En 2023 decidió apartarse de la primera línea, convencida de que su verdadera vocación está en servir a las personas con integridad y autenticidad.
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Es imposible perderla de vista en una multitud: basta con seguir la pista de esa melena rubia-anaranjada a lo afro, un volumen imponente que luce a modo de corona y la hace destacar aunque no lo pretenda. Pero su verdadera magia aparece en las distancias cortas: mirada chispeante, sonrisa infinita, mochila inseparable y un paso casi desgarbado que la convierten en alguien único y tremendamente particular. Valentina es disfrutona por naturaleza, divertida y siempre está rodeada de gente que la busca para contagiarse de su alegría. Todo el mundo la adora. Su humor arrasa con cualquier rigidez y, cuando la charla se pone seria, el semblante le cambia para desplegar su superpoder: una capacidad de escucha tan profunda que invita a abrirse sin miedo. Con ella todo cabe, desde la carcajada contagiosa hasta la confidencia más íntima.
Por: Ana Hermida
Valentina Esteban González vino al mundo el 25 de marzo de 1979. Tiene 46 años y es Aries, un dato que ella no menciona como quien hojea el horóscopo, sino como quien porta un carné de identidad. “Soy de temperamento fuerte, aunque con la edad y la experiencia decido trabajarlo, tomando conciencia y así se va suavizando”, confiesa. Se define como risueña, aventurera y pasional: “Cuando voy a por algo, le pongo todo el alma y el corazón. Eso, evidentemente, pasa factura cuando las cosas no salen. La clave está en hacer las cosas con pasión pero sin cargarlas de altas expectativas”.
Hija de Fernando y Carmen, Valentina es la tercera de cuatro hermanas. “Siempre fui la mediadora: tanto para lo bueno como para lo malo”, dice con esa mezcla de orgullo y resignación que arranca sonrisas y empatía. Porque ser árbitro familiar no da medallas, pero sí muchas noches en vela y alguna que otra lágrima escondida detrás de la puerta.
La vida la puso a prueba arrebatándole a sus dos grandes referentes. Su madre falleció a consecuencia del Párkinson cuando ella tenía 35 años y, pocos años después, su padre murió tras las complicaciones de un trasplante de riñón. “Pasé de ser mediadora a querer convertirme en la mamá y el papá de mis hermanas. Todo por tratar de llenarles el vacío que ellos dejaron. Eso me pasó factura porque no viví un duelo natural. Estaba en todos sitios menos en mí misma”, recuerda con emoción, dejando claro que la fortaleza también pesa.

Sin embargo, cuando retrocede a su niñez, los ojos le brillan de otra manera. “No la recuerdo feliz, la recuerdo súper feliz”, insiste, como quien muestra un tesoro guardado en el corazón. Creció en una familia humilde y trabajadora. “Mis padres siempre nos dieron lo mejor que tenían: felicidad, amor y cariño, y siempre a todas por igual”, cuenta con orgullo. De esa escuela nació también la complicidad con sus hermanas, que hoy son su refugio.
Su niñez transcurrió entre los mostradores de Establecimientos Luchi, el negocio familiar de Punta Umbría que heredaron de su abuelo Andrés y su abuela Valentina, por quien lleva su nombre, y que después regentaron sus padres. “Mis hermanas y yo llevamos la atención al público en vena”, dice divertida. Quizá por eso, a Valentina nunca le ha dado miedo enfrentarse a la vida: quien sobrevive a una infancia atendiendo clientes sabe manejar desde colas interminables hasta discusiones por el último caramelo…
Enfocando su futuro
Valentina estudió Trabajo Social, aunque su primera vocación apuntaba en otra dirección. “Yo quería estudiar Periodismo, siempre me gustó la comunicación. De niña jugaba a hacer entrevistas: con un palo y un poco de papel albal me fabricaba un micrófono. Imaginación no me faltaba”, recuerda entre carcajadas, como si aún pudiera ver a aquella reportera en miniatura narrando las noticias del barrio. La nota de corte la apartó de ese camino y terminó recalando en Trabajo Social. “Mi amigo Juan Ventura me dijo: ‘Yo sinceramente no te veo periodista, te veo más bien de trabajadora social, porque lo tuyo es la gente’. Bendito consejo y bendita elección, porque si volviera a nacer volvería a escoger esta profesión”, asegura sin dudar.
