“Ayudar a una clienta con su imagen comienza por escucharla cuando llega al salón de belleza”

Sara Jurado González, emprendedora y perfeccionista, comienza una nueva etapa profesional que la ha llevado de una peluquería de barrio a un salón de Belleza y Bienestar, con un equipamiento de vanguardia, donde asesora y aporta soluciones integrales de belleza y salud

 

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Sara Jurado González no es solo una emprendedora que ha crecido a base de turnos largos, citas encadenadas y fines de semana de comuniones, bautizos y bodas. Es alguien que, desde muy niña, tuvo claro un horizonte que ha convertido en su proyecto de vida. Por eso habla con pasión de todo lo que hoy gira en torno a su nuevo salón de belleza, ubicado en la avenida de la Marina.

“Desde pequeñita cogía las muñecas a mi hermana y le hacía los moños, los peinados y le cortaba el pelo. Ahí me di cuenta de lo que me gustaba”, recuerda. Esa escena doméstica, casi inocente, muestra una vocación temprana que se fue tornando en su destino. Mientras otras niñas jugaban a imaginar profesiones, Sara ya estaba ensayando la suya con las manos.

La decisión llegó pronto y sin rodeos. “No prolongué mucho mis estudios escolares . Yo tenía claro que quería dedicarme al mundo de la belleza y tener mi propio lugar donde hacerlo”, dice con determinación. Con dieciséis años dejó el instituto y se inscribió en una academia privada. “Entré en una academia privada en Huelva. Me formé en la Academia de Peluquería y Estética ‘Amadi’ durante dos años. Allí hice peluquería y dirección de salón”, relata nuestra protagonista.

En esa etapa se le nota el orgullo, pero no el exhibicionismo. Habla de los comienzos como quien recuerda una época de esfuerzo con la serenidad de quien la superó. “La profesora estaba conmigo súper contenta y me puso en el salón a dirigir el salón en vez del segundo año”, explica. Hay algo de carácter ahí… una mezcla de disciplina y de intuición que, con el tiempo, se convertiría en sello profesional.

Pero la vida, a veces, no espera a que una vocación se acomode en el calendario. Sara fue madre a temprana edad, y ese momento también fue un punto de inflexión en su vida. “Fui madre con 17 años; la tuve en junio y en septiembre me metí en la academia”, resume. Mientras muchas amigas vivían la candidez de la adolescencia, ella tomaba a diario un autobús para ir a la capital onubense, estudiaba, trabajaba y aprendía a sostener a su familia.

Recibir a las clientas y tomar contacto con ellas, es uno de los cometidos de Sara en el centro.

La maternidad no le cerró puertas, se las abrió por dentro. Le dio un motivo y le dio urgencia. “Eso fue lo que ya me terminó de empujar y decirme que debía ser autosuficiente, porque a mi hija la tengo que criar yo”, confiesa. La frase sale sin dramatismo, pero pesa. “No me la puede criar mi padre, a pesar de mi edad, porque es mía”, añade, dejando claro que su manera de entender la responsabilidad no admite atajos.

En paralelo a la academia, empezó a trabajar. “Empecé con 17 años en una academia, a la misma vez que estudiaba por la mañana empecé a trabajar en la peluquería… por la tarde y los fines de semana”, relata. Esa combinación de formación y trabajo, de teoría y práctica, le dio lo que ninguna clase en la academia podía entregar de forma tan fehaciente. Es decir, tomar el pulso real del oficio, el trato con clientas, la presión del tiempo, el detalle que decide si un trabajo está correcto o está impecable.

Después de formarse, se quedó en el mismo entorno laboral. “Estuve trabajando con Marta Cazorla durante un buen tiempo”, cuenta. Hubo un momento, incluso, en el que le tocó asumir más responsabilidades de las previstas. “Ella se quedó embarazada y yo me quedé llevándole el negocio”, recuerda. Para Sara, aquello no fue una carga, fue un entrenamiento acelerado para lo que vendría después, que no era otra cosa que dirigir, resolver, mantener el nivel, sostener el día a día.

“Durante aquellos años tuve una reducción de jornada y tuve que cubrir horas saliendo a cortar y peinar a las casas. Me compré una moto e iba de casa en casa. Estaba en un momento de muchos pagos y debía salir adelante”, cuenta, rememorando una etapa de grandes sacrificios.

