Antonio Bragelli: La conmovedora historia de arte, pasión y redención que demuestra que nunca es tarde para empezar de nuevo

Un hombre agradecido a la vida por darle una segunda oportunidad…

Por: Ana Hermida

Conozco a Antonio Bragelli desde hace muchos años. He sido alumna suya de bailes latinos y de salón, y, como les ocurre a tantos otros compañeros, siempre lo he considerado un talento único: de esos que llenan el escenario desde el primer paso, como si la pista le perteneciera por derecho propio. Carismático, con un sentido del humor tan peculiar como afilado, y un carácter inquieto, divertido, casi chispeante, Antonio tiene esa curiosa capacidad de capturar la atención sin pedirla, de marcar el ritmo no solo del baile, sino también del ánimo colectivo. Cuando él tiene ganas, todos se contagian de sus ganas, y el ambiente se enciende sin que nadie sepa muy bien cómo ha pasado.…

Durante un tiempo, una lesión me obligó a dejar de asistir a su escuela. Para calmar el gusanillo del baile, a veces me dejaba caer por alguna fiesta: saludaba a los compañeros, los observaba bailar… pero Antonio ya no estaba. Su ausencia tan prolongada me alarmó. Un día le pregunté a un compañero por él. Me respondió con un tono seco, casi evasivo: “Ha tenido serios problemas. Está retirado del mundo”. No quise insistir. Y él no quiso decirme más.

Cuando supe que Antonio había vuelto a dar clases, no lo dudé: me apunté enseguida. Lo encontré físicamente muy cambiado, y también su presencia decía otras cosas. El Bragelli de antes te miraba de forma fugaz, casi sin mirarte. En nuestro reencuentro, su mirada era distinta: más intensa, más serena, más transparente.

En aquella primera clase tras su larga ausencia, lo escuché decir a sus alumnos, con total naturalidad, que aún tenía «algunas operaciones pendientes«. Todos le ofrecían palabras de ánimo. Yo, completamente ajena a lo que le había ocurrido, me acerqué al terminar la clase para interesarme por su salud.

No dudó en abrirse. Me confesó que había pasado por momentos muy duros, pero que, gracias a Dios, había logrado salir adelante. “No te preocupes, Ana”, me dijo con una sonrisa franca, y añadió: “Estoy muy feliz por haber superado muchas cosas y, sobre todo, por haber logrado volver con mi mujer”.

Cinta, su compañera de vida, también es conocida en el mundo del baile. Es una mujer preciosa, dulce y discreta, con una elegancia natural que llama la atención sin buscarlo. A simple vista, su aspecto puede sugerir una cierta fragilidad, pero basta observarla un poco más para intuir la fuerza del mar cuando está en calma, esa que no necesita alzar la voz para hacerse notar. Su manera de estar inspira respeto y ternura a partes iguales.

Antonio, nuestro protagonista, es sevillano de nacimiento y onubense de adopción. Ha sido —y sigue siendo— un referente indiscutible en el mundo del arte y en la enseñanza del baile. Sin embargo, tras esa imagen luminosa de vitalidad y creatividad, se escondía desde hacía años una vida marcada por la contradicción interna, el autoengaño, el desgaste emocional y una profunda sensación de vacío. Un vacío que él mismo resume con una frase tan honesta como demoledora: “llevaba mucho tiempo sin ser la persona que un día fui y la persona que desde pequeño siempre quise ser”.

A medida que pasaban los años, se sentía cada vez más lejos de sí mismo. Más lejos también de las personas que amaba. Esta es la historia de cómo, sin apenas darse cuenta, se fue acercando a una espiral que casi lo destruye por completo.

Pero empecemos por el principio…

Una infancia feliz y una juventud creativa

Antonio Bragelli nació hace 61 años en Sevilla, hijo de padre extremeño y madre italiana. Es el mayor de cuatro hermanos. Su infancia fue, en muchos aspectos, feliz, aunque marcada por frecuentes desencuentros con su padre. Desde muy joven soñaba con ser ilustrador, una vocación que chocaba frontalmente con las expectativas paternas, más convencionales. A los 19 años, tras muchas discusiones, tomó la decisión de marcharse de casa para empezar a vivir la vida que quería vivir.

