“Para mí vestir el paso de la patrona o de la Santa Cruz es mucho más que un encargo, es una responsabilidad y tradición”

Hay comercios en las calles del lugar en el que vivimos que terminan convirtiéndose en algo más que ese lugar al que simplemente entras a comprar algo que necesitas en algún momento de la semana. Son espacios que con el paso de los años terminan, por una u otra razón, despertando un sentimiento de afecto en tantas y tantas personas.

Con más de medio siglo poniendo color y aromas florales en Punta Umbría, Floristería Fátima es un ejemplo de ese comercio de siempre que termina conquistando el corazón de los vecinos. Y es más que justificado, ya que su trabajo está presente en momentos tan significativos como las celebraciones familiares, las procesiones locales o, también, decorando ese rincón de la casa donde nos gusta pararnos a sentir el calor de nuestro hogar.

Al frente del negocio está María del Carmen López Márquez, ‘Mari’ para todos en su pueblo. Ella tomó el relevo de Fátima Pomares, la mujer que fundó la floristería y la convirtió en un nombre de referencia en la localidad. Mari entró primero como trabajadora y ahí comenzó su relación con el universo de las flores. “Fue Fátima quien me llamó para trabajar con ella y me animó a estar con ella en el negocio. La verdad es que, desde el principio, me gustó conocer todo el mundo de las flores y todo lo que está relacionado con el cuidado de las plantas”, explica con una sonrisa que delata esa pasión que tiene por su profesión.

A pesar de su relato, confiesa que ese amor por el oficio no formaba parte de un plan o de un deseo de futuro. Al contrario. “A mí no se me pasó nunca en la vida poder trabajar en una floristería”, reconoce. Sin embargo, aquella oportunidad le cambió el rumbo. Trabajó con Fátima durante un par de años y, cuando llegó el momento de la jubilación de la propietaria, le propusieron continuar con el negocio. “Cuando Fátima decidió jubilarse me dijo: ‘Mari, quédate con la floristería’”. Al principio, la idea le causó algo de vértigo, pero hoy contempla aquello con orgullo. Mi primera respuesta fue que no podía hacerme cargo del negocio por miedo a que no saliera bien. Pero con la ayuda y el apoyo de una tía mía, me eché hacia adelante y aquí estoy después de casi 30 años”, expone Mari.

Ese miedo la acompañó en los primeros compases al frente de la floristería, un sentimiento que acompaña a muchas personas que deciden emprender. Pero la constancia, el amor por su trabajo y el apoyo familiar terminaron imponiéndose para lograr la estabilidad que hoy vive su negocio.

“Recuerdo aquellos inicios con muchísimo miedo. Pero bueno, mira, poquito a poco hemos conseguido salir adelante. También es verdad que este mundo me cautivó desde el principio y eso me animó a tomar las riendas del negocio y hoy día estoy orgullosa. Además, a mí me encanta mi trabajo”, comenta con firmeza.

María del Carmen es el local de Floristería Fátima

Más de medio siglo con procesos de cambio

La historia del establecimiento supera ya el medio siglo, algo digno de reconocimiento por sus vecinos. Según relata Mari, Fátima estuvo al frente durante más de dos décadas y, después, ella ha prolongado esa vida comercial durante unos treinta años. Es, por tanto, una floristería que ha acompañado a varias generaciones de puntaumbrieños y con solera en el municipio.

En todo este tiempo, el oficio también ha cambiado. Mari ha sido testigo directo de esa evolución. La tecnología o la creación en los trabajos han cambiado mucho en los últimos años. Ahora se trabaja muy diferente y hay muchas facilidades para todo. Por ejemplo, para la creación de composiciones con las flores o para el cuidado de las plantas. Los materiales con los que trabajamos ahora nos hacen más fácil nuestra labor”, explica la floristera.

