Un guardia civil recién jubilado, dos homenajes y una vida entera sembrando afecto

Amigos y compañeros se han volcado con Domingo Márquez Guzmán tras su jubilación el pasado 21de enero en Punta Umbría. Dos celebraciones distintas, nacidas del mismo sentimiento: el reconocimiento a un hombre conciliador, respetuoso y profundamente querido por quienes han compartido con él la vida y el trabajo
Comida homenaje a Domingo en Casa Carmelo.

Hay hombres que se marchan de su profesión discretamente, casi en silencio. Y hay otros que, cuando cuelgan el uniforme, descubren que han dejado algo más que años de servicio: han dejado afecto. Mucho afecto.

Domingo acaba de jubilarse como guardia civil después de toda una vida dedicada al servicio público. Y su despedida ha tenido algo poco habitual: no uno, sino dos homenajes a su persona. Uno organizado por sus compañeros de profesión. Otro por el grupo de amigos con los que desde hace años comparte tardes de conversación y vida en Punta Umbría, un encuentro que fue promovido por su esposa, Angélica, como una forma de reunir a quienes forman parte de su círculo más cercano.

Domingo vistiendo por último día su uniforme.

Dos celebraciones distintas que, en el fondo, dicen lo mismo.

Algo tendrá el agua cuando la bendicen.

Domingo nació el 20 de enero de 1961 en Cabezas Rubias, un pequeño pueblo del Andévalo onubense. Capricornio, un signo con el que reconoce sentirse bastante identificado. Y quienes lo conocen aseguran que algo de eso hay…

A los capricornio se les atribuye un sentido del deber muy marcado, disciplina y constancia para afrontar la vida, y un carácter sereno y reservado que les permite mantener la calma incluso en situaciones tensas. También se dice de ellos que respetan profundamente las normas, que son leales en la amistad, que saben mediar cuando surgen conflictos y que tienen una tendencia natural al orden y a la organización. A primera vista pueden parecer personas serias, pero cuando se sienten en confianza aparece un sentido del humor muy particular.

Rasgos que, en el caso de Domingo, encajan con bastante precisión en su forma de ser. Él es, como dice su entorno más cercano: “capricornio hasta la médula”.

Su infancia transcurrió en el Andévalo. Realizó la EGB en el colegio de Cabezas Rubias y posteriormente se trasladó a Valverde del Camino, donde cursó estudios de formación profesional. Allí permaneció cinco años interno en un centro estatal, formándose hasta obtener el título de maestro soldador.

Aquellos años lejos de casa no le dejaron un recuerdo amargo. Al contrario. Los considera una experiencia positiva que le ayudó a ganar independencia personal. Sus padres, trabajadores del campo y con una formación limitada, le dieron algo que él siempre ha valorado profundamente: “la libertad para decidir mi propio camino”.

Después llegó la mili, que realizó durante dieciocho meses, primero en Cartagena y después en Madrid. A diferencia de quienes recuerdan el servicio militar como una experiencia amarga, Domingo la considera una etapa muy enriquecedora. “La gente habla mal de la mili, pero yo creo que a muchos les vendría muy bien. Te enseña muchas cosas, sobre todo el valor de la amistad”.

Y lo dice con conocimiento de causa, porque aún hoy mantiene contacto con algunos de los amigos que hizo en aquellos meses. Hay vínculos que nacen en circunstancias especiales y que el tiempo no consigue borrar.

Antes de ingresar en la Guardia Civil trabajó durante años como agente forestal para la Junta de Andalucía. Era un empleo que le gustaba, pero la inestabilidad propia de aquellos puestos lo llevó a reflexionar sobre su futuro. Con la vista puesta en el largo plazo, decidió buscar una opción que le ofreciera mayor seguridad y estabilidad.

Así fue como en 1990 tomó una decisión que marcaría el rumbo de toda su vida profesional: presentarse para ingresar en la Guardia Civil.

Tras superar la academia, su primer destino llegó en 1991 en Palacios de Sanabria, un pequeño pueblo de Zamora de apenas 160 habitantes. Llegó allí con treinta años y todo un mundo por descubrir, expectante, como quien empieza una etapa nueva lejos de casa. Pero lo que encontró fue algo que no esperaba.

Una familia del pueblo lo acogió con un cariño que aún hoy recuerda con emoción. Especialmente Maruja, la matriarca de aquella casa, a la que todavía se refiere con ternura como “mi madre sanabresa”. Una expresión sencilla que resume bien el vínculo que nació entonces y que, con el paso de los años, no se ha roto.

Durante el tiempo que estuvo destinado allí se integró plenamente en la vida del pueblo. Tanto es así que, décadas después, no hace mucho, sintió la necesidad de volver. Lo hizo acompañado de sus amigos de Punta Umbría, con la curiosidad de quien regresa a un lugar que guarda recuerdos importantes.

Cuando entró en el bar del pueblo, varios vecinos lo reconocieron al instante.

¿Usted estuvo aquí de guardia civil, verdad? ¿Usted es Domingo?”, le preguntaban emocionados.

Sus amigos lo miraban sorprendidos, casi incrédulos ante aquella escena espontánea de reconocimiento. El tiempo había pasado, pero el recuerdo seguía intacto. Y con él, el cariño de aquella gente.

Domingo junto a Diego en su visita a Palacios de Sanabria.
Domingo y Carmelo, disfrutando de su visita a Palacios de Sanabria.

Tras aquella primera etapa llegó su traslado a Nerva, donde permaneció nueve años destinado. Llegó en una época complicada en la Cuenca Minera, marcada por el conflicto social que rodeó al vertedero y al cierre de la mina. Manifestaciones, tensiones sindicales y un clima social muy intenso marcaron aquellos años.

