Juan Antonio y María José, psicólogos y padres de Marco —un niño de cinco años tan alegre como despierto—, recuerdan con emoción el año y medio que compartieron su hogar con un bebé en acogida. Aseguran que aquella etapa marcó un antes y un después en su manera de entender la vida: “la satisfacción personal tras vivir la experiencia ha superado con creces todos los miedos y la incertidumbre que sentíamos antes de dar el paso”.
Esa convivencia, dicen, no solo transformó la vida del pequeño acogido, sino también las suyas y la de Marco. “Nos hizo más conscientes del valor de cuidar, de ofrecer seguridad y cariño a quien lo necesita, aunque no lleve tu apellido”, reflexionan. En su casa, el acogimiento se convirtió en una auténtica lección de empatía, generosidad y amor compartido.
A la entrevista llegaron los tres: Juan Antonio, María José y Marco. Los tres, con sonrisas cómplices, irradiaban esa felicidad serena de quien ha hecho algo grande. Su historia bien podría servirnos de espejo a todos: un relato donde la comodidad, la indiferencia y el “eso no me toca a mí” quedaron fuera de juego, dando paso a un firme compromiso con la infancia.
Durante año y medio, este matrimonio onubense abrió las puertas de su casa —y de su corazón— a un bebé que llegaba desde una familia de acogida de urgencia. Lo hicieron sin certezas, pero con la convicción de que cada niño merece crecer rodeado de afecto, seguridad y esperanza. En su hogar, aquel pequeño encontró un lugar de reparación, de apego y de futuro; ellos, en cambio, descubrieron que el amor que se entrega siempre vuelve multiplicado.
Hoy, con la serenidad que da el tiempo y la emoción aún viva en los ojos, comparten su experiencia con la esperanza de que otras familias también se atrevan a dar ese paso capaz de cambiar una vida… o varias.

Juan Antonio, moguereño, y María José, sevillana, se conocieron estudiando Psicología. Él ha dedicado su carrera al trabajo con menores en contextos de reforma y protección; ella, a la gestión y los recursos humanos. Hoy ambos viven y trabajan en Huelva, donde han formado una familia junto a su hijo Marco. En 2023, cuando el pequeño apenas tenía tres años, decidieron dar un paso que cambiaría sus vidas para siempre: ofrecerse como familia de acogida.
“Siempre tuve esa inquietud —recuerda María José—. Y cuando conocí el trabajo de Juan con menores vulnerables, pensé que, si alguna vez podíamos hacerlo, debíamos intentarlo. Abrir nuestra casa, cuidar de un niño que lo necesitara y darle lo mejor de nosotros, aunque supiéramos que sería solo por un tiempo.” Una decisión movida por la empatía y la convicción de que el amor, cuando se comparte, no se divide: se multiplica.
El bebé llegó con cinco meses y medio, procedente de una familia de acogida de urgencia, una de esas que sale corriendo cuando les llaman porque un bebé es retirado para su protección inmediata. Juan Antonio y María José habían completado la charla informativa por parte de la administración, y tras ella, la formación previa y la evaluación de idoneidad que realiza la asociación Alcores, entidad colaboradora de la Junta de Andalucía que gestiona el acogimiento familiar en la provincia.

“Recuerdo que en aquellas formaciones previas al acogimiento nos explicaron algo que ya intuíamos —subraya Juan Antonio—: que tu familia no se ofrece al sistema para cubrir una carencia propia, sino para convertirse en un recurso para los menores que lo necesitan. No llega un bebé a casa para completarnos a nosotros, sino para que nosotros ayudemos a completar su historia. Cuando entiendes eso, el sentido del acogimiento cambia por completo: deja de ser un acto de entrega puntual y se convierte en una forma de amor consciente, generoso y profundamente transformador.”
