El educador y conferenciante de la asociación 21 Horas comparte en Punta Umbría su historia de superación para ayudar a los jóvenes a construir proyectos de vida lejos de las adicciones
Ernesto Algarra no habla de las drogas desde los libros. Habla desde la vida. Desde una vida que conoció la felicidad, el amor y los sueños. Pero también las heridas más profundas, la dependencia, la soledad y la desesperación.
Por eso, cuando subió al escenario del Teatro del Mar de Punta Umbría para impartir la charla ‘Celebrando la vida’, dentro de la programación del Mes de la Juventud, los estudiantes de los institutos Saltés y Bitácora no escucharon a un conferenciante cualquiera. Escucharon a un hombre que sabe muy bien de qué habla.

Porque hubo un tiempo en el que Ernesto lo perdió todo.
Y hubo una noche en la que su vida pendió de un hilo que, por extremadamente fino que fuera, por fortuna, no llegó a romperse.
Nacido en Lepe hace 51 años, hijo de Juanito del Bar y de María Bella, La Morita, creció rodeado del cariño de una familia profundamente unida. Conserva el recuerdo de una infancia feliz, “hasta los doce años”, marcada por el amor de sus padres, sus tres hermanos y la influencia de su abuelo Juan el Morito, un guitarrista muy querido por todo el pueblo y una figura que todavía hoy ocupa un lugar privilegiado en su memoria.
Romántico por naturaleza, enamorado de la música y soñador incorregible, abrió siendo muy joven su propio negocio. El pub Porche, bautizado así en homenaje al lugar donde sus padres se dieron el primer beso, bajo el porche de la iglesia de Lepe, era también una declaración de principios. Porque Ernesto siempre ha creído en el amor y en las personas.
Pero en ese transcurrir de la vida había heridas antiguas que seguían abiertas. A los doce años, su felicidad infantil se vio truncada por un suceso terrible. Un vecino al que conocía y en quien confiaba lo engañó para hacerlo entrar en su casa y allí sufrió unos abusos sexuales que marcarían para siempre el rumbo de su vida.
El dolor que no se expresa termina buscando otros caminos.
Y aquello que comenzó años después como un consumo aparentemente inofensivo acabó transformándose en una enfermedad que lo arrastró hacia los años más oscuros de su existencia.
Perdió el negocio. Perdió la confianza de muchas personas. Perdió la relación con quienes más quería. Y llegó a sobrevivir bajo un puente…
Pero todavía quedaba tocar fondo.
La noche que cambió definitivamente su vida llegó en septiembre de 2013. Era la tercera vez que hacía un porte de drogas desde Marruecos hasta la costa onubense. Necesitaba dinero para mantener el consumo. Se recuerda en alta mar. Solo. Rodeado de oscuridad. Convencido de que iba a morir.
Durante 21 horas luchó por mantenerse con vida, aferrado finalmente a una una boya de trasmallo perdida en medio del océano.
Aquella experiencia marcaría un antes y un después.
Cuando consiguió regresar a tierra, vencido y sin fuerzas, solo tenía una petición.
— “Papá, no me abandones”.
Comenzó entonces un largo proceso de rehabilitación. Y, poco a poco, el hombre que había perdido la esperanza fue recuperando la vida.
Volvió a correr.
Volvió a sonreír.
Volvió a ser hijo.
Volvió a ser Ernesto.
Y aprendió a ser padre.
Y comprendió que aquella segunda oportunidad tenía que servir para algo.
Hoy, más de doce años después, sigue levantándose antes del amanecer para correr desde Lepe hasta La Antilla y bañarse en el mar. Continúa formándose y ha convertido su experiencia en una herramienta para ayudar a otras personas.
Con la Asociación 21 Horas, nacida precisamente en recuerdo de aquellas interminables horas en el agua, acompaña a personas y familias que atraviesan situaciones similares a las que él vivió.
No se considera terapeuta. Ni pretende ocupar el lugar de los profesionales. Su misión es otra. Escuchar. Acompañar. Y demostrar que siempre existe una salida.
Por eso sus palabras conectan especialmente con los jóvenes. Porque cuando habla de autoestima, de tomar decisiones o de construir un proyecto de vida saludable, no lo hace desde la teoría. Habla desde las cicatrices. Habla desde la verdad.
Y quizá por eso, después de escucharlo, muchos descubren que el verdadero mensaje de Ernesto Algarra no tiene tanto que ver con las drogas. Tiene que ver con la vida. Con la capacidad del ser humano para levantarse. Con el perdón. Con las segundas oportunidades. Y con la convicción de que incluso las heridas más profundas pueden terminar convirtiéndose en una herramienta para ayudar a otros.
Por eso su conferencia lleva un nombre que resume perfectamente quién es hoy.
‘Celebrando la vida’.
Porque pocos hombres tienen tantos motivos para hacerlo.