Pronto comenzó a trabajar como diseñador gráfico y maquetador en la revista local El Giraldillo, y más adelante abrió su propio estudio creativo. Estos trabajos le permitieron vivir de forma independiente y seguir explorando su universo artístico. Su vida transcurría entre ambientes bohemios, rodeado de músicos, artistas y personas creativas, donde no faltaban las cervecitas, la marihuana y una aparente libertad que, en aquel momento, parecía estimular aún más la creatividad.

Fue en esa etapa cuando Antonio comenzó a coquetear con los tóxicos, aunque siempre de forma esporádica. Rehuía la idea de convertir el consumo en hábito, pero no rechazaba del todo la experimentación puntual. “Yo pensaba: esto no es para mí”, recuerda. Pero tampoco decía que no cuando se lo ponían por delante. “Me decía a mí mismo que mi fortaleza física y mental me permitía consumir lo que quisiera hoy, con la tranquilidad de que al día siguiente iba a estar tan normal”.

Durante años fue así. Un consumo ocasional, aparentemente “controlado”. O al menos, eso creía entonces…

Además del arte, Antonio cultivó con pasión otras disciplinas. Fue un entusiasta del ajedrez, llegando a competir a gran nivel durante años, y también destacó en el baloncesto, deporte que practicó durante su juventud en categoría federada.

Un universo en expansión

Creativo incansable, Antonio Bragelli vivía inmerso en un mundo rebosante de estímulos culturales. Diseñaba para revistas, ilustraba campañas publicitarias y colaboraba con músicos escribiendo letras. Su entorno estaba poblado de artistas, noctámbulos y soñadores. En aquellas reuniones, las drogas circulaban como si fueran parte natural del proceso creativo. Una mente inquieta, un cuerpo ágil y una vida en plena ebullición que, sin saberlo, ya caminaba al filo de un abismo que aún no mostraba su verdadero rostro.

En aquel entonces, nada le parecía peligroso. Todo era libertad, pulsión vital, energía en movimiento. Antonio se sentía fuerte, dueño absoluto de sus decisiones, convencido de su capacidad para elegir cuándo participar… y cuándo parar. Jugaba con los límites sin miedo.

El baile

Fue a los 33 años cuando Antonio descubrió el baile, una pasión inesperada que marcó un giro importante en su vida. Tras formarse con dedicación, no tardó en empezar a impartir clases y a animar fiestas nocturnas en Sevilla. El cuerpo se convirtió en una nueva herramienta de expresión, tan válida y poderosa como el lápiz o la palabra. Y se entregó con entusiasmo.

A los 36, su agenda era un auténtico torbellino de actuaciones, clases y propuestas. Vivía en un estado de movimiento constante. Fue entonces cuando se abrieron para él las puertas del emblemático Casino de la Exposición de Sevilla… y también las del consumo de cocaína. Muchas de las personas con las que se cruzaba en aquel entorno eran consumidores habituales. Y él, poco a poco, sin sobresaltos ni una conciencia clara del riesgo, fue normalizando un consumo esporádico que al principio parecía inofensivo.

Durante un tiempo, lo utilizó como una ayuda: algo que le permitía soportar el ritmo extenuante de trabajo, especialmente cuando también comenzó a dar clases en la Universidad de Sevilla. De día, formador entregado. De noche, animador infatigable. “El agotamiento lo cubría con la droga”, confiesa hoy con tristeza.

La intensidad de aquel ritmo frenético lo fue empujando hacia hábitos que se presentaban disfrazados de funcionales. “El cansancio lo disipaba con una raya, y además sentía que la creatividad se disparaba”, confiesa. En su entorno, aquel estilo de vida no solo no desentonaba, sino que parecía la norma. “Consumir cocaína era como tomarse unas cervecitas con los amigos en un bar. Era un consumo social. Estaba normalizado. Y, para qué negarlo… me lo pasaba mejor con cocaína”.