La convivencia con aquel bebé fue, como dice Juan Antonio, una experiencia profundamente transformadora. Y si no, que se lo pregunten a Rosario, la abuela —la madre de él—, que empezó a sufrir desde el mismo día en que supo que a la casa llegaría un bebé al que habría que querer “por un tiempo” y luego dejar marchar. Pero el temor se deshizo en cuanto lo tuvo entre sus brazos: se rindió a su mirada y lo colmó de ternura, convirtiendo el miedo en amor sin condiciones. También el tío Pepe, que al principio no entendía aquella decisión, acabó derritiendo sus dudas en una sonrisa tras conocer al pequeño.
El matrimonio no contó con el apoyo de todos. Más de una vez les pararon por la calle, entre la sorpresa y la incomprensión, para preguntarles: “si queréis otro hijo, ¿por qué no tenéis otro?”. Ante eso, María José respondía con la serenidad de quien tiene el corazón en su sitio: “traer un niño a casa no lo hacemos para llenar un hueco nuestro, sino para llenar de abrigo el suyo. Nuestra familia no busca completarse, busca ser un lugar de paso seguro donde un niño encuentre cariño, rutinas y alegría mientras la vida termina de ordenarse para él.”
Con la llegada del bebé, volvieron a la casa los biberones, las noches en vela y la necesidad de reinventar las rutinas familiares. Todo cambió de ritmo, pero también de sentido. “Pensaba que mi experiencia profesional, tan ligada a los menores en situación de vulnerabilidad, me blindaría, me haría menos sensible —admite Juan Antonio—. Pero cuando entra el bebé por la puerta de tu casa, se desactivan las defensas y se encienden las emociones. Entonces descubres que aquí no eres el profesional que observa y analiza: aquí eres persona, y tan vulnerable como cualquier otra.”
Marco, el alma menuda que lo entendió todo
Nada habría sido igual sin Marco, su hijo biológico, que en el momento de la acogida apenas tenía tres años. “Antes de ofrecernos como familia de acogida hablamos con él —recuerdan—. Queríamos saber cómo lo veía y si deseaba formar parte de esta aventura”. El pequeño Marco no dudó en ningún momento en dar su consentimiento al acogimiento mostrándose ilusionado con la idea desde el primer día hasta el último.
“La ayuda de Marco fue fundamental —explica María José—. Jugaba, cuidaba, compartía… y eso que le recordábamos a diario que el acogimiento tenía un inicio y un fin. Gracias a él, todos aprendimos a prepararnos para la despedida.”
Cuando el bebé se marchó, Marco sorprendió a sus padres con una madurez que conmovía. “Lo recuerda siempre con una sonrisa —cuentan—. Nunca desde la tristeza, sino desde el cariño. Nos enseñó que el amor, aunque dure poco, deja raíces profundas.”
El momento del adiós
La despedida llegó en mayo de este año, hace apenas unos meses, tras un proceso de acoplamiento cuidadosamente diseñado por los técnicos de Alcores y del Servicio de Protección de Menores. Primero hubo una videollamada en la que Juan Antonio y María José explicaron a los padres adoptivos cada detalle del bebé: sus rutinas, sus gustos, sus manías, sus risas… todas esas pequeñas particularidades que hacen más fácil la vida de un niño. Después, varios días de encuentros en un parque, donde el pequeño comenzó a descubrir —sin saberlo del todo— el rostro de su nueva familia… y así hasta que llegó el adiós definitivo.
Antes de ese primer contacto del bebé con sus padres adoptivos, recuerdan, trabajaron en casa con él mostrándole un vídeo en el que aparecían su futuro papá y su futura mamá. “Hicimos todo para que su transición fuera lo más cálida posible, para que no sintiera miedo”, cuentan.
“Teníamos preocupación, no te lo voy a negar —reconoce Juan Antonio—: ¿y si no está bien en su nuevo hogar?, ¿y si siente demasiado nuestra ausencia? Pero conocer a la familia adoptiva nos tranquilizó. Supimos que estaba en buenas manos.”
Hoy, ambas familias mantienen contacto, por voluntad mutua y desde el respeto. “Sabemos que el bebé está feliz, que crece rodeado de cariño, y eso nos llena —dicen—. La satisfacción de haber sido parte de su bienestar ha superado con creces todos los miedos del principio.”
