Nacido en Ceuta hace 67 años y agustino de vocación temprana, Emilio Rodríguez Claudio ha hecho de Aljaraque su pueblo después de una vida de destinos más allá de nuestras fronteras. Párroco, capellán de la cárcel durante tres décadas y hombre de un humor a prueba de todo, resume su manera de estar en el mundo en una idea sencilla: escuchar y estar cerca de la gente
Por: Ana Hermida
Llegué antes que él al casino de Aljaraque, donde Don Emilio, como lo suelen llamar, me había citado, y eso me permitió un lujo: verlo llegar. Aparcó con agilidad, se bajó del coche ya no con tanta, y vino hacia mí con esos andares tan suyos, tan particulares, con ese punto bailarín, herencia, supongo, de sus antiguas lesiones y operaciones de cadera. Hacía cuatro años o más que no nos veíamos en persona, aunque nunca hayamos dejado de cruzarnos algún que otro mensaje de WhatsApp, y el reencuentro, dicho sea de paso, me alegró el día. La mesa la elegí yo, ventaja de llegar la primera: me instalé en la terraza desde la que se abre ese paisaje espectacular de pinos y marismas, esa maravillosa estampa con Corrales, Bellavista y Huelva al fondo. Al sentarse frente a mí dirige la mirada hacia su izquierda, y me basta ver cómo se le van los ojos a los pinos para entender que ahí, con la naturaleza delante, Don Emilio se siente en paz. Pidió un descafeinado con sacarina; yo, un café con toda su cafeína y mucho hielo. Y entre esos dos vasos tan distintos como quienes los bebíamos se nos fueron dos horas de conversación. Tuve la suerte de compartir una tarde estupenda con uno de los hombres más queridos de Aljaraque y de toda la provincia.

Conversar con Emilio no es solo un placer, es también un descanso. No tiene pelos en la lengua, es cercano y no asoma en él ni una pizca de soberbia. Tiene un sentido del humor imbatible y tiende a quitarle gravedad a todo. Pragmático y feliz, reconoce que, aunque ya no se asusta de nada, tampoco ha perdido la capacidad de sorprenderse.
Esto es, en un puñado de folios, el retrato de un cura de los que dejan huella.
Emilio Rodríguez Claudio nació en Ceuta hace 67 años, y lo de ceutí lo dice con un matiz que le importa, y mucho. Nada de nacer allí por casualidad, como los hijos de militares o funcionarios de paso: «Nosotros somos de allí». La familia de su madre echó raíces en la ciudad hace generaciones; el único forastero fue su padre, un extremeño recién salido de la academia militar que llegó de fuera para, mira tú por dónde, encontrarse justo en Ceuta con la mujer de su vida.
Es el mayor de cinco hermanos, cuatro chicos y una chica que llegaron al mundo casi atropellándose entre sí: primero él, al año siguiente Juan Ramón, al otro José Luis, y más tarde María Jesús y Carlos. Hoy andan repartidos por el mundo, y solo María Jesús sigue en Ceuta, cosas de esas ciudades pequeñas y aisladas de las que, para estudiar y buscarse la vida, casi todos acaban saliendo. Su infancia la recuerda «muy feliz», la de una familia numerosa que fue también su primera escuela. Se crió entre la casa, el colegio y la plaza, con mucha calle y mucha gente alrededor, en una Ceuta animada, de cine y de teatro, donde todos se conocían. De aquellos años conserva un tesoro que no cotiza en bolsa pero debería: los amigos. Tantos, y tan de verdad, que con un grupo de aquellos compañeros del colegio todavía se va de viaje una vez al año.
El colegio, de hecho, fue el hilo que le cosió la vida entera. El colegio San Agustín, a veinte metros escasos de su casa, por el que habían pasado su abuelo, los hermanos de su abuela y de su madre, sus primos, y a cuya fundación habían arrimado el hombro hasta sus bisabuelos. En su casa, cuenta, siempre había un agustino o un capellán del ejército sentado a la mesa. Y fueron aquellos sacerdotes, sus profesores, auténticos referentes vitales, quienes le fueron sembrando la vocación de la forma más natural.
