Manoli estaba embarazada de cinco meses y medio cuando una preeclampsia puso en riesgo su vida y la de su bebé. La niña nació con 650 gramos. Hoy se llama AMOR y es el centro de toda una familia

Cuando los médicos pronunciaron la palabra preeclampsia, Manoli estaba embarazada de cinco meses y medio.
La situación era crítica. Tan crítica que le pidieron que firmara unos documentos porque la vida de las dos estaba en peligro extremo.
Ella lo tuvo claro desde el primer momento.
“Salve usted a mi hija”.
Aquella niña nació con apenas 650 gramos. Los médicos dijeron que probablemente no sobreviviría.
Hoy se llama Amor y es una niña feliz…
Por: Ana Hermida

Pero empecemos por el principio…
Manoli conoció a Israel cuando tenía 33 años. En realidad, él ya la conocía de antes. Ella era su amor platónico desde hacía mucho tiempo. Los dos son de Moguer y él vivía justo detrás de su casa. Durante años, Manoli lo veía pasar muchas veces por su calle. Él paseaba por allí simplemente para verla. Soñaba con poder caminar algún día a su lado, de la mano. Y no tenía ninguna prisa.
Las familias se conocían bien; había relación entre ambas casas. Sin embargo, ellos nunca habían hablado. Israel es una persona tímida y durante mucho tiempo se limitó a observarla desde la distancia.
Al final fue la familia la que terminó propiciando el encuentro. Aprovecharon una fiesta de los días de la Virgen para juntarlos. Allí empezaron a hablar por primera vez y a conocerse.
Pero Manoli no se enamoró de inmediato.
Dice que al principio simplemente veía en él a un buen hombre. Venía de una relación anterior y se lo dejó claro desde el principio: necesitaba tiempo. Israel no se echó atrás. Al contrario. Le respondió que esperaría todo lo que hiciera falta.
“Tú ahora no me quieres —le decía—, pero tú me vas a querer”.
Él lo tenía clarísimo.
Ahí empezó todo.
Con el tiempo y el contacto, Manoli empezó a quererlo de verdad. Ya estaba advertida…
Ella dice que se dio una oportunidad con él porque veía que era un hombre muy bueno. Y en ese momento pensó algo muy claro: que ese era el tipo de hombre que quería para su vida. Alguien con quien formar una familia. Alguien con quien tener hijos.
Porque Manoli quería ser madre.
E Israel quería ser padre.
Pasaron aproximadamente dos años desde que empezaron a vivir juntos cuando llegó el embarazo. Para entonces ya habían comprado una casa y decidieron dejar que la vida siguiera su curso.
Y la vida siguió su curso…
Cuando Manoli se quedó embarazada fue, según dice, el momento más feliz de su vida. Se volvió loca de alegría. Recuerda que compró un predictor y que todavía lo guarda. No le venía la regla y fue a casa de su hermana Cristina para hacerse la prueba. En cuanto apareció el resultado positivo empezó a llorar y a saltar de alegría. Estaba eufórica.
Israel también recibió la noticia con una felicidad enorme, pero la alegría fue todavía mayor cuando supieron que el bebé era una niña.
Desde el primer momento, sin saber muy bien por qué, Manoli sintió que aquel embarazo tenía algo especial. Lo recuerda como una sensación muy fuerte y profunda. Lo dice llevándose las manos al vientre, abrazándose a sí misma mientras habla de su embarazo con los ojos cargados de emoción. Sintió desde el principio que aquello no era un embarazo normal. La intuición le decía que aquella niña que se estaba formando en su barriguita era especial. No especial por los problemas que vendrían después, sino especial de una manera difícil de explicar.
“Lo sentía en mi alma”, dice.
Disfrutó muchísimo del embarazo. Era un momento de felicidad absoluta. Pero al mismo tiempo llevaba encima una gran sobrecarga de trabajo. Trabajaba como encargada en el campo y aquello le generaba mucha presión. Muchas veces llegaba a casa llorando por el estrés.
