La Navidad es una época que despierta recuerdos incluso en quienes creen haberlos guardado en algún rincón del tiempo. Es el momento del reencuentro, de las tradiciones que se repiten, de la infancia que regresa en forma de villancicos, luces y miradas de ilusión. Es también el tiempo de los buenos deseos, de las promesas pequeñas y de la magia compartida. Y dentro de ese universo emocional, la noche de Reyes sigue siendo una de las más esperadas del calendario.
En Palos de la Frontera, esa magia pasó por las manos de Saúl Nieves García, quien representó al rey Baltasar en la Gran Cabalgata de los Reyes Magos. Como vecino de la localidad y con un profundo vínculo a su pueblo, asumió con entrega absoluta su labor, que hoy recuerda como una de las experiencias más intensas de su vida.
“Desde el primer momento lo tomé como un honor impresionante”, explica. “Era una forma de devolverle a Palos parte de todo lo que me ha dado, pero también una responsabilidad enorme”, comenta este arquitecto y jefe de los Servicios Técnicos del Ayuntamiento de la localidad.

La idea llevaba años rondándole la cabeza. Su padrino, José Luis Graiño, había representado a uno de los Reyes Magos en 2015 y sembró en él una ilusión que germinó poco a poco. En 2019 dio el paso, preguntó, solicitó su candidatura y, tras la espera, este 2025 recibió la llamada. “Gracias a la Hermandad de Nuestro Padre Jesús me tocó este año. Cuando lo supe fue una mezcla de alegría, nervios y respeto”.
La experiencia no la vivió solo, porque una ocasión como esta hay que compartirla. La vivió en casa, en familia, en grupo. Sus hijos, su pareja, sobrinos, cuñada, amigos y los hijos de sus amigos llenaron las dos carrozas que encabezó. “Todos me han ayudado en la organización y en la preparación. La ilusión de mis hijos era contagiosa”. También tienen muy presente el “apoyo emocional de sus padres y de sus hermanos”.
«Mi familia, mis padres, mis hijos y mis amigos se han volcado y me han apoyado en esta experiencia. Todo ha salido incluso mejor de lo que esperaba»
Porque la cabalgata no empieza el 5 de enero. Empieza semanas antes, entre listas, compras, lotes, balones, maquillaje, distribución de pajes y paradas de recarga. “Hasta el día 4 estuvimos organizando absolutamente todo. Fue una auténtica odisea, pero hecha con ilusión y con la sensación de que había que estar a la altura de lo que Palos se merece”.
El resultado de todo lo vivido superó sus expectativas con creces. “Todo salió incluso mejor de lo que esperaba. No solo por nosotros, sino por la cantidad de empresas que colaboraron de forma desinteresada, por la Hermandad, por el Ayuntamiento, por la organización impecable de Milagros Romero y su equipo. Y por mis pajes, que se dejaron la piel”.
Momentos que no se olvidan
Aunque no es fácil resumir una experiencia de este tipo en tres imágenes o momentos, Saúl los tiene bien marcados. El primero, el 29 de diciembre. “Recibí más de 700 cartas de niños. Dibujos, regalos, coronas, y besos. Sus caras no se me van a olvidar jamás. Solo por eso mereció la pena todo el esfuerzo”.
La segunda fue la visita a la Asociación de Parálisis Cerebral de Huelva (ASPACEHU) el día 5. “Hubo momentos en los que teníamos que contener las lágrimas. Nos dimos cuenta de que, en realidad, el regalo nos lo hicieron ellos a nosotros”.
Y la tercera, la propia cabalgata. “Ver a los niños llamándonos, sonriendo cuando les tirabas caramelos, esa ilusión tan pura que no tiene precio. Es algo que te marca”.
Nuestro protagonista recuerda con cariño cómo vivía ese día en su infancia. Y al hacerlo, inevitablemente compara dos épocas que, aunque distintas en forma, conservan intacto el mismo fondo: la ilusión.
“Antes todo era mucho más sencillo. Las cosas se hacían de una manera más austera. No había tantos medios ni tantas posibilidades como ahora, pero la emoción era la misma”, explica. Recuerda aquellas tardes de Reyes en las que, junto a sus padres, hermanos y primos, recorría las calles con una simple bolsa de plástico en la mano, esperando llenarla de caramelos y pequeños regalos. “Íbamos con una bolsa, saludando, riendo, con la ilusión de ver pasar a los Reyes. No necesitábamos más”.
Eran tiempos en los que la magia no se medía por la cantidad de luces o el tamaño de las carrozas, sino por la emoción compartida en familia. Por la espera, por la inocencia de creer que, en algún lugar, existían de verdad aquellos tres personajes que cada año traían regalos. “Todo era más humilde, pero igual de mágico”, insiste.

Ese vínculo con Baltasar estaba arraigado, pues hace más de treinta años, siendo apenas un niño, tuvo la suerte de salir como paje del Rey Baltasar en Huelva. “Lo recuerdo como una experiencia preciosa, algo que se te queda grabado para siempre. Para un niño es como tocar la magia con las manos”, afirma. Aquella vivencia sembró, sin que entonces lo supiera, una semilla que con el tiempo acabaría floreciendo.
Y la experiencia de este año ha superado sus expectativas y ha sido un viaje por la memoria de su infancia. “Si me acuerdo perfectamente de lo que viví hace treinta años como paje, imaginaos cómo recordaré toda mi vida estas Navidades, con la suerte que he tenido de encarnar al Rey Baltasar”, reflexiona.
Haber sido ahora quien reparte la ilusión, quien recibe las cartas, quien escucha los deseos y quien observa de cerca esas miradas brillantes, le ha permitido comprender la otra cara de la magia. La que se construye con esfuerzo, con organización, con responsabilidad y con un profundo respeto hacia lo que representa. “Cuando estás dentro te das cuenta de todo el trabajo que hay detrás. Y aun así, todo merece la pena por una sola sonrisa”.
Para Saúl, esta experiencia ha sido también una lección de comunidad. De cómo un pueblo entero se implica para que nada falle. De cómo empresas, asociaciones, hermandades, trabajadores municipales y vecinos se coordinan de manera silenciosa para que, durante unas horas, todo funcione como un engranaje perfecto. “Ahí te das cuenta de que esto no va solo de una cabalgata. Va de identidad, de tradición, de valores compartidos”.
Y es precisamente esa suma de esfuerzos la que convierte una noche cualquiera de enero en un recuerdo que acompañará a cientos de niños durante toda su vida. Niños que, dentro de veinte o treinta años, recordarán cómo un Rey Baltasar les lanzó un caramelo, les saludó o les sonrió, del mismo modo que hoy Saúl recuerda aquella tarde en la que él caminaba con una bolsa de plástico esperando su turno.









