Con 24 años, Natalia Ruiz Fernández habla con el entusiasmo de quien sabe que está exactamente donde quiere estar. Actriz, cantante y creadora inquieta, esta joven puntaumbrieña ha comenzado a abrirse camino en las artes escénicas a base de talento, formación y una perseverancia que desmonta tópicos sobre la fragilidad de los sueños artísticos. Hace unos días estuvo en Lepe con la compañía Índigo Teatro, interpretando una de las obras en las que participa y construyendo una trayectoria que tiene una dirección muy clara.
Su historia arranca en Punta Umbría, en un salón familiar donde empezó cantando “desde que sabía hablar” y donde su familia pronto descubrió que aquella timidez aparente escondía una voz y una sensibilidad especiales. El momento clave llegó con apenas 12 años. “Le dije a mi abuela Pepi que yo quería ser actriz”, recuerda. Esa intuitiva frase se convirtió en la brújula que la ha guiado hasta hoy.
Pero en el camino siempre hay obstáculos y Natalia se topó con tópicos que atentaron contra su verdadera vocación. “Tras estudiar Bachillerato, comencé a estudiar Biología en la Universidad de Sevilla, por aquello de hacer una carrera con salida, pero pronto me di cuenta que ese no era el camino y la insatisfacción recondujo mi rumbo”, argumenta. “Cuando salí de Punta Umbría y entré en contacto con gente con otras formas de pensar, quizás más parecida a la mía, me di cuenta de que no estaba donde quería”, cuenta. Apenas cuatro meses después de iniciar la carrera, tomó la valiente decisión de dejarla y apostar por lo que siempre había sentido. “Mis padres me dijeron que estuviera segura de lo que quería hacer. En ese momento yo estaba decidida a dedicarme al arte dramático”.
Eligió Málaga, donde encontró en el teatro musical la fusión perfecta entre interpretación, canto y danza. Allí se formó de manera integral y ya en el segundo curso de la carrera, empezó a trabajar profesionalmente. Mientras otros esperaban a “estar preparados” para presentarse a un casting, Natalia decidió que aprender también significaba lanzarse. Envió material, acudió a pruebas y fue seleccionada para su primera gran producción con Factoría Echegaray.
A partir de ahí no ha dejado de sumar escenarios y experiencias. Ha participado en montajes como Esperando a ‘Mister Bojangels’, en producciones musicales de verano como ‘Mamma Mia’ o ‘La Bella y la Bestia’ en Islantilla, y en representaciones como ‘Aguirre’, ‘Tengo vida’ o ‘El sí de las niñas’ de las compañías T&T, Tras Teatro y Jóvenes Clásicos, respectivamente. Compatibiliza su actividad como actriz con su labor como profesora de canto y teatro en escuelas como Marbella Music School o Índigo Estudio, ayudando a jóvenes como ella que sueñan con dedicarse a las artes escénicas. “Quiero ser para mis alumnos la figura que yo no tuve siempre cerca”, admite. No solo enseña técnica vocal o interpretación; les ofrece un espacio seguro donde sus inquietudes artísticas valen y cuentan.



Compromiso social sobre la escena
Esa sensibilidad también la conecta con los proyectos en los que elige implicarse. Su participación en la compañía Indigo Teatro, liderada por Celia Almohalla, le hace partícipe de una obra dirigida al público familiar que aborda temas como el acoso escolar, la autoestima y la búsqueda de identidad. Una de esas funciones ha recalado recientemente en Lepe, acercando al público onubense un teatro pensado para emocionar, pero también para ofrecer herramientas de vida.
La vocación de Natalia tiene episodios en el recuerdo familiar. Junto a su tío abuelo Diego, bailarín y figura clave en su historia personal, ha coescrito y protagonizó una obra propia. Su faceta productora, comienza también a fraguarse con ideas y frases que atesora en sus libretas y que algún día verán la luz. “El teatro te da la oportunidad de contar algo a gente que se sienta a escucharte. Sé que en algún momento escribiré mi propia obra”, confiesa.
Su trayectoria es también una historia de superación íntima. De niña que cantaba con vergüenza en reuniones familiares, a joven que se enfrentó al miedo escénico a fuerza de amor por el oficio. “La incertidumbre existe, es una carrera de fondo, pero sin pasión no se puede hacer”, resume. Hoy se siente más segura de sí misma frente al público. Es consciente de que su arte podrá “gustar más o menos”, pero tiene claro que lo hace “con todo el cariño y el respeto del mundo”, y que eso ya merece estar sobre un escenario.
Fuera de los focos, Natalia no olvida de dónde viene. Habla con emoción de sus padres, de sus hermanos, de su amiga Lorena, de todos los que la han empujado cuando las dudas aparecían. Tiene grabada la mirada de su familia cuando la vio actuar por primera vez. “Sentí que por fin me conocían del todo. Siempre he pensado que si no me has visto sobre un escenario, no me conoces completamente”.
Su gran deseo pendiente es volver a su pueblo a mostrar todo lo aprendido frente a sus vecinos. “Me encantaría subir al escenario del Teatro del Mar y decirle a mi gente: esta soy yo ahora”, dice con voz risueña. En definitiva, cerrar el círculo que empezó con aquella niña que susurró un deseo a su abuela Pepi.
Hoy, desde Málaga, sobre las tablas de teatros andaluces y con proyectos audiovisuales en el horizonte, Natalia Ruiz encarna a una generación que se atreve a elegir lo que siente. Una puntaumbrieña que ha decidido vivir muchas vidas desde el escenario sin olvidar la más importante: la suya.







