«Si el dolor del otro forma parte del paisaje, estamos perdidos»

Juanma Arija, capellán hospitalario en el Vázquez Díaz, acompaña a personas en el final de sus vidas y cree que ahí se revela lo esencial…

Por: Ana Hermida

Juanma Arija tiene 63 años y los cumplió el 1 de enero. «Hay que empezar el año de alguna manera, y yo lo empecé naciendo», bromea. Y se ríe. La risa le sale fácil, limpia. Es una risa franca, «heredada» —asegura— de una familia «muy chistosa», de esas en las que se pueden mantener conversaciones profundamente serias mientras, por debajo, alguien afila el ingenio y acaba provocando una carcajada colectiva.

Nació en Palencia y es el cuarto de seis hermanos. En su casa, recuerda, se vivió una infancia «de las de antes, con lo indispensable». Y subraya algo que considera esencial: «éramos felices, no nos faltaba lo más importante». Sin grandes pretensiones. Sin excesos. Con lo justo. Y «con lo suficiente».

En lo cotidiano, Juanma es sencillo. Su comida preferida es la pasta y el plato que no soporta, los callos.

Le gusta la música instrumental, tranquila, mejor si no la conoce. «Si conozco la música, me pongo a ella a tope y no soy capaz de hacer otra cosa a la vez» explica entre risas. Por eso la busca neutra, sin letra, sin recuerdos que lo distraigan. La usa como telón de fondo mientras trabaja, escribe o lee; como un murmullo que acompaña sin invadir, que sostiene el ritmo de la concentración sin robarle el pensamiento.

Se define como una persona emocional. «Tengo la misma facilidad para reír que para llorar. A veces escondo las lágrimas y a veces no. Depende de la situación». Con los años —reconoce— se le ha afinado la sensibilidad. Llora viendo una escena que le conmueve, escuchando una historia dura, acompañando un dolor ajeno. No le avergüenza. Al contrario: lo entiende como una forma de estar vivo.

Le gusta la montaña. El campo le sugiere calma, horizonte y silencio verde… aunque confiesa tener un vértigo horrible. El mar también le gusta, pero solo si está tranquilo. No disfruta en una playa masificada; necesita poder escuchar lo que dice el mar.

El exceso de ruido le pone nervioso, le desconcentra. «Cuando tengo que estar centrado, demasiado ruido me altera», reconoce. No es en absoluto misántropo, pero sí necesita espacios donde el silencio no sea un lujo, sino una condición natural para pensar, para ordenar, para estar.

Es más de planificar que de improvisar, pero no por rigidez sino por necesidad. «Sería un horror vivir sin cierta organización», admite. Necesita prever, estructurar, tener un esquema mental de lo que viene. Pero eso no le impide dejar que la vida fluya cuando toca. Con los años ha aprendido que «a veces los desvíos de la hoja de ruta planificada traen algo mejor».

Tiene defectos que no esconde. Es perfeccionista —y sabe que puede llegar a estresar a quien tiene cerca—. «Hay veces que algo está bien… pero yo veo que podría estar mejor», reconoce con media sonrisa, consciente de que esa exigencia, llevada al extremo, puede desgastar. Con el tiempo ha aprendido a poner freno, a aflojar cuando nota que su insistencia puede desplazar al otro.

Duerme poco. La cabeza no se apaga con facilidad. «Me meto a hacer cosas y cuando me doy cuenta… ya es tardísimo», lamenta. Por eso, cuando el cansancio se acumula demasiado, necesita parar del todo. Y entonces avisa, sin dramatismos: «Hoy no existo». Es su manera de recuperar fuerzas.

Entre sus cualidades menciona dos: la capacidad de escucha y la amabilidad. No las enumera como virtudes decorativas, sino como herramientas de trabajo y de vida. «La amabilidad es una de las cosas que más nos acerca», afirma con convicción. Escuchar, para él, no es esperar turno para hablar. Es «detenerse, dejar espacio, permitir que el otro se exprese sin sentirse juzgado«.

Dos miradas que lo cambiaron todo

Antes de hablar de destinos, cargos o decisiones, Juanma prefiere detenerse en dos escenas que marcaron un antes y un después en su vida.