Había probado la marihuana, pero no le gustaba el efecto. Tampoco le agradaba fumar. En cambio, la cocaína le ofrecía justo lo que buscaba: “un subidón a la creatividad y mucha energía. Me aceleraba. Eso era lo que me gustaba”, admite. En aquel momento, el consumo se limitaba a los fines de semana, y la sensación de control era total. “No sentía que estuviera entrando en un mundo peligroso. Y si esa idea se colaba en mi cabeza, la espantaba enseguida con la famosa frase: ‘yo controlo’”.

Cuando el consumo comenzaba a provocarle sangrados en la nariz, Antonio dejaba la droga unos días. Ese gesto reforzaba su sensación de control. “La primera frase de autoengaño es: ‘cuando quiera lo dejo’. Ahí empiezan a aparecer las mentiras a uno mismo”, reflexiona.

Poco a poco, fue construyendo un submundo: un círculo de “amigos” con los que compartía consumo, diversión, códigos y una complicidad que, en aquel momento, le resultaba agradable y reconfortante. Le ofrecía una sensación de pertenencia que parecía auténtica. Años más tarde comprendería la verdad con una claridad dolorosa: “No eran amigos. Cuando los necesitas, no están”.

Afirma que durante aquellos años en Sevilla, tenía la sensación de que el consumo estaba relativamente “bajo control”…

Una decisión que marcó su vida

En 2007, tomó una decisión que marcaría un punto de inflexión en su vida. Avanzando en el mundo del baile, se aventuró a hacerse con un local en San Juan de Aznalfarache para abrir su propia academia. Un proyecto ilusionante pero no exento de riesgos. La economía iba disparada, y la zona era estratégica, con numerosos proyectos urbanísticos y comerciales previstos alrededor. Todo parecía alineado para el éxito. Hizo un fuerte desembolso inicial y asumió una elevada cuota mensual. Pero desgraciadamente, en 2008 estalló la burbuja inmobiliaria sorprendiéndole. Los negocios de alrededor nunca llegaron a abrir, y la zona quedó desierta. Se quedó solo en medio de la nada y sin futuro aparente.

Mientras tanto, en Huelva, sus clases de fin de semana funcionaban bien. Tenía alumnos, reconocimiento, ritmo. Pero en paralelo, su proyecto personal en San Juan de Aznalfarache —el local que había adquirido con grandes expectativas— no despegaba. La zona prometía una expansión comercial que nunca llegó, y el sueño empezó a resquebrajarse.

Llegó el momento de tomar una decisión difícil: o invertía todo lo que ganaba en Huelva en intentar levantar un proyecto estancado, sin garantías, o rompía con esa ilusión y apostaba por una nueva etapa centrada exclusivamente en Huelva. Fue un momento de enorme estrés y frustración personal. Había puesto mucho dinero, esfuerzo e ilusión en aquel local, y tuvo que renunciar.

Ahí, el consumo aumentó. “En ese momento angustioso empecé a consumir más —admite—. Tal vez para huir de una realidad que me entristecía. Buscaba evasión. Me sentía fracasado.”

Deja Sevilla para venir a Huelva

Cuando por fin se traslada a Huelva, con 43 años, sintió —y quiso creer— que era el momento ideal para dejar atrás no solo Sevilla, sino también los malos hábitos que habían marcado su vida en aquella etapa. Confió en que el cambio de ciudad bastaría para empezar de nuevo.

Antonio impartiendo un taller de baile.

Cinta llegó a su vida

Empezó a salir con Cinta y se ilusionó con ella. Su consumo, por entonces, se limitaba a las visitas esporádicas a Sevilla y a su antiguo entorno. Siempre a espaldas de Cinta, por supuesto. No quería poner en riesgo aquella relación. Ella era completamente ajena a ese mundo, y él se esforzaba por mantenerla al margen. Así comenzaron los primeros engaños… pocos, muy espaciados, pero ya presentes.

