Hoy, con cerca de 23.000 seguidores en Instagram como @mama.realfooder, sigue cuidando, enseñando y emocionando desde su cocina
Por: Ana Hermida
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De Lolina llevo oyendo hablar muchos años. Ella tiene algo distinto, magnético. Es de esas personas que, cuando las conoces, quieres quedártelas para siempre, como si fueran un amuleto. Transmite lo que no se puede explicar con palabras, una combinación improbable entre dulzura y autoridad, entre inocencia y liderazgo, entre ternura y esa chispa traviesa que la vuelve única y adorable.

María Dolores Quirce López vino al mundo en Sevilla, un 1 de abril de 1959. Aries, por más señas. Y no hace falta consultar el horóscopo para comprobarlo: la energía, la pasión, la fuerza y esa inagotable alegría vital son su marca registrada. Ella misma lo admite con una sonrisa: “soy un poco intensa, siempre estoy con nuevos proyectos en la cabeza…”. Y lo dice muy en serio aunque lo exprese con una divertida sonrisa en la cara. Si por ella fuera, viviría rodeada de sacos de cemento y albañiles. Pocas cosas le atraen más que la idea de una obra en casa. Un obrero entrando con la carretilla es, para ella, casi como ver llegar a los Reyes Magos. “Ay Dios mío, si mi marido no me frenara…”, reconoce entre carcajadas.
De Sevilla a Huelva: un aterrizaje complicado
La vida la plantó en Huelva justo en esa edad en la que uno siente que el mundo es suyo… siempre y cuando sea el mundo que ya conoce. Por el trabajo de su padre tocó, una vez más, hacer las maletas y despedirse de sus calles, de sus amigas y de esa vida de adolescente que apenas empezaba a armar. Ella lo vivió como una condena. “Lo sentí como un auténtico destierro”, recuerda con la mirada perdida, aunque ahora lo cuenta entre sonrisas. “Cuando llegué a Huelva, quería salir corriendo”.
Y lo cierto es que corrió. A finales de junio, con la arena todavía pegada a los zapatos, decidió protestar a su manera: metió sus cosas en una bolsa y se marchó con su abuela a Sevilla. Así, sin más, desapareció todo el verano, haciendo mutis por el foro con un silencioso “ahí os quedáis”. En casa tampoco se armó gran revuelo. Su madre, Lala, la dejó marchar sin resistencia. Conociéndola, seguramente pensó: “para tenerla mosqueada, mejor en Sevilla. Ya en septiembre volverá… y volverá más tranquila”.
Pero el tiempo, que es mucho más sabio que los berrinches adolescentes, acabó poniéndolo todo en su sitio. El instituto en septiembre, las primeras amistades nuevas, la playa de Punta Umbría y aquellos veranos eternos fueron limando poco a poco el disgusto de aquella muchacha que renegaba de la arena. Y así, de la chica que un día juró que huiría de Huelva, nació la mujer que hoy no cambiaría Punta Umbría por nada. Bueno… por casi nada, porque confiesa que su corazón sigue dividido entre Sevilla y la playa que le regaló su juventud. Al fin y al cabo, los lugares —como algunas personas— entran en la vida a empujones, pero acaban conquistándote hasta que ya no entiendes cómo pudiste vivir sin ellos.
La hermana mayor que nunca dejó de serlo
Ser la mayor de seis hermanos marcó a Lolina para siempre. No solo por el peso de la responsabilidad, sino porque desde niña entendió que todos la miraban como referente. “Yo pediatra no iba a ser ni loca”, bromea. “Acabé harta de niños antes de ser madre”. Y no le faltan razones: ejerció de madre suplente cuando tocaba, de árbitro en las discusiones, y de líder natural en cada crisis.
La vida también la enfrentó a golpes durísimos: dos hermanas fallecidas y un sobrino pequeñito que se fue demasiado pronto. Ese dolor aún late, pero fue lo que terminó de grabar a fuego en ella la idea de que debía sujetar el mástil cuando el viento venía fuerte y en contra. Y lo sigue siendo: Lolina es la que organiza, la que une, la que siempre aparece con una cazuela o con su maletín de médico; la que pasa la mano suavemente por la espalda de quien sufre y regala una sonrisa cómplice al que se siente fuera de sitio.
Si en la familia hay un problema, todas las miradas giran hacia ella. Es la que piensa rápido, la que hace las llamadas, la que se planta en un hospital y pregunta lo que haga falta. La que pone paz cuando estalla un lío, aunque por dentro le toque tragarse un nudo en la garganta. Hace mucho que aprendió a llorar a solas. Pero nunca a fallar. Lo suyo es como un uniforme invisible que grita sin palabras: “tranquilos, aquí está la hermana mayor”.