Reconocen, sin embargo, que cuando se acercaba el momento del adiós, se ofrecieron a la administración para pasar a ser padres adoptivos del bebé. La ley no lo permitió. “El bebé estaba bien con nosotros, Marco y nosotros también —explica María José—. Consideramos que ofrecer nuestra adopción era lo más razonable para el menor, una forma de evitarle más cambios y nuevas rupturas. Pero los trámites están diseñados de otro modo, por ilógico que parezca. Así que dejamos que todo siguiera su curso, confiando en el sistema”.
Lo que aprendimos
“Cuando María José y yo tomamos la decisión de acoger a un menor, creí que por mi profesión podría afrontarlo desde la razón —confiesa él—, pero aprendí que el corazón no entiende de protocolos. En cuanto lo tuve en brazos, comprendí que soy como cualquier otro, que las emociones se imponen y que, aunque me dedique a esto, no he perdido sensibilidad. Descubrí que soy tan vulnerable como cualquiera. Aun así, tengo la certeza de haber hecho lo correcto… y volvería a hacerlo.”
María José asiente y añade con serenidad: “He aprendido que la familia no es solo la biológica, sino aquella que decides abrir para ofrecer hogar a quien no lo tiene. El miedo, aunque aparezca, no puede paralizarte. Si hay miedo, hazlo con miedo, pero hazlo. Porque si dejas que el miedo se imponga al amor, estás impidiendo que un niño tenga la oportunidad que todo niño merece tener.”
Ambos coinciden en una idea que repiten como un mantra: la familia acogedora no es un fin, es un recurso. “Tu familia —resume Juan Antonio— es una herramienta de desarrollo para un menor que lo necesita. Y eso, inevitablemente, también te transforma a ti.”
Cómo ser familia de acogida en Huelva
Según la experiencia de Juan Antonio y María José, el proceso pasa por varias fases:
- Informarse: asistir a una charla informativa de la administración autonómica, donde se explican los distintos tipos de acogimiento (temporal, permanente o de urgencia).
- Formarse: completar una breve formación con sesiones teóricas y prácticas que ayudan a comprender las necesidades de los menores y el sentido real del acogimiento.
- Evaluarse: un equipo psicosocial valora las motivaciones, la estabilidad emocional, el entorno y los apoyos familiares para asegurar que el menor contará con un espacio seguro y afectivo.
- Acompañamiento: durante todo el acogimiento, la familia recibe llamadas, visitas y un seguimiento técnico continuo que garantiza apoyo y orientación.
- Final del proceso: el objetivo siempre es el bienestar del menor, ya sea el retorno a su familia biológica, la adopción o la continuidad en otra modalidad de acogida.
Además, cualquier unidad familiar puede ofrecerse como familia de acogida, incluidas las familias monoparentales o diversas (gays, lesbianas, etc…). Lo verdaderamente importante no es la estructura familiar, sino la capacidad de entrega: la disposición a ofrecer al menor tanto lo instrumental —techo, tiempo, cuidados— como lo emocional —afecto, seguridad y presencia— que necesita para desarrollarse. Esa capacidad de amar y sostener es, en definitiva, lo que más se valora.
Una experiencia que deja huella
Hoy, Juan Antonio y María José no descartan repetir. “No sabemos aún el formato —dicen—, pero sí sabemos que volveríamos a abrir la puerta.”
Su historia es toda una invitación. Un testimonio nacido del amor, que recuerda que cuando se da sin esperar nada a cambio, la vida siempre encuentra la forma de recompensarte: con crecimiento personal, con gratitud y con una sensación de plenitud difícil de explicar.
“La satisfacción personal ha superado con creces todos los miedos que nos asaltaron cuando nos planteamos acoger —afirman—. Por eso queremos lanzar un mensaje a los vecinos de Huelva: si tienes aunque sea una pequeña inquietud, infórmate, fórmate y atrévete. Porque abrir tu casa puede cambiar la vida de un niño… y, sin darte cuenta, también la tuya.”
Por: Ana Hermida