El impulso definitivo para emprender llegó desde un lugar tan cotidiano como decisivo. “Mi padre puso en venta un local de su propiedad”, dice. “Fue lo que me echó a mí para adelante para decirle a mi padre que yo quiero montar mi negocio allí”, recuerda. Para entonces ya había dado otro paso personal importante, ya que se había comprado una casa, y defender los pagos se convirtió en una batalla concreta.

En torno a esos años se consolidó el proyecto personal que hoy cumple más de una década. “Doce años ahora hago como trabajadora autónoma”, dice, recordando incluso la fecha que para ella es simbólica. Porque dejó de depender de horarios ajenos y se puso su propio listón.

“Me gusta lo que hago, soy una enamorada de mi trabajo. Lo que más me gusta es el trato con el cliente. A veces vienen apagadas y se suelen ir con una sonrisa»

Con el negocio ya en marcha, Sara fue construyendo una forma de trabajar basada en el trato, en el detalle y en una presencia constante. “Me gusta lo que hago, soy una enamorada de mi trabajo”, afirma. No lo dice como una frase bonita, lo dice como explicación. Y cuando le preguntas qué es lo que más le llena, habla de las personas.

“El trato con el cliente”, responde, y amplía la idea con una imagen que parece repetirse cada semana en su salón. “A veces vienen apagadas, sin ganas de nada, y se suelen ir con una sonrisa”, dice. Porque Sara no vende solo un resultado estético; ella intenta sostener un rato de conversación, de escucha, de confianza. “Cuando vienen a ti es porque quieren hablar contigo y estar contigo… porque les gusta cómo las tratan”, añade.

En esa relación aparece la palabra ‘psicología’, que está muy relacionada con este sector. Sara no la esquiva. “Sí, bastante”, responde cuando le preguntan si hay que ser psicóloga para ser peluquera. Y enseguida explica su propio método, convertido casi en protocolo personal. “No pasa nadie por mi salón que no la reciba yo o que la despida yo”, asegura.

Lo dice con una convicción que define su estilo de liderazgo y su sensibilidad profesional. “Al recibir a una persona veo su estado de ánimo, lo que le va a su piel, lo que le va a su pelo, todo”, explica. “Nada más que con hablar con ella y tocarle su pelo… ya sé lo que le tengo que hacer y lo que necesita”, añade. “Y cuando se van me gusta comprobar que se van contentas”.

Ese “don”, como ella lo llama, no se aprende solo en cursos. “Con eso se nace”, dice sin dudar. Sara no desprecia la formación, al contrario, la defiende con insistencia, pero cree que hay una parte del oficio que es sensibilidad. “Yo soy muy perfeccionista”, resume. Y en esa palabra, perfeccionista, cabe una manera de mirar: la que no se conforma con lo correcto, la que busca lo que encaja con cada persona.

Con los años, además, ha visto cómo ha cambiado la clientela y cómo las redes han alterado expectativas. Sara lo explica con claridad. “Las de 20 años ven mucho las redes sociales… te vienen con las típicas fotos que casi nunca son reales”, cuenta. A veces, su trabajo se convierte en aterrizar fantasías digitales. “Eso lleva muchos filtros, no tiene nada que ver con lo que tú quieres”, dice, consciente de que hoy la estética también pasa por educar la mirada.

Mientras tanto, la vida personal seguía avanzando al mismo ritmo que el negocio. Sara es madre de “Sara, que tiene 20 años, Nagore, que tiene 15 y David con 7”, enumera. Habla de conciliación sin romantizarla. “Muchísimo tiempo han pasado en la peluquería”, reconoce. Y su hijo pequeño, David, está muchas tardes allí, entre el sonido del secador y el ir y venir del equipo. “Aquí tengo a mi hijo todos los días conmigo… el pobrecito, porque no le queda otra”, comenta con una ternura práctica, de las que no se quejan pero no esconden la realidad.