Juan Manuel, su compañero de viaje
En esa historia vital también aparece Juan Manuel, su marido desde 1987. Se conocieron en la playa, en esos veranos que, por mucho que al principio renegara de Huelva, hoy no cambiaría por nada. Él es su contrapunto perfecto: tranquilo, paciente, la calma que equilibra el volcán de energía que a Lolina siempre le sobra. “Si no me frenara, mi casa sería un circo permanente”, reconoce entre risas. Porque Lolina invita, organiza, convoca y llena la casa de gente como si tuviera un hotel rural de cinco estrellas… y Juan Manuel, con cariño, es el que pisa el freno antes de que aquello acabe en festival gastronómico con tres turnos de mesa. Aun así, los dos forman un tándem perfecto, de esos que se entienden con tan solo mirarse y en los que cada uno sabe perfectamente qué papel le toca jugar.

De ese matrimonio nacieron sus dos grandes obras maestras: Carlos y Alicia. Dos hijos tan distintos como el día y la noche, pero unidos por algo que Lolina y Juan Manuel siempre inculcaron a base de ejemplo: el valor del esfuerzo. Carlos, hoy convertido en uno de los nutricionistas más reconocidos del país, con un ejército de seguidores que lo señalan como referente. Y Alicia, funcionaria, aventurera, independiente, capaz de plantarse en cualquier sitio y abrirse camino con esa determinación que quita el hipo. “Nunca tuve que repetirle a ninguno de los dos que hicieran los deberes”, cuenta con orgullo. Y es cierto: en casa no se predicaba con discursos, sino con hechos. Los vieron a ellos trabajar, esforzarse y seguir adelante siempre, y aprendieron que la responsabilidad no se explica: se contagia.
La medicina: su gran amor y su gran dolor
Lolina soñaba desde niña con ser médica. Se imaginaba subida en una autocaravana, recorriendo el mundo sola y curando a la gente como una especie de superheroína con fonendoscopio y bata blanca. Y, en cierto modo, lo consiguió. Pasó más de treinta años entregada a la medicina de familia, con ese trato cercano que hacía que los pacientes no fueran solo pacientes: eran confidentes, amigos, vecinos a los que escuchaba con la misma atención que al electrocardiograma. Porque Lolina no era solo médico: también ejercía de psicóloga improvisada, consejera matrimonial y hasta árbitro en disputas vecinales. Y siempre con una entrega absoluta, porque para ella la medicina no era un trabajo: era una vocación tatuada en el alma.

Pero la pandemia lo cambió todo. El desbordamiento de enfermos, la impotencia de no poder derivar, la angustia de saber lo que había que hacer y no disponer de medios. “Era frustrante. Yo veía lo que había que hacer y no podía. Eso te destroza por dentro”, confiesa. Y su cuerpo, que nunca miente, empezó a hablarle a gritos: una arritmia, luego otra y otra. Era la alarma más seria que podía sonar. La señal estaba clara: había que parar. Y parar significaba jubilarse antes de tiempo, colgar la bata que ya sentía como parte de su piel. Una decisión que le dolió en lo más hondo: “Me dolió mucho dejarlo”, recuerda con el corazón aún encogido.
Durante meses caminó con un nudo en la garganta, como si al soltar la bata blanca le hubieran arrancado una parte de sí misma. La medicina no era solo lo que hacía, era lo que era. Y quedarse sin ella le supuso un duelo silencioso y doloroso. Fue su familia —y, sobre todo, Carlos— quien le dio el empujón que necesitaba. “Mamá, vales para muchas más cosas que solo la medicina. No te acabas aquí”. Y tenía razón. A veces son los hijos los que tienen que recordarles a sus madres que la vida no se cierra con una despedida… sino que empieza con una página en blanco.
De médica a influencer
Y entonces, sin planearlo, llegó la reinvención. Sus hijos la empujaron con cariño y un puntito de guasa, mientras Juan Manuel los miraba divertido desde la barrera: “mamá, la gente quiere verte más, abre redes, graba recetas y compártelas”. Ella, que hasta entonces lo más digital que manejaba era el botón de encendido del microondas, no sabía ni cómo darle al “rec” del móvil. Pero aprendió. Vaya si aprendió. Descubrió aplicaciones, trasteó programas de edición de vídeo, se grabó una y mil veces y se rio de sí misma hasta que, por fin, se atrevió a darle al botón de publicar. El resultado: conquistó a miles a golpe de cuchara de palo y sonrisa tímida. Hoy, con casi 23.000 seguidores, es influencer de recetas saludables… aunque lo diga todavía con cara de incredulidad: “¿yo, influencer? ¡Ver para creer! Jajajaja…”.