La primera ocurrió cuando era casi un niño, monaguillo en Palencia. Tendría siete años. Recuerda la sacristía algo oscura, el silencio, su propia inquietud de crío. De pronto «entró una mujer pobrísima para pedir ayuda». No sabe explicar con exactitud qué fue lo que pasó, ni si le dieron mucho o poco. Lo que se le quedó grabado fue otra cosa: la mirada de aquella mujer. «Aquella mirada me impactó y nunca la he podido olvidar». No era solo necesidad material. Era algo más hondo. Algo que lo descolocó por dentro y que, con los años, entendería mejor.

La segunda escena llegó tiempo después, en Roma, poco antes de su compromiso definitivo como religioso. Paseaba con su familia cuando vio a un hombre vagabundo, descalzo, sentado en el bordillo de un comercio. «Si hay una mirada que te atraviesa, fue esa. Otra vez esa mirada…». Siguió caminando, pero algo se quebró por dentro. «No he sido capaz de darle mis zapatos», pensó. Y esa incapacidad lo ha acompañado hasta hoy.

Fue ahí donde comprendió algo que ya no lo ha soltado: «Si en mi vida esa gente forma parte del paisaje, estoy perdido. No sirvo».

Entendió que «el problema no es solo la pobreza, sino la costumbre«. Que lo verdaderamente peligroso es que el dolor del otro deje de interpelarte. Desde entonces, su forma de vivir —y de elegir— pasa por «no apartar la mirada«, por incluir esas realidades incómodas en sus prioridades. Aunque no siempre sepa qué hacer. Aunque no siempre le salga bien.

Destinos que no fueron cómodos

Juanma pertenece a los Siervos de la Caridad. Tras ordenarse sacerdote en septiembre de 1991, le ofrecieron dos caminos: quedarse en Palencia, su ciudad, trabajando con personas con discapacidad, o empezar de cero en Madrid, en el barrio de San Blas, con chavales en situación de riesgo. Eligió salir.

San Blas, en aquellos años, estaba atravesado por la heroína. «La droga se masticaba en las calles. Había muchísimas muertes». Jóvenes que caían como moscas cuando la sustancia venía adulterada. Allí trabajó con menores, con familias, en programas de prevención integrados en una red de asociaciones, buscando tener una incidencia política. No solo acompañaba historias individuales: intentaba tocar estructuras. «Si no hay propuestas concretas para mejorar las cosas, no avanzamos». Para él, la identidad del proyecto era clave: que la gente se implicara, que se sintiera parte, que no fuera solo asistencia, sino transformación.

Después llegó el Congo. Pensaba quedarse años allí. Apenas pudo estar unos meses. Problemas de salud lo obligaron a regresar.

Volvió a Palencia y asumió coordinación educativa, dirección del centro, trabajo residencial con personas con discapacidad. Cuando el proyecto caminaba sólido, volvió a pedir otro destino. Después de 6 años solicitó un cambio radical en un campo de misión diferente. No buscaba comodidad. Llegó Guatemala.

En Guatemala estuvo más de diez años. Allí trabajó en una zona cafetalera donde las personas con discapacidad intelectual ni siquiera eran consideradas personas. «Eran los tontitos», recuerda. Sacarlas a la luz fue un proceso lento, comunitario y profundamente educativo. Empezaron con una tarde a la semana. Luego dos. Después talleres, formación, huertos en bancales, un pozo financiado desde España, atención médica básica, dentista, formación de maestros en educación especial. Crearon el primer curso agrícola oficial para personas con discapacidad en el país. Se convirtieron en referencia nacional.

Y creó algo que aún hoy le emociona: un Festival Nacional de Artes Escénicas Especiales. Nueve ediciones. Hasta 2.500 personas participando. Familias que abrían sus casas para acoger gratuitamente a actores con discapacidad y a sus acompañantes. «Si la discapacidad no entra en las casas, no la vamos a entender jamás». Aquello no era solo un evento cultural. Era una revolución silenciosa.

Pero Guatemala no fue solo inclusión. Fue también lucha por los derechos humanos.

Juanma, coordinador del Consejo Diocesano en Defensa de la Naturaleza (CODIDENA), junto con organizaciones ambientales nacionales e internacionales, contribuyeron a generar una sensibilización social de base que se tradujo en la realización de las primeras consultas municipales dando como resultado un NO rotundo a la presencia minera en el departamento. En todas las consultas municipales, el NO sobrepasó el 98% de los votos. Después de años de litigio, se ordenaba el cierre de la mina…

Juanma convivió durante años bajo la presión de continuas amenazas.

