Manuel Camacho Carrasco ‘el lepero’, llegó hace casi 60 años a Punta Umbría donde ha forjado toda una vida ligada al trabajo en la mar, la playa y, sobre todo, la marisma que durante tanto tiempo sustentó a su familia. Su vida es la memoria de aquellos niños de la postguerra que tuvieron que sacrificar su infancia y pasar de puntillas por la adolescencia, para ayudar en casa y combatir la pobreza
SECCIÓN PATROCINADA POR:

A Manuel Camacho Carrasco es difícil no cruzárselo durante la semana por las calles de Punta Umbría. Cada mañana comienza su rutina diaria con un largo paseo desde el Barrio Romano hasta la zona de la ría, esa donde tantas horas estuvo bregando para ganarse la vida. A su paso se detiene una y otra vez, saludando a unos y a otros, parándose a charlar, dejando tras de sí un rastro de palabras amables y gestos educados. A sus ochenta años recién cumplidos, Manuel sigue caminando como quien se resiste a quedarse quieto, como quien entiende que moverse es una forma de seguir activo, de seguir vivo. ¿Quién no conoce a Manuel el Lepero en la localidad, a la que vino para quedarse hace ya casi seis décadas? Toda una vida.
Nos sentamos a tomar una cerveza a mediodía y Manuel se acomoda. Saca de su bolsillo dos fotos de cuando era un chaval y comienza su relato. Antes incluso de empezar con las preguntas, ya despliega un repertorio de vivencias que forman parte del pasado más reciente de nuestro pueblo, ese que hay que conocer para entender que somos herederos de una generación de verdaderos guerreros de la vida.
Manuel nació en 1945, en Lepe, en la calle Colón. “Mi padre y mi madre eran de la mar, del río, de las marismas. De ahí vivíamos”, recuerda. Su infancia transcurrió entre caños, esteros y playas, en un tiempo en el que el trabajo no esperaba a que uno creciera. “Con ocho o nueve años ya estaba ayudando a mi padre. Él cayó enfermo y hubo que tirar para adelante”.

Dejó el colegio siendo un niño. No hubo opción. “Había que comer. Y el río daba de comer a quien lo conocía”. Y Manuel lo conocía bien. Cogía camarones, bocas, cangrejos, navajas, coquinas; pescaba chocos, lenguados, todo lo que la marisma ofrecía. Muchas veces descalzo, otras con unas alpargatas gastadas, sin abrigo, sin ropa de agua. “Venía desde Lepe a la Bota en bici o a El Rompido andando, donde hiciera falta sin ponerle pega a nada. He sido el que más he andado en el mundo. Millones de kilómetros descalzo, en alpargatas, lloviendo y cargado con lo que pescaba para luego venderlo. Esa marisma me la conozco yo palmo a palmo”, relata con orgullo, dejando claro lo dura que era la vida para un chiquillo de la posguerra española en una familia que luchaba a diario contra la pobreza de su época.
Y cuando el estero no era el lugar donde recolectar, cogía su bici y se iba hasta la campiña. “Iba en bicicleta desde Lepe hasta Trigueros, para recoger aceitunas en la finca de don Celestino Cuadri”, recuerda. “Yo me he buscado la vida, pero de verdad. No es una forma de hablar”, afirma con la intensidad que le caracteriza, pero sin perder su alegría de vivir.
Un nuevo horizonte
Ese conocimiento profundo del territorio lo acompaña aún hoy. Manuel habla de esteros, borrazas, caños y taletas con una precisión que ya casi nadie conserva. “Eso no se aprende en los libros, eso se aprende metiendo los pies en el fango”. Recuerda trayectos interminables, cargando marisco, atravesando caminos de tierra, buscando un jornal donde hubiera oportunidad.
El niño se hizo un hombre pronto. A los diecinueve años, Manuel se fue a hacer la mili. Lo hizo en la Marina, embarcado en el TEA 21 Castilla. “La mili la pasé divinamente”, dice sin dudar. Tanto, que fue distinguido como marinero de primera. “Por el comportamiento, por la maniobra y por el trabajo”, puntualiza Manuel.
Cuenta que en una ocasión Juan Carlos de Borbón, quien más tarde fuera rey de España, navegó en el Castilla mientras él cumplía el servicio militar y compartieron trayecto desde Cádiz a Canarias. “En aquella ocasión casi me quedo en tierra porque me fui a tomar algo con los compañeros”, confiesa entre risas.
En aquel buque navegó toda la costa peninsular y parte de las orillas del vecino país de Marruecos. Cádiz, Ferrol, Tarragona, Barcelona, Canarias. “Yo ya sabía de barcos cuando llegué. Llevaba media vida bregando en la mar”. Esa experiencia previa fue clave. Durante el servicio militar confirmó algo que ya sabía, y es que el mar no era solo un oficio, era su sitio en el mundo y una manera de vivir.
Tras la mili, Manuel tomó la decisión de afincarse en Punta Umbría. Tenía unos veintidós o veintitrés años. “Aquí lo tenía todo a mano. El pescado, la marisma y el pueblo para vender”.
«Me vine a Punta Umbría a vivir porque aquí lo tenía todo a mano; pescaba o mariscaba y vendía aquí mismo. Aquí solo había arena, pinos y unas cuantas casetas de madera».
Al principio vivió en una caseta con su tío el Rifeño, en la avenida de Andalucía, donde hoy está Isa Fortes, puntualiza. Punta Umbría era entonces arena, pinos y necesidad. “Esto eran cuatro casetas y poco más. Todo arena. Mucha gente viviendo como podía”.
Aquí empezó de nuevo a buscarse la vida en la mar, la marisma o la playa. Vendía directamente a vecinos o a socios del Real Club Marítimo, entre otros, donde más tarde trabajaría más de una década. “La marisma nunca la dejé. Venía de la mar y me metía en el río”.
En Punta Umbría conoció a Eduarda, su mujer. Al nombrarla, la voz se le quiebra. “Era una mujer como Dios manda. Buena, trabajadora, querida por todo el mundo. Tenía buenas manos para todo”. Se casaron jóvenes. Tuvieron dos hijos, José Manuel y Eduarda.
Eduarda fue su sostén. “Me he llevado toda la vida con ella”. Falleció hace cuatro años, y ese sigue siendo el único punto donde Manuel flaquea. “Ahora voy por la calle como un barco a la deriva”, confiesa en un momento de silencio. “La echo de menos en todo. Y ahora en Navidad, más todavía”.

