ese miedo las frena a la hora de reconocer una adicción y pedir ayuda”.
En ese sentido, el trabajo de ARO no solo pasa por tratar la adicción, sino también por desmontar los prejuicios que la rodean, especialmente cuando afectan a mujeres que, además de luchar contra su dependencia, deben enfrentarse a una mirada social mucho más severa.
Cada adicción tiene su forma, pero el fondo es común
Desde el perfil del que bebe cada día una cerveza mientras cocina, hasta quien pierde el control solo los fines de semana tras tomar la primera copa, pasando por quienes niegan el problema o lo minimizan, Ana Bella conoce las múltiples caras de las adicciones. “Lo importante no es cuánto se consume, sino la relación que se establece con el consumo. ¿Puedes prescindir de ello? ¿necesitas consumir aunque sea en poca cantidad? ¿eres capaz de flexibilizar el consumo? ¿Eres libre de decidir en cada momento? Porque si no lo eres, hay un problema y lo inteligente es trabajarlo. Si hay dependencia, no hay libertad, independientemente de la cantidad”.
Las sustancias con más poder adictivo, según su experiencia, son aquellas “de efecto más rápido”, como la heroína o la cocaína. “El síndrome de abstinencia de la heroína puede ser peligrosísimo. Por eso, cuando alguien llega a ARO y detectamos que puede tener un problema grave al dejar de consumir, le recomendamos que visite a su médico de cabecera para valorar si necesita tratamiento farmacológico que alivie los síntomas de la abstinencia. ARO no sustituye a la sanidad, ambas se complementan”.
El miedo a las recaídas
“Nadie está libre de una adicción, ni siquiera yo, que trabajo cada día en su tratamiento”, afirma Ana Bella con honestidad. En su opinión, una persona rehabilitada no está necesariamente en mayor riesgo de caída que cualquier otra. “Ten presente que la persona que se ha rehabilitado de una adicción es plenamente consciente de su vulnerabilidad, está más alerta y, sobre todo, dispone de herramientas sólidas para afrontar cualquier tropiezo”. El trabajo que se realiza en las terapias grupales de ARO es, en sus palabras, “profundo, transformador y duradero”. No se olvida. No se borra. “Sirve para toda la vida”.
Una comunidad terapéutica sin internamiento
ARO no es una comunidad terapéutica al uso. No hay ingresos, ni aislamientos, ni desconexión del mundo real. La persona que inicia tratamiento permanece en su entorno habitual, salvo contadas excepciones. Sin embargo, eso no impide que se construya una red de apoyo sólida, comprometida y profundamente humana.
Los grupos de terapia comienzan oficialmente a las 20:30 en las instalaciones de la asociación, pero muchos llegan mucho antes, a eso de las 18:30. Comparten un café, charlan, se acompañan. Se crean vínculos auténticos, cotidianos. Se sienten parte de algo. “Hay una magia en esa cohesión que no se puede explicar”, dice Ana Bella. Lo que ocurre en la sala de terapia no se comenta fuera. Es confidencial. Es sagrado. Y nadie rompe ese código.
Los grupos se estructuran en cuatro niveles: reinicio, inicio, intermedio y proyección. A medida que se avanza, también lo hacen los temas tratados. En las primeras etapas se habla de la sustancia, del consumo, del corte necesario con la dependencia. En los grupos intermedios, el enfoque se amplía: se aborda la familia, la infancia, las emociones. Y en el último grupo, el trabajo gira en torno al crecimiento personal, a la construcción de una vida nueva, libre y consciente.
El proceso completo dura entre cuatro y cinco años. No hay atajos. Pero quien lo recorre sale distinto. No solo se trata la adicción: se aprende a vivir de otra manera. Tanto la persona con adicción como su acompañante transitan juntos ese camino. Aprenden a gestionar, a soltar, a mirar de frente.
“Queremos gente libre”, resume Ana Bella. “Personas que no necesiten nada para sostenerse. Que puedan vivir sin cadenas, sin adicciones visibles ni invisibles. Que sepan elegir con conciencia”.
Prevención: enseñar a vivir con libertad
Para Ana Bella, la prevención es una pieza clave en la lucha contra las adicciones, y debe comenzar en la infancia.
