Juan Cazorla Fernández ‘Rexard’ es un veterano patrón de pesca que lleva casi medio siglo dedicado a la mar, desde que sacó su titulación con 18 años. A sus 60 abriles, está jubilado en activo y mantiene intactas las ganas de seguir al mando de un buque. Su gran afición por el flamenco es palabra mayor y se declara admirador de Manolo Caracol, Marchena o Camarón de la Isla, entre otros.
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Por: José Luis Galloso
Ha sido difícil quedar con él para charlar sobre su trayectoria en el mar, porque se encuentra trabajando desde hace un par de años allende los mares, en Chile. Pero, como él mismo dice, “ya está el gato en la talega”.
Así que, por fin, hemos logrado dedicar este espacio lleno de experiencias marineras a Juan Cazorla Fernández ‘Rexard’, como lo conocen en su Punta Umbría ‘casi natal’. Sí, porque a pesar de que llegó de la mano de sus padres, Juan y Josefa, con solo cuatro años a este lugar, él lleva por bandera ser hijo de la Punta del Moral, rincón ayamontino del que proceden muchos de nuestros mayores.
Juan “ha mamado la mar”. Los recuerdos de sus raíces marineras se pierden en su niñez, cuando iba al muelle a esperar que su padre regresara de echar el turno pescando. “Mi familia son todos marineros, por parte paterna y materna. Mi padre trabajó mucho tiempo en la almadraba, hasta que se quedó a trabajar ya en la costa”, rememora.
Y como si del mismo tallo del que salieron sus progenitores se tratase, nuestro protagonista tuvo claro desde el principio que su destino olía a salitre.
“En 1978, con solo 14 años, me saqué el folio y con 15 años mi padre me firmó la libreta de embarque para autorizarme a trabajar. Empecé a trabajar a la caballa en los barcos de la costa”, cuenta. A pesar de que a los 16 años estudió auxiliar de laboratorio, animado por la actividad industrial en la capital onubense, Juan tenía la vista puesta en la pesca. “Con 17 años entré en el Stela Maris y me saqué el título de patrón de pesca y no he parado de trabajar a bordo. Por aquel entonces la pesca era un oficio donde se ganaba dinero y la gente joven teníamos expectativas de futuro ahí”, confiesa.
Y así fue como Rexard se abrió camino hasta llegarse a convertir en el patrón de pesca que es hoy y contar casi medio siglo navegando las aguas del mar Mediterráneo, los océanos Atlántico e Índico y, hoy día, en el Pacífico. “Lo que más me ha gustado en la vida es el puente de un barco”, confiesa. Y no lo dice con metáforas. “Gobernar, navegar, estar al timón”. Para Juan, la mar no era un destino obligado, sino una vocación y así lo reconoce sin margen de dudas.
Su paso por el servicio militar fue productivo. “Estuve 17 meses en el portaviones Dédalo como timonel y señalero. Recibí formación en el Ferrol para estar en el puente y la verdad que reforzó mis conocimientos. Aprendí a coger demora para la navegación y también mucha disciplina. Fue una buena mili y navegamos por muchos sitios: Málaga, Ceuta, Valencia, Mallorca o Las Palmas”, relata de unos años que reforzaron su vocación.
Rumbo a las aguas africanas
Con solo 18 años, embarcó rumbo a Marruecos, en el barco Primoli, propiedad de Miguel López ‘el Cuco’, y un año más tarde en el ‘Villa Benisa’ de Carmelo Morgado ‘El tres cajas’.
Comenzaba entonces una travesía que lo llevaría más de 30 años de pesca, muchos de ellos entre Casablanca y el sur Atlántico marroquí, e incluso una etapa en Angola. Participó en la gran época de bonanza para el sector pesquero en los puertos del Golfo de Cádiz. “Solo en Punta Umbría había medio centenar de barcos yendo a Marruecos y se ganaba mucho dinero. En el pueblo se notaba. Los bares estaban siempre llenos, la juventud se sabía ganar la vida y se compraban su casa con veintipocos años. Era otro nivel”, recuerda.
Eso sí, reconoce que “el dinero no lo regalaban. Salíamos por la barra, nos poníamos el pantalón de agua y no nos lo quitábamos en 40 días”. Los turnos estaban envueltos en temporales, las jornadas de trabajo eran duras y casi interminables a bordo. “Nos amarrábamos al barco con cuerdas para no salir volando con los golpes de mar, mientras estibábamos el marisco amontonado en la cubierta. A veces, nos llevábamos cinco y seis horas esperando para comer porque había que preparar el marisco y el pescado que habíamos capturado. Sin descanso. El cocinero nos preparaba candié para mantenernos fuertes por el cansancio”, recuerda refiriéndose a la mezcla de huevos y vino, que tradicionalmente se administraba a los niños débiles en algunos lugares de Cádiz.
En esas décadas, vivió los arrestos de la guardia costera marroquí y estuvo casi un mes retenido en Casablanca. “No lo pasamos mal, la verdad, porque nos dejaban salir a la embajada española y había casi una decena de barcos españoles apresados con las tripulaciones. Lo que sí es cierto es que nos apresaban sin razón alguna, pues estábamos dentro de la zona de pesca permitida”.
