La despedida de Joaquín Luis Domínguez Moreno de su labor como vestidor de la Virgen de la Esperanza es el fin de una etapa que trae sensaciones del deber cumplido. Y así lo expresa este alma entregada a las tradiciones moguereñas que con serenidad confiesa que su corazón está “lleno de paz”, tras más de tres décadas cuidando a los titulares de la Hermandad de la Borriquita.
Su marcha llega, además, en un momento cargado de simbolismo. Joaquín Luis abandona el cargo en el Año Mariano dedicado a la Esperanza, un punto final que él mismo ha querido leer desde la fe y desde la memoria. “El año de la coronación canónica de la Virgen de Montemayor, comenzó mi vínculo con las tradiciones religiosas en Moguer y el año de la Esperanza ha sido en de mi marcha. Mi lectura personal es que estos hitos han sido el alfa y el omega de esta maravillosa etapa en la que me marcho con la sensación de haber entregado todo”, explica Joaquín Luis
La coronación de la patrona marcó un inicio luminoso y su cierre llega como culminación natural de un camino largo. “Todo tiene un principio y tiene un fin. Me marcho con la alegría de haber compartido tantas experiencias con gente maravillosa y con las buenas relaciones intactas mis hermanos cofrades”, apuntilla
Y es que la vida se le ha llenado de responsabilidades, porque el ritmo cambia, y porque el cuerpo también marca sus límites. A sus 59 años, combina su trabajo como conserje en el CEIP Zenobia Camprubí y en su academia de corte y confección, una dedicación que requiere tiempo. “Los años te obligan a llevar un ritmo más sosegado y a racionar las responsabilidades. Además, para mi es importante dar paso a las nuevas generaciones para que nuestras tradiciones se mantengan vivas”, expresa demostrando un excelso amor por Moguer. “Yo soy muy de mi pueblo”, reitera.
Su vinculación con la Hermandad de la Borriquita, sin embargo, no puede medirse solo por los 34 años como vestidor. Hay una historia anterior, de infancia y de pertenencia, que explica el momento de emoción de este adiós. “Desde los 9 años estoy en la hermandad”, cuenta. “A los 14 años ya pertenecía a la Junta”, añade, recordando una adolescencia vivida entre la iglesia conventual de San Francisco y la vida cofrade. En 1987, tan pronto regresó del servicio militar, le nombraron hermano mayor, cargo que desempeñó hasta 1991. La hermandad no fue un lugar al que iba, sino un espacio donde se crió.
En ese recorrido aparece una figura clave, de quien heredó el oficio de vestir a la Esperanza. Joaquín Luis recoge el testigo de Paco Contioso, un nombre relevante del mundo cofrade, que fue su maestro y referencia. “Con Paco… fui aprendiendo muchísimas cosas”, afirma. Contioso vestía a la Virgen del Amor de Huelva y también a la patrona de Moguer, la Virgen de Montemayor. Y fue él quien, tras anunciar su retirada, propuso que Joaquín Luis asumiera la responsabilidad. “Le propuso a la Junta de que yo fuese el vestidor”, recuerda.
«Lo único que he pedido a la Hermandad es que los titulares no pierdan su identidad, especialmente La Esperanza, que ha sabido mantener su imagen lo largo del tiempo»
Esa propuesta no lo condujo solo a la Esperanza y al Cristo del Amor. También lo llevó a Montemayor, la patrona de los moguereños. Joaquín Luis fue vestidor de la Virgen de Montemayor durante 26 años, hasta 2017. Dos devociones mayores que le colocan en un lugar privilegiado y que forjó su respeto por la tradición y la obsesión por cuidar cada detalle sin romper lo esencial. Y de ahí nace un deseo en su marcha… “yo lo único que le he pedido a la hermandad… es que la Esperanza no pierda la identidad que la imagen ha sabido mantener en todo este tiempo”, dice, convencido de que cada Virgen se reconoce, inevitablemente, también por su forma de vestir.
Porque su trabajo no fue solo colocar encajes o elegir un rostrillo. Fue, durante décadas, un modo de estar, de crear patrimonio y de sostener la estética devocional de un pueblo. “Yo en estos 34 años me he entregado mucho”, afirma, enumerando gestos que no se ven en una fotografía, pero que quedan en las sacristías y, con reflejo, en los libros de contabilidad. “He cosido mucho para la hermandad”, dice. “Si ha habido que hacer un manto lo he cosido… si ha habido que coser una saya lo he cosido”, expone desde la humildad. Y como despedida, ha querido regalar unas enaguas para la Virgen y un paño para el altar, piezas hechas desde el afecto y la gratitud.
«Me quedo con el amor y el cariño que toda esta labor ha traído a mi vida. La he compartido con mi familia y eso me produce mucha felicidad»
Se va, además, con la emoción de haber vivido toda esta etapa en familia. Habla de sus hermanos, de sus sobrinos, de su hijo costalero y orfebre, y de cómo la devoción fue entrando en su casa hasta hacerse cotidiana. “Me quedo en definitiva con el amor y el cariño que todo esto ha traído a mi vida. Mi mujer, que no era cofrade, se ha implicado mucho en esta labor y para mi ha sido un motivo de mucha felicidad”, resume. Y en esas palabras cabe una vida entera de puntadas, conversaciones, telas buscadas en familia y una entrega silenciosa que hoy se cierra sin ruido.
“Yo siempre he sido el que digo que la Virgen me eligió un día”, confiesa. Y ahora, con la misma serenidad, cree escuchar que es el momento de ceder su lugar para que otros continúen.
Se marcha con una sonrisa y con una cándida emoción que contagia a este interlocutor, que hoy les narra un trocito del gran legado que entrega este excelente moguereño.

Por José Luis Galloso










