“Con doce años ya aprovechaba las vacaciones de la escuela y me iba a la mar con mi padre”

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Antonio Macías Ramón, marinero puntaumbrieño de 80 años, se ha forjado en la mar desde niño, navegando a lo largo de décadas por las aguas de África y nuestras costas. Compartió tertulias con toreros de renombre y con el mismísimo poeta Rafael Alberti. Es amante del carnaval, le gusta el flamenco y mantiene una salud envidiable que, junto a su humor, le hace gozar de una estupenda jubilación

Por: José Luis Galloso

Antonio Macías Ramón es un veterano marinero puntaumbrieño con 80 primaveras, un estado de forma envidiable y una permanente sonrisa en la cara. Su vida está ligada a la mar desde que era un niño. “Con doce años ya me iba a la mar con mi padre en cuanto llegaban las vacaciones”, recuerda. A veces, admite, “hacía la rabona en el colegio para alijar ladrillos cuando venían los barcos de ‘Pancho y Rufino’. Ganábamos 15 o 20 pesetas y las llevaba a casa”, rememora aquellos años de mucha escasez en el pueblo. Creció en una familia humilde y marinera por parte de padre, con abuelos portugueses por la rama materna, y en una Punta Umbría de arena, canoas y calles de tierra donde la pesca marcaba el ritmo de la vida.

A la derecha, Antonio Macías con algunos vecinos de Punta Umbría en la Feria de Cartaya. ARCHIVO 

Los primeros embarques serios llegaron muy pronto. “A trabajar empecé con 14 años, en barcos de aquí”, dice. Nombra, de carrerilla, artes y apodos que ya son historia local, como los barcos del Chumín, el ‘Carolo’, el ‘Alcatraz’, las campañas de caballa con Juanito Ramírez y Antoñito Cordero ‘Toalla’. “Entonces tirábamos del arrastre a mano; era otro oficio. Por aquel entonces se cogían muchas almejas, pero aquella pesca se vino abajo y yo me empecé a buscar la vida en los barcos que faenaban en las costas africanas”.

Antes de marcharse lejos, le tocó hacer la mili en San Fernando (Cádiz). “Hice la mili en la Marina, sí, pero en tierra. Navegué poco en la mili, ya estaba harto de mar”, dice a carcajadas. Allí jugó al fútbol con el equipo del cuartel y, sobre todo, descubrió el Carnaval de Cádiz, visitando el Gran Teatro Falla. “Desde entonces me picó”, confiesa.

Con 23 años me fui a faenar en Las Palmas y la costa africana. Senegal, Angola, Ciudad del Cabo, Mozambique…”. Fueron once años de campañas largas y pasaba “siete u ocho meses sin tocar puerto, más que para repostar, descargar y seguir”. Era sacrificado, pero se ganaba dinero. “En Ciudad del Cabo íbamos a la merluza y a la maruca. En aquellas campañas había disciplina y profesionalidad, y cada uno iba a lo suyo. Allí la gente cumplía con su trabajo. Fueron años buenos y de aprendizaje. Trabajé con Mariscos Rodríguez y algunas empresas de Huelva”, apunta.

Entre campaña y campaña, Antonio volvía a Punta Umbría y aprovechaba los veranos para ir a la caballa. La vida, mientras, corría a su ritmo. “Cuando nació mi hijo lo conocí con tres meses; estaba embarcado y trabajando en Angola”, dice. A finales de los setenta decidió quedarse “más cerca” y se embarcó en los buques que faenaban en Marruecos. “Pescábamos por Larache, Kénitra… también se ganó buen dinero allí. En un mes podías vender seis millones de pesetas en un barquito con pocos gastos y a cada marinero le caían trescientas o cuatrocientas mil pesetas”.

Antonio Macías vestido de futbolista y con su cuñado.

No todo eran alegrías. “Nos apresaron un par de veces. Una en Agadir, con un helicóptero encima. Pagamos la multa y a seguir. Cuando te cogían dentro de las millas, no había discusión y te mandaban a puerto sobre la marcha”, relata. También hubo temporales que dejaron huella. “Con el ‘Comar II’, de Antoñín ‘el Caena’, pillamos un Levante y el barco hacía aguas por todos lados. Llegamos apurados, pero llegamos; luego lo repararon entero en Isla Cristina”.

