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Mujeres mayores que siempre estuvieron en ella y que hoy cobran vida en retratos con identidad, personalidad y relato propio
Por: Ana Hermida
Noelia Melara Sánchez (1973) no necesita adornos para definirse. De hecho, desconfía de los atajos. Ni horóscopos, ni etiquetas rápidas, ni explicaciones cómodas. Le basta una idea, sencilla y contundente: “la gente es como es por lo que le toca vivir”. Y desde ahí se entiende todo lo demás: su valentía, su sentido de la libertad, su manera de trabajar, su forma de amar… y su obsesión luminosa por las mujeres mayores.
Habla con esa mezcla de serenidad y decisión que solo aparece cuando alguien se ha mirado por dentro sin miedo. No presume, pero tampoco se empequeñece. Tiene una autoestima que ella misma llama “intocable”, y no la presenta como un logro individual, sino como un regalo heredado: el amor limpio de sus padres.

Su madre: presencia diaria, brújula, altar
La palabra “referente” se le queda corta cuando habla de su madre, María Ángeles. Está fallecida, igual que su padre, Vicente. Pero en su casa, Noelia sigue conversando con ellos como quien no ha cerrado la puerta. Tiene dos altares, separados: su padre en el salón; su madre, en el dormitorio, velando sus sueños. Recolecta flores, las coloca, habla. Conserva cenizas. Conserva objetos. Conserva gestos.
Y, sobre todo, conserva una enseñanza esencial: “de ella aprendí a ser madre”.
Noelia lo dice con una emoción que no necesita dramatismo. Su madre la miró siempre con atención y orgullo, hiciera lo que hiciera, saliera mejor o peor. Esa mirada constante —ese amparo sin condiciones— fue construyendo en ella una certeza: “valgo lo que valgo y con eso estoy contenta”. Esa filosofía, tan simple como difícil, la acompaña como una armadura suave: no para imponerse, sino para caminar sin pedir permiso.
“Ser familia”: el vínculo como forma de vida
Hay otro pilar que la sostiene: su hermano Vicente, al que ella llama “Tin”. Se llevan once meses. Crecieron casi como gemelos, viajando los cuatro en caravana durante esas vacaciones eternas de sus padres profesores. De ahí les quedó algo que hoy, sin los padres, se ha vuelto sagrado: la familia como piña, la decisión compartida, la lealtad cotidiana. Hablan cada día. Se cuidan. Se consultan todo. Y en esa forma de estar juntos hay una especie de continuidad: como si el amor de los padres siguiera funcionando a través de ellos.
Noelia tiene dos hijos, Teo (17) y Noa (14), de los que admite que aprende cada día. Le gusta que la vean fuerte, entusiasta, resolutiva y capaz, aunque no necesita que la vean perfecta.
El salto mortal: elegir lo que la hacía sentir “ella”
Estudió Bellas Artes en Sevilla (1990–1995). La ciudad y la carrera fueron “una locura fenomenal”: libertad, amigos, vida. Allí descubrió la restauración del patrimonio, casi sin saber que estaba encontrando su lugar.
Años después, ya instalada en Huelva, trabajó durante mucho tiempo como profesora de dibujo en Las Teresianas. Cumplía. Era responsable. Era buena. Pero, pasados varios años, empezó a asfixiarse. No por falta de cariño hacia los alumnos, sino por una verdad que le explotó dentro: estaba distanciándose cada día más de lo que a ella le daba la felicidad, la restauración, el arte, la creatividad…
Entonces tomó la decisión que define a las personas valientes: dejó la comodidad. Plaza fija. Piso frente al colegio. Sueldo estable. Vida previsible. Lo dejó todo para explorar nuevos horizontes más acordes a su vocación.
Pidió una excedencia. Buscó trabajo de restauración. No aparecía. Pero no volvió a las aulas. Ese gesto —ese “no vuelvo” en el punto exacto en que todo el mundo vuelve— fue su primer gran acto de fidelidad consigo misma.
