Helena Castilla Peinado, psicóloga en Ánsares, fue diagnosticada de autismo con 27 años, después de terminar sus estudios universitarios y dos másteres. Poner nombre a lo que le ocurría le permitió comprender su historia, rebajar la ansiedad y conciliarse consigo misma
Por: Ana Hermida
Helena habla con suavidad. No es una suavidad frágil, sino una forma de estar que transmite calma y atención. Mira a los ojos, mide las palabras, se explica con una precisión exquisita. En su manera de expresarse hay algo muy claro: ha pensado mucho lo que dice, pero ya no necesita justificarse.
Es onubense. Nació en Huelva. Tiene 28 años y llegó al mundo el 5 de julio de 1997. Es psicóloga y trabaja en Ánsares, una asociación dedicada al acompañamiento de personas con trastornos del espectro autista y a sus familias. Hasta aquí, los datos. Lo importante viene después.
Porque Helena fue diagnosticada de autismo con 27 años, cuando ya había terminado la carrera, los dos másteres y había comenzado a ejercer. Un diagnóstico tardío que no llegó como un golpe, sino como un descanso. Como si, de pronto, todas las piezas del puzle de su vida empezaran a encajar.
Dos mundos muy distintos
Cuando recuerda su infancia, Helena distingue con claridad dos escenarios.
En casa fue feliz.
En el colegio, no.
Sus padres, Gonzalo e Isabel, y su hermana Patricia —apenas un año y medio mayor que ella— construyeron un hogar seguro, cariñoso y protector. Con su hermana ha sido siempre uña y carne. Han jugado juntas, han crecido juntas y hoy sigue siendo su gran referente vital, su mejor amiga, la persona a la que admira por su forma resolutiva y valiente de enfrentarse a la vida.
Fuera de casa, la experiencia era otra
En el colegio sufrió rechazo. A veces explícito, pero la mayoría de las veces silencioso. El tipo de violencia que cuesta señalar: el vacío. Corrillos que se cerraban para no dejarla entrar, risas cuando intervenía en clase, miradas que desaniman a volver a hablar. En Educación Física y psicomotricidad tenía dificultades, algo que era demasiado evidente y que sus compañeros usaban como objeto de burla.
No hubo violencia física ni muchos insultos directos. Pero el aislamiento era constante. Y, como ella misma explica, “la violencia sutil sigue siendo violencia”.
De niña, el colegio es el único grupo de iguales. Cuando nadie te acepta ahí, empiezas a preguntarte qué te pasa a ti.
El silencio como forma de supervivencia
Helena no llevaba ese dolor a casa. No lo contaba. Se lo tragaba.
Casa era refugio. Un lugar divertido y seguro. Con su hermana podía olvidarse de todo. Cree que, en parte, callaba para proteger ese espacio y, en parte, porque no sabía cómo explicar lo que le ocurría.
Solo habló al final, en tercero de la ESO. No recuerda exactamente cómo lo expresó. Dice que “los recuerdos traumáticos se borran”. Pero debió hacerlo con suficiente claridad como para que sus padres tomaran una decisión importante: cambiarla de centro.
Un cambio que lo cambió todo
El traslado a Las Teresianas marcó un antes y un después en su vida. Entró con miedo y con una ansiedad enorme, pero allí encontró respeto. No fue un camino perfecto, pero sí un entorno donde podía estar sin sentirse constantemente cuestionada.
Por primera vez, encajó
Años después, al mirar atrás, entiende que durante mucho tiempo se definió como “tímida”. Hoy sabe que no era eso. Era otra cosa para la que aún no tenía nombre.
El cuerpo hablando en silencio
Durante años, Helena hizo un esfuerzo enorme por pasar desapercibida al otro lado de la puerta de casa. Regulaba su cuerpo sin saberlo: trataba de reprimir pequeños movimientos, estereotipias internas, gestos con las manos, con los dientes… Conductas repetitivas que iban cambiando con el tiempo y que aprendió a ocultar para que nadie las notara.
Vivía pendiente de no salirse del guion. De encajar. De no llamar la atención.
Eso tiene un precio. El cuerpo, explica, acaba quejándose: “La ansiedad aparece cuando llevas demasiado tiempo con una máscara puesta”.
Hoy sabe que no todo movimiento es nerviosismo. Muchas veces es regulación. Una forma natural de equilibrarse frente a estímulos, emociones o sobrecarga. También comprende ahora muchas de sus sensibilidades: no le gustan los ruidos fuertes, las luces intensas pueden alterarla y el contacto físico, salvo con personas muy concretas, le resulta incómodo. En su caso, procesa mucho mejor los estímulos visuales que los auditivos, algo frecuente en muchas personas con autismo.
Una infancia que ya avisaba
De pequeña, de hecho, se llegó a pensar que Helena podía ser sorda. No hablaba y no respondía a estímulos auditivos. Fue sometida a distintas pruebas médicas hasta que se descartó una causa física. El paso por un logopeda marcó un punto de inflexión: a partir de entonces comenzó a hablar con normalidad.
Hoy, con el diagnóstico sobre la mesa, entiende que aquello no era sordera, sino una forma distinta de procesar la información. Una señal temprana que en aquel momento no supieron interpretar.
Psicología, vocación y una frase que marcó
Estudió Psicología sin tenerlo del todo claro al principio. Pero hubo una frase que se le quedó grabada. Su padre le contó que su abuela paterna, Pepi, había dicho una vez que Helena estaba en el mundo para hacer algo especial. Ella no cree en destinos escritos, pero esa idea se convirtió en un mandato íntimo: no conformarse.
