“Mi hijo come una vez al día, duerme en el suelo y no tiene asistencia sanitaria”. La condena silenciosa de una madre de Punta Umbría

Inmaculada de la Rosa lleva dos años luchando para que su hijo Antonio, condenado en Marruecos por narcotráfico, pueda cumplir su pena en una prisión española y no en unas condiciones que ella define como “inhumanas”
Inmaculada tras la entrevista con Periódicos Punto Cero.

Por: Ana Hermida

Hay llamadas que parten una vida en dos. Inmaculada de la Rosa Feria lo sabe muy bien. Todavía hoy recuerda perfectamente el tono de aquella voz, el desconcierto, el frío que le recorrió el cuerpo y la sensación de que el suelo desaparecía bajo sus pies mientras alguien, al otro lado del teléfono, le decía que llamaba desde el Consulado de Casablanca y que su hijo Antonio estaba detenido en Marruecos. Esa fue la única información que le dieron. Ni una palabra más.

En un principio se negó a creer lo que le estaban diciendo. Cuando le dieron datos concretos sobre su hijo y verificó que era él, sintió que le arrancaban las entrañas. Llanto y desesperación. La vida de Inmaculada se paró en seco. No supo qué hacer ni qué pensar. Solo podía llorar…

Hasta ese momento, la vida de Inmaculada había sido la de tantas mujeres de Punta Umbría. Trabajo y mucho sacrificio. Cocinera en el Terramar, madre de cuatro hijos, abuela de dos niñas, acostumbrada a pelear cada cosa que tiene porque, como ella misma repite varias veces durante la conversación, “en mi casa todo lo mucho o lo poco que ha habido ha salido siempre del trabajo”. Aún recuerda aquellos años yendo a coger coquinas a El Portil caminando kilómetros ella sola con dos niños pequeños. Jornadas interminables, cuentas ajustadas y una vida sencilla en la que jamás hubo espacio para atajos ni para el dinero fácil.

Siempre ha sido enemiga absoluta de las drogas. Les ha tenido miedo toda su vida. Un miedo casi visceral. Nunca quiso ese mundo cerca de su casa ni de sus hijos. Pensaba que eso de las drogas no tenía nada que ver con ella ni con los suyos. Y precisamente por eso, porque jamás imaginó verse en la situación que hoy se ve, siente la necesidad de repetir una idea que ha aprendido de la forma más dura posible: “nadie está libre de nada”.

Mientras habla de Antonio, el tercero de sus cuatro hijos, los ojos se le llenan de lágrimas. No lo describe como un delincuente aunque sabe que ha delinquido. Lo describe como lo recuerda durante toda una vida. “Siempre ha sido un niño cariñoso, extremadamente humano, muy familiar, de esos que sufren viendo sufrir a otros”. Recuerda incluso cómo, pocos días antes de que su vida entera le reventara en la cara, Antonio subió a casa con un joven que estaba rebuscando en  la basura para darle comida, agua y algo de dinero. “Mi hijo siempre ha sido muy sensible a las miserias y al sufrimiento de los demás. Nunca miraba para otro lado”, dice casi justificándose, como si necesitara que quien la lea entienda que detrás del delito sigue viendo a su hijo.

Pero también sabe que Antonio se equivocó. De hecho, le molesta profundamente que alguien pueda pensar que está intentando justificar lo ocurrido. “Mi hijo tiene que pagar lo que ha hecho”, repite. “Lo único que pido es que lo haga en España y con dignidad”. Y lucha por su hijo Antonio, pero también por el resto de su familia que también está cumpliendo una dura condena sin haber delinquido.

Ahí empieza realmente su batalla. Y también acaba.

Lo que consume a Inmaculada no es solo el delito y la condena de Antonio. Que ya de por sí es algo muy duro: “Mi hijo me ha decepcionado, claro que sí. Yo se lo digo a él. Y él no deja de pedirme perdón porque sabe que esto en casa nunca ha tenido cabida”. Lo que la está destruyendo noche a noche son las condiciones en las que asegura que vive desde hace dos años dentro de la prisión marroquí. Habla de un espacio hacinado con decenas de presos, de mantas en el suelo, de ratas, de chinches, de una sola ducha semanal, de comida insuficiente y de la angustia constante de pensar qué puede ocurrir si enferma. “Yo solo quiero acostarme sabiendo que mi hijo ha comido y tiene una cama, y tener la certeza de que si enferma será asistido”, dice, y en esa frase resume todo.

