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El deporte, más allá de la técnica o el rendimiento, puede convertirse en una experiencia profundamente transformadora. Alicia Garrido lo sabe bien. Desde que se subió por primera vez a una piragua rota en la ría de Punta Umbría, ha vivido el piragüismo como un camino de descubrimiento, crecimiento y conexión con los demás. Su historia es la de una niña movida por la curiosidad, una joven marcada por la exigencia, y una mujer que ha vuelto a remar con sentido. En esta entrevista, Alicia comparte cómo el deporte le dio libertad, le enseñó a escuchar su cuerpo y su alma, y le mostró el valor de construir comunidad desde el agua. Hoy lidera un proyecto que une generaciones, paisajes y personas, convencida de que remar también es una forma de vivir con propósito, de enseñar a otros a avanzar y de no dejar nunca de sentirse libre.

Alicia, ¿Cómo empezó tu relación con el piragüismo? ¿Qué recuerdas de tus primeros años como competidora?
Mi historia con el piragüismo comenzó a los ocho años, en Punta Umbría. Recuerdo ver una piragua por primera vez como si fuera un objeto mágico: ligera, silenciosa, deslizándose sola sobre el agua. Buscaba un deporte que me hiciera sentir libre, y lo encontré en la ría donde crecí.
Probé otros deportes, incluso soñé con ser futbolista, pero fue mi hermano José quien me llevó al piragüismo. Empecé con una piragua rota, sin timón ni asiento, pero con mucha ilusión. Gané mis primeras regatas más por instinto que por técnica.
Lo que realmente me atrapó fue la libertad que sentía al remar, rodeada por la naturaleza: delfines, gaviotas, el viento en las marismas.
Siempre he sentido un amor profundo por mi pueblo. Crecer entre marismas y salitre dejó una huella en mí. Aunque he vivido y viajado mucho, mi raíz sigue allí. A veces pienso que me habría gustado fundar mi escuela allí, pero la vida me llevó a hacerlo desde otra orilla, sin olvidar nunca de dónde vengo.

Después de una etapa muy activa en tu infancia y juventud, ¿Qué te llevó a alejarte del piragüismo durante un tiempo? ¿Fue una decisión difícil?
Más que difícil, fue inevitable. Lo que empezó como un juego libre se volvió una carga de responsabilidad. Desde pequeña entrenaba cada día, sin espacio para ser niña ni equivocarme sin presión.
Aunque el amor por el agua seguía, palear dejó de ser un placer y pasó a ser una obligación. Sentía vacío.
En ese tiempo no se hablaba de salud mental ni de psicología deportiva, y muchos abandonábamos por agotamiento, no por falta de talento.
El piragüismo, como muchos deportes minoritarios, especialmente para las mujeres, exigía mucho y ofrecía poco apoyo emocional.
Hoy valoro enormemente la figura del psicólogo deportivo. Debería estar presente en todo club si queremos proyectos humanos y sostenibles.
Mi mayor aprendizaje fue ese: el deporte necesita alma, no solo técnica.
Has retomado recientemente tu vida deportiva con nuevos proyectos en el Club de Piragüismo de Huelva. ¿Qué te motivó a volver? ¿Fue un impulso emocional, una necesidad física, o algo más?
Mi regreso al piragüismo no fue un acto repentino, sino un camino que comenzó hace unos años, cuando me uní al Club Piragüismo Sevillano como veterana. Allí, junto a mujeres como Elena Costa, compañera de infancia y palas, descubrí una manera más liviana y gozosa de vivir este deporte. Ella no solo te hacia crecer y ser mejor en la piragua sino también como persona. Este reencuentro no solo fue beneficioso para nuestra amistad sino también para mi alma. Fue una etapa maravillosa, donde se paleaba no solo para ganar, sino para sentir, compartir, recordar.
Pero el verdadero impulso llegó cuando supe que había un club en Huelva que había cerrado por unos años, Club con el que compartí tantos años de infancia y competiciones, tenía su sección de piragüismo cerrada. Sentí una punzada. No por nostalgia, sino por justicia. ¿Cómo podía estar en silencio un club que tantas veces nos vio partir desde la ría con ilusión?
Volví movida por la necesidad de dar vida, no solo al club, sino al tejido social y natural que lo rodea. No se trataba de volver a competir, aunque esa chispa no se apaga nunca del todo, sino de abrir una escuela donde confluyeran el deporte, la cultura, la sostenibilidad y el encuentro humano. Porque creo en un modelo de piragüismo que abrace lo competitivo, sí, pero también lo comunitario, lo creativo, lo que se queda cuando los premios ya no importan tanto.
Regresé para tender puentes: entre generaciones, entre clubes, entre personas y paisajes. Para demostrar que incluso lo que un día cerró, puede volver a abrirse si se palea con sentido.

