Antonio Prieto Navarro no recuerda nada del episodio que le cambió la vida por completo hace apenas tres años, pero ese vacío ha servido de pilar sobre el que construir su nueva realidad. En febrero de 2023 tuvo un grave accidente mientras entrenaba con su bicicleta, en el que sufrió un traumatismo craneoencefálico que lo mantuvo casi un mes en coma. Esta situación lo obligó a enfrentarse después a meses de silla de ruedas y a un proceso largo y exigente de rehabilitación. Cuando despertó, su cerebro apenas podía pensar con claridad, pero su personalidad seguía intacta. “Cuando te despiertas del coma y tu cerebro apenas puede pensar, aquello que va tomando las decisiones por ti, no es otra cosa que tu propia personalidad. Por eso tiene que ser fuerte, para que decida bien”, explica.
De esa necesidad de reconstruirse desde dentro nace ‘Hablemos de valores: de lo que no se habla, no existe’, un libro que Antonio, natural de Sevilla y con un vínculo permanente con Huelva desde su infancia, comenzó a escribir en plena recuperación. Su redacción no fue un ejercicio literario al uso, sino una herramienta terapéutica y vital. “Hablar de valores me permitía hablar conmigo mismo, recuperar una identidad y reforzar una personalidad que debía sostener decisiones complejas en un momento de extrema fragilidad”, argumenta el autor. Además, escribir y presentar el libro se convirtió en una excusa perfecta para seguir trabajando la logopedia y recuperar su habilidad para hablar en público.
La publicación del libro fue un gran desafío en el que Antonio decidió apostar por la autoedición. Lo hizo a través de la editorial vinculada a Amazon, lo que le permitió controlar todo el proceso creativo. “No solo escribir el libro, sino también hacer la portada, elegir el color de las hojas o el tamaño de la letra. Para mí era importante tener la cabeza a punto para tomar decisiones en cada detalle”, cuenta. En un momento en el que cada pequeño avance suponía un esfuerzo enorme, implicarse en todas las decisiones fue una forma de demostrarse a sí mismo que seguía siendo capaz.
«Tras el accidente, para mí lo importante fue tener la cabeza bien para poder tomar decisiones de manera correcta. Por otro lado, nos quejamos de la falta de valores en la sociedad, pero casi siempre hablamos de ellos para señalarlos más, no para alimentarlos»
Como define el propio autor, “Hablemos de valores es una guía práctica pensada para ser usada”. Puede servir tanto a padres que quieran educar a sus hijos como a adultos que deseen fortalecer su identidad. Cada valor se presenta como una invitación a pensar, a comprender mejor qué significa y a incorporar pequeños gestos que ayuden a mejorarlo. La idea central del libro, “de lo que no se habla, no existe”, nace de una enseñanza aprendida en el ámbito laboral y trasladada a la vida cotidiana. “Siempre nos quejamos de la falta de valores, pero casi siempre hablamos de ellos para señalarlos mal, no para alimentarlos”, reflexiona Antonio.
El libro está dirigido a cualquier persona y Antonio lo define como un regalo perfecto de comunión, pero también como una herramienta válida para niños más pequeños, padres y adultos. Su intención no es otra que una provocar reflexión acerca de los valores. “Si reflexionas sobre un valor, lo mejoras”, resume. Para él, ese pequeño ejercicio individual puede convertirse en un granito de arena para que la sociedad avance.
Para nuestro protagonista hay dos valores fundamentales que son especialmente urgentes de cultivar. “El primero de ellos es la constancia porque es neutra. Es decir, hacer algo día tras día nunca es negativo, independientemente del ideal que se persiga. La segunda es la responsabilidad porque vivimos en una sociedad con una capacidad de daño mucho mayor que antes”, expone. “Con las redes sociales, lo que dices puede afectar no solo a una persona, sino a una ciudad entera. Tenemos que ser conscientes de las consecuencias de lo que hacemos y decimos”, advierte.

Su mirada sobre la educación en valores huye de simplificaciones. No cree que se haya delegado en exceso en la escuela, sino que se han separado artificialmente las esferas. Familia, colegio y entorno social educan al mismo tiempo, porque el cerebro del niño no se apaga al cambiar de espacio. La clave, sostiene, “no está en negar la influencia de la escuela, sino en decidir con cuidado en qué valores debe educar y cuáles pertenecen a ámbitos más personales”.
Tras el accidente, Antonio decidió mirar solo arriba y hacia adelante. No recuerda el momento del impacto ni los primeros días posteriores, algo que considera casi una ventaja por los pensamientos negativos que se ahorró. Sin embargo, la mayor adversidad emocional llegó después, al mirar a los demás. “Ahora pienso mucho más en cómo lo pasan los familiares de alguien que sufre un accidente, en las secuelas, en lo que no se ve”, confiesa.
Desde el principio entendió que la actitud iba a ser vital en su recuperación. Primero de manera inconsciente, guiado por su personalidad; después, de forma más razonada. “Para conseguir el mejor resultado posible, todo lo que tú hagas cuenta. Y nadie lo va a hacer por ti”, afirma. En ese camino, el entorno fue indispensable. Antonio no duda en señalar que España es un país con grandes recursos, pero también con una burocracia que puede convertirse en una barrera difícil de superar. Su familia empujó el carro cuando él no podía, como trámites, gestiones o estancias prolongadas en Madrid. “Muchas veces pienso en las personas que están solas. Sus posibilidades son muy pocas”, reconoce.
Esa experiencia lo lleva a pensar sobre la necesidad de crear la figura del tutor de secuelas dentro del sistema de salud, alguien que impulse todo aquello que una persona con daño adquirido no puede gestionar por sí misma. “No se trata de esperar unos meses, sino de procesos que, en el mejor de los casos, tardan años”, indica.
Hoy, Antonio se considera “un mejor yo” que antes. No desde la egolatría, sino desde un aprendizaje acelerado. Ha cambiado su escala de valores y su manera de mirar la realidad. Ahora evalúa las cosas por su utilidad y entiende a las personas con una empatía más profunda, atendiendo no solo a sus actos, sino a sus motivaciones y percepciones.
Recomienda su libro sin falsa modestia, porque ayuda a pensar. Y pensar, en una sociedad acelerada y saturada de estímulos, es casi un acto revolucionario. Antes de despedirse, agradece el cariño recibido en Huelva, a la Universidad, al Ayuntamiento y a quienes han formado parte de su camino. Porque, al final, hablar de valores también es hablar de comunidad. Y de todo lo que se nombra para que exista.