Eclipse de sol

Cuando el sol parecía brillar con fuerza porque el consumo había caído considerablemente, llegó el maldito eclipse… Le surgió la oportunidad de dar clases en un local de Huelva. Los fines de semana, tras las sesiones formativas, se celebraban animadas fiestas de baile latino. Y cuando esas fiestas terminaban, el local reabría como after. “Un día me quedé al after y me invitaron —recuerda—, y después empecé a comprar. Ahí comenzó mi cuesta abajo y sin frenos”. En apenas siete años, confiesa con pesar, “me convertí en un adicto de consumo diario”.

Consumo a solas

Antonio pasó del consumo social al consumo en solitario y a escondidas. “Cuando me vi consumiendo solo pensé que ya estaba yendo demasiado lejos —reconoce—, pero el autoengaño llegaba rápido para silenciar esa alarma interior. Se imponía el clásico ‘yo controlo’, o el ‘lo dejo cuando quiera’… y así seguía consumiendo”.

Sin una línea clara, el consumo recreativo fue convirtiéndose en necesidad. “Conforme el consumo crecía, también crecía la necesidad de consumir más, y llegó un momento en el que no llegaba a fin de mes. Entonces me dije: ¡ostras!, necesito trabajar más para ganar más dinero… y así poder seguir consumiendo. Pero el cansancio y el agobio me llevaban a consumir aún más y por tanto a gastar más dinero. Entré en un círculo vicioso del que ya casi me era imposible salir”.

Construyó hábilmente una doble vida tan meticulosa que ni siquiera quienes convivían con él sospechaban lo que en realidad estaba ocurriendo. “Me hice un auténtico profesional del disimulo. Creía que seguía teniendo el control… mientras lo iba perdiendo por completo”.

Para justificar su nerviosismo constante, el gesto repetido de tocarse la nariz, la irritabilidad y la inflamación nasal provocadas por el consumo, inventó una alergia. Siempre tenía una excusa a mano. Si no llevaba dinero a casa, contaba alguna historia que parecía razonable. “Cinta no estaba preparada y desconocía por completo ese mundo —admite—. Por eso pude manipularla y engañarla”.

Antonio procuraba que no saltaran grandes conflictos de convivencia en casa, y de algún modo, lo conseguía. “Tenía mucho arte”, reconoce con media sonrisa. Si dormía en el sofá, Cinta lo atribuía a su estado emocional, a la supuesta alergia… y él se encargaba de reforzar esa versión. “Ahí es donde empiezas a ser un cuentacuentos —explica—. Te crees tus propias mentiras. Creas una parcela de memoria destinada solo a guardar todas esas invenciones con las que tapas la verdad. Haces encajes de bolillos para no caer en contradicciones. Las mentiras se convierten en una forma de vida. Había entrado en un mundo paralelo del que ya no podía salir”. Fue ahí cuando un día, frente al espejo, se miró a los ojos y se dijo: “Soy un toxicómano”.

Empezó a notar señales físicas cada vez más evidentes: halitosis, caída del cabello, uñas quebradizas, caries… Un deterioro progresivo, visible pero sutil, que pocos asociaban con una adicción. Recuerda, con cierta amargura, cómo incluso la persona que le vendía la droga le decía: “Quillo, para un poco, que esto se te está yendo de las manos”… y acto seguido, le pasaba la cocaína.

La pandemia

Recuerda la pandemia como “devastadora”. Aislado en casa y rodeado de las personas que más quería, se las ingenió para que no le faltara la droga. Su prioridad diaria era conseguirla. Inventaba excusas, buscaba recursos, tejía mentiras… cualquier cosa con tal de mantener el consumo. Sentía que, sin la coca, no podría sostener el ánimo ni un solo día.

Conviene aclarar que la cocaína, a diferencia de otras sustancias como el alcohol o la heroína, no provoca síntomas de abstinencia física reconocibles. Pero su impacto emocional es brutal. “El vacío que deja es demoledor”, admite Antonio. Anhedonia. Desasosiego. Un desánimo profundo que lo invadía todo. “Con la droga, la vida parecía maravillosa aunque fuera desastrosa. Y sin ella, cualquier cosa, por maravillosa que fuese, te parecía una mierda. Nada merecía la pena”. Esa era su realidad.