Además de entrenar, ahora también ejerces como monitora. ¿Qué significa para ti poder transmitir este deporte a nuevas generaciones?
Transmitir el piragüismo va mucho más allá de enseñar técnica: es acompañar el proceso personal de quienes se acercan al agua. Ya sean niños o adultos, ver cómo se maravillan al subirse a una piragua por primera vez es profundamente enriquecedor.
Dirigir una escuela es también educar en lo emocional: escuchar, sostener, crecer con ellos. Este espacio busca fortalecer desde dentro, porque la piragua no solo navega por la ría, también lo hace por el interior de cada persona.
Quiero que aquí se sientan libres para equivocarse, volver a empezar y encontrar paz. Si compiten, que sea por deseo propio; si solo quieren remar, que también encuentren su sitio.
Más allá del deporte, me importa el vínculo humano. Esta escuela es de quienes la viven. A través de la confianza y el respeto mutuo, podemos construir una comunidad auténtica, que palee junta con sentido y sin presiones.
¿Qué valores o enseñanzas personales intentas transmitir a quienes se inician en el piragüismo contigo?
Intento sembrar, ante todo, una comunicación abierta y sincera. No hay enseñanza sin confianza, por eso me esfuerzo en conocer a cada alumno, ya sea un niño tímido o un adulto que busca reencontrarse, adaptándome a sus objetivos personales más allá de la competición.
Deseo que, aunque sea por un día, cada persona se lleve algo del piragüismo: no solo técnica, sino una forma de estar en el agua y en la vida.
Uno de los valores que más impulso es el compañerismo. La piragua no se levanta sola; se necesita del otro.
Busco construir una comunidad donde nadie se sienta solo, donde remar juntos tenga tanto valor como avanzar. Me interesa formar vínculos duraderos entre compañeros, clubes y generaciones.
No se trata de rivalidad, sino de respeto y apoyo mutuo. El verdadero valor del piragüismo está en la generosidad de remar también por el otro.
¿Tienes algún proyecto o meta concreta dentro del club o a nivel competitivo para los próximos meses o años?
Más que metas deportivas concretas, mi prioridad ha sido crear una base sólida. En solo tres meses hemos reunido 70 palistas con apenas ocho piraguas y establecido alianzas con asociaciones como Caminamos Juntos, Proyecto Queen, APAMYS y AMIGA. La escuela se construye sobre tres pilares: desarrollo deportivo, impacto social e integración con el entorno natural. Apostamos por la formación técnica, la inclusión a través del deporte y el turismo náutico sostenible. Uno de los proyectos más ilusionantes es la creación de un equipo femenino con identidad propia. También estamos preparando varios grupos para la temporada 2026, incluido uno de veteranos, y queremos organizar dos regatas al año con localidades vecinas. Todo nace desde la independencia y el compromiso. Mientras siga sintiéndome libre al remar, seguiré impulsando este proyecto con sentido y corazón.

Si miras atrás y piensas en la niña que empezó a palear por primera vez, ¿Qué crees que diría al ver en qué te has convertido hoy?
Esa niña me miraría con asombro y orgullo. Quizás no entendería el camino, pero sí reconocería la fuerza con la que he sostenido este proyecto. Me diría: “No sabía que ibas a llegar tan lejos sin pedir permiso.”
Aquella niña que paleaba con intuición, en una piragua rota y sin timón, no imaginaba que algún día crearía una escuela desde cero, uniendo personas, buscando alianzas y trabajando con el corazón.
No me preguntaría por medallas ni títulos. Me preguntaría si sigo sintiéndome libre.
Y le diría que sí. Que, aunque ha habido días duros y muchos comienzos, esa libertad sigue siendo el motor.
Sigo remando con sentido, rodeada de gente buena, y con la certeza de que todo esto vale la pena.
Creo que me abrazaría fuerte y diría: “Gracias por no rendirte”.