El empujón definitivo llegó con 17 años, estudiando COU, de la mano de su tutor, un agustino que lo animó a plantearse el noviciado. «El Señor utiliza los caminos más sencillos», resume entre risas. Su padre le puso una sola condición, terminar COU y aprobar la selectividad, y dicho y hecho: en 1977 entraba en el noviciado de los agustinos en Burgos, el más joven de trece compañeros entre los que había abogados, universitarios de toda condición y hasta un veterinario. Hizo un primer año de noviciado, una especie de banco de pruebas para ver si aquello iba con él y, tras superarlo, llegaron dos años de filosofía y cuatro de teología, que cursó entre Burgos y Madrid, en un seminario numeroso y rebosante de ilusión. ¿Crisis? «Eso siempre llega», admite sin dramatismo, «pero éramos tantos y tan bien acompañados que nunca faltaba con quien compartir los momentos difíciles, y así todos tirábamos adelante».
Con 24 años colgó el traje de seminarista y se vistió de sacerdote, y lo hizo en buena compañía: junto a José Luis, su compañero de curso, hoy párroco de Bellavista y con quien todavía comparte techo y comunidad. Juntos se ordenaron y juntos, sin tiempo casi de estrenar la sotana, pusieron rumbo a Argentina. Fueron doce años que recuerda con dos palabras que le brillan en la boca, «preciosos» y «magníficos», los de un cura jovencísimo lanzado a una hermosa tierra de misión en la precordillera de los Andes. De aquello hace ya tres décadas, y aunque no ha vuelto a pisar el país, lo sigue queriendo «a pesar de todo». Y ese «a pesar de todo» lo suelta con toda la retranca del mundo, porque apunta a cierta final de un Mundial que le encendió el orgullo y le hizo escribir en Facebook unas líneas de las que hoy se ríe. Piques futboleros aparte, en Argentina dejó amigos que no se le han caído nunca del corazón.
Tras dos años de vuelta en Burgos, un día el superior lanzó a la comunidad un aviso que le cambiaría la vida: el obispo de Huelva pedía religiosos para atender la pastoral penitenciaria del nuevo centro de la provincia. Pedían voluntarios, y Emilio no se lo pensó dos veces. Así, el 19 de septiembre de 1996, aterrizaba en Huelva con otros tres compañeros, sin sospechar que aquella tierra acabaría siendo la definitiva. De eso hace ya treinta años. Pasaron el primer año en un piso de la capital, mientras se levantaba la casa de Bellavista a la que se mudarían en diciembre de 1997, y después fueron llegando, una tras otra, las parroquias: Corrales en 1998, y Aljaraque en 2000. Siempre viviendo en comunidad, que para un agustino no es «como una familia», matiza enseguida, «sino una verdadera familia», y para él lo más natural del mundo, criado como se crió en una casa muy numerosa y con toda la calle por delante.
Hoy, tras haber sido Vicario General de la Diócesis hasta hace unos meses, Emilio estrena etapa como Vicario para la vida consagrada, sin soltar la capellanía de la cárcel ni su papel de consiliario de Manos Unidas. Pero, por encima de todo, ha vuelto a hacerse cargo de forma más directa de la parroquia de Aljaraque, y ahí se le nota en su salsa: «Es lo que más me gusta», dice, porque la parroquia es donde el contacto con la gente y con la vida real se da sin intermediarios.