Tras la pandemia, “el consumo crecía en progresión aritmética”… hasta que tocó fondo con las dos manos.

Todo perdido

El 15 de enero del 2020 —o quizá del 2021, no lo recuerda con exactitud—, Antonio salió a pasear sin droga en el cuerpo ni en el bolsillo. Lo hizo con una intención clara: pensar, analizar su situación, encontrar una rendija de salida a lo que ya sentía como una vida desesperada. Estaba decidido a tomar decisiones, pero no veía solución posible. Lo abrumaban las deudas, la maraña de mentiras y, sobre todo, un profundo desprecio hacia sí mismo.

Ya no podía más —confiesa—. Estaba engañando a todo el mundo. Me inventaba historias para distanciarme de mi mujer porque ya no sabía cómo afrontar el día a día con ella y con mis mentiras. Sentía asco de mí mismo. Un asco muy profundo. No podía permitir que la gente a la que quería descubriera en lo que me había convertido”.

Durante ese paseo se preguntó en voz baja: “¿Dónde han ido a parar las ilusiones? ¿Dónde las pasiones que siempre me movieron?”. Sintió que no quedaba nada de la persona que fue, ni de la que soñó ser de niño. Había dejado atrás todo lo que le gustaba, todo lo que le hacía vibrar. Solo encontraba disfrute si consumía. La magia de sus clases se había evaporado. Ya no enseñaba con alegría. Y lo peor: ya no vivía, solo sobrevivía.

Empecé a llorar desconsoladamente. No era un llanto cualquiera, era un desgarro. Sentí cómo se me instalaba en las tripas una sensación insoportable de asco, un desprecio visceral hacia mí mismo. Pensé que la droga me había convertido en alguien ruin, en un ser despreciable. Y llegué a la conclusión de que ya no tenía arreglo. Que todo estaba perdido.

No tuve valor para pedir ayuda. Porque pedir ayuda no era solo levantar la mano: era desmontar mi vida entera, era confesar, era cambiarlo todo. Y pensé que para eso ya era tarde. Me dije: ¿Pero quién soy yo, con todo el daño que he hecho a mis seres queridos, para atreverme ahora a pedir ayuda?.

Y hubo algo más. Un pensamiento frío, nítido, como un disparo: temí que, si seguía vivo, acabaría arrastrando conmigo lo poco que quedaba en pie. Que podía poner en riesgo el patrimonio de mi mujer. Y esa era una línea que no estaba dispuesto a cruzar. No. Prefería morir antes que robarle.”

Pensó en su madre. Y, con el corazón hecho trizas, llegó a una conclusión devastadora: “Sufriría menos si le dijeran que yo había muerto en un accidente, antes que enfrentarse a la verdad de ver en lo que me había convertido.”

También pensó en su mujer, Cinta. La imaginó frente a una confesión que no se atrevía a pronunciar. “No tengo valor para decirle a mi mujer que soy toxicómano”, se dijo. Y en esa imposibilidad, en ese silencio cargado de culpa, creyó ver confirmada su sentencia.

Pensó entonces que la única salida era desaparecer. “Vi el puente, me senté, y cuando vi que venían los coches, me tiré”.

Recuerda que lo último que dijo antes de tirarse fue: “Mamá, Cinta, os quiero”.

Luz al final del túnel

Cuando se tiró, su cuerpo impactó justo delante de las ruedas de un coche que, por puro milagro, pudo frenar in extremis. El conductor, por una de esas casualidades que parecen guiadas por algo más grande, resultó ser médico. Le salvó de una parada cardiorrespiratoria, manteniéndolo con vida hasta que llegó la ambulancia. La rapidez de esa asistencia también fue milagrosa: otra conductora de ambulancia, que presenció el “accidente”, había llamado de inmediato.

