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Por: José Luis Galloso
Un día cualquiera de verano en plena calle Ancha, un hombre abre con cuidado un maletín. Dentro, un saxofón alto reluce como si guardara en su instrumento de metal no solo su música, sino también un buen puñado de historias que compartir con los viandantes que lo observan y escuchan. Salvador Piosa Cruzado, 62 años, natural de Moguer, es ese músico que coloca la boquilla en el saxo, respira hondo y deja que el aire se convierta en melodía. No hay telones ni butacas, sólo transeúntes que, por unos minutos, detienen el paso para escuchar. Algunos sonríen, otros se animan a aplaudir. Y él, desde el centro de la improvisada escena, entra en sintonía con su público.
“Al principio tuve que vencer la timidez”, recuerda. “Es como el miedo escénico de quien tiene que hablar en público. Una vez arrancas, el escenario es tuyo y te entregas a tu tarea”.

La música siempre lo acompañó. De niño ya canturreaba las canciones más pegadizas. Su buen oído y sentido del ritmo lo llevaron a estudiar en el conservatorio de Huelva, donde aprendió solfeo, entonación y guitarra clásica. Más tarde se formó en saxofón en la Escuela de Música de Moguer, durante ocho años que marcaron su desarrollo musical. Fue maestro de música durante tres décadas, y antes de prejubilarse probó también la tutoría de primaria. “Quería ver el magisterio desde otra perspectiva”, explica.
Pero su vida cambió tras separarse, hace cuatro años. Se quedó con tiempo, con espacio, y con un instrumento que pronto se convertiría en compañía imprescindible. “Empecé a practicar metódicamente en casa, de seis a nueve cada tarde. Montaba canciones una a una. Cuando te aprendes un buen número de ellas, ya tienes herramientas para seguir montando más. Sin darme cuenta, había creado un repertorio.”
El salto a la calle llegó gracias a su hijo, que vivía en Granada y tocaba en la vía pública. “Un día que lo fuí a visitar me dijo: ‘Coge el saxofón y vamos a salir a la calle’. Al principio pensé que quería que lo acompañase, pero cuando estábamos en la calle me dijo que quería que tocase con él. ‘Esta loco’, pensé. Pero aquella primera experiencia me gustó”. Desde entonces, Salvador se ha plantado en plazas de Granada, en Tavira, en distintos lugares de Huelva capital o en Punta Umbría. “No lo hago por dinero. Lo hago por el placer, por lo que me aporta. Es terapéutico. Empiezas con un estado de ánimo y terminas con otro mucho mejor.”
En la calle ha descubierto algo a conectar más con la gente mientras interpreta los temas. “Yo era muy encorsetado, muy dependiente de la partitura. Ahora me muevo, expreso, y sobre todo, escucho a quien me escucha.” Ese aprendizaje social, confiesa, le ha dado más tablas que cualquier escenario.
Las anécdotas se acumulan. Una mañana una dependienta salió de su óptica para dejar unas monedas en el estuche y un papel doblado. Cuando terminó la canción, Salvador lo leyó: “No es lo mismo trabajar aquí sin nada, que con tu música de fondo. Nos alegras la mañana”. Él se acercó después a agradecerlo: “Ustedes me han hecho un favor a mí, dándome ganas de seguir tocando”.
Otro día, un hombre que parecía vivir en la calle lo escuchó durante horas. Al final se acercó: “Me has cambiado el día. No sabía qué hacer con mi vida y ahora me siento mejor.” Le pidió cinco euros para viajar a Málaga. Salvador se los dio, sin saber si aquella historia era cierta. “Puede que fuera una técnica para conseguir dinero, pero prefiero quedarme con lo otro, con que me dijo que lo había animado.”
No todas las experiencias son amables. Alguna vez le han pedido que dejase de tocar de mala manera. Él, educadamente, recoge y sigue su camino hacia otro lugar. “Más del 90 por ciento de la gente reacciona bien, pero hay un pequeño porcentaje a quien no le agrada. Y es normal; hay quien está trabajando o estudiando y la música le interrumpe.”
El repertorio de Salvador mezcla gustos personales y canciones populares, con Phil Collins, Kenny G, bandas sonoras y, cuando se lo piden, sevillanas. “Un día, unas chicas vestidas de flamenca me pidieron una. Terminé tocando cuatro distintas y se pusieron a bailar.”
Tocar en la calle también le ha enseñado códigos no escritos. Como aquel guitarrista argentino que le explicó que entre músicos ambulantes se respeta una distancia mínima de 150 metros para no solaparse. “Son reglas que no están en ningún papel, pero ayudan a convivir”, rememora en palabras de aquel colega.
Para él, el mejor momento para tocar es el invierno, cuando hay menos ruido de fondo y la gente pasea despacio, con tiempo para detenerse. El verano, con su murmullo constante, obliga a buscar rincones más tranquilos. “Cuando ves que alguien te sonríe, que se detiene, que se va con otra cara… ahí sabes que ha merecido la pena.”

Salvador dice que seguirá tocando mientras pueda con su saxo y su flauta, para amenizar la vida de la gente y seguir alimentando tu vida de experiencias musicales. “La música tiene esa capacidad, es decir, te cambia por dentro, te conecta con otros, te ayuda a sanar. Y lo más bonito es que no hace falta hablar, porque la sonrisa de quien escucha es suficiente”.
De hecho, mientras hablamos con él, confiesa que lleva unos días de vacaciones y esta deseando volver a las andadas. “Tocar en la calle es como una droga, estoy loco por arreglar el saxo, que está estropeado, y volver a salir de nuevo”.

Así que cuando te cruces a Salvador en la calle Ancha en los próximos días, recuerda que la música es el lenguaje que usa para comunicarse consigo mismo, con el mundo y también contigo, que seguro sabes disfrutar de la melodía de su saxofón al calor de este maravilloso mes de agosto.