A los cinco meses empezó a subirle la tensión. El cuerpo comenzó a hincharse de una forma alarmante. No podía ni ponerse los zapatos. Tenía el cuerpo completamente inflamado, incluso los ojos.
Nadie detectó en un primer momento lo que estaba pasando. No sabían que se trataba de una preeclampsia.
La tensión seguía subiendo y finalmente tuvieron que ingresarla en el hospital porque la situación empeoraba a marchas forzadas. Decidieron ponerle inyecciones para madurar los pulmones de la niña por si nacía antes de tiempo, pero apenas pudieron administrarle una. Su estado estaba empeorando demasiado rápido.
Entonces llamaron a sus padres y a Israel. Su madre, Cristina, entró con ella en la consulta del médico. El médico les pidió que se sentaran.
“Siéntate aquí, Manuela. Y tu madre también”.
Y entonces les explicó lo que estaba ocurriendo. Tenía una preeclampsia muy grave, de las peores. Había que firmar unos papeles porque la situación era extremadamente delicada: podían morir ella y la niña.
Manoli lo tuvo claro desde el primer momento. Le dijo al médico:
“Lo único que te pido es que, si tienes que elegir, salves a mi hija”.
Su madre no estuvo de acuerdo. No podía permitir que su hija tomara esa decisión. Pero Manoli lo sentía así. Dice que cuando una mujer se queda embarazada ya se convierte en madre y que ella prefería que su hija viviera, aunque ella no llegara a conocerla.
Su madre no le hizo caso. Cristina firmó los papeles para que salvaran a su hija.
Después de aquella conversación con el médico, todo se precipitó. Manoli recuerda que a partir de ese momento empezó a tener lapsus de consciencia. Todo lo recuerda entre brumas, como si se tratara de un mal sueño. La tensión estaba altísima y descontrolada. La iban a meter en quirófano para sacar a la niña con apenas cinco meses y medio de gestación. Miedo.
Su madre recuerda que antes de entrar en quirófano la dejaron en una sala previa. Cristina intuía que algo no iba bien. No se conformó con esperar fuera. Abrió la puerta y entró.
Debajo de la camilla de su hija había un charco enorme de sangre.
Manoli se estaba desangrando y nadie se había dado cuenta.
Cristina empezó a gritar:
“¡Mi hija se está desangrando!”.
Aquellos gritos hicieron reaccionar al personal sanitario. Actuaron inmediatamente. Manoli siempre ha pensado que fue su madre quien salvó la vida a las dos.
“Mi madre es mi ángel de la guarda”, dice. “Mis personas preferidas en el mundo son mi hija… y mi madre. Son dos indispensables para mí. No sé que sería de mi vida sin ellas”.
Cristina —dice Manoli emocionada— “es una guerrera”. Sacó adelante a seis hijos y sigue siendo uno de los pilares fundamentales de la familia.
Después de aquel incidente la llevaron directamente al quirófano. Manoli estaba ya muy débil y apenas recuerda fragmentos sueltos de la historia. Sentía cómo la anestesia la iba venciendo, pero al mismo tiempo tenía la sensación de que algo estaba ocurriendo en su cuerpo.
“Yo estaba dormida, pero recuerdo que sentía que me estaban arrancando algo que formaba parte de mí”, recuerda de la cesárea.
Cuando nació la niña, Manoli intentó hablar. Apenas tenía fuerzas, pero logró decir con una voz casi imperceptible: “¿Ya nació la niña? Déjame verla… déjame verla”.
Pero no se la dejaron ver.
La bebé era extremadamente prematura y se la llevaron corriendo a la incubadora para que pudiera recibir atención médica inmediata. Pesaba apenas 650 gramos. Era tan pequeña que, según recuerda su familia, la mano de un médico la cubría entera.

Mientras tanto, Manoli fue trasladada a la UCI. La preeclampsia había afectado a varios órganos y su estado seguía siendo grave, por lo que permaneció ingresada allí ocho días más. Durante ese tiempo no pudo ver a su hija.
Recuerda entreabrir los ojos y ver el pasillo lleno de gente que estaba allí por ella. Había primos, amigos, familiares.