No todas las adicciones nacen de un trauma o de una mala gestión emocional; a veces se construyen, simplemente, por repetición de malos hábitos. “Hay que crear rutinas sanas desde pequeños. Un niño que pasa horas y horas frente a una pantalla no está estimulando su mente ni aprendiendo a gestionar sus emociones. Hay que ofrecerles alternativas reales, atractivas, que los conecten con la vida”, explica.
La construcción de hábitos saludables, junto con una presencia activa y consciente de los adultos, es fundamental. Estar atentos a cómo se sienten, a cómo afrontan sus frustraciones, a qué hacen con su aburrimiento o su tristeza. “No se trata de prohibir —añade—, pero sí de establecer límites claros en casa. Las normas son necesarias, tanto como el acompañamiento. El problema es que muchos padres estamos agotados, saturados… y tiramos por el camino fácil. Pero prevenir una adicción empieza por ahí: por no dejar de mirar, por interesarnos de verdad por lo que les pasa a nuestros hijos. Es nuestra responsabilidad”.
A Ana Bella le entristece ver a niños pequeños con un móvil en las manos mientras van en su carrito, completamente ajenos a los colores, sonidos y estímulos de la calle. “Ahí puede estar naciendo ya un problema comportamental que, con el tiempo, pueda derivar en una adicción. La prevención empieza en lo pequeño: en ofrecer tiempo, presencia y un ocio que sea incompatible con el consumo. Deportes, naturaleza, actividades creativas… Lo importante es que vivan experiencias reales, no virtuales”.
Raíces y referentes
Al ser preguntada por sus referentes vitales, Ana Bella no duda ni un segundo. “Mis padres. Manuel Vázquez y Carmen Gento. Mi madre es un ángel en la tierra, y no lo digo solo yo: lo dice todo el que la conoce. Y mi padre… mi padre siempre ha creído en mí, sin descanso. Nunca ha permitido que me olvide de mi valía, me lo ha recordado una y otra vez, y eso ha sido clave en la construcción de mi autoestima. Fue él quien me animó a estudiar Psicología. Me vio capaz incluso antes de que yo misma lo supiera.” Aunque no conserva recuerdos nítidos de la etapa más oscura de su padre —“yo era muy pequeña”—, sí ha vivido de cerca su proceso de rehabilitación. “He sido testigo de su reconstrucción. Y eso, claro, lo convierte en un referente de admiración absoluta”.
También menciona con especial cariño a Don Cristóbal Gangoso, figura clave en su camino profesional. “Fue el primer psicólogo que conocí. Me habló de una vida al servicio de los demás, y eso me marcó profundamente. Con su forma de vivir, con lo que hace y lo que inspira, me mostró que esta profesión podía ser mi vida. Me enseñó a cuánta gente se puede ayudar, y hasta qué punto”.
Por último, recuerda también a Jesús Torres, su profesor de Griego en el instituto, como alguien que dejó huella. “Él también creyó en mí, y en ese sentido, también marcó mi vida”.
Madre, psicóloga y mujer comprometida
Ana Bella es madre de dos hijos pequeños. Sabe que su trabajo es exigente y emocionalmente intenso, pero también ha aprendido a organizar su vida para estar presente en casa. Aun así, confiesa que cuando escucha un “mami, no vayas”, nota un pellizquito en el alma.
“Queremos personas libres”
Así resume Ana Bella el propósito final del trabajo que se realiza en ARO: “Queremos que las personas no necesiten nada. Que no estén atadas a una sustancia, a una relación, ni a ningún patrón que les arrebate la libertad. Que puedan vivir con autonomía, con conciencia».
Hay que entender que ser libre no es no caer. Es no necesitar nada para levantarse.
En el día a día de Ana Bella hay escucha, compromiso y respeto. Y hay una mujer que no eligió dejar atrás su vocación deportiva: fue la vida, con una rodilla herida demasiado pronto, la que le cerró esa puerta. Pero a veces el dolor abre otras sendas. Hoy, en lugar de entrenar cuerpos, acompaña a personas que aprenden a liberarse de sus propias cadenas. Y gracias a aquella lesión inesperada, muchas caminan hoy hacia la libertad… con una certeza entre manos: la sombra dura lo que la luz consiente.