Hablar de ella es doloroso, pero también necesario. Manuel saca fuerzas para afrontar esa realidad que acompaña a cualquier persona a la que se le fue alguien importante.
Manuel ha trabajado en todo tipo de barcos, de arrastre, cerco y pareja, y con todo tipo de artes de pesca. Ha sido marinero, timonel, mecánico improvisado, cocinero a bordo. “Yo hacía de todo. En los últimos años, embarcado en el Serviola, era cocinero, pero trabajaba como el que más en la cubierta. A mí siempre me ha gustado arrear en el trabajo”.
Recuerda temporales, averías y noches de apuros en aquellos tiempos en los que no había comunicaciones, más allá de una bandera de socorro útil únicamente de día. “Antes, si un barco se quedaba tirado, se ponía una bandera. Y el que pasaba ya sabía lo que había”. Rememora un temporal a bordo de la embarcación Luisa Carmona, de José Carmona el Corina, en el que sintió peligrar su vida. “Nos cogió un temporal viniendo de la mar y lo pasamos mal en el puente. La gente del pueblo estaba en la ría viendo llegar los barcos, rezando para que no pasara nada”.
También ha visto a compañeros perder la vida por buscar un jornal mejor. “La mar es muy buena, pero no perdona”. A pesar de todo, no guarda rencor ni miedo. “Si volviera a nacer, volvería a la mar”.
Fue también uno de esos marineros que faenaron durante años en la época en la que los buques españoles pescaban en Marruecos. “Estuve embarcado en La Darda unos pocos de años con los hermanos Fortes y conocí aquellas playas africanas”, explica.
El Club Náutico y sus amistades
Tras sus años en la mar, Manuel dejó la pesca de manera profesional y trabajó cerca de diez años como botero en el Real Club Marítimo y Tenis de Punta Umbría. “Allí me trataron de categoría”. Cuidaba embarcaciones, hacía guardias nocturnas y arreglaba lo que hiciera falta. “Los socios dormían tranquilos”.
Dejó huella. Todavía hoy lo quieren y le dan la bienvenida cuando pasa por el club. “Yo entro en el club a tomar un café o una cerveza como uno más”, dice con orgullo discreto mientras recuerda la amistad que forjó con Alberto Tibehau, José María Segovia y su esposa Lupe, o Toni Vázquez.
“Yo ando por la vida sin despreciar a nadie. Siempre he sido una persona como Dios manda”
Y es que el Lepero no presume de dinero, ni de títulos, ni de cargos. Presume de algo mucho más grande, el cariño de la gente y de ser una persona íntegra. “Yo ando por la vida sin despreciar a nadie. Siempre he sido una persona como Dios manda”, afirma con un relato muy humano que le honra. “Aquí estamos de paso. Hay que portarse bien mientras se pueda”, dice antes de hablar de sus dos nietos, a quienes dedica todo el tiempo que puede.
Manuel Camacho es el reflejo de una generación forjada en la necesidad, en el esfuerzo y en la dignidad. Gente que no aprendió a quejarse porque no tenía tiempo. Que entendió la vida como una oportunidad, no como una deuda.
Hoy sigue caminando por Punta Umbría, saludando, recordando. En cada paso va la memoria de las marismas del Odiel y del río Piedras, de los caminos de tierra, de las bicicletas cargadas de marisco, de una mujer llamada Eduarda.
Manuel el Lepero no es solo un marinero. Es memoria viva de un tiempo que no debe olvidarse. Si se lo cruzan hoy, es posible que les deleite con alguna de sus poesías. A mí me gusta aquella de “olor a pintura, tierra por la amura…”
Por José Luis Galloso