Ahora, además, vive con un miedo nuevo clavado dentro. La aparición de casos relacionados con el hantavirus ha disparado todavía más su angustia. Antonio convive diariamente con ratas dentro de prisión y ella no deja de pensar en lo que podría ocurrir si contrae cualquier enfermedad allí dentro. “Yo sé que ponerse enfermo allí puede ser mortal”, dice con absoluta crudeza. Imaginar a su hijo enfermo, tirado en el suelo de una celda masificada y sin atención médica, se ha convertido en otra tortura más que añadir a estos dos años de infierno.

Durante la entrevista hay algo que impresiona especialmente: la manera en la que Inmaculada habla de sí misma como si hubiera dejado de existir un poco. Como si desde aquella llamada su vida hubiera quedado congelada mientras el mundo seguía avanzando para todos los demás. Ella misma reconoce que lleva dos años viendo pasar la vida desde fuera.

Su vida social desapareció. Apenas sale. Hay días enteros en los que permanece sentada en la cocina, en bata, mirando el móvil, esperando que su hijo Antonio consiga llamar desde una cabina compartida con decenas de presos. Dice que muchas noches no logra dormir.

Toma medicación para poder conciliar el sueño, pero incluso así hay noches enteras en las que ni siquiera llega a entrar en la cama. Se queda sentada en la cocina leyendo durante horas. Leyes internacionales. Convenios bilaterales. Casos de presos españoles repartidos por cárceles del mundo. Cultura árabe. Recursos penitenciarios. Declaraciones de insolvencia. Funcionamiento de consulados. Todo en su vida actual gira alrededor de lo mismo.

No leo nada que no tenga que ver con esto. Nada me interesa ya”, lamenta.

Antes no era una persona pendiente del teléfono. Ahora vive pegada a él. Esperando la llamada de su hijo. Hay días que logra hablar con él. Otros no. Y cuando el teléfono no suena, vuelve el miedo.

Antonio, hijo de Inmaculada, encarcelado en Marruecos.

Lleva dos años seca de tantas lágrimas derramadas. Con un dolor instalado permanentemente en el pecho. Un dolor de madre que se pregunta constantemente si hubiera podido evitar todo lo ocurrido de alguna manera. Preguntas que se clavan dentro y que regresan una y otra vez cada madrugada.

Pero hay algo que tiene muy claro: no puede permitirse venirse abajo.

Dice que ella no puede enfermar. Que no puede abandonar su lucha. Que hay cosas que una madre simplemente no se puede permitir. Y esa idea es la que la mantiene todavía en pie. Leyendo. Llamando. Preguntando. Pidiendo…

Pero lo que más sentimiento de culpa le genera de todo esto no es el no haber podido evitar que su hijo Antonio haga lo que nunca debió hacer. Lo que realmente le rompe el alma es mirar a su hijo pequeño y sentir que no está siendo la madre que debería ser con él.

Su hijo menor tiene 14 años. Juega al fútbol. Va bien en los estudios. Antonio, desde la cárcel, sigue pendiente de él y le insiste constantemente en que estudie y haga las cosas bien. Pero Inmaculada sabe que ese niño lleva dos años viendo llorar a su madre.

Me dice: mamá, no llores más”.

Y entonces ella se derrumba.

Porque siente que esta historia también le está robando tiempo y vida a quienes siguen aquí, a su lado. Piensa muchísimo también en sus nietas. En las veces que la han visto llorar y ella ha intentado quitarle importancia diciendo que le duele la cabeza. En cómo todo ha terminado girando alrededor de la cárcel, de los viajes, de las llamadas y de la angustia.

Siente que lleva demasiado tiempo emocionalmente ausente para ellos.

Y aun así, no se permite caer. O no del todo.

Porque algo dentro de ella sigue funcionando únicamente por un objetivo: sacar a su hijo de allí. Un reto que ha convertido en el motivo de su existencia.

Antonio fue condenado a ocho años de prisión por narcotráfico. La sentencia es firme. Ella lo sabe. Lo acepta. No pide rebajas ni privilegios. Solo pide que se cumpla el convenio bilateral firmado entre España y Marruecos en 1997 para el traslado de presos condenados a su país de origen.

