En Punta Umbría hay olores que acompañan como parte de la esencia de su gente y que dan sentido a una forma de ser y de vivir a la orilla del mar. Es el olor de la sal pegada a la piel después de un día de levante o el de las redes húmedas extendidas al sol. Y está ese otro olor, áspero para quien no lo entiende pero íntimo para quien “ha mamado la mar desde niña”, el del pescado recién quitado del arte, el de la faena. Para Tamara de la Rosa, ese olor siempre fue en casa una señal de trabajo y de comer caliente. También fue señal de prosperidad, de que el mar había respondido y la jornada no terminaba en vacío.
Tamara habla con una mezcla de orgullo y realismo que solo tienen quienes han crecido en una familia marinera y conocen la dureza del oficio. “Mi familia es marinera, marinera”, insiste, como si la frase tuviera que quedar fijada para que no se pierda en estos tiempos de pérdida de los trabajos artesanales. Su historia es la de muchas mujeres de la costa onubense a lo largo de los años, pero con matices propios. La de una mujer que no se conformó con mirar desde la orilla y que, con los años, decidió ocupar un lugar visible en un mundo que durante mucho tiempo no dio espacio a las mujeres.
Las raíces de Tamara están ancladas a un apodo que en Punta Umbría se reconoce sin necesidad de explicación. Su abuelo Juan de la Rosa, conocido como ‘El Chucho’, llegó a Punta Umbría a mediados del siglo pasado desde el Cruce del Portil, un paisaje hoy desaparecido, donde muchas familias vivían en casas de juncos levantadas sobre la arena, al borde mismo de la playa. Allí el invierno se combatía con mantas y fuego, y el mar era al mismo tiempo sustento y amenaza.
“Mi abuelo mariscaba y cogía pescado en la playa para luego venderlo”, recuerda Tamara. Juan y Carmen, su abuela, vivieron una época de pesca artesanal, sin grandes medios ni comodidades, con la intemperie como rutina. “Estaban en la playa allí, con los fríos echando la lava. No es como ahora, que todo es mucho más fácil”, dice. Cuando llegó el momento de desmontar aquellas chozas, la familia se trasladó a Punta Umbría. Y aquí el mar siguió marcando el paso del tiempo para ellos.
El cambio no supuso abandonar el oficio, sino adaptarlo. La familia tuvo un barco llamado Los Madrigales. “De ahí trabajaban todos mis tíos, incluido mi padre. Eran muchos hermanos y todos ayudaban en casa a mi abuelo”, cuenta. El mar como herencia, como escuela y como destino compartido. Y también como espacio donde las mujeres nunca fueron ajenas. Tamara lo subraya porque en su casa la participación femenina formaba parte de la normalidad. Habla de su tía Isabel, ‘la Parva’, y de otras mujeres que vendían en la ría el pescado de trasmallo que pescaban sus maridos.
El padre de Tamara se llamaba Manuel de la Rosa. Marinero, hombre de faena, de madrugones y manos castigadas. Tamara lo recuerda como se recuerda a quien enseña sin dar lecciones. “Como mi padre aprendió de su padre, pues yo aprendí del mío, mirando cómo él trabajaba la red en la orilla después de la pesca”. Porque la diferencia en algunas faenas sí tenía un marcado carácter de género. “Yo era mujer y había trabajos reservados a los hombres. Eran ideas que ya, afortunadamente, han cambiado”, explica.
«Mi familia es marinera, marinera. En casa de mi abuelo todos los hijos ayudaban a su padre en la mar y también las mujeres a su manera. Yo aprendí muchas cosas de la mar mirando cómo las hacía mi padre, que era un trabajador incansable. El mundo de la mar me encanta y espero seguir creciendo y formándome en él»
Su infancia está llena de imágenes que hoy parecen de otro tiempo. Redes dentro de casa. El suelo como taller. La aguja en la mano y la espalda doblada durante horas. “Venía mi padre y se sentaba en el suelo, metiéndose ‘la traya’ en el dedo gordo y de ahí para adelante”. No había sillas ni mesas de trabajo. Había necesidad. Eran seis hermanos y “teníamos que comer”. Iban con él a coger coquinas a la playa. Aprendían el mar como se aprende lo que rodea la infancia, con una necesidad de supervivencia que siempre acompañó la vida del marinero.
Todas esas imágenes quedaron retenidas para formar parte de sus recuerdos de niña. Lo guardó para hacerlo suyo y dar sentido a sus orígenes y a su vínculo con el oficio del mar. Algo casi inexplicable para ella cuando recuerda que durante años juró que nunca se casaría con un marinero. “Yo decía que con un marinero nunca me iba a casar, porque estaban siempre fuera de casa”. Y, sin embargo, su vida terminó ligada a Antonio Romero, “el hijo de Ramón y de Maruchi”, un marinero de artes menores que se busca la vida en el mar desde hace años.
Tamara no habla del mar como espectadora, porque forma parte del equipo. Su vida con Antonio se organiza según mareas, temporales y temporadas. En invierno y primavera, el horario suele ir de seis de la mañana a una de la tarde. En verano, con el langostino, todo se invierte. “En verano se va a la mar a las siete de la tarde y ya no lo veo hasta mediodía del día siguiente. En verano hay que aprovechar la temporada para vivir el resto del año”, apuntilla.
El día a día se organiza según la entrada y salida de la embarcación a puerto. Bajar al muelle y ayudar a quitar pescado, para luego limpiar, vender la pesca y echar un rato en la terraza de casa cosiendo la red. Y todo eso hay que encajarlo con la maternidad de dos niñas. “No es tan fácil cuando las niñas son pequeñas. Menos mal que la familia siempre echa una mano y hemos podido dejarlas con los abuelos cuando ha hecho falta”, explica Tamara.