En la cárcel, después de treinta años, tiene clarísima su misión: «Acompañar, escuchar, compartir y celebrar», siempre al ritmo que marcan los que allí residen. No pregunta por qué están allí ni cuánto les queda; solo escucha, que no es poco. Habla de gente que «necesita mucho cariño», de almas muy solas, y de una lección que le han enseñado aquellos muros: allí dentro ha tratado a personas de toda clase y condición, y de ahí ha sacado una certeza que repite despacio, casi como quien reza, «nadie está libre de nada», porque a cualquiera puede torcérsele un día, saltarle un arrebato y despertar donde jamás imaginó. Sostiene que el gran castigo de la prisión es la pérdida de la libertad, y que con ese basta y sobra. También asegura que fuera de los límites de la cárcel camina mucha gente menos libre que la que duerme en una celda, aunque no lo sepa. Gente que se ha construido su propia condena atándose al dinero, al poder, a las apariencias o a otras adicciones.
Es crítico con la falta de recursos que arrastra el penitenciario. Elogia una y otra vez la profesionalidad de los funcionarios y la entrega de un voluntariado al que ve peinar canas sin que llegue el relevo joven. Si de él dependiera, volcaría más medios en lo único que de verdad ayuda a salir del pozo: rehabilitación, terapia y reeducación. Porque reeducar, reflexiona, «es más difícil que educar: primero hay que desaprender lo malo y luego aprender a hacer las cosas bien». Y sin embargo, ninguna de esas dificultades logra minarle el ánimo ni las fuerzas, porque su fe le regala una serenidad a prueba de bombas. «Hoy no llego a todo, pero mañana volvemos al tajo», se dice al cruzar de vuelta la puerta, y en esas pocas palabras cabe entera su manera de estar en el mundo.
Y aunque su oficio lo asome cada día a lo más duro de la existencia, Emilio insiste en que también lo pone en contacto con lo mejor de ella: con la generosidad, con la entrega, con lo más noble del ser humano. De hecho, cuando le pregunto cómo se las arregla para convivir a diario con tanto dolor en la calle sin quebrarse, saca su gran lección, una imagen tan suya que le vale para todo: dejar la mochila en la puerta de casa. «No puedes cargar todo el tiempo con una mochila que no te deja avanzar. Hay que aprender a dejarla aparcada. Uno hace lo que puede hasta donde puede, y si sientes que no has concluido lo que pretendías, en lugar de sentirte mal, sueltas la mochila y, si hace falta, al día siguiente se vuelve.» Su misión, lo tiene clarísimo, no es siempre solucionar, que muchas veces no se puede, sino estar, «que la gente se sienta escuchada y acompañada, que es fundamental para tirar adelante».
Lo hace desde la fe, no desde la filantropía, aunque acompañe por igual a quien cree y a quien no. Nunca esconde lo que es: «Todo el mundo sabe que soy cura», bromea a cuenta de los que, sin ser creyentes, acaban llamando a su puerta. «Yo jamás fuerzo a nadie: a quien viene por un problema no le hablo de Dios de entrada si sé que no es creyente, pero siempre pienso que ya habrá tiempo, y la vida me ha demostrado que el tiempo siempre llega.»
Esa fe es la que le permite responder sin pestañear cuando se le pregunta si le asusta perder alguna vez el control de su vida: «No me preocupa, por una razón muy sencilla: yo he puesto mi vida en la mano del Señor, y confío».
Y, sin embargo, hay algo que estos días lo tiene, reconoce, «un poco descontrolado», y a juzgar por lo que le leen sus seguidores en las redes sociales, también un poco o bastante enfadado. Es lo que ocurre en Ceuta, su tierra. Lo vive con una angustia honda, porque allí está su gente, la que quiere y a la que ve sufrir cada día. Él mismo se encontraba en la ciudad el día en que todo estalló, y lo recuerda con «mucho dolor, mucha pena». Le duelen sobre todo las víctimas, los que han perdido la vida, y le atormenta esa sensación de no verle el final a la crisis. Fiel a sí mismo, lo resume con la que quizá sea su frase más reveladora: «Lo que se me va de las manos es lo que más me inquieta, y esto, evidentemente, se me escapa». No entiende cómo se ha podido llegar hasta aquí, ni concibe la falta de gestión del Gobierno español, algo que vive como una traición a los ceutíes. Y eso, precisamente, lo que no logra entender ni controlar, es lo que más lo desasosiega.