Según explica, su hijo cumple todas las condiciones necesarias para poder ser trasladado a una cárcel española. Por eso ha comenzado una recogida de firmas con la intención de que alguien en el Senado escuche la situación de las familias españolas que tienen familiares presos en cárceles marroquíes.

Pero con el paso del tiempo, la lucha de Inmaculada ha dejado de ser solamente por Antonio.

Hoy habla constantemente con otras familias españolas que viven exactamente el mismo infierno. Madres, parejas, hijos y hermanos de presos españoles repartidos por cárceles marroquíes que, según explica, también tienen sentencia firme y deberían estar ya cumpliendo condena en España según el convenio bilateral vigente.

Antonio, desde prisión, es quien más insiste a Inmaculada en que no piense únicamente en él. “Mamá, lucha por todos”, le repite durante las llamadas.

Por eso ahora habla también de los otros españoles que sobreviven en las mismas condiciones. De quienes llevan años esperando traslados que nunca llegan. De quienes conviven hacinados, enfermos, desorientados y olvidados lejos de sus familias.

En estos dos años ha aprendido lo impensable. Ha contactado con abogados, asociaciones y periodistas. Ha escrito cartas. Ha grabado vídeos. Ha hecho directos en redes sociales. Todo porque se niega a aceptar que su hijo termine consumiendo ocho años de su vida en esas condiciones.

En ese camino agradece profundamente la ayuda de muchísima gente. Familiares, amigos, vecinos de Punta Umbría y personas que apenas conocía. Personas que la llaman para darle ánimo, que la abrazan por la calle o incluso que la ayudan económicamente para que pueda seguir viajando a Marruecos a visitar a Antonio.

Pero hay un agradecimiento que repite especialmente emocionada: el que siente hacia la ONG + 34, dedicada a asistir y acompañar a presos españoles en cárceles repartidas por todo el mundo. Inmaculada reconoce que conocer a esta asociación supuso un antes y un después en su lucha. Gracias a ellos comenzó a entender procedimientos legales, recursos internacionales y posibilidades reales para intentar trasladar a su hijo a España. Agradece profundamente la implicación de Javier Casado y Rosario, sus representantes, a los que considera una pieza fundamental en todo este proceso.

Y al mismo tiempo que lucha por la dignidad de su hijo, también carga con otra cruz: la del juicio social.

Porque junto a los mensajes de apoyo también llegan comentarios durísimos. Personas que le dicen “si lo ha hecho, que lo pague” sin pararse a pensar en el dolor de esa madre que no solo sufre la decepción de un hijo, sino que ha visto su vida tambalearse hasta un punto difícil de imaginar. Afirma que en estos días hay quienes la han acusado en redes sociales de no sentir el dolor por la muerte de los dos guardias civiles de Huelva en la lucha contra el narcotráfico. Ella calla. El dolor la supera. En este punto de la entrevista ella mira abajo y llora. Llora desconsolada.

Insiste en que ella está completamente en contra del narcotráfico. Lo estaba antes y lo está todavía más ahora.

El narcotráfico me ha reventado la vida”.

Y ahí está probablemente el corazón de todo este relato.

Porque Inmaculada no está defendiendo la inocencia de su hijo. Ni muchísimo menos. Está intentando que la gente entienda que una madre puede condenar lo que ha hecho un hijo y, al mismo tiempo, seguir queriéndolo con toda su alma a pesar de la profunda decepción.

Inmaculada sabe que Antonio cometió un error gravísimo y que tiene que responsabilizarse de ello. Que tiene que pagar por lo que hizo.

Pero también defiende que a pesar de haber delinquido sigue siendo una persona. “El delincuente no es solo delincuente. También es persona, es hijo, hermano, amigo…

Que cumpla sus ocho años”, repite. “Pero aquí. Aunque sea en la cárcel más lejos de Huelva. Me da igual dónde. Solo quiero que mi hijo pague como una persona, no como si fuera un animal”.

Y mientras habla vuelve otra vez a la idea que le cambió la forma de mirar a los demás para siempre:

Nadie está libre de nada. Eso lo he aprendido a fuego”.

 

 

Compartir
Scroll al inicio