“No sabía que tanta gente me quería”, recuerda agradecida.
Todos estaban esperando noticias.
En esos momentos también escuchó algo que se le quedó grabado. Oyó a un médico decir que su estado estaba mejorando, pero que la niña probablemente quedaría muy mal. Los médicos hablaban incluso de que podría quedar en estado vegetativo.
Manoli nunca aceptó esa idea.
Cuando por fin pudo levantarse insistió en ir a ver a su hija. La llevaron hasta la incubadora en silla de ruedas y con máquinas de las que aún no se podía desvincular en su regazo. Jamás podrá olvidar la primera imagen que tiene de su hija Amor, cuenta emocionada.
“Era tan pequeñita que impresionaba. Tenía una orejita pegada y la piel tan fina que se le veían todas las venas. Me llenó de ternura y también de dolor al verla tan frágil y llena de tubos, cables y pinchazos”.
Pero hubo algo que le llamó la atención en positivo desde el primer momento: se movía muchísimo. “Parecía una ratita”, dice.
Los médicos seguían siendo muy pesimistas. Le repetían que la niña probablemente no saldría adelante. Aun así, la pequeña resistía.
Manoli e Israel decidieron trasladarla a Sevilla, al Hospital Virgen del Rocío, donde podían atenderla mejor. Pero algunos médicos creían que ni siquiera llegaría a superar el traslado.
Manoli se negó a aceptar ese pronóstico.
“La niña va a llegar a Sevilla”, dijo.
“Y va a andar. Y va a hablar”.
Finalmente la trasladaron en ambulancia.
Y llegó.
Antes de seguir con la historia hay que hacer un pequeño inciso. Porque el nombre de la niña tampoco fue casual.
Antes de la preeclampsia, Manoli y su marido habían decidido que la pequeña se llamaría Rosa Manuela. Rosa por una amiga muy querida de Manoli que había fallecido de cáncer y que para ella era como una hermana, y Manuela por ella misma.
Sin embargo, durante los días que pasó en la UCI ocurrió algo que cambiaría esa decisión para siempre.
Manoli recuerda que en uno de los momentos en que estaba más grave sintió algo muy extraño. Dice que notaba la presencia de personas queridas que ya no estaban en este mundo. Como si estuvieran allí con ella: sus abuelos, su amiga Rosa y otros familiares.
También recuerda un olor muy fuerte a incienso. La habitación estaba muy fría y parecía que había voces murmurando alrededor.
De pronto todo quedó en silencio.
Y entonces escuchó una voz dulce y muy clara:
“La niña se va a llamar Amor”.
En ese momento despertó.
Cogió la mano de su madre que estaba a su lado y se lo dijo con total seguridad:
“Mamá, la niña se va a llamar Amor”.
Su marido ya había registrado el nombre de la niña, pero cuando escuchó lo que ella contaba decidió cambiarlo sin presentar ninguna objeción.
Y así fue como aquella niña diminuta terminó llamándose Amor.
Mientras tanto, la lucha por la vida continuaba.
Llegó la etapa de Sevilla. Fueron meses muy duros. Amor permaneció ingresada cerca de nueve meses en la UCI de prematuros del Hospital Virgen del Rocío. Durante ese tiempo tuvo que ser operada varias veces: de ductus del corazón, de los pulmones y también de hidrocefalia.
Manoli vivía prácticamente en el hospital. Dormía en un lugar llamado “la Casa de Javier”, una vivienda que había sido donada por una mujer cuyo hijo había fallecido en una UCI del mismo hospital. Aquella mujer decidió crear un espacio para que las familias que tenían a sus hijos hospitalizados durante largos periodos pudieran quedarse allí.
Era un chalet cerca del hospital donde les daban comida, habitación y todo lo necesario para poder vivir mientras duraba el ingreso.
Manoli pasaba los días enteros junto a su hija. La cogía y se la ponía sobre el pecho para que sintiera su latido y le cantaba. Le encantaba cantarle.