Antes, el trabajo resultaba más duro y más tosco. “Se trabajaba muchísimo porque era más complicado de cosechar la flor. Los materiales eran más brutos. Ahora todo lo ponen un poquito más fácil, limpio”. Pero, más allá de los cambios técnicos, hay algo que no ha variado: la necesidad de sensibilidad, conocimiento y cercanía. “Para dedicarte a esto tiene que gustarte mucho el mundo de las flores y las plantas, para poder transmitirlo al cliente que viene para que le ayudes a decorar un momento importante de su vida, como puede ser una boda o una corona para un ser querido que se marchó. Hay que tener mucha sensibilidad”, expone Mari.

Y es que Floristería Fátima no es solo una tienda cualquiera, es un lugar al que la gente acude en momentos muy concretos de su vida, muchas veces cargados de emoción. “Hay situaciones que, la verdad, cuesta mucho trabajo sacarlas adelante. Porque escuchas muchas historias, tanto de momentos duros como alegrías”.

Esa convivencia diaria con las emociones de los demás también ha servido para dar forma a un negocio que hoy es parte del pueblo. “La verdad que tengo una muy buena clientela. Muy buena”, afirma. Una clientela heredada en parte de Fátima, pero ampliada con el tiempo por el propio trabajo de Mari. “Yo me quedé con la clientela que tenía Fátima en su momento y poco a poco, me he ido haciendo de más personas, colectivos y establecimientos que confían en nosotros. Hoteles, hermandades, el Ayuntamiento…”, enumera la comerciante.

La Hermandad del Santo Cristo del Mar reconoció la labor de Floristería Fátima en Semana Santa

Con las tradiciones locales

Precisamente en las hermandades y en las tradiciones locales es donde la floristería adquiere un significado especial. Más allá de su presencia en actos religiosos y municipales, lo verdaderamente importante es la vivencia personal de Mari, profundamente unida a la religiosidad popular de Punta Umbría. “Para mí vestir un paso, preparar una cruz o trabajar en el exorno floral de una procesión es mucho más que un encargo. Para mí es una responsabilidad y además forma parte de las tradiciones de mi pueblo. En casa vivimos las fiestas del Carmen o la romería de la Santa Cruz de una manera muy especial. Además, soy camarista de las hermandades desde hace casi 20 años y adornar los pasos es algo que me entusiasma. Me encanta hacerlo y me recreo haciéndolo”, cuenta abriendo el corazón, con un profundo sentimiento de pertenencia.

En esa destacada labor de dotar de color e imagen a los símbolos religiosos e identitarios locales, valora mucho la libertad que los dirigentes le otorgan. Agradezco mucho la confianza que me da Ale. Yo siempre pregunto: ‘¿Cómo montamos la cruz? ¿Qué te gusta? ¿Qué ponemos?’. Y él me dice: ‘Lo dejo en tus manos, Mari’. Eso a mí me llena mucho y me hace sentir muy orgullosa”, confiesa.

La historia de Floristería Fátima también mira al futuro a través de la continuidad generacional. Mari es madre de cuatro hijos, dos mujeres y dos varones, y aunque cada uno ha seguido su propio camino, su hija menor apunta maneras para continuar con el legado. “Mi hija chica, Lucía, es la que más se ha interesado por la floristería. Ella ya hace unos ramos espectaculares con un toque más moderno y le da un aire nuevo a lo que hace”, argumenta.

A pesar de preguntarle por la continuidad del negocio, deja muy claro que no tiene ninguna intención de jubilarse: “Yo como mínimo me veo en el negocio hasta los 70 años. Me encanta estar rodeada de mis flores y si mi hija se queda en el negocio, estaré con ella ayudándola hasta que pueda”. Y mientras manifiesta su intención de continuar con su trabajo hasta que el cuerpo aguante, no quiere dejar de manifestar su cariño a su amiga Antia Guerrero, ‘Antoñita la Mona’. «Ella es mis pies y mis manos y siempre está conmigo ayudándome sin pedir nada a cambio. Para mi es un gran punto de apoyo».

En definitiva, Floristería Fátima es historia, tradición y un presente que promete continuidad. Un negocio que ha crecido junto al pueblo y que sigue floreciendo con cada encargo, manteniendo viva una vocación que va mucho más allá de las flores.

 

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