Recuerda sus primeros vídeos con una mezcla de ternura y sonrojo. No sabía dónde mirar, qué hacer con las manos, ni cómo dirigirse a la cámara. “Yo grababa y cuando lo veía decía: esto no hay quien lo aguante”, confiesa entre carcajadas. Y, sin embargo, a la gente le encantó. Gustó tanto que empezó a cogerle el truco. Claro que tiene a dos asesores de primera fila que no le dejan pasar ni una: “mamá, no subas eso como reel, mételo como historia…”. Ella pone los ojos en blanco, resopla y suelta: “¿pero qué me estáis contando? ¿Me tenéis vigilada las 24 horas?”…
La cocina: su reino
Si algo la define desde siempre, además de la bata blanca, es el delantal. Eso sí, que nadie se confunda: no hablamos de la cocina de diario con prisas y macarrones de batalla, sino de la otra, la que de verdad la apasiona. La de los experimentos, los detalles y la creatividad que deja a todos con la boca abierta (y con el tenedor en suspensión). Ya de jovencita lo tenía claro y así se lo soltaba a su madre: “a mí no me des una escoba, déjame que me encargue de la compra —que me encanta la calle— y de los guisos, que entre sartenes me encuentro en mi salsa”. Mientras otros barrían, ella convertía cada comida en un estreno mundial, como si en casa se celebrara cada día un festival gastronómico.
Cuando le pregunto por su sueño confesable no titubea: “una cocina con una gran isla central, donde diseñar mis platos con espacio y comodidad. Un lugar donde quepa toda la familia y podamos charlar mientras yo guiso algo sorprendente”. Porque si algo tiene claro Lolina es que cocinar solo para dos le parece un desperdicio. Ella disfruta cuando hay tumulto, como si en vez de casa tuviera un restaurante con entrada libre y lista de espera en la puerta. Y además, no descuida ni un detalle. Para ella, la presentación es casi un sacramento: “con los ojos también se come”, repite como un mantra. Y lo cumple. Coloca las ramitas de perejil como si fueran piezas de joyería, organiza los colores como si pintara un cuadro y, cuando aparece con el plato, la gente duda: ¿esto se come directamente o hay que ponerse de pie y aplaudir antes de meterle el tenedor?
Claro que su biografía culinaria también tiene páginas de humor. Como cuando Carlos la convenció de desterrar los ultraprocesados de su despensa. Mano dura: se acabaron galletas, bollos, fiambres y demás tentaciones modernas. En principio todo pintaba perfecto… hasta que comenzaron a aparecer sospechosos envoltorios en el coche. Tras una minuciosa investigación familiar, se descubrió que la doctora estricta con la dieta llevaba una doble vida: montaba fiestecillas privadas a escondidas con tartitas de manzana. Una especie de Breaking Bad, pero en versión pastelera y con más hojaldre que metanfetamina. Al final la pillaron, claro, y Lolina confesó entre carcajadas: “sí, caí… y más de una vez”. Porque nadie es de hierro, y mucho menos si la tentación viene en formato pastelito.
Madre orgullosa, madre sufridora
“¿Y cómo se lleva eso de ser madre de un famoso?”, le pregunto. Lolina sonríe, se le ilumina la cara y por un instante parece que va a sacar pecho. Pero enseguida frena y matiza: “es un orgullo, claro que sí… pero también se sufre mucho”. Porque detrás de cada historia de éxito hay críticas duras, y los haters no perdonan ni media. Y si hay algo que a Lolina le atraviesa como una flecha es la injusticia hacia los suyos. Así es ella: su familia es su patria, su territorio sagrado. No hay debate posible: los suyos están por encima de todo, siempre.
De Alicia habla con esa mezcla de ternura y respeto que solo se tiene hacia los hijos que sorprenden. “Ella es independiente, no le da miedo nada, todo lo que se propone lo consigue. Es una niña de gran valía”, dice con los ojos brillantes, como quien habla de un descubrimiento precioso. Reconoce que le costó aceptar que su hija pudiera algún día volar lejos, y hasta se entrenó para ese momento. Pero la vida, que a veces tiene detalles bonitos, le regaló la cercanía definitiva: Alicia ha conseguido plaza como funcionaria en su querida Sevilla. Y ahí está la madre, feliz, con esa tranquilidad de saber que su hija vuela alto, pero no tan lejos como para que el nido quede vacío del todo.