Estuvo de motorista, de contramaestre, de patrón… “Menos de cocinero he hecho de todo en el barco”, dice sonriendo. Aunque confiesa que se desengañó como patrón, por la incompetencia de algunos marineros. “No me gustaba mandar. Cuando tienes una tripulación buena, no hay que decirles nada, pero si falta compromiso, te quema. Veníamos de estar un mes fuera, llegábamos de madrugada y había que suministrar; a los dos días, para cargar de nuevo, no aparecía nadie, solo el motorista y yo. Algunos no cumplían con el trabajo en tierra”.

Se jubiló con 59 años, “bien cotizado”, puntualiza. Pero confiesa que aún le quedan ganas de embarcarse. “Si hubiera barcos como los de antes, no me importaría embarcarme; estando con salud como estoy, yo volvería”, dice con seguridad y con el empaque de un hombre curtido en la mar. “Yo estoy estupendo, no tengo ni un mal resfriado. No sé ni el médico que tengo”, bromea.

Echo de menos algunas faenillas que hacía a bordo, como secar bacalaillas y pairos; son cosas que me gustaba hacer y que echo de menos… Son cosas que se te quedan dentro”.

La mar le llevó también a puertos de historias grandes. En El Puerto de Santa María, mientras estaba embarcado en el ‘Guadalete’, las comilonas de tripulaciones reunían a marineros, bodegueros, artistas y toreros. “Allí coincidimos muchas veces con los toreros Rafael de Paula, José Luis Galloso o con Paco Ojeda… y con don Rafael Alberti”, rememora. De Alberti guarda un recuerdo muy potente y se le encienden los ojos al hablar del poeta. “Era un fenómeno. Te sacaba una poesía sobre la marcha de las cosas que charlábamos. Una vez, mientras discutíamos en la mesa de fútbol y de cosas sin mucha importancia, me dijo: ‘Antonio, ¿no ves que nunca nos ponemos de acuerdo? Si el mundo fuera perfecto, no habría mundo’. Y tenía razón: para que haya mundo tienen que existir los buenos, los malos y los regulares”.

Recuerda también a Tomás Osborne. “Era un señor, con un yate enorme. Pero aparecía en la taberna con unas alpargatas, iba medio descalzo. Era una gran persona”.

De vuelta en casa, lejos de los turnos, su memoria se llena de bares y peñas. “En la terraza del bar de Juanito Coronel pasábamos los fines de semana cuando veníamos de la caballa; era un ambiente marinero de verdad”, cuenta. Y, cuando tocaba flamenco, las noches las pasaba en la Cueva de Jacinto Jiménez y en Los Bohemios. “Los murciélagos, nos decían. De noche de fiesta y de día a dormir”, ríe. Aquella Punta Umbría, la de los toldos de cañizo, las guitarras tardías y la pesca al alba, es la que guarda como un tesoro en los anales de su memoria.

El Carnaval, aprendido en la mili, ha sido su otra pasión constante. “Me enganché en Cádiz y no lo solté”, admite. En 1982 salió con ‘Los Pitirolos’, aquella primera agrupación en Punta Umbría, y después llegó ‘Nuevos Descubridores’ y alguna aventura más chirigotera en fechas más recientes. “El Carnaval es convivencia, ensayos, risas, un guiso compartido, una garrafa de mistela para la bota y a echar el ratito”. Siente devoción por los clásicos como Paco Alba o Antonio Martín y tiene un gran recuerdo de Pedro Romero con la comparsa ‘Nuestra Andalucía’. “Tengo todavía muchas cintas antiguas en casa que sigo escuchando”, confiesa, como quien desempolva un cofre.

Hoy, ya lejos de los turnos, Antonio resume su vida sin grandilocuencias: “No me puedo quejar; dentro de lo que cabe, me ha gustado mi profesión”.

Y cuando le preguntas qué es para él la mar, responde que es como su casa. En esa palabra caben el chaval de doce años que aprendió a bregar en cubierta; el joven que pasó meses en Angola o en el Cabo, con dos horas de sueño y el resto en guardia; el padre que conoció a su hijo con tres meses porque estaba faenando; y el veterano que aún se emocionaría si pudiera volver a “esas faenillas” de antes.

 

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