Pero si el asunto de Ceuta es su preocupación más reciente, hay otras dos que lo acompañan desde hace años, como una música de fondo: la familia y la infancia. La familia, que él tiene por «el fundamento de la sociedad», la ve hoy un tanto descuidada. Intuye que en los matrimonios escasean la paciencia y la empatía, y lo dice sin señalar a nadie, con la delicadeza del que no juzga, matizando enseguida que hay que aguantar, cultivar la paciencia y la tolerancia, sí, pero siempre «desde el respeto y desde la libertad».
Lo que de verdad le parte el corazón son los niños atrapados en el fuego cruzado de los adultos, en las guerras de sus padres: «Eso sí rompe a un niño». Le preocupa lo que aprenden sin querer, lo que ven en casa y todavía no saben nombrar; le preocupa su soledad, esos críos que ya no corretean la calle que corrió él y a los que se aparca delante de una tablet «que es bastante más peligrosa que la calle»; y le preocupan también los mayores, náufragos en un mundo movido por una tecnología que no entienden. «Me entristece ver a tanta gente encerrada en su propio mundo, vecinos que ya ni se hablan ni se saludan», lamenta. Y, sin embargo, fiel a esa mirada luminosa que lo define, sigue convencido de que hay mucho más bueno que malo ahí fuera; lo que pasa, remata con una imagen preciosa, es que «lo malo hace mucho ruido, y lo bueno construye, pero en silencio».
Al preguntarle si se imagina llevando otra vida que no fuera el sacerdocio, la respuesta es de una pieza: «En absoluto. Esta es mi vida». Cuarenta y tres años después, se define mirándome a los ojos y transmitiendo mucha verdad: «Soy una persona feliz con lo que hago, con lo que tengo y con lo que soy».
Fuera de su ministerio, es hombre de placeres sencillos y de mucha gente alrededor. Le apasiona la lectura, se declara «un forofo de la radio» y le gusta pasear, aunque cada vez le cueste un poco más. Del fútbol lo tiene claro y muy de casa: «Soy de la Agrupación Deportiva Ceuta». Pero lo que de verdad lo llena es el trato con la gente, la buena sobremesa, esa de dedicarle tiempo al diálogo sin mirar el reloj. Disfrutón de la mesa, confiesa que lo suyo son los arroces, una buena tortilla y unos huevos fritos con patatas; la pasta, en cambio, «me la como, pero no me hace tilín». Los domingos come siempre fuera, rotando con sus compañeros de comunidad por los distintos restaurantes de Aljaraque y Corrales, un rato de expansión que, dice, le encanta.
La entrevista se nos acabó antes de tiempo: lo esperaba la misa de ocho. Y al verlo marchar, feliz y con esos andares tan suyos, pensé qué hermoso resulta contemplar a un hombre que, venido del otro lado del mar, ha terminado echando aquí sus raíces más profundas. Después de treinta años, Emilio se siente en Aljaraque «como si estuviera en mi pueblo», y el pueblo le devuelve ese cariño cada día, con creces. Lo dijo bien alto el año pasado, cuando le entregó la Medalla de la Villa 2025 por sus valores humanos, esa manera solemne de ponerle nombre a lo que la gente ya le decía a diario por la calle: que lo quieren, que es de los suyos, que Aljaraque no se entiende sin él.

Por eso hoy le cuesta trabajo imaginarse en otro lugar. Sueña con quedarse aquí para siempre, aunque sabe, y lo dice sin sombra de miedo, que su vida no le pertenece del todo, que sigue estando a disposición de lo que Dios tenga previsto para él. Y quizá ahí, en esa entrega serena, esté el secreto de Emilio Rodríguez: en haber hecho de su vida una casa de puertas abiertas. Se marchó a su misa sin prisa, en su coche, y yo tuve la certeza de haber estado, durante dos horas, ante uno de esos hombres inmensos que no hacen ruido, pero que sostienen en pie, calladamente, el mundo de todos los demás.