Y le salió bien. No por magia. Por constancia, por trabajo, por ideas claras… y por un respaldo que ella no romantiza: “mis padres siempre han estado detrás para apoyarme”.

El Monasterio de la Rábida: “este es mi sitio”
Su primer gran trabajo como restauradora fue en el Monasterio de La Rábida. Cuatro años. Allí, entre obras con siglos de vida, ocurrió algo íntimo: el reconocimiento de que había encontrado su territorio natural. Tomar decisiones. Resolver. Trabajar con las manos y con la cabeza. Estar en silencio ante lo que otros pintaron, restauraron, tocaron, rezaron, miraron.
A partir de ahí, se formó sin descanso. Trabajó con el Instituto Andaluz del Patrimonio. Se dejó la piel en una rutina de jornadas imposibles. Y cuando llegó la maternidad, volvió a hacer otro acto valiente y consciente: priorizó.
“Sacrifiqué mi faceta profesional para dedicarme al cien por cien a mis hijos”, dice, sin culpa. Renunció a oportunidades. Se apartó del ritmo laboral porque su oficio no permite medias tintas: andamios, traslados, exigencia, responsabilidad técnica. Noelia no entiende hacer algo a medias. Y eligió.
Huelva, una ciudad “ajena”… hasta que el patrimonio la conectó
Noelia es extremeña. Nació en Don Benito, se crió en Almendralejo. En Huelva lleva desde el 2000. Y aun así, durante mucho tiempo sintió la ciudad como algo ajeno. No por falta de gente buena —de hecho, habla de amistades “de las mejores”— sino por esa sensación tan dura de vivir lejos del propio origen, especialmente en épocas difíciles.

Lo que la terminó uniendo a Huelva fue, curiosamente, su trabajo: cuidar el patrimonio de este lugar. Restaurar aquí fue una forma de pertenecer.
Hay un sitio que simboliza ese vínculo: el Museo de Huelva. Noelia lo dice casi como quien confiesa una religión personal: “a veces voy incluso en mi tiempo libre”. Sube las escaleras. Está allí. Se siente en casa.
Sus referentes onubenses: honradez, rigor, forma de cuidar
Cuando nombra a Juan Campos, se nota el respeto inmediato.
Cuando lo conoció le dijo: “no sé de arqueología, pero sé restaurar, sé aprender, dame piezas pequeñas y yo me formo”.
Juan Campos le dio la oportunidad. Y Noelia se puso a estudiar como quien se juega la vida: metal, cerámica, cursos, práctica. Desde 2016 trabaja con la Universidad de Huelva, vinculada al grupo de investigación Vrbanitas, colaborando como profesional externa. Palos, Aroche, El Eucaliptal… su ruta está hecha de lugares donde la historia asoma y alguien tiene que cuidarla con manos expertas.
Otro nombre aparece con la misma fuerza: Javier Bermejo, a quien reconoce como referente. Y aquí está la clave: Noelia no admira solo el conocimiento, sino la manera de gestionar el patrimonio, la honradez, la ética y el respeto con el que se toca aquello que tiene memoria. En ese mismo mapa afectivo y profesional sitúa a Lucía, a Cinta —restauradora y amiga imprescindible—, y a Pilar Lozano, artista y fotógrafa con la que ha compartido una vida en común atravesada por el arte. Son personas que han estado ahí, sosteniéndola en distintas etapas de su vida. Y en este momento vital que describe como pleno y sereno aparece también Antonello, a quien admira profundamente y junto a quien siente que su mundo se ha transformado en un lugar que le aporta felicidad y le permite disfrutar con plenitud de la vida.
Las pepas: una familia de papel, arrugas y biografías inventadas
Y entonces llega lo más íntimo. Lo que no nació para venderse. Lo que no se hizo para gustar. Lo que brota cuando una persona se queda a solas consigo misma y decide crear.
Las Pepas no son una colección. No son un proyecto de marketing. No son un catálogo de “señoras bonitas”.
