Con solo 24 años, este animador sociocultural nacido en Mallorca y puntaumbrieño de corazón ha convertido los atardeceres de la playa en un bonito y saludable fenómeno social. Se llama Dance Time Sunset, nació de su cabeza siempre en movimiento y ha logrado algo más difícil que llenar una playa: crear comunidad. Por el camino, ha aprendido a bailarle a la vida sin hacer caso de quien pretenda hacérsela difícil
Por: Ana Hermida
A José Manuel Casado Rodríguez, José para todos, hay que verlo en su salsa un atardecer cualquiera de este verano, subido a la arena de Punta Umbría y poniendo a bailar a gente de todas las edades frente al mar. Tiene 24 años, una sonrisa que no se apaga y esa energía contagiosa de quien ha decidido, como principio de vida, «vivir cada momento con felicidad y mucha energía bonita». Nació en Palma de Mallorca, pero es puntaumbrieño desde que tenía dos meses, y habla de su pueblo como quien habla de un amor: «Estoy completamente enamorado de Punta, me he criado y he crecido aquí como persona».
Su historia empieza en la Barriada del Carmen, donde ha vivido siempre y donde tuvo una infancia «muy bonita y muy de calle». La suya fue una niñez de las de antes, de esas que ya casi no quedan: aquellas largas noches de verano jugando, las fiestas de disfraces que se inventaban ellos mismos en Carnaval y, sobre todo, esa cabalgata casera que resume entero al hombre que sería después. «Con una caja de cartón y una rama de un arbolito tocábamos por las calles como si fueran tambores y recorríamos la barriada disfrutando juntos.» Ya entonces, sin saberlo, hacía lo que hace hoy: reunir a la gente y ponerla a celebrar.
De aquella época guarda un recuerdo por encima de todos, el de la familia entera montando el chozo en la romería de la Santa Cruz. «Disfrutábamos todos juntos, qué buenos tiempos», dice, y en esa estampa está una de sus grandes raíces, la del niño vinculado desde muy pequeño a las hermandades y asociaciones del pueblo, porque siempre le ha gustado «ayudar y promover proyectos sociales para mejorar la vida de los demás».
La familia es, en su relato, todo un privilegio vital. Se sabe mimado y apoyado en cada paso, pero su vida tiene un antes y un después marcado por una ausencia. A los doce años perdió a su padre, y fue su madre quien tomó, en sus propias palabras, «el título de madre y padre para poder sacarnos hacia delante a mi hermana y a mí». Una mujer que luchó «para que no faltase de nada en casa», y a la que José debe, en buena medida, ser hoy quien es. No es casualidad que, años después, cuando dudaba si lanzarse o no con su gran proyecto, fuera ella quien lo empujara.
El sueño venía de lejos, de aquellos veranos de niño en los hoteles. «Veía las animaciones y soñaba con promoverlas yo», recuerda. Le fascinaba la manera en que aquellos animadores encendían a la gente, y de ahí nació su vocación. Por el camino hubo maestras que dejaron huella y con las que aún mantiene contacto, la maestra Juani, la maestra Manoli, Loren, «las que me criaron dentro del cole». José acabó estudiando aquello con lo que soñaba, porque quería «crear animaciones que saquen de cada uno lo mejor y aprender mucho más sobre esta profesión tan bonita», y hoy es animador sociocultural y turístico, un oficio que entiende como una forma maravillosa de estar en el mundo. Lo que más le llena, dice, es hacer disfrutar a las personas y, con su trabajo, darles pistas que las ayuden a cambiar su forma de vivir la vida.
La adolescencia la vivió como lo que es, un auténtico «culo inquieto», siempre con algo en la cabeza que crear, para regocijo a medias de su madre, a la que solía enredar en todas sus ideas. Pero también fue la etapa más difícil, porque el instituto coincidió con la pérdida de su padre. Si no descarriló, dice, fue por los suyos: «Gracias a la ayuda de mi madre y mi familia, que siempre me han guiado para que no perdiera el norte». De aquellos años le quedó una certeza que repite como un lema, la de haber tenido siempre el respaldo para ser quien es. «Siempre he sido como yo he querido ser, porque desde casa siempre me han respetado y comprendido, y eso, para mí, es lo más importante en la vida.»
Esa libertad, la de hacer lo que le apetece «sin mirar el qué dirán», tiene también su cara amarga, y José no la esconde. Con el éxito de su proyecto llegaron, en las redes, algunos comentarios homófobos, «por el simple hecho de bailar y disfrutar con los demás». Le duele decirlo, pero lo cuenta sin rencor y con una lección aprendida que debería enmarcarse: «Para mí los comentarios malintencionados sin sentido no han supuesto una barrera, más bien han sido un empujón para seguir haciendo lo que me gusta sin poner el foco en lo que digan los que no tienen nada mejor que decir». ¿De dónde saca la fuerza? Lo tiene clarísimo: «Del apoyo de las personas que de verdad son felices compartiendo camino conmigo».