Durante casi diez años vivió bajo presión constante. Seguimientos, intimidaciones, intentos de criminalización. En informes policiales llegó a figurar como «autor intelectual» de delitos absurdos, una estrategia habitual para silenciar voces incómodas. Tuvo que salir del país dos veces. La segunda, ya definitivamente. «No sentí alivio al salir. Me dio pena. Pero no podía poner a más gente en riesgo», lamenta.

Después estuvo en Colombia. Tres años más. De nuevo personas con discapacidad, un colegio en una barriada afectada por la droga, un centro de día para ancianos, jóvenes, voluntariado. Siempre en la frontera de lo social, lo educativo y lo espiritual.

Y fue entonces cuando el cuerpo empezó a pasarle factura. Le detectaron un cáncer agresivo en fase muy inicial. No tenía síntomas. Le extirparon parte de un pulmón. «Tenemos otro», dice entre risas, como si hablara de una anécdota menor…

Huelva y el hospital: donde la vida se concentra

Llegó a Huelva para recuperar la salud. La operación salió bien, pero necesitaba tiempo para reponerse. Lo que no sabía es que aquel paréntesis se convertiría en destino. Las circunstancias familiares —una madre mayor y una hermana con problemas de salud— terminaron de inclinar la balanza. Se quedó.

Cuando se recuperó mínimamente, no supo mantenerse quieto. No es persona de quedarse cruzado de brazos. «La cabra siempre tira al monte», dice sonriendo. Pidió destino. Le ofrecieron el Hospital Vázquez Díaz. Nunca antes había sido capellán hospitalario. Aceptó sin demasiadas vueltas.

Hoy lleva nueve años allí. Y lo dice claro: «aquí también soy feliz». «Participas de situaciones muy tristes, claro está, pero aprendes mucho». Y lo dice desde la experiencia acumulada de cientos de habitaciones y miles de conversaciones.

Afirma algo que, leído sin contexto, puede sonar extraño: «en este hospital es donde más vida se mastica». Y lo explica despacio. «Al final de la vida se cae lo accesorio. Las personas filtran. Se quedan solo con lo esencial». Cuando alguien sabe que el tiempo se acorta, desaparecen las discusiones superficiales, las luchas por cosas pequeñas, el orgullo mal entendido. Se concentran los afectos. Se ordenan las prioridades. «Una persona que está a punto de perder la vida es la que más vida tiene».

«En esas habitaciones aparecen los te quiero que se habían quedado pendientes. Los perdones que nunca llegaron a tiempo. Las manos que se buscan en silencio. Las lágrimas que no necesitan discurso». Y es que hay silencios que dicen más que mil palabras.

Juanma acompaña a enfermos y a familias. Escucha más de lo que habla. Cuando entra en una habitación se presenta con naturalidad, se sitúa, escanea el ambiente con una intuición trabajada durante años y actúa en consecuencia. «Mi campo no es solo religioso, es espiritual», aclara.

Juanma en la entrada del Hospital Vázquez Díaz.

Hay días en los que entra en una habitación, aprieta la mano del enfermo en silencio y se va. Otras veces puede pasar horas dentro, si la situación y las personas lo requieren. A veces, en esa intimidad se habla de Dios, otras veces no…

Cuando Juanma está con alguien, no mira el reloj ni el móvil. Solo lleva el busca, por si surge una urgencia. Pero mientras está allí, está de verdad. Presente. Sin prisas.

No sabemos hablar de la muerte

Aquí Juanma detecta una carencia enorme de nuestra sociedad: «no sabemos hablar de la muerte, y mucho menos afrontarla. La escondemos. La tapamos como si no existiera”. La enfermedad, la fragilidad, el final de la vida permanecen debajo de una baldosa pesada, selladas con cemento. «Vivimos como si fuéramos indestructibles y, cuando la muerte aparece, nos descoloca por completo«.