A pesar de ello, Domingo recuerda ese periodo con serenidad. Nunca tuvo enfrentamientos graves con los vecinos.

La clave está en tirar de psicología”, explica. “Hay que saber hablar con la gente. Entender su postura y explicar la tuya”. Recuerda que en más de una ocasión tuvo que explicar a los vecinos: “Yo estoy aquí para hacer cumplir la ley. Entiendo lo que estáis viviendo, pero entender también mi función”.

Esa forma de actuar, basada en la conversación y el respeto, fue una constante durante toda su carrera.

Si entras con violencia, recibes violencia. A las personas hay que tratarlas a todas por igual y siempre con máxima educación y respeto”.

En junio de 2002 solicitó voluntariamente su traslado a Punta Umbría, un lugar que conocía desde niño y que siempre le había atraído. Llegó con su primera esposa y con sus dos hijas pequeñas. Y llegó, en realidad, para quedarse.

Con el paso del tiempo su vida personal cambió y terminó divorciándose, pero nunca se planteó abandonar el que ya sentía como su lugar en el mundo. Punta Umbría se había convertido en su pueblo. Aquí echó raíces y aquí desarrolló los últimos veinticuatro años de su carrera profesional.

Durante ese tiempo ha desempeñado distintas funciones dentro de la Guardia Civil, principalmente en seguridad ciudadana, patrullando las calles y atendiendo todo tipo de intervenciones: conflictos vecinales, peleas, denuncias, violencia de género, narcotráfico o accidentes.

Si hay algo que le ha marcado especialmente a lo largo de toda su trayectoria profesional han sido los accidentes de tráfico.

Para mí ha sido lo más duro de mi trabajo”, reconoce. “Nunca sabes lo que te vas a encontrar cuando llegas”.

A diferencia de otras intervenciones, en un accidente hay que actuar con extrema rapidez: “regular el tráfico, atender a las víctimas y enfrentarse a escenas que a veces resultan muy difíciles de olvidar”.

Es enemigo del abuso de la autoridad. Cree firmemente que a casi cualquier lugar se llega mejor desde el diálogo, desde la conversación tranquila y la capacidad de hacer entender al otro la postura que uno defiende.

Esa actitud conciliadora también ha marcado su vida personal. Quienes lo conocen destacan su carácter tranquilo, su forma pausada de hablar y su extraordinaria capacidad para escuchar.

Quizá por eso ha construido a lo largo de los años un sólido grupo de amigos en Punta Umbría. Un grupo de unas diez personas que se reúne casi cada tarde para compartir conversación, ver el fútbol o simplemente disfrutar del placer de estar juntos. Durante años el punto de encuentro habitual ha sido el Old Tavern y el hotel Ayamontino. Y sigue siéndolo, aunque no es difícil encontrarlos a medio día echando unas cervecitas y unas aceitunas en Casa Carmelo.

Domingo se siente cómodo moviéndose entre valores que para él son esenciales: la sinceridad, la confianza, la bondad y la amistad. “Me encanta rodearme de buena gente”, suele decir. Aunque, si hubiera que ponerle “un pero” a este personaje bondadoso —añaden entre bromas sus amigos— es que “es madridista. Merengue incorregible”.

Algunos de sus amigos de Punta Umbría con los que comparte tertulia cada tarde.

Ese mismo círculo de amigos fue precisamente el que organizó uno de los homenajes que ha recibido tras su jubilación. El otro llegó desde el cuartel, de manos de sus compañeros.

Dos celebraciones distintas que lo han emocionado profundamente.

Ahora mismo todavía estoy asimilando todo”, reconoce.

Y es que su vida sigue aún muy ligada al cuartel. Durante 24 años ha vivido en la vivienda oficial. De hecho, hasta que termine de preparar su nueva casa en la calle Ancha, continúa entrando y saliendo del cuartel a diario.

Todavía no me he dado cuenta del todo de que estoy jubilado”, admite entre risas.

Cuando esa nueva etapa se asiente, espera dedicar más tiempo a caminar, viajar con su mujer, Angélica, y seguir disfrutando de la vida tranquila que ha construido en Punta Umbría.

También seguirá pendiente de sus hijas. Dos del primer matrimonio, de 26 y 24 años, y otra más joven, de 18, que es hija de su actual esposa y que convive con ellos.

Domingo con su familia.

Echando la vista atrás y haciendo balance de su paso por el Cuerpo, admite que la vida de un guardia civil es una vida muy condicionada. “Un guardia civil lo es las 24 horas del día y los 365 días del año”, explica. Aun así, si pudiera volver atrás, no lo duda: “volvería a elegir el mismo camino”.

Domingo junto a sus jefes en el Cuartel el día del homenaje en Casa Carmelo.

Porque al final, después de tantos años de servicio, lo que habla no son solo los destinos, ni los turnos, ni el uniforme que un día se queda colgado en un armario. Lo que verdaderamente habla son las personas que permanecen a tu alrededor.

Y cuando amigos y compañeros se levantan de sus sillas, emocionados, para despedirte con cariño, es porque has logrado algo que no se enseña en ninguna academia.

Has sabido recorrer la vida dejando una huella limpia.

La de un hombre profundamente bueno.

A ese reconocimiento colectivo quiere sumarse también Periódicos Punto Cero, felicitando a Domingo Márquez Guzmán por toda una vida de servicio y por algo todavía más importante: el respeto y el cariño que ha sabido sembrar en quienes han tenido la suerte de cruzarse en su camino.

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