Y así llegamos al corazón de esta historia, a esa idea que este verano ha puesto a bailar a personas de todas las edades frente al mar. Se llama Dance Time Sunset, «bailar a la hora del atardecer», y nació, como todo lo suyo, de una cabeza que no para. «Mi cabeza siempre está dando vueltas y creando», dice. Quería lanzar algo distinto en su pueblo, «crear una gran comunidad social en la que podamos disfrutar todos y todas» e incentivar el deporte a través de la música. ¿Y qué mejor escenario que la playa de Punta Umbría, al atardecer? Son clases de zumba y baile para todos los niveles, «desde niños o jóvenes hasta adultos y personas mayores», en un ambiente donde, además de moverse, uno «puede conocer a personas y conectar con la sociedad». Un momento de convivencia entre generaciones en el que las risas y el encuentro son los protagonistas, cada semana.

Para José, el baile no es un pasatiempo, es una manera de entender la existencia y la mejor manera de ponerse a salvo del desánimo cuando la vida viene torcida. Si a eso le sumas la playa, «un privilegio que tenemos en nuestro pueblo», y la hora más bonita del día, la combinación es insuperable. Pero, para ser honestos, ni él mismo se imaginaba lo que iba a pasar. Dudó mucho al principio, lo habló con su madre, ella lo impulsó, y finalmente se lanzó. La primera tarde fue, en su palabra, «brutal». «No me esperaba a tantas personas. Cuando llegué a la playa y puse la música, para mí fue impresionante la respuesta de la gente. Ver la cara de felicidad de ellos y ellas ha sido lo mejor que me ha podido dar la vida este año. Ha sido un auténtico regalazo.»

Ver a tanta gente bailando algo que salió de su cabeza lo llena de orgullo y también de agradecimiento. Es la alegría de comprobar que «la imagen que recibo durante cada sesión es exactamente como mi cabeza la había dibujado». Y le ha dejado una enseñanza que va más allá del propio evento: que los proyectos así «hacen comunidad y crean ambientes únicos que unen a las personas para siempre». Que era, precisamente, lo que buscaba.
Detrás de la fiesta hay, eso sí, mucho más trabajo del que se ve. José lo sabe bien: «El mundo del ocio es más que una simple fiesta, es trabajo y dedicación para que todo salga perfecto». Distingue con criterio de profesional entre montar una fiesta cualquiera y crear una experiencia, que es a lo que él aspira: «Una experiencia es algo que de verdad le llega a la persona y que nunca olvida». Y lo tiene claro, esto no es un final, sino un principio: quiere hacer crecer el club por toda la provincia de Huelva, para de ese modo «sumar personas y experiencias».
Como buen amante de su pueblo, tiene una mirada lúcida sobre lo que lo rodea. Cree que a Punta Umbría le falta dar más oportunidades a los jóvenes, «a nivel laboral y de vivienda, para poder diseñar nuestras vidas sin tener que salir de aquí. Porque los jóvenes somos el futuro de Punta Umbría». Él mismo ha sentido en alguna ocasión la tentación de marcharse, porque el turismo le daría más salidas profesionales fuera, pero le puede más el arraigo: «En el interior hay algo que me jala mucho y que me hace volver siempre a mi hogar, a mi pueblo, a mis raíces». Su sueño, de hecho, es de los que emocionan por su sencillez: «Tener una estabilidad aquí en Punta Umbría para vivir y seguir siempre cerca de mi familia».
Porque si algo hay que saber de José es que lo pequeño es lo que lo sostiene. Se define en tres palabras, «disfrutar, alegría, energía», reconoce como defecto ser «muy intenso», y confiesa que su mayor motor son sus sobrinos: «Poder pasar y juguetear un rato con ellos ya me hace el día». Es hombre de café y de trasnochar, de pueblo antes que de ciudad, de plan en grupo, de mar en calma y de atardeceres. Su rincón favorito son las Casas Baratas, su canción de cabecera, «Vivir mi vida», y admira a Manuel Carrasco. Le da pánico un miedo de lo más inesperado, las aves, y guarda como el día más feliz de su vida aquel en que fue hermano mayor de la Santa Cruz. Sueña con conocer el carnaval de Brasil y, si pudiera montar el evento de su vida sin límites, sería «un gran encuentro de baile social y latino en un palacio enorme lleno de color, música y vida».
De momento, se conforma con seguir dando «pasitos cortos pero siempre hacia delante», que es como dice él que se avanza en la vida. Y con que la gente de su pueblo lo recuerde tal como es: «Una persona sencilla y alegre, a la que le gusta hacer disfrutar a la gente». A los que se ríen de él, les responde de la única manera que sabe, bailando: «Pienso seguir disfrutando de la vida y haciendo lo que me gusta, sin tener en cuenta los pensamientos y comentarios negativos de otras personas».
Por eso, cuando el sol empieza a caer sobre Punta Umbría y la playa se llena de gente moviéndose al ritmo de la música, allí pasa algo que no cabe en la palabra «zumba». Es el mismo niño que recorría la Barriada del Carmen con una caja de cartón por tambor, empeñado, ahora como entonces, en juntar a los suyos, y a todos los que se quieran sumar, para celebrar la vida. Y viéndolo sonreír en la arena, uno diría que lo ha conseguido.









