Ana Mora, quince años al servicio de Aljaraque

Madre, abuela, Piscis declarada y concejala desde hace tres lustros, defiende una política basada en la escucha, la responsabilidad y la coherencia entre lo que se es y lo que se hace.

Hay personas que ocupan un cargo. Y hay personas que lo habitan. Ana Mora García pertenece, sin duda, a estas últimas.

Antes incluso de hablar de política durante nuestro encuentro, hay algo que se percibe en ella. Una presencia serena. Una elegancia sin estridencias. Una sonrisa permanente. Un tono de voz suave que invita a acercarse. Es amable hasta en los pequeños detalles. Y tiene un gesto que la define más que cualquier currículum: siempre que te ve, pregunta el típico “¿Cómo estás?

Pero Ana no lo hace como fórmula automática ni como saludo aprendido. Se interesa de verdad. Y cuando lo pregunta, se queda. Escucha. Aunque la respuesta sea larga. Aunque el día vaya con prisa. Quizá ahí, en esa manera tan suya de detenerse en el otro sin mirar el reloj, esté la raíz de todo lo que vino después.

Raíces y carácter

Antes que concejala fue mujer, hija, amiga, esposa y madre.

Nació el 8 de marzo de 1961 en Huelva. Tiene 64 años y se declara “muy Piscis”. Lleva prácticamente toda su vida en Aljaraque —cuarenta años en Bellavista—, el lugar donde ha construido su familia, su hogar y buena parte de su identidad. Está casada, tiene dos hijos y una nieta que hoy es “la luz más luminosa de mi vida”.

Y si algo encaja con ese horóscopo al que alude con una media sonrisa es, precisamente, su forma de estar en el mundo: con sensibilidad, empatía y una intuición que rara vez falla. Los Piscis suelen vivir desde la emoción, proteger con intensidad y actuar cuando algo les toca el corazón. Ella lo reconoce sin rodeos: “siempre he sido más visceral que racional”.

Con el paso de los años ha aprendido a templar ese impulso, a equilibrar emoción y razón, pero su esencia permanece intacta: sentir primero y pensar después. Confía en su intuición y ha aprendido a escucharla. Porque el tiempo —que todo lo enseña— le ha demostrado que casi nunca la traiciona.

Disciplina

Esa forma de sentir primero no está reñida con la firmeza. Al contrario. Cuando suena el despertador se levanta a la primera. No es de las que negocian cinco minutos más con la almohada. Siempre ha sido disciplinada, pero desde que está en política lo es todavía más. No ha cultivado jamás el arte del escaqueo. Es exigente consigo misma. Mucho.

Y cuando el exceso de tareas amenaza con desbordarla, no se deja arrastrar. Se sienta, ordena los asuntos por nivel de urgencia e importancia y tira adelante sin queja. Forma parte de lo que asumió el día que decidió entrar en política local: gestionar cuestiones que afectan directamente a su gente, a sus vecinos, a su entorno más cercano.

Porque si por dentro es intuición y emoción, por fuera es estructura. Esa disciplina no es impostada. Es método. Es carácter.

Es ordenada, bastante, tanto en casa como en el trabajo. Su formación —Bachiller y Formación Profesional administrativa— le dio una base sólida de rigor, planificación y sentido práctico. En su bolso nunca falta una agenda en papel, porque, aunque tengamos móvil para todo, necesita escribir. Lo dice con convicción, casi como una pequeña resistencia a la velocidad del mundo.

Nada al azar

Ana tiene una simpática manía que, entre risas, reconoce que la delata: “reviso varias veces si he cerrado bien el coche”. Lo cierra, avanza unos pasos, mira atrás, comprueba. Continúa caminando… y vuelve a girarse. A veces incluso regresa sobre sus propios pasos para asegurarse con la llave.

Ese gesto, aparentemente trivial, dice mucho más de lo que parece. Habla de su necesidad de certeza, de su empeño en que nada importante quede al azar, de esa costumbre casi instintiva de comprobar que todo está en orden antes de seguir avanzando. Como en la vida pública: cerrar bien cada asunto antes de pasar al siguiente.

Refugios cotidianos

En casa encuentra un territorio donde bajar el ritmo cuando el tiempo se lo permite: la cocina. No es un gesto rutinario ni una obligación doméstica. Es refugio. Es pausa. Disfruta preparando recetas cuando puede hacerlo sin prisas, recreándose en cada paso. No le gusta guisar para salir del paso. Le gusta la cocina cuando puede dedicarle tiempo y algo más importante todavía: cariño.

Es de tenedor más que de cuchara. Prefiere el pescado a la plancha con verduras, sencillo y saludable. Y cuando decide lucirse, prepara su plato estrella: lomo relleno con trufa acompañado de puré de manzanas.

Pero reconoce que, cuando el día ha sido especialmente complicado, el apetito se le apaga. El cuerpo, como la mente, también acusa el peso de la responsabilidad.

Escuchar de verdad

Quizá por eso valora tanto los pequeños rituales que le devuelven la calma. Y si hay uno que habla especialmente de ella, es el café con conversación. “No sabe igual un café en compañía y buena conversación que un café a solas”, asegura. Para Ana, el café no es solo una pausa; es encuentro.

Es muy de compartir. Y, sobre todo, muy de escuchar. Lo necesita. Está convencida de que si algo define a los seres humanos es su tendencia natural a la relación social, y que “para relacionarse de verdad hay que practicar la escucha activa”. No lo dice como teoría. Lo ejerce. Y en esa escucha, quizá, reside también buena parte de su forma de hacer política.

