La vida se empeñó en quebrarla, pero Mari Carmen se mantuvo en pie

Con el alma cargada de ausencias, pasea por Punta Umbría regalándole sonrisas al mundo, aunque el mar, la enfermedad de sus hijos y la muerte repentina de su padre la pusieron a prueba una y otra vez. Aun así, se siente una privilegiada: tiene una familia maravillosa y amigos que no le dejan perder las ganas de vivir, ni mucho menos las ganas de seguir amando…

Por: Ana Hermida

Mari Carmen Donoso nació en Punta Umbría en el verano de 1972, un caluroso 12 de agosto. Es la primogénita de Rosario y Juan Luis, y lleva en la sangre el fuego, el coraje y el gran corazón de los Leo. Tiene arranques fuertes, sí, pero su ternura termina por desarmarla. Cada vez que salta, pronto se viene abajo, y es que la pena es su compañera inseparable. Llorona, también, pero mujer valiente como pocas.

Desde niña aprendió lo que era la responsabilidad. Con apenas nueve años, y junto a su hermana de siete, se quedaba al frente de toda la tropa mientras su padre se marchaba a la mar durante dos o tres meses y su madre limpiaba casas ajenas para que en la suya nunca faltara un puchero caliente. «Éramos cinco ya, y yo me ocupaba junto a mi hermana de vigilar que los tres chicos no se mataran jugando. Y no me sentía infeliz, sino todo lo contrario… porque sabía que mis padres nos querían con locura. Mi madre nos hacía la comida antes de irse a trabajar, luego a medio día venía a darnos de comer, y se volvía al trabajo… A las siete llegaba y ya hacía lo que fuera con todos nosotros. La recuerdo siempre corriendo».

Su padre era su alegría, su gran fiesta. La vuelta de la mar era lo que llenaba la casa de luz y alegría. «Cuando él llegaba era como si entrara la feria entera por la puerta», dice entre risas, con esa forma suya de sacarle brillo a los recuerdos.

Siendo apenas una adolescente, llegó Juan José. El mar lo trajo a su vida… y el mar, tiempo después, se lo arrebató. Se enamoraron deprisa, con esa intensidad que solo tienen los primeros amores, se casaron cuando ella tenía 19 y pronto llegaron sus dos hijos, Juanjo y Alejandro. «Yo era muy feliz con él. Era un hombre tranquilo, bueno, muy cariñoso. Un padre que se volvía loco con sus niños… si hubiera conocido a sus nietos, habría perdido completamente la cabeza«.

Hasta que llegó aquel fatídico 9 de noviembre. El suegro de nuestra protagonista ganó un cupón millonario y, con el dinero, compraron un barco para dar trabajo a toda la familia, para que ninguno tuviera que salir a la mar por su cuenta. Era el primer viaje. Finales de diciembre. «Mi Juan José se fue con sus hermanos, con su padre y con Manuel Villegas, un motorista de aquí de Punta Umbría… y ya no volvió. El mar me lo robó todo. Se tragó la suerte, las ilusiones, la vida…»

Juan José zarpó, estrenando un barco comprado con la ilusión de un cupón premiado. «Maldito cupón premiado… esa fue nuestra ruina«, susurra Mari Carmen. Nunca regresaron.

Ella recuerda el silencio del teléfono, la angustia clavada en el pecho, el miedo negro. «Embarcó y no me llamaba. Yo lo llamaba y nada. Móvil sin señal. Cuando él salió de casa, mi hijo Alejandro estaba malito de la garganta, y me parecía rarísimo que él, con lo que era para su hijo, no llamara para preguntar cómo estaba. Tenía algo aquí (se lleva la mano al pecho) que no me dejaba respirar. Presentí que algo malo había pasado«.

Pasaron días enteros de angustia. No había noticias. Inyecciones y tranquilizantes en la Cofradía del Puerto de Santa María, donde permaneció día y noche rodeada de familiares que velaban el milagro que no llegó. Sus hijos, que tan solo tenían seis y tres añitos, durante aquellos días de agonía, se quedaron en Punta Umbría con sus tías, a salvo de las televisiones que no paraban de mostrar la desaparición. Mari Carmen y todo el entorno familiar quería protegerlos, aislarlos de un dolor que era excesivo incluso para los adultos. Nuestra protagonista tenía apenas 27 años cuando el mar le arrancó a su gran amor.

Tras seis días desesperantes, aparecieron dos cuerpos en Tarifa, en la playa de Getares. Uno era el de su marido; el otro, el de un desconocido que nada tenía que ver con el barco. Fue un psicólogo quien se sentó junto a ella en la Cofradía para darle la noticia. Se mezclaron sensaciones imposibles de ordenar: el agotamiento, la incertidumbre rota al fin por una certeza atroz. El hallazgo del cuerpo fue demoledor, pero al mismo tiempo ponía fin a la agonía interminable de no saber.