Dice que Amor era una niña muy particular incluso entonces. Mientras otros bebés lloraban constantemente en la unidad, ella no emitía ningún sonido. Nunca la escuchó llorar.
“Mi hija siempre ha llorado con lágrimas, pero sin voz”.
Tal vez su garganta estaba dañada por la cantidad de tubos que había tenido que llevar.
Cuando por fin recibió el alta, Amor regresó a casa con una bombona de oxígeno. Durante un año entero dependió de ella para respirar.
Manoli recuerda como salía por Moguer con su hija en una mochila y la bombona a la espalda. La sacaba a pasear, la enseñaba orgullosa a sus vecinos y abría las puertas de su casa para que a la niña le diera el sol.
“Mi hija ha dado luz a mi vida. Ella ha cambiado mi forma de ver las cosas”, afirma.
Los problemas de salud continuaron durante años. Cuando Amor tenía apenas dos o tres años comenzaron las crisis epilépticas. Algunas semanas sufría varios ataques. En una ocasión una crisis se prolongó casi media hora. En otra, la niña estuvo cerca del coma.
También hubo complicaciones con la válvula que controla la hidrocefalia y tuvieron que volver a operarla.
Hubo momentos muy difíciles. Mucho dolor. Desesperación. Momentos de preguntarle a su Dios por qué tenían que pasar por todo aquello. Aun así, nada ha logrado tambalear su fe.
A pesar de todos los pesares, Amor fue creciendo. Hoy es una niña de 12 años, una preadolescente de carácter fuerte, traviesa y tremendamente cariñosa.
La niña físicamente recuerda a la familia paterna, pero en carácter es una calca de su madre. Y su madre, Manoli, si me permiten la licencia, es pura “pimientilla”: mirada traviesa, humor afilado, carcajada contagiosa y un nervio que no la deja parar. Así que, como suele decirse, de tal palo, tal astilla.
Manoli e Israel han intentado siempre que Amor sea lo más independiente posible. Han luchado para que reciba la mejor atención, rehabilitación y terapia, y para que pueda formarse de acuerdo con sus particularidades.
Hoy sigue escolarizada en un centro donde recibe el apoyo que necesita.
La familia entera está muy unida alrededor de ella. Sus abuelos, sus tíos, sus primos… todos la protegen y la quieren.
Sin embargo, hay un miedo que nunca desaparece en la vida de Manoli: el futuro.
Teme profundamente que algún día a su hija le falte el calor y la comprensión de su madre. Sabe perfectamente que la complicidad entre ambas es algo insustituible, y que del sentimiento que hay entre ellas se alimentan las dos cada día.
No quiere imaginar cómo sería la vida de Amor si ella no estuviera. Solo pensarlo le rompe el alma.
Por eso ha hablado con sus hermanas y tiene muy claro lo que quiere para su hija si sus padres le faltaran: que siga viviendo en su casa —para eso está el esfuerzo de sus padres—, que siempre tenga a alguien que la cuide y la acompañe, pero sin sacarla de su hogar.
Que nunca la lleven a un centro donde pueda sentirse sola.
Que siempre esté rodeada de personas que la quieran.

Manoli no sabe qué pasará mañana. Nadie lo sabe.
Pero sí tiene claro algo: que todo lo sufrido le ha merecido —y le merece— la pena por ver la carita de su niña cada mañana, por sentir su risa silenciosa en la casa, por saber que ella sigue ahí.
Porque Amor está aquí.
Porque aquella niña de 650 gramos a la que muchos no daban ninguna esperanza de vida hoy ríe, habla, camina y llena de vida cada rincón de su casa… y cada rincón del alma de su madre.
Porque hay historias que no se explican con diagnósticos ni con pronósticos médicos.
Se explican con algo mucho más sencillo.
Con amor.
Y quizá por eso aquel nombre que Manoli escuchó en mitad de la oscuridad de la UCI terminó siendo, en el fondo, el más exacto de todos.
Porque esta historia —la de una madre que decidió salvar a su hija antes incluso de conocerla— solo podía llamarse de una manera.
AMOR.