Su identidad marinera
El mundo del mar para ella es un espacio que le da sentido y despierta alegrías y ganas de crecimiento profesional y personal. “A la gente no le gusta el olor al pescado. Pues a mí me encanta. Que lleguen las redes llenas de acedías o langostinos y entretenerte quitando la pesca es para mí muy satisfactorio”, asegura.
Pero es consciente de que el mar no siempre te da lo que le pides. “Hay días buenos y malos de pesca, pero para mí todos los días son bonitos, aunque venga con pesca o no”, dice. Cuando Antonio llega con poca faena, sienten un apoyo emocional mutuo. “Cuando el día no ha sido bueno le digo, ya verás que mañana irá la cosa mejor, y cuando yo voy más lenta quitando la pesca de las redes es mi marido quien me dice, si tú me quitas una acedia, para mí es una menos que tengo que quitar de la red. Y así vamos tirando el uno del otro”, relata.
Ella no se define como experta ni como redera profesional. Pero su aprendizaje es real. “La necesidad me hizo aprender para ayudar a Antonio y no tener que depender de una persona que nos ayude con la faena y tener que pagar un sueldo”, explica. En ello su suegra, a quien admira, tuvo mucho que ver. “Vendía el pescado, ayudaba a desmallar, hacía la comida y llevaba el barco de su marido y de su hijo pa’lante. Era flipante”, dice con profunda admiración. En ese recuerdo se entiende el trabajo invisible de mujeres que han sostenido el sector.
«Antes no se veían mujeres en el muelle, pero afortunadamente eso ha cambiado. A mí, personalmente, me gusta mucho el ambiente de cordialidad que hay en el muelle. Creo que las mujeres pueden aportar mucho al sector pesquero, en un momento donde cada vez hay menos personas dispuestas a trabajar en esta profesión»
Ser mujer en el mundo de la pesca no ha sido fácil, aunque reconoce que el puerto pesquero ha cambiado mucho y ya no es un sitio de prejuicios por el género. “El muelle ya no es igual que antes. Hace años no querían mujeres allí o las miraban mal”, recuerda. “Hoy ves mujeres todos los días y el ambiente es bueno entre hombres y mujeres. Yo me río mucho con las bromas de la gente cuando estamos a bordo trabajando con la red y es un ambiente que a mí, personalmente, me gusta mucho”, dice.
Habla de compañerismo, de noches quitando redes, de chistes y música. En ese avance ha sido clave la organización colectiva. Tamara menciona ANDMUPES, la Asociación Andaluza de Mujeres del Sector Pesquero, que está ayudando a generar un espacio donde la mujer cumpla un papel participativo en el sector y gane visibilidad. “Yo estoy muy orgullosa de pertenecer a la asociación y creo que las mujeres tenemos mucho que decir en el mundo de la pesca. Creo, además, que la falta de gente que quiera trabajar en la mar obligará a muchas mujeres de marineros a echarse pa’lante y ayudar a sus maridos”, expone.

Pero es consciente de que para ello hace falta formación y cree que “en Punta Umbría deberíamos tener la posibilidad de estudiar algunas profesiones del mar, sin necesidad de desplazarnos”. Uno de los grandes hitos logrados en su trayectoria personal y profesional ligada al mar fue su participación en el curso Punta Red, organizado por el Grupo de Acción Local del Sector Pesquero y Acuícola de Huelva, Galpa Huelva. “Aprendí mucho en el curso sobre la red, sobre todo gracias a Alfredo, un maestro redero del pueblo que nos enseñó mucho”, recalca. “También tuvimos la oportunidad de viajar a Galicia y conocer el trabajo de las mujeres de la pesca allí. Las gallegas son increíbles dentro de la pesca en su tierra, tanto en el tema de las redes como para defender al sector”, manifiesta con gran entusiasmo y admiración.
De ahí nace también su preocupación por el sector pesquero. “Tenemos que cuidar la pesca porque es un tesoro dentro de nuestro paraíso. Incluso sería bueno que viniera mucha gente a visitar el muelle y que conocieran cómo se pesca y cómo se trabajan las redes en el barco. Para el turismo sería muy interesante que viniera mucha más gente de la que se acerca al muelle a ver la faena. Porque realmente es muy bonito de ver”, opina.
En ese sentido también sale en defensa de la modalidad de artes menores y de los trasmalleros de la localidad, a quienes cree que no se les da mucha atención. “Llegan ayudas y subvenciones para todas las modalidades menos para la gente que va al trasmallo. Son los que más sufren cuando no se puede salir a la mar por el tiempo”, afirma, y confiesa que no le faltan ganas de presentarse junto a otras mujeres a la presidencia de la asociación de armadores de artes menores.
Sobre el futuro, Tamara habla decididamente de sus perspectivas a medio plazo. “Quiero sacarme el folio y ayudar a mi marido en la mar, porque para mí es un mundo que me entusiasma. Sé que puedo parecer un bichito raro, pero es que a mí la mar me encanta”.
Sueña con un muelle lleno de mujeres formadas y defendiendo al sector. Y no se arruga cuando afirma que no le importaría que sus hijas se dedicasen a la pesca.
Le brillan los ojos cuando habla del mar y de la tradición marinera en su familia y su pueblo. Porque Tamara es un ejemplo de identidad ribereña, de amor al mar y de aceptación de un destino que su abuelo, El Chucho, marcó cuando llegó a este pueblo como un pionero más que buscó su sustento de vida en la mar.
Por José Luis Galloso