No quiso verlo. «Sellé la caja. No permití que nadie lo viera. Era mío, solo mío, y no quería que se quedaran con otra imagen suya que no fuera la que yo guardo: sonriente, feliz y guapísimo».
A veces, cuando la noche se alarga demasiado, se pregunta si hizo bien, si no debería haberse despedido…

Lo enterraron en Punta Umbría. Recuerda el velatorio en el Ayuntamiento, ella allí, sentada frente al féretro, con los codos clavados en las piernas y la cara hundida entre las manos. Lloraba, pero ya no sabía ni por quién. «Estaba agotada, desconcertada, desesperada. Tenía la sensación de que aquello no podía estar pasando. No quería enterrarlo. No quería empezar la vida sin él. No quería volver a casa y tener que hablar con mis hijos de lo ocurrido…».

Todo en aquel momento le parecía irreal, como si el dolor fuera tan grande que no pudiera sentirlo del todo. Lloraba por él, por sus hijos, por ella misma… por la vida entera que de pronto se había quedado sin suelo.

Desde entonces, algo se rompió en ella. Sobre todo su fe. «Que mi Virgen del Carmen, la misma que sacamos en procesión, no me lo protegiera… eso no se lo he perdonado. Para mí, la Virgen del Carmen, patrona de los marineros, era sagrada. Pero aquel día me falló. Desde entonces, ya no me gusta ir a verla. Si pasa por la playa, la miro porque es bonita… pero estoy muy enfadada con ella».

Su casa siguió adelante. Su familia la arropó, y Mari Carmen apretó los dientes, le dio la espalda al mar y fijó la vista en el suelo firme: tenía que sostener a sus hijos y mantenerlos a salvo. «Me mantuve fuerte, tenía que hacerlo. Pero a veces me metía en la cama y sentía que me moría por dentro. Fui a terapia, sí, pero lo que realmente me sacó adelante fue saber que tenía que criarlos y protegerlos”.

Pero como las malas noticias nunca llegan solas, sus hijos —lo único que le quedaba del amor de su vida— empezaron a perder visión. Visitas a médicos, diagnósticos implacables… «Pensé: Dios mío, ¿que más nos vas a mandar?» Hoy ambos están afiliados a la ONCE, con reconocimientos de discapacidad altos, aunque llevan sus vidas adelante con enorme sentido del humor, incluso riéndose de sus propios tropiezos. «Son unos valientes. A veces nos reímos de las cosas que les pasan por no ver bien»… Pero el miedo siempre está ahí, en silencio, acechando. «Lo que más me preocupa en este mundo es que puedan perder más visión». Aun así se siente muy satisfecha en el ámbito familiar: «Ellos han formado sus propias familias y me han hecho abuela de seis nietos maravillosos que son mi vida».

Sus hijos.

Luego, cuando parecía que ya nada podía quebrar más su vida, la muerte vino a buscar a su padre, Juan Luis, que murió de forma súbita en plena calle. «Aquella mañana me llamó tres veces. ‘ Mari, ¿cuánto tardas?’ , me decía. Quería ver a sus nietos. Siempre quería estar con ellos, se impacientaba. Las dos primeras veces hablé con él y le dije: ‘ ¡Papá, que ya voy, pesaooo…!’ » Sonríe un segundo, y luego su voz se apaga. «Cuando me llamó una tercera vez y cogí el móvil, quien me habló ya no era mi padre. Me dijeron que se había puesto muy malito en la calle. Cuando llegué solo vi las luces de la ambulancia, de la policía… Mi padre murió allí mismo, de repente. Mi padre… mi fiesta. Mi mundo entero se vino abajo«.

Fue el tercer gran golpe de su vida, el que completó un triángulo doloroso y el que, aún hoy, le arranca lágrimas sin que pueda evitarlo.

Mari Carmen mirando al futuro con calma y resignación.

Hoy Mari Carmen vive con Antonio, un hombre bueno y generoso, que no la asfixia y con quien comparte risas, libertad y amor hacia los suyos. Tiene seis nietos que la han devuelto a la infancia, que la abrazan con fuerza y le han renovado todas las ilusiones. Aunque se sabe querida y, en ocasiones, imprescindible, hay días en que la pena vuelve y se instala en su pecho. Entonces busca su espacio, se sienta, respira, y si siente que el aire no le entra, sube al coche, pone la música bien alta y llora todo lo que lleva dentro. Luego regresa a casa, un poco más ligera de equipaje para seguir caminando por el sendero de la vida.

Mari Carmen, a pesar de todo, sigue viva. Desayuna cada día con sus amigas, se emociona con nada y sonríe con todo. Llora cuando le toca, pero siempre encuentra la fuerza para volver a reír. Y sobre todo sigue queriendo porque, aunque sabe que querer duele, no piensa dejar de hacerlo.

 

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