Más duro fue el naufragio por incendio, que sufrió con el ‘Villa Benisa’ hacia el año de 1998. “Eran las dos de la mañana y desde la máquina nos dieron la voz de alarma. La sala estaba en llamas y algunos entraron en pánico. Recuerdo que pedí ayuda por radio al ‘Río Guadalete’, que sabía que estaba cerca. Mi preocupación era lograr hablar con ellos antes de que se fuese la luz en el barco. Mientras pedía auxilio nos quedamos sin electricidad, antes de tener respuesta por radio. Abrí una de las balsas y se nos fue a la deriva. Tuve que remar con la segunda balsa para traerla hasta el barco en llamas. Todo esto ocurrió en poco tiempo, pero la tensión hace que fuesen momentos muy intensos que se hacen interminables. Desde las balsas lanzamos todas las bengalas y acabé con las manos quemadas. Pasamos muchos minutos de angustia hasta que vimos que un barco comenzó a dar la vuelta. Venían a rescatarnos el ‘Río Guadalete’ y el ‘Carrillo I’, que estaban faenando cerca de allí”.
Solo un par de años más tarde el tratado de pesca no se renovó y la flota pesquera puntaumbrieña dejó de faenar en el país vecino. Pero a Juan le quedaban casi quince años más como patrón de pesca en Marruecos, liderando buques de Mariscos Rodríguez o Frescomar, entre otros.

La contrapartida
Los largos turnos de 40 días en la mar los compensaba con los días en tierra, periodos semanales donde su juventud y el bolsillo lleno por su propio esfuerzo laboral eran una ventaja a la vez que un riesgo en interminables noches de fiesta. Cádiz, Jerez, El Puerto de Santa María o Sevilla eran algunos de los lugares que Juan frecuentaba para disfrutar de una de sus grandes pasiones: el flamenco. “Aprovechaba los días de descanso para conocer los lugares míticos del flamenco y a los artistas. Cogía mi coche y me iba a navegar por ahí y escuchar a los grandes cantaores del momento”, relata.
Pero aquellas noches de arte eran también noches de mucho alcohol. “Yo era un bebedor nato y no sabía controlar el alcohol”, admite sin rodeos. El punto de inflexión fue el inminente nacimiento de su primera hija, Marieta. “Hacía 2002 mi mujer, Beatriz, se quedó en estado y eso me cambió la perspectiva. Me tenía que hacer cargo de aquella criatura y sabía que tenía que cambiar el rumbo”.
Y así fue. Se enfrentó a sus malos hábitos y estuvo diez años sin probar gota de alcohol, una abstinencia que mantuvo hasta 2012. “Tuve una recaída, me puse a prueba y vi que yo no podía beber”, reconoce, “y esta vez pedí ayuda”. Con su segunda hija en el mundo, Beatriz, Rexard decide recurrir a ARO para luchar contra su adicción. “Recuerdo que hablé con don Cristóbal Gangoso para ir a la consulta y me recomendó visitar el grupo de ARO en Punta Umbría. Al principio yo era reacio, no creía que un grupo de exalcohólicos y exadictos a la droga pudiese ayudarme. Pero hoy tengo que decir que ARO ha sido para mí una escuela de vida y de salud. El crecimiento personal que me ha aportado y la nitidez con la que hoy veo cualquier circunstancia de la vida son un pilar fundamental en mi día a día. Me costó reconocer que era un enfermo del alcohol, pero fue el punto de partida de un camino sin retorno”, se sincera Juan.
Y la terapia de grupo, a la cual elogia, no solo ha sido beneficiosa para su día a día en familia y en su profesión, sino que ha aprendido a disfrutar más de su afición por el flamenco. “Ahora me paro a escuchar los cantes y los entiendo mejor. Me siento más aficionado que nunca al flamenco. ¡Yo tengo una lumbre gitana!”, dice mientras refunfuña sentimientos hacia este arte, que le cuesta verbalizar. Y resopla para rematar al más puro estilo de nuestro dialecto andaluz: “fuuu, el flamenco a mí me lo ha dao tó”.
“¿Y qué cantaores te gustan, Juan?”, le pregunto. “A mí, de los antiguos, Manolo Caracol, Antonio Mairena. Y de los nuevos, Antonio Reyes, Rancapino Chico. Y por fiesta, El Torta y Capullo de Jerez”, enumera entre otros. “¿Y Camarón?”, le pregunto. “Hombre, Camarón y Los Chichos eran la banda sonora en el coche en mi juventud”, cuenta con una picaresca sonrisa, mientras recuerda que es socio de la Peña Cultural Flamenca desde sus primeros años de fundación.
Nueva etapa en el mar
Con una nueva conciencia sobre la vida, Juan buscó otros horizontes ligados al mar y comienza a trabajar en la Marina Mercante, donde lleva unos doce años, los dos últimos como jubilado en activo. “Ahora estoy en Chile, en Iquique, llevando una draga o ganguil. Hacemos trabajos portuarios; nada que ver con el trabajo de pesca. Esto es más llevadero. Pero yo estoy todavía activo y quiero seguir yendo a la mar”, explica.
Y cuando uno le pregunta si echa de menos la pesca, no duda: “Sí, echar el arte, gobernar un barco, calar en una playa y ver salir el arte cargado de marisco. Ese momento en el que todo el mundo en cubierta se anima… eso no se olvida nunca”. A veces, admite, siente la llamada del mar y no descarta algún día volver, aunque solo sea por una última faena, por esa espina clavada de no haber trabajado en aguas portuguesas.
Y no podemos dejar de preguntar por su apodo. “Me lo puso Paolo, un portero del Punta Umbría. Yo de chaval me ponía detrás de la portería a recoger los balones”. Su pasión por el F.C. Barcelona es casi equiparable a su afición al flamenco. “Yo siempre iba con la camiseta del Barça y me gustaba mucho jugar al fútbol y se me quedó el apodo de uno de los ídolos de los barcelonistas”, desvela para finalizar nuestra charla.









