En 2015, José Carlos Vides González estaba en paro en Punta Umbría, con una licenciatura recién terminada en Administración y Dirección de Empresas, algunos ahorros y una disyuntiva que resolver: irse fuera de España a buscarse la vida o apurar una última bala formándose un poco más. Diez años después, ese mismo joven que dudaba su rumbo, ha logrado hacerse con una plaza como profesor titular en la Universidad de Sevilla, tras pasar por la Complutense, firmar en revistas internacionales de alto impacto y construir una trayectoria que es, sobre todo, una historia de disciplina, sacrificio y fidelidad a sus raíces.
“Yo siempre digo que soy un privilegiado, porque trabajo en algo que me encanta”, resume. “Me gusta ir a clase, me gusta investigar. Puedo pasar horas leyendo un artículo o delante del ordenador y no lo vivo como un castigo”. Pero la imagen final, la del profesor universitario, es solo la punta del iceberg. Debajo hay años de dudas, renuncias, noches en vela y algún golpe emocional difícil de encajar.

Todo empezó cuando, desorientado tras no conseguir una salida laboral inmediata, pidió consejo al catedrático Emilio Congregado, uno de sus referentes en la Universidad de Huelva. De esa conversación nació su entrada en el Máster en Economía, Finanzas y Computación de la UNIA y la UHU, un programa exigente centrado en análisis de datos, finanzas cuantitativas y programación. Allí se cruzó con quien sería clave en su vida académica, como ha sido el catedrático Antonio Golpe.
“Antonio me puso dos condiciones para el trabajo fin de máster, que fueron trabajar mucho y que tenía que ser un trabajo de investigación. Acepté sin pensar”, recuerda. Ese “sin pensar” le abrió la puerta al doctorado, aunque al principio él mismo se resistiera. Entró en la Escuela de Doctorado pensando que si salía una buena oportunidad laboral fuera de la universidad, dejaría la tesis. Esa oportunidad no llegó; lo que sí apareció fue una vocación.
La primera mitad de su doctorado la hizo “a pulmón”… sin beca, con trabajos puntuales, dando clases particulares, mientras avanzaba investigaciones en tiempo prestado. La segunda mitad la compaginó con su trabajo en el Centro Guadalinfo de Punta Umbría, exprimiendo horas al día para cumplir con sus obligaciones laborales y no soltar el hilo de la tesis. “Ahí entendí lo importante que es la disciplina. Descubrí que podía ser mucho más constante de lo que pensaba”, admite. Un solo día de ocio a la semana, planificación meticulosa y la cabeza siempre conectada a los problemas de investigación marcaron esa etapa.
A las dificultades materiales se sumó un golpe personal. Mientras avanzaba en su meta, sobrellegó la muerte, por enfermedad, del profesor Jesús Iglesias, quien iba a ser su co-director de tesis y que, con Antonio Golpe, se había convertido en amigo y apoyo. “Fue el palo más duro de todo el proceso”, confiesa. “Conservo una foto con ellos en mi despacho. La llevé también el día de las oposiciones. Aunque no esté, siempre lo tengo presente”.

En marzo de 2020 defendió su tesis en pleno confinamiento, de manera telemática, convirtiéndose en una de las primeras defensas online de España. Obtuvo sobresaliente cum laude por unanimidad y la propuesta para premio extraordinario de doctorado. Había dejado de ser “el chaval del pueblo que no sabía qué hacer” para convertirse en un investigador con proyección.
Llegó entonces otro tren para hacerse con una plaza como profesor ayudante doctor en la Universidad Complutense de Madrid. No quería irse de su tierra, pero se montó en él. “Cuando pasa un tren así, hay que subir”, explica. En Madrid trabajó rodeado de referentes de la economía española, asumió responsabilidades en congresos, publicó en revistas de impacto como Energy Economics o International Review of Economics and Finance y amplió su experiencia docente. Pero nunca se desconectó de su pueblo y cada vez que podía, ese scapaba a Punta Umbría a ver a la familia, a su abuela, a tomar café frente al mar.
Con la Complutense como trampolín, llegó la posibilidad de ocupar una plaza en la Universidad de Sevilla, en el área de Economía Financiera. Y, tras consolidar méritos docentes e investigadores, la acreditación de la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación (ANECA) como profesor titular de universidad, notificación que le llegó, simbólicamente, estando en Punta Umbría, el día de la Feria de la Gamba. “Tenía todos los ingredientes para celebrarlo. Sentí que cerraba un círculo”, recuerda. Hace apenas unos días ha tomado posesión de la plaza. El siguiente objetivo ya está en el horizonte: la cátedra.

La democratización de la economía y las finanzas
Vides se define como un profesor cercano y flexible. “Me preocupo porque mis alumnos se vayan a casa con la sensación de haber aprendido algo. No me importa repetir un concepto cinco veces”, explica. Sus clases de finanzas buscan aterrizar conceptos como la bolsa, los mercados de capitales, la deuda pública, los productos bancarios o la política monetaria en la vida real de la gente. Defiende con convicción la necesidad de “democratizar la economía” y llevar conocimientos financieros básicos a los colegios para que cualquiera pueda entender una hipoteca, una nómina o un tipo de interés.
También tiene claro que la universidad debe salir más a la calle y demostrar que sirve para resolver problemas concretos, no solo para llenar currículums de artículos. “Si la sociedad ve que lo que hacemos mejora su vida, entenderá mejor para qué existe la universidad”.
Mirando atrás, asume sin dramatismo los sacrificios…aquellos años con poco dinero mientras sus amigos ya tenían sueldos estables, los momentos perdidos con amigos y familia, la soledad de Madrid, el miedo a no estar a la altura rodeado de gente brillante. “Ha sido una lucha constante contra uno mismo”, resume. “Tienes síndrome del impostor, piensas que no eres tan bueno, pero sigues. Y al final el trabajo constante pesa más que el talento puntual”.
Agradece con nombre y apellido a quienes han sido clave en el camino, desde sus directores Antonio Golpe y Jesús Iglesias hasta su familia, sus amigos, la gente de Punta Umbría que lo anima cuando vuelve. “Siento el cariño de mi pueblo, y eso me llena. Yo intento quedarme siempre con lo bueno de la gente”, dice.
Su historia no es solo la de un académico que encadena méritos. Es la de un vecino que, desde una habitación cualquiera de Punta Umbría, decidió apostar por el estudio cuando todo invitaba a rendirse. Una década después, su plaza en la Universidad de Sevilla es también un mensaje para los jóvenes que se preguntan si la universidad es un lugar lejano. ¡Pues ya ven que no! y que desde un pueblo costero lejos de la capital, también se puede llegar muy alto. Curiosidad, trabajo y determinación cuando llegue el tren, son ingredientes más que suficientes. ¡Enhorabuena José Carlos!
Por: José Luis Galloso