Las Pepas son —como ella misma las llama— su familia.
Son retratos de mujeres mayores con un punto de rareza, con personalidad. Siempre de perfil. Siempre mirando a la izquierda. Mirando al pasado. Como si llevaran en la cara todo lo vivido.
Cada Pepa nace de un flechazo: Noelia ve una mujer por la calle y se siente atraída. No es solo la cara. Le gusta ver cómo camina, cómo respira, cómo viste, cómo se mueve. A veces pide permiso. Otras veces “roba” una foto con prudencia y timidez. Después transforma: alarga una nariz, gira un cuello, exagera un gesto, le coloca adornos imposibles que saca de la que ella denomina “mi caja de los tesoros”, le inventa un mundo y entonces la Pepa sale por fin a la luz. Y cuando nace, permanece para siempre.
Y, sobre todo, le da identidad
Cada Pepa va acompañada de un breve relato manuscrito: nombre, apellido, historia. A veces el relato es una escena mínima: una conversación, un recuerdo, una frase de vecina, un trozo de diario. Nada es aleatorio. Ni los detalles que pega en collage. Ni los papeles elegidos. Ni las hojas recogidas de un sitio especial. Ni las frutas recortadas de un folleto de supermercado para convertirlas en collar. Todo tiene un sentido, un por qué…
Es arte, sí. Pero también es una manera de decirle al mundo: “míralas”.
“Me gustan las papadas”: la belleza que el mundo vuelve invisible
Noelia habla de la vejez con una ternura casi combativa. Le gusta la arruga. Le gusta la piel fina. Le gusta el brazo descolgado. Le gusta la carne suave de la edad. Lo dice sin ironía, sin pose. Lo dice como quien reconoce belleza donde otros solo ven decadencia.
Y ahí aparece su parte más reivindicativa: en una cultura obsesionada con la eterna juventud, ella quiere que las mujeres se sientan libres de envejecer sin miedo. Que no desaparezcan. Que no se vuelvan invisibles. Que sigan ocupando su lugar.
Las Pepas, en el fondo, son eso: un ejercicio de mirada. Una escuela de mirar mejor.

Noelia quiere que el mundo aprenda a mirar a esas mujeres que están en la calle, en la parada del autobús, en un banco, en un grupo de amigas riendo y haciéndose selfies, libres, con pendientes de colores, con labio pintado o sin nada, pero vivas y presentes.
Los pepes: cuando ellos reclamaron su sitio
El universo crece incluso contra su plan inicial. En una residencia de mayores de El Conquero, Noelia presentó el proyecto buscando voluntarias que posaran para ella. Al principio costó. Hubo pudor. Hubo dudas. Pero poco a poco se fueron animando. Y entonces ocurrió algo curioso: los hombres se sintieron fuera y reclamaron un lugar.
¿Y Los Pepes?
Noelia aceptó el reto. Eso sí, los hombres le salen en blanco y negro. Como si su mirada, por ahora, los entendiera desde otro lugar. Ya ha hecho dos: uno a su padre —primer Pepe— y otro a un residente, Fernando. Y quiere seguir…
Una vida sostenida por el entusiasmo
Noelia dice que se levanta cada mañana entusiasmada. Que le da pánico que llegue el día en que amanezca sin ilusión. Porque, para ella, el entusiasmo no es alegría superficial: es motor, sentido, identidad.
Restaurar le da felicidad por una razón profunda: rescata lo valioso para devolverlo al mundo. Las Pepas le dan felicidad por otra: le devuelven a sí misma. La salvan.
Y en medio, su madre. Siempre su madre. Como un hilo que no se rompe.
Noelia no ha construido una carrera: ha construido una manera de estar en el mundo.
Y quizá por eso sus mujeres de papel no son solo dibujos. Son presencias. Son compañía. Son memoria inventada. Son una forma de amor.
Las Pepas, al final, no cuelgan en la pared para decorar. Cuelgan para que el mundo no se olvide de mirar.