La soledad del cargo

La política, reconoce, debe ser una vocación de servicio. Pero también es —y no lo disimula— una permanente prueba de resistencia emocional. Cada error, cada decisión, te sitúa en el foco. Y hay que saber gestionarlo. No solo desde la razón, sino desde una fortaleza interior que no siempre se ve.

Ana Mora en su despacho.

Dedicarse a la gestión pública implica asumir momentos de soledad. Instantes en los que el peso de la responsabilidad recae únicamente sobre uno mismo. Ese es, quizá, uno de los costes menos visibles de la política: el interno. El que no aparece en los titulares ni se percibe desde fuera.

Gobernar en equipo

Y, aun así, gobernar —subraya con convicción— nunca ha sido para ella un ejercicio individual. Es, ante todo, “un esfuerzo y un trabajo compartido” asegura. “¿Que discrepamos los compañeros que conformamos el gobierno? Claro que sí. Como en todas las familias hay fricciones. Pero esas diferencias, lejos de debilitar, aportan, enriquecen y afinan el rumbo”.

Porque, por encima de todo, sus compañeros son amigos. Son valientes. Y aman a Aljaraque con locura.

Una nueva generación

Cuando habla del alcalde, su tono se vuelve especialmente reflexivo. “Tener un alcalde de 35 años no es solo un dato biográfico, es una declaración de futuro”, afirma. Para ella, Adrián Cano representa a una nueva generación con una visión moderna de la gestión pública que, reconoce, la sorprende cada día para bien.

Me demuestra que el liderazgo no se mide por la edad, sino por la capacidad de tomar decisiones meditadas y valientes”. Destaca su enorme capacidad de trabajo y una ilusión que, asegura, “se contagia”. Adrián Cano para ella supone “una energía nueva que imprime ritmo y marca dirección”. Es así, sostiene, “como se construyen los liderazgos sólidos y los recorridos largos”.

Lo dice sin grandilocuencia, desde la observación cotidiana de la calle y la escucha atenta de lo que se comenta en el pueblo: ve a Adrián Cano “siendo alcalde de Aljaraque durante muchos años”.

Vocación heredada

En lo personal, sus padres han sido sus grandes referentes. De ellos aprendió el valor del esfuerzo y, sobre todo, el de la honestidad. Dos palabras sencillas que, sin embargo, han marcado su manera de entender la vida y también la política.

Si no se hubiera dedicado a la gestión pública, probablemente habría seguido en el ámbito administrativo dentro de la empresa familiar, combinándolo con el voluntariado. Manos Unidas, Cáritas… ayudar siempre estuvo en su horizonte. Porque la vocación de servicio no comenzó el día que asumió un cargo. Esa ya venía de casa.

La conciencia

Su miedo más íntimo no tiene que ver con el desgaste ni con la exposición pública. Es otro: “no estar a la altura de la responsabilidad y de la confianza que los vecinos y sus compañeros, especialmente el alcalde, han depositado en mi”. Esa es la vara de medir que realmente le importa. No el ruido. No los titulares. La conciencia.

Ana en Corrales posa para la cámara, algo que no le resulta nada cómodo.

No le da vergüenza decir que es política. Nunca se la ha dado. Lo que sí le duele es la imagen deteriorada que hoy arrastra la política en muchos ámbitos. Percibe el descrédito, escucha el desencanto, es consciente del cansancio social. Pero también está convencida de que “la única forma de contrarrestarlo es trabajando con coherencia”.

Dignificar la política —sostiene— no se proclama, se practica”. Y en el ámbito local, donde todo se vive de cerca y cada decisión tiene consecuencias reales, siente que “la política conserva su sentido más auténtico: el del servicio directo, el del compromiso cotidiano, el de la honestidad que se demuestra en el día a día”. Porque “en lo cercano no caben grandes discursos: caben hechos”.

Orgullo de pueblo

Vivir y trabajar en y por Aljaraque es, para Ana, “un privilegio”. Lo dice con orgullo. Le enamora el pueblo en primavera, cuando el campo se tiñe de verde y la vida parece expandirse en cada rincón. Le emocionan las fiestas patronales, los actos que ponen en valor el patrimonio, las tradiciones que se transmiten de generación en generación. Las vive intensamente, no solo como concejala, sino como vecina.

Pero también ha aprendido que querer a un pueblo es acompañarlo en sus días más oscuros. Uno de los momentos más duros de su trayectoria —y de su vida— fue el accidente de Adamuz. Ver a su pueblo destrozado, caminar por calles en silencio, abrazar a familias rotas, compartir el dolor colectivo… son imágenes que aún pesan y que nunca dejarán de estar grabadas en su retina y en su alma. Ahí entendió, con toda su crudeza, lo que significa sostener una responsabilidad pública cuando la tristeza lo invade todo.

Luces y sombras

Cuando habla de la felicidad, en su mente aparece primero el dibujo de Aljaraque y su entorno. Las calles, el campo, el mar cercano. Y, sobre todo, su gente.

Ser plenamente feliz —reflexiona— es aceptar que la vida tiene luces y sombras. Que hay días luminosos y otros más difíciles. Y que lo verdaderamente importante es que exista coherencia entre lo que se es y lo que se hace. Estar en paz con una misma.

Gracias

Cuando le pido que lance un mensaje a los vecinos de su pueblo, no duda. Le brillan los ojos. Y responde con una sola palabra: GRACIAS.

Gracias por la confianza. Gracias por la exigencia. Gracias por recordarle cada día que su trabajo solo tiene sentido si sirve para mejorar la vida de las personas.

No habla de poder. No habla de cargos. Habla de responsabilidad. De coherencia. De servicio.

Y quizá ahí, en esa forma sencilla y firme de entender la política, esté la razón por la que, quince años después, Ana Mora no solo ocupa un cargo. Lo habita.

 

Compartir
Scroll al inicio