Y llegó el amor a su vida…
Fue en el gimnasio Olimpo, y gracias al carácter cercano de sus dueños, Luis Domínguez y María Bella Periañez, donde aquella joven universitaria conoció a Cristóbal Santana Fernández, el que acabaría siendo su marido y, como ella misma dice, “mi único amor”. “No fue un flechazo, Cristóbal no era el prototipo de hombre que yo tenía idealizado. Pero me enamoró su bondad, su humildad y su lealtad”, confiesa con ternura. Hoy suman 18 años de casados y cinco de noviazgo: “La mitad de mi vida con él, aprendiendo y creciendo juntos”. Y aunque no fuera el príncipe de sus fantasías, resultó ser el compañero de toda una vida real, que siempre es mucho mejor que los cuentos…

Descubriendo una vocación…
Tras graduarse, Valentina se volcó en el voluntariado hasta descubrir su verdadera vocación: las personas mayores. “Son sabiduría y experiencia, lo que ellos aportan no está en los libros. Con ellos me sale la mejor versión de mi”, asegura. Su primer trabajo fue en el Ayuntamiento de Punta Umbría, cubriendo una baja en Servicios Sociales. Aun con la agenda llena, siempre sacaba tiempo para lo que más le llenaba: compartir con los mayores.
Después, junto a una compañera, impulsó el proyecto Educación en valores a través del cine, que se implantó en colegios del municipio. Más tarde dio el salto a Andalucía Orienta, donde durante más de cinco años acompañó a personas desempleadas en la búsqueda de empleo y en el reto de ponerse al día con las nuevas tecnologías. “Fue cuando empecé a darme a conocer como trabajadora social y orientadora laboral en mi pueblo”, recuerda. Su etapa allí arrancó en una fecha simbólica, el 8 de marzo de 2007, Día Internacional de la Mujer, y terminó en 2012 con los recortes de subvenciones. “Como era una contratación sujeta a programa, cerraron el grifo y nos fuimos todos al paro… pero con la satisfacción del trabajo bien hecho”.
Un giro a su vida profesional
Ese punto de inflexión la empujó a reinventarse: convirtió su afición en profesión, se formó en Madrid en aeroyoga y sumó las titulaciones de entrenadora personal, profesora de yoga y de pilates. “Mi coche era una especie de gimnasio portátil: llevaba todo el material y entrenaba a gente en toda la provincia”, cuenta con humor.
La política llamando a su puerta
Volcada en el deporte y con su nueva vida profesional en marcha, un buen día Valentina recibió una llamada inesperada de Gonzalo Rodríguez Nevado, que quería sumarla a su proyecto político. “Me propuso entrar en su lista y le dije que no; me iba bien profesionalmente y no me veía en política”, recuerda. Pero al llegar a casa la esperaba una escena digna de película: su padre, su marido y su suegro, improvisados como un auténtico comité de presión. “Mi padre me pidió que me lo pensara: ‘Ser concejala de tu pueblo es el mayor orgullo para una persona’. Esa misma tarde llamé a Gonzalo y le dije que sí”.
En 2015 arrancó su andadura política como número 5 de la lista. “Ganamos las elecciones”, evoca aún con sonrisa de celebración. Asumió un amplio abanico de competencias y, tras la marcha de Gonzalo y la llegada de Aurora a la alcaldía, pasó por áreas como Servicios Sociales, Igualdad, Mayores, Medios de Comunicación, Salud Pública y la Portavocía. “He estado ocho años en el gobierno local de mi pueblo”, resume con una mezcla de orgullo y nostalgia.