Antonio no se salió con la suya. No se lo permitieron. La vida —la suya— no podía acabar ahí y de esa manera. Aún quedaba mucho por vivir, aunque él todavía no lo supiera.

Milagrosamente, sobrevivió. Y fue entonces cuando, sin saberlo aún, comenzó la segunda parte de su vida.

Una segunda oportunidad para vivir

Cuando despertó en la UCI, lo primero que sintió fue rabia. Una rabia honda, seca, dirigida contra sí mismo y contra el hecho inexplicable de seguir con vida. “Mierda, estoy vivo… ¿y ahora qué?”, pensó con desesperación. Abrir los ojos no fue un alivio, sino una condena. Junto a su cama estaban dos de sus hermanos. No había palabras. Solo la certeza dolorosa de que todo se había roto. Y no hablo solo del cuerpo…

Pensó en Cinta. En el impacto brutal que habría supuesto para ella enterarse de lo ocurrido. Con el tiempo supo que tras su intento de suicidio, la policía fue a su casa. “No quiero ni imaginar lo que Cinta vivió. No puedo. Evidentemente, en aquel momento la di por perdida.”

A su madre se le ocultó la verdad. Tal vez sea la única que nunca supo del todo lo que pasó. “Aunque no hay quien me quite de la cabeza que ella lo intuye… en ese silencio suyo que todo lo sabe y todo lo calla.”

Antonio sufrió múltiples fracturas: la columna vertebral, el coxis, la pelvis rota por dos lados, la vejiga, el bazo, el cráneo… y una hemorragia interna tan grave que, durante días, su vida pendió de un hilo. Las secuelas físicas de aquel impacto lo acompañan hasta el día de hoy.

Largo ingreso hospitalario

Pasó dos meses hospitalizado y cinco más en una silla de ruedas, convencido de que jamás volvería a ponerse en pie. Se encerró en sí mismo entre las cuatro paredes blancas del hospital, bloqueado, aislado emocionalmente del mundo. No quería hablar, no quería escuchar. Solo pensaba que todo debería haber terminado…

Los dos meses de ingreso hospitalario fueron, para Antonio, un tiempo de vacío absoluto. “Tenía una sensación muy extraña —me cuenta—, tal vez la definiría como ausencia de sensación. Como si no tuviera corazón. No tenía emociones, no pensaba… estaba muerto en vida. Era un auténtico palo. El asco que sentía por mí mismo era insoportable. El dolor físico era lo de menos. Todo me daba igual.”

Me sorprende cuando me asegura que, durante todo ese tiempo, solo se vigiló su evolución física. Nadie —ni una sola vez— le ofreció atención psicológica. Ningún profesional de salud mental lo visitó a pesar de estar allí gravemente herido por un intento de suicidio. Nadie preguntó cómo estaba por dentro. Solo atendían su cuerpo, mientras su alma seguía completamente rota.

Y recibió el alta del hospital

Tras salir del hospital, fue una de sus hermanas quien lo acogió en su casa de Sevilla. Antonio era completamente dependiente: necesitaba ayuda para todo. Aun así, en medio de esa fragilidad absoluta, empezó a madurar una idea con determinación creciente: tenía que marcharse. Necesitaba estar en un lugar donde pudiera rodearse de “gente como yo”, me dice.

Su entrada en RETO

Tras cuatro largos meses en casa de su hermana, ingresó en RETO, en Chiclana. Seguía sintiéndose muerto en vida, pero al menos ya no tenía que cargar su desgracia sobre los hombros de su familia. Allí, en ese entorno áspero pero necesario, siguió navegando por el abismo hasta que, una mañana cualquiera, sin saber por qué, algo hizo clic en su cabeza. Se gritó a sí mismo con fuerza: “Me voy a levantar. Esto se ha acabado.”

Pocos meses después, ante la incredulidad de los médicos que seguían la evolución de sus graves lesiones, se levantó y se puso a caminar. “Con un dolor insoportable”, recuerda. Pero se levantó. Y esa fue su primera gran victoria.