 

Un bache para coger impulso

Y entonces llegó la transición más dura, que ha sido la reciente pérdida de su padre. Sara lo menciona con un silencio breve, como si doliese decirlo en voz alta. “Fallece mi padre… y me vine un montón abajo”, confiesa. “Me estaba dando cuenta de que no estaba trabajando yo como estaba, cada vez me iba apagando más”. Esa situación le quitó energía incluso para entrar al trabajo. “Había días que ya no quería entrar ni pasar por el pasaje donde hemos vivido siempre y tenía la peluquería”, admite.

En ese momento, apareció una oportunidad de cambio. Un amigo le propuso compartir un espacio con su hija, que ya tenía su propio negocio de belleza, y concentrar fuerzas para crecer junta en un mismo salón de belleza. “Me he arriesgado mucho, pero hay que echarse adelante”, resume.

Sara Jurado y su hija, Sara Tinoco. Abajo (de izquierda a derecha) Lourdes Rey, María José Gil y Paula Delcan

El salto cualitativo se materializó hace poco más de un mes con la inauguración de un nuevo espacio. Un salón atractivo, amplio, pensado para ofrecer más servicios y, sobre todo, para abrir una etapa distinta. “El negocio de antes para mí era una peluquería de barrio… tenía estética muy poquito porque no tenía mucho sitio”, explica. Ahora el concepto es otro, y se llama Belleza y Bienestar Sara Jurado.

Sara habla del nuevo salón como de un proyecto que le ha devuelto la ilusión. “Estoy volviendo otra vez a mi alegría que estaba perdiendo”, confiesa. Y en esa recuperación influye una idea que la emociona especialmente, que es trabajar junto a su hija. “Estamos encantadísimas las dos, nos va súper bien”, dice. “Gracias a Dios estamos juntas… y la verdad que muy bien, mirando las dos y luchando por lo nuestro.”

En el nuevo espacio, el equipo también crece. “Somos cinco personas”, afirma. Ella sigue ejerciendo de directora, pero no desde la distancia. “Directora y trabajando… porque yo no paro”, dice, dejando claro que su liderazgo no se apoya en un despacho, sino en el ejemplo.

«En el nuevo salón somos un equipo de cinco profesionales y ofrecemos un amplio abanico de servicios para que nadie tenga que desplazarse a Huelva o Sevilla» 

El catálogo de servicios se ha ampliado de manera notable. Sara lo enumera como quien quiere que nadie, en su pueblo, tenga que buscar fuera lo que puede encontrar cerca. Habla de estética avanzada, aparatología facial, láser, presoterapia. Habla de sumar medicina estética con profesionales que se desplazan. “Para que nadie se tenga que ir ni a Huelva ni a Sevilla”, dice con orgullo práctico. Su discurso no es grandilocuente: está hecho de necesidades detectadas durante años de conversación con clientas.

“Somos muy profesionales y sinceras con las clientas… hablamos con ellas mucho, le aconsejamos”, cuenta. “Si vemos algo que no nos gusta, le recomendamos que eso no se lo haga”. Y también cuidan la intimidad. “A todo el mundo no le gusta que los demás sepan sobre sus consultas de belleza, así que preservamos ese momento de intimidad en una sala aparte”, dice.

Por eso cuando se le pide una invitación para conocer el nuevo salón, Sara habla de estados de ánimo. “Estamos aquí para recibirla encantadísima… le vamos a ofrecer todo lo que necesite para que su estado de ánimo y su físico y todo se vea espectacular”, dice. En su voz hay cansancio, sí, pero también hay ese brillo de quien vuelve a arrancar.

Ahora, en esta nueva etapa, el salón nuevo no es solo un cambio de ubicación. Es la declaración de alguien que ha decidido encenderse de nuevo. “He reactivado mi vida profesional y personal”, dice una mujer emprendedora que entendió que el camino del éxito, requiere sacrificios personales.

 

Algo sobre ella:

“Sara y su familia forman casi parte de la mía, y desde que la conozco puedo decir que es una curranta nata. Ha sacado adelante su negocio contra viento y marea, superando crisis, pandemia, franquicias y todos los obstáculos que afrontamos quienes estamos al frente de un proyecto. Ahora se embarca en un reto aún mayor, y estoy convencido de que irá muy bien. Sara representa a la perfección a una mujer puntera: emprendedora, luchadora, madre y empresaria. Y desde alguna estrella, Juan estará siempre orgulloso de ella”.

 

 

Por José Luis Galloso

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