¿Qué le dejó esa etapa? “Muchísimo aprendizaje. Mi paso por la política me regaló una de las mayores experiencias en vida. Entre otras muchas cosas, entendí la importancia de salir a la calle con humildad y escuchando”. Reconoce que el aprendizaje lo recibió tanto de compañeros como de la oposición, y expresa gratitud hacia Gonzalo “porque confió en mí” y hacia Aurora. Y añade, con la franqueza que la caracteriza: “Dentro del equipo he sido muy crítica y asertiva. Decir las cosas como las pienso me ha pasado factura, pero para mí, mi integridad y mi impecabilidad siempre ha estado por encima y no me permite otra cosa”.
Pero dejó de encajar…
En 2023 decidió dar un paso al lado. “Ya no encajaba , sentí que era el momento de mi marcha. Mi sistema de valores —esa coherencia entre lo que pienso, digo y hago— empezaba a agrietarse”, confiesa. Y lo resume en una declaración que la define: se siente más “servidora pública” que “política”. “Estar al servicio de los demás, lo puedes hacer desde cualquier otro ámbito y más cuando tienes claro que sientes amor por las personas , mi verdadera vocación”.
Ese alto nivel de compromiso, admite, ha tenido un alto coste personal y familiar durante su tiempo de concejal. “No tenía tiempo para mí ni para mi familia. Si mi marido no llega a ser como es, quizá me habría visto forzada a elegir entre la política o nuestra relación. Pero él nunca me ha puesto en esa tesitura y ha procurado acompañarme en todo lo que ha podido. Hoy presumo orgullosa de que nuestra relación es tan fuerte que fue capaz de soportar mis ocho años como concejala de gobierno”.
Persiguiendo la maternidad…
Valentina no tuvo hijos. “No fue una decisión; siempre me vi como madre. Lo intentamos y no venía. Me sometí a dos tratamientos de fecundación in vitro. Me parecía inexplicable: ‘Si estoy bien de salud, ¿por qué no me quedo embarazada?’. Los tratamientos no lograron su cometido. Al final le dije a Cristóbal que no podía con otro asalto; emocionalmente era durísimo. Pensé que quizá la vida no me daba un hijo porque había otra cosa destinada para mí…”.
Con el tiempo comprendió que la felicidad también puede adoptar otras formas. “Cuando entendí que no había sido madre biológica, asumí que mi misión en la vida era otra. Y la política me ayudó mucho, en esos momentos, porque siendo concejala de tu pueblo el tiempo nunca es suficiente. Estaba totalmente volcada, con la agenda llena”.

La idea de no ser madre la cambió en su sistema de creencia y a cambio le dio vida a proyectos, ideas y vínculos humanos: “No he sido madre biológicamente, pero sí he parido proyectos. Me he sentido la mamá de mucha gente: de mis mayores, de mujeres y de asociaciones. Para llegar a ese nivel de entendimiento, he trabajado a nivel personal de la mano de la escuela APComunica«, que apareció en su vida para perfeccionar su comunicación y oratoria cuando era concejala, y al final, “cuando empiezas a trabajar en tu autoconocimiento, salen cosas que no esperas, como enseñarte que cada persona desempeñamos un papel dentro de nuestro sistema familiar y el mío, en ese momento estaba cambiado” afirma. “Para ser una gran profesional, antes hay un trabajo interno que hacer, y por eso elegí trabajarme. Empecé aprendiendo y hoy soy mentora de la felicidad. Allí sigo formándome y creciendo”.

Hoy, al mirarse al espejo, se reconoce distinta. “Estoy aprendiendo a valorarme más, a limpiar miedos como el miedo a la muerte o a no ser suficiente, que surgió tras perder a mis padres. Me siento una mujer plena, completa, que cada día se quiere más frente al espejo. Estoy en constante transformación, y esa metamorfosis es la que me mantiene viva”.
Sus referentes
Valentina también tiene claros sus referentes. Los primeros, los más cercanos: sus padres, sus hermanas y su marido. Pero también figuras universales como Teresa de Calcuta, Buda o Jesús de Nazaret, y autores contemporáneos como Mario Alonso Puig o Curro Cañete. “Y, por supuesto, mi escuela APComunica y Almudena Pérez Bizcocho, su fundadora, que apareció en mi vida para mostrarme que hay que ponerse de frente ante los problemas y mostrarle tu mejor sonrisa. Su aparición me hizo ver la vida de otra manera diferente”.