Voy a ser un hombre de provecho. Sin drogas.” Se lo repitió como un mantra. Entonces escribió a sus hermanos para pedirles ayuda. Ahora sí estaba decidido. Lo sacaron de RETO y pasó un mes en casa de su otra hermana. Les pidió 300 euros para alquilar una habitación en Huelva. Quería volver. Volver a recuperar su vida, sus clases, su dignidad, su libertad.

De vuelta a la vida

Rápidamente consiguió un local para dar clases. Lo logró yendo con la verdad por delante. Se presentó como ex drogadicto y pidió una oportunidad. Alquiló una habitación en un piso de estudiantes y volvió a empezar. Muchos de sus antiguos alumnos regresaron a sus clases. Una de ellas, Vicky, se le acercó con honestidad y afecto: “Antonio, tú crees que estás recuperado, pero debes andarte con cautela. Aunque estés bien, puedes recaer en cualquier momento. Vente conmigo, te voy a presentar a alguien.”

La mentalidad de Antonio ya había cambiado. Por primera vez estaba dispuesto a aceptar ayuda. Vicky, lo llevó hasta Federico Pérez, director terapéutico de la asociación Arrabales, un centro especializado en desintoxicación y rehabilitación. Federico le ofreció entrar en el programa… sin pedir nada a cambio.

El objetivo del programa, cuenta Antonio, no era solo dejar la droga. El objetivo real era “recuperar a esa persona que había sido y que había perdido por el camino”. Había que trabajar desde lo profundo, construir herramientas y fortalecer el interior. “No bastaba con alejarse del consumo: había que aprender a vivir sin necesitarlo”.

Proceso de reconstrucción

Y allí, en Arrabales, comenzó un proceso que duró más de dos años. Un camino profundo de reconstrucción, compromiso y verdad. El inicio —esta vez sí— de su segunda vida.

Cuando sintió que la terapia comenzaba a hacer efecto, cuando por fin pudo mirarse en un espejo sin sentir asco, se armó de valor y escribió una carta a Cinta. No lo hizo para pedirle nada. Solo quiso ofrecerle explicaciones, aliviar en lo posible el dolor que le había causado. No pretendía recuperar la relación, porque seguía convencido de que no la merecía. Quería cerrar heridas, no abrir nuevas.

Tras leer la carta, Cinta accedió a encontrarse con él. Se abrazaron. Él se sinceró por completo. Y ella, lejos de alejarse, le tendió la mano y le dijo que quería acompañarlo. Empezó a asistir a las sesiones de terapia con él, porque también necesitaba comprender, sanar, y ponerle palabras a todo lo vivido.

Antonio recuerda con emoción una de sus sesiones de terapia grupal en la que le preguntaron si deseaba volver con Cinta. “Cuando me sienta en condiciones —respondió—, trataré por todos los medios de reconquistarla.” Ella lo miró con ternura y le respondió sin titubeos: “Tú no tienes nada que reconquistar.”

Antonio Bragelli con Cinta, su mujer, Juan, Toñi y Vanesa.

A partir de ese momento, volvieron a cogerse de la mano. Empezaron juntos un nuevo camino, esta vez marcado por la sinceridad, el respeto mutuo y la plena consciencia de cada paso.

Durante más de dos años, nuestro protagonista permaneció en terapia. Sanó. Reconstruyó su identidad. Y Cinta creció a su lado.

Una vez recibido el alta, Antonio se formó, de la mano de la asociación Arrabales, para convertirse en monitor y poder acompañar así a otras personas en proceso de rehabilitación de alguna adicción. Hoy, lo tiene claro: quiere devolver a la vida todo lo que la vida le ha permitido recuperar.

Su historia, tan dura como transformadora, la ha convertido en herramienta. Un testimonio que ofrece compañía, comprensión y, sobre todo, esperanza. Porque si él pudo salir del abismo, otros también pueden. Y él está ahí para recordarlo.