Terminó la carrera, cursó dos másteres, entre ellos el clínico, el sueño de todo psicólogo, y lo hizo mientras convivía con una ansiedad muy intensa y episodios depresivos. Cuando alcanzó la meta de finalizar con éxito sus estudios, no lo celebró como debería. Es demasiado autoexigente y tal vez un poco injusta consigo misma.
Su familia sí supo valorar el logro. Vio el esfuerzo. Vio la dureza del camino. Algunas veces se lo recuerdan y ella sonríe tímida.
El diagnóstico que lo ordenó todo
El diagnóstico llegó casi por casualidad. Helena ha tenido acompañamiento de diferentes psicólogos a lo largo de su vida para aprender a gestionar la ansiedad. La última psicóloga a la que acudió, en la primera sesión, le lanzó una pregunta directa: “¿A ti te han diagnosticado autismo alguna vez?”
Helena se quedó paralizada. Pero, en el fondo, no le era del todo ajeno. Llevaba tiempo informándose, investigando, reconociéndose en relatos de otras mujeres con el trastorno del espectro autista. Sabía que el perfil femenino suele pasar desapercibido, camuflado por el esfuerzo constante de adaptación.
Cuando le contó a su padre la sospecha de su nueva psicóloga, todo empezó a encajar también para él. Siempre había sentido que aquello que sufría su hija no era “solo ansiedad”. Hubo episodios de taquicardias graves que requirieron atención hospitalaria.
Ya estaba trabajando en Ánsares y decidió hablar con Álvaro, director de la entidad y la persona que finalmente le realizó el diagnóstico. Juntos iniciaron el proceso de evaluación mediante escalas de observación, entrevistas y revisión de la infancia. Poco a poco, las pistas fueron tomando forma.

Cuando la palabra llegó, no hubo rechazo. Hubo más bien alivio.
Comprender su historia de golpe. Permitirse ser más amable consigo misma. Entender que muchas dificultades no eran fallos personales, sino parte de su forma especial de funcionar.
Después vino el duelo: pensar en lo diferente que habría sido todo si hubiera dispuesto de herramientas antes. Un diagnóstico temprano le hubiera ahorrado mucho sufrimiento. Y, más tarde, llegó la aceptación…
Trabajar donde te entienden
Helena había empezado en Ánsares como asistente personal, acompañando a personas con autismo en actividades de ocio y apoyo individualizado. Un modelo que ella defiende con convicción: “una persona, un acompañante”. Tiempo, atención y disfrute.
Tras el diagnóstico, lejos de cerrarse puertas, se abrió una decisiva. Álvaro vio en ella una fortaleza. Donde otros podrían haber visto una debilidad, él vio valor. Hoy Helena trabaja como psicóloga en la entidad.
Lo dice con gratitud, pero sin grandilocuencia: se siente arropada, respetada y valorada. El equipo humano es, para ella, una de las grandes razones para quedarse y crecer allí. En ese equipo hay una figura especialmente importante: Judith, compañera que siempre pone el foco en lo positivo, refuerza los pequeños logros y no deja que pasen desapercibidos. Un gesto sencillo que, para alguien tan exigente consigo misma, tiene un enorme valor. También habla con especial cariño de su compañera Rosa, de quien afirma haber aprendido mucho.

Helena adora su trabajo. Especial ilusión le hace el trabajo con mujeres y chicas a través de diferentes talleres, terapia individual y grupal, psicoeducación y acompañamiento en procesos de diagnóstico.
Una vida tranquila
En lo personal, Helena no sueña con grandes alardes. Quiere una vida tranquila. Estar con su pareja, Roberto, formar una familia y vivir en calma. Con él se siente comprendida y respetada, también en sus tiempos de silencio y necesidad de descanso tras la sobrecarga social.
No le asusta el futuro. Está decidida a vivir la vida sin que esta venga gobernada por el miedo. Y la quiere vivir con responsabilidad y herramientas.
Sus miedos son humanos: perder a su familia, la muerte y la pérdida de vínculos. El eco de una historia marcada por el rechazo no desaparece del todo, pero ya no manda en su vida.
Una mirada al mundo
A la sociedad, Helena no le pide heroicidades. Pide algo más sencillo y más difícil: no juzgar la experiencia del otro desde la propia vida. Entender que cada persona viene de un contexto distinto y que eso condiciona cómo siente, cómo piensa, cómo actúa y cómo se relaciona.
Habla de respeto. Y también de amor. De empatía real
Desmonta un mito: las personas con autismo no carecen de empatía. A veces ocurre justo lo contrario: una hiperempatía, una sensibilidad muy grande ante el sufrimiento ajeno.
Helena no creció sabiendo quién era. No tuvo palabras para explicarse ni herramientas para protegerse. Aun así, siguió avanzando. Aprendió a sostenerse en silencio, a exigirse sin medida y a traducirse al mundo mientras cumplía con todo lo que se esperaba de ella.
Llegó hasta aquí a base de intuición, resistencia y una fuerza que nadie le enseñó a dosificar. Creció sin diagnósticos, sin atajos, aprendiendo sola a encajar piezas que no entendía. Hoy sabe por qué huía del ruido, por qué el abrazo le dolía, por qué necesitaba ordenar, repetir, refugiarse. Y aun así —o precisamente por eso— eligió quedarse, formarse, servir, acompañar.
Hay personas que descubren tarde su nombre y temprano su vocación. Helena es una de ellas. Y todo lo que haga a partir de ahora llevará dentro esa mezcla única de rigor, ternura y justicia que solo tienen quienes han tenido que aprender a vivir desde dentro hacia fuera.