En la actualidad…
Actualmente trabaja como valoradora de la dependencia para la Junta de Andalucía, una experiencia que la emociona especialmente: “Es ver a las personas desde su vulnerabilidad, cuando una enfermedad o discapacidad limita las actividades de su vida diaria. Tú eres como la guía social que puede mejorar su calidad de vida. Llegas a su casa, conoces a la familia y buscas cómo hacerle la vida más llevadera. Eso me llena”. Aunque su contrato es temporal, insiste en que lo importante no es la duración del contrato sino la calidad: “Ahora mismo me siento en mi momento más bonito, tanto personal como profesional”.
De cara al futuro se ve siempre vinculada al servicio de los demás: “No sé en qué ámbito, pero será en lo mío, como trabajadora social. Hoy me defino como filántropa. Amo el contacto con la gente, es lo que me nutre. He tenido trabajos más burocráticos y me ahogaban. Mi oxígeno es el trato humano, la cercanía con la gente”.
Más sobre ella
Valentina se describe como impaciente —“mi peor defecto”—, aunque con el tiempo ha aprendido a suavizarlo. Su plato preferido es el puchero, «porque me trae recuerdos de lo tradicional y lo familiar«, pero admite ser “muy chuchona” y rendirse con facilidad al dulce. Ordenada hasta la obsesión, confiesa que esa manía responde a su necesidad de tener el control, aunque sigue trabajando esa faceta para dejarse llevar «con el ritmo de la vida, con el desorden dentro del orden«.
Detesta la mentira y admira la humildad. Disfruta de la moto por la sensación de libertad, aunque también se relaja conduciendo su coche con música de fondo. En lo personal, reivindica su pelo como seña de identidad: “A veces no recuerdan mi nombre, pero sí que soy ‘la de los pelos a lo afro’”. Prefiere la ropa cómoda, zapatillas antes que tacones y mochila antes que bolso. “Me gusta vestir para la aventura”, resume.
Sobre el panorama político
Hoy, alejada de la primera línea, Valentina mira la política con una mezcla de crítica y preocupación. “Ni a nivel local ni nacional está pasando por su mejor momento en cuanto a credibilidad. Y me centro en Punta Umbría: desde fuera veo a la ciudadanía cansada. Por encima de todo debería estar el bienestar general y no los egos personales”.
Cree que quienes ejercen la política deberían acompañarla de un ejercicio profundo de autoconocimiento: “Cada uno viene de donde viene, de la familia que viene, pero en política no vale todo. Punta Umbría merece una política de altura”.
A su juicio, la confrontación entre partidos ha deteriorado el clima institucional. “Demasiados reproches, demasiada dinámica de ‘tú hiciste esto y ahora yo lo hago igual’. Se debería tomar conciencia de la necesidad de conciliar posiciones y dar un giro por el bien de Punta Umbría”.
Valentina insiste en esa idea de conciliación, aunque admite su dificultad: “La conciliación es complicada cuando todas las partes no están por la labor, porque hay intereses partidistas y personales, pero debería estar por encima el bien común. No debería existir el odio ni la confrontación permanente en el salón de plenos, y mucho menos dar cabida a temas personales y familiares en el debate político”.
Y lo resume en una convicción que le acompaña desde sus inicios: “La política no debería ser tan solo un empleo». Para ella, la política debe «reposar sobre una vocación» y conllevar «una dedicación plena en la búsqueda del bien colectivo y nunca del interés particular”.
Algo sobre ella.
Por: Diego López

«Valentina es el vivo ejemplo de una mujer guerrera, comprometida y con una empatía desbordante. Siempre está dispuesta a colaborar en mil causas, ya sea con mayores, con niños o con personas sin recursos. La he visto atravesar momentos muy difíciles sin perder nunca la sonrisa. Es una persona excepcional, con la que se puede conversar de cualquier tema y de la que siempre recibirás una visión justa y equilibrada. Su presencia se nota, su ausencia se siente y su esencia deja huella. Un verdadero amor de mujer».