El deporte tardío que le cambió la vida
Durante años, el deporte fue su enemigo declarado. “He sido la oveja gorda de la familia”, admite sin dramatismos, con la naturalidad de quien confiesa haber repetido un postre. Probó dietas, regímenes, planes milagrosos… pero lo de moverse, sudar y levantar pesas nunca fue lo suyo. Hasta que el cuerpo empezó a pasarle factura a base de golpes: un brazo roto, luego el otro, un tobillo, costillas, una rodilla… Tenía un historial de fracturas que parecía escrito por un traumatólogo en prácticas. Y ahí dijo basta.
Con más de 60 años decidió darle la vuelta a la historia y fichó a un entrenador personal. Tres veces por semana, sin excusas. “Diego me ha cambiado la vida”, asegura, y acto seguido aclara con media sonrisa y guiño incluido: “mi entrenador, ¿eh? No penséis mal”. Desde entonces, disciplina pura y resultados que ni ella misma imaginaba. Habla de su rutina con el mismo orgullo con el que otros cuentan un máster: “antes me caía mucho, ahora tropiezo y soy capaz de dar tres zancadas seguidas y no caerme. Me salvo. Y eso, a mi edad, es un triunfo olímpico”.
Hoy habla del ejercicio como si fuera un plan de pensiones para el cuerpo: “no se trata de vivir más, sino de vivir mejor”. Y siempre añade la coletilla con humor: “cuando empecé no podía ni levantar una pesa. Ahora hasta le cojo el gusto. Voy tres veces por semana… y si no voy, lo echo de menos. ¿Quién me lo iba a decir a mí, con lo que he renegado yo del deporte?”.
Entre risas y lágrimas
La vida de Lolina está hecha de contrastes. Tiene una inocencia casi entrañablemente cómica: se cree lo que le cuenten, por disparatado que sea, y sus hijos disfrutan haciéndole bromas porque saben que siempre pica. Una y otra vez. Y ella, lejos de enfadarse, acaba riéndose la primera. Pero esa misma mujer que parece transparente como un cristal, arrastra también dolores muy profundos: la pérdida de un sobrino pequeño y de dos hermanas que fueron parte esencial de su vida. “Muchas veces lloré antes, durante la enfermedad… y cuando llegó el momento ya no pude llorar más”, confiesa. Es como si hubiera gastado todas las lágrimas en el camino.
Esa sensibilidad la acompaña siempre: es capaz de consolar al que sufre con una dulzura infinita, y al mismo tiempo hablar de la muerte con serenidad porque su fe le dice que hay algo más allá. Eso la sostiene, le da calma cuando los demás solo ven vacío.
Y después, sin transición aparente, la misma mujer que habla de pérdidas eternas se parte de risa con un sketch de Los Morancos. Así es ella: capaz de llorar en silencio en una habitación y al rato reírse a carcajadas en el salón. Su refugio favorito, eso sí, no tiene ni tele ni ruido: es la terraza de su casa, desde donde ve un pinar espeso y, detrás, el mar. Allí se sienta con un libro y parece que el mundo entero, con sus penas y sus alegrías, se le ordena en su justo lugar.
Ilusiones intactas
A sus 66 años, Lolina es todo eso y más: médica vocacional que un día colgó la bata a regañadientes, cocinera creativa que abre la puerta de su casa y siempre pone un plato de más “por si acaso”, madre orgullosa y sufridora a partes iguales, hermana mayor de todos, influencer inesperada (y todavía incrédula), mujer generosa hasta el exceso, creyente, resolutiva, sensible y sincera “hasta el sincericidio”, como dice su hija Alicia. Y, sobre todo, alguien capaz de hacerte reír y llorar en la misma conversación… incluso en la misma frase.
Nunca dejó de ser esa hermana mayor que aprieta los dientes cuando la vida duele, pero que al mismo tiempo coloca las servilletas con mimo para que la mesa brille y todos se sientan en casa. La que tropieza, pero ya no se cae. La que cree en Dios, en la familia, en la risa y en el poder casi terapéutico de un buen plato servido con cariño. La que, sin pretenderlo, se ha convertido en ejemplo de superación, fortaleza y ternura.
Y la que, sin duda, seguirá sorprendiéndonos. Porque si algo está claro es que Lolina, como buena Aries, nunca dejará de arder. Y tampoco de invitarte a cenar…