Frente a ese silencio incómodo, Juanma impulsó junto a profesionales sanitarios del Hospital Vázquez Díaz un proyecto dirigido a los institutos de Huelva: «Con F de frágil. Con F de fuerte«. Gracias a este proyecto, cientos de adolescentes trabajaron la resiliencia y la vulnerabilidad en una sociedad donde la muerte se ha convertido en tabú. Hablaron del duelo. De la enfermedad. Del sufrimiento. De la reinvención. Escucharon testimonios reales de personas que habían atravesado procesos duros y habían vuelto a levantarse. «Nos sorprendía escuchar a los jóvenes decir que nadie antes les había hablado de la muerte. Chicos de 16 y 17 años que juegan a matar en pantallas digitales, pero que nunca han podido acompañar a su abuelo en un hospital…», reflexiona con cierta tristeza. Para Juanma, «acompañar en esa etapa es una escuela brutal. Una escuela de verdad. Vivir algo así te obliga a filtrar. A preguntarte qué es esencial y qué es superfluo. Qué merece pelea y qué no. Qué palabras no pueden quedarse pendientes y qué abrazos no deben aplazarse.»

En el hospital aprende cada día que la fragilidad no es debilidad. Es conciencia. Es verdad. Y que quizá «la gran pobreza de nuestra cultura no sea material, sino emocional: no saber mirar de frente aquello que, tarde o temprano, nos va a tocar a todos«.

Felicidad, valores y soledad

Juanma cree que «el consumo desmedido y la polarización constante nos están alejando cada día un poco más de la felicidad». Habla de una crisis profunda de valores, pero no desde la nostalgia fácil, sino desde la observación diaria. «Vivimos muy conectados y cada vez más solos», lamenta.

Corremos mucho. Llenamos la agenda. Respondemos mensajes. Opinamos de todo. Pero —según él— «hemos ido anestesiando la sensibilidad con prisas. Cuando algo duele demasiado, miramos el móvil. Cuando una realidad incomoda, cambiamos de conversación«. Cuando el sufrimiento no nos toca directamente, lo reducimos a una frase rápida: “»so no es mi problema», o «no tengo tiempo».

Son pequeñas decisiones cotidianas que, sin darnos cuenta, nos van alejando de lo esencial.

Para Juanma, la felicidad es coherencia. «Es vivir alineado con lo que uno sabe que es justo«. La felicidad está en cosas aparentemente simples: «mirar al otro, no apartar la mirada, y practicar valores universales que no pertenecen a ninguna ideología concreta. Amar. Perdonar. Construir juntos. Buscar justicia. Cuidar la paz«.

Y echa en falta palabras en nuestro día a día. Palabras que, dice, «deberían sonar todos los días en las casas y que, sin embargo, a veces se nos quedan atascadas en la garganta: te quiero, perdón y gracias».

Las cosas malas de la vida…

Sobre lo malo que ocurre en la vida, no carga la culpa sobre Dios. Aquí es tajante: «Dios no es el mago Merlín. No mueve una varita para evitar cada enfermedad o cada muerte. Dios —según su manera de entender la fe— acompaña y propone una forma de vivir basada en ciertos valores. Pero las decisiones son humanas. La injusticia es humana. La violencia es humana. La contaminación es humana. No podemos atribuirle a Dios lo que es responsabilidad nuestra”. Y ahí vuelve a lo esencial: «si elegimos alejarnos de la justicia, de la paz o del respeto, no es Dios quien se equivoca. Somos nosotros.»

Lo que no deberíamos posponer nunca

Después de todo lo vivido —las amenazas, la enfermedad, el íntimo contacto con la pobreza extrema, los hospitales, las despedidas— Juanma lo tiene claro: «no deberíamos posponer nunca lo esencial«.

No deberíamos dejar para mañana un te quiero.
No deberíamos aplazar un perdón.
No deberíamos escatimar un gracias.
No deberíamos mirar hacia otro lado cuando alguien sufre.

«Hay cosas que no pueden esperar», dice.

En el hospital escucha a menudo una frase que se repite como un susurro urgente al borde de la cama: «Quiero irme bien». Y él entiende perfectamente lo que significa. Irse en paz. Irse reconciliado. Irse ligero. Irse sin cuentas pendientes con la vida ni con los otros. Quizá por eso insiste en no acostumbrarse al dolor ajeno, en no convertir la injusticia en paisaje. Porque cuando el sufrimiento del otro deja de interpelarnos, algo se rompe por dentro.

A sus 63 años, con una gran cicatriz en el pulmón y la ilusión intacta, no descarta nada. Si cambian sus circunstancias familiares y le piden ir a otro lugar, irá.

Porque sigue creyendo —con humor, con ternura y con una lucidez sorprendente— que la vida merece la pena cuando se vive desde dentro hacia fuera, sin anestesia y sin miedo a mirar.

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