Vivir con mayúsculas

El gran maestro Antonio Bragelli ha vuelto. Ha recuperado la magia del baile, esa chispa que parecía perdida y que hoy brilla con más fuerza que nunca. Pero su regreso va mucho más allá de las pistas. Antonio ha emprendido nuevos caminos cargados de sentido, como el proyecto que desarrolla en Almonte, donde trabaja con personas con necesidades especiales impartiendo, dos días por semana, terapias centradas en el desarrollo psicomotor, como la TMR y la BRMT.

Antonio Bragelli con el grupo de terapia de Almonte.

Nunca bajar la guardia

Antonio sabe que la adicción no desaparece jamás. “No se cura, se gestiona”, afirma con firmeza. Por eso vive en un estado de alerta consciente, con respeto —que no miedo— ante la posibilidad de una recaída. Evita determinadas situaciones, lugares y personas. Sabe que la cocaína seguirá siendo “una tentación hasta el día que me muera”.

Aunque hace ya un año que recibió el alta terapéutica, continúa trabajándose a diario. “Es curioso que a pesar de llevar cuatro años alejado de la droga, a veces me sorprendo diciendo pequeñas mentiras sin sentido. Es la costumbre. Son esos automatismos que quedan residuales por haberlos empleado durante años cuando saltaba de mentira en mentira. Hoy, cuando detecto algo de esto, lo corrijo de inmediato y pido disculpas. Acto seguido, lo analizo, porque no quiero que esas viejas conductas sobrevivan. Estoy trabajando para erradicarlas”.

Una historia que puede salvar vidas

Antonio no pretende ser un héroe. Solo un ser humano que cayó… y se levantó. Quiere que su historia sirva para demostrar que la recuperación es posible, por muy hondo que se haya caído; que nunca es demasiado tarde para pedir ayuda; y que pedir ayuda no es un signo de debilidad, sino el primer acto de verdadera valentía. Porque, a veces, perderlo todo es el único camino para reencontrarse con lo que realmente importa.

Insiste, con una serenidad que solo da la experiencia, en una frase que hoy guía cada uno de sus pasos: “Nunca es demasiado tarde para empezar de cero a recorrer el camino de la libertad.”

Sobre sus ilusiones y sus miedos…

Mi ilusión es vivir con Cinta el resto de mi vida. Me encanta mi vida actual: equilibrada, con sentido, con avances. Mi mayor miedo es la sombra de la droga, que siempre me ronda como una espada de Damocles sobre la cabeza. En ese estado de alerta, de respeto y de conciencia, sé que tengo que vivir el resto de mis días. Así es como debe de ser porque así es como se minimiza el riesgo”.

Gracias a la vida…

Cinta y yo acabamos de volver de un viaje a Cantabria, a tutiplén, estrenando coche. Para que veas… Durante mucho tiempo tuve la sensación de haberlo perdido todo. Pero hoy puedo decirte, con absoluta certeza, que lo único que perdí fue la mierda que me metía. Todo lo demás, lo he ganado. He recuperado a mi mujer, y cada día juntos, seguimos ganando cosas nuevas”.

Antonio y Cinta durante su viaje a Cantabria hace pocas semanas.

Antonio Bragelli quiere expresar su gratitud más profunda a su mujer, Cinta González, compañera de vida, de lucha y de reencuentros. A sus hermanos —incluido su hermano pequeño, a quien sigue queriendo y del que aprende cada día a reafirmarse más en su nueva vida alejada de la droga, pero al que no puede acercarse, por responsabilidad personal, ya que él continúa en una vida de consumo que Antonio ha decidido rechazar con firmeza—.

Agradece también la presencia incondicional de Juan y Toñi, sus amigos del alma; a Vicky, alumna y amiga que le presentó a la persona que marcaría un antes y un después en su vida; a Federico Pérez, o Fede, como él le llama, director terapéutico de la asociación Arrabales, su guía en el proceso de rehabilitación y reconstrucción. Y, por supuesto, a cada uno de los alumnos que han confiado en él, y en su regreso. Y por supuesto, a quienes le tendieron la mano cuando menos lo merecía.

GRACIAS” concluye emocionado…

 

 

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