José Luis Barragán, una vida a pie de calle

Perito tasador de profesión y político de vocación, este onubense de 63 años lleva más de tres décadas dedicado a lo público, primero en Huelva y hoy en Aljaraque. Enamorado de nuestra provincia, se mueve en bicicleta con sus cosas en una bolsa de plástico del Mercadona y resume su manera de entender la política en una idea: estar cerca de la gente

Por: Ana Hermida

Habíamos quedado en el Club Náutico de Punta Umbría para hacer la entrevista, y mantener el hilo de la conversación resultó una tarea casi imposible. No porque a José Luis Barragán le falten las palabras, que le sobran, sino porque no hubo alma que pasara por delante y no se detuviera a saludarlo. Y no un saludo de cortesía, de hola y adiós, sino de esos en los que la gente se para, arrima una silla si hace falta y le cuenta vida y milagros. Confieso que tuve que echar mano de toda mi paciencia, porque cada vez que lograba retomar una pregunta aparecía alguien nuevo dispuesto a confiarle un secreto, pedirle consejo o desahogarse un rato. Pero pronto entendí que aquello no era un contratiempo, sino la entrevista misma: no hay mejor manera de retratar a José Luis Barragán que verlo dejarlo todo, una y otra vez, para escuchar sin prisa al que se acerca. Yo perdía el hilo; él, en cambio, se retrataba ante mí sin saberlo.

José Luis Barragán, durante la entrevista en el Club Náutico de Punta Umbría.

José Luis Barragán Vaquero nació en Huelva el 30 de octubre de 1962, el mayor de dos hermanos, por delante de Esther. Hijo de un perito industrial llegado a la ciudad en 1961 para trabajar en el polo químico, que despegaba por entonces, y de una madre natural de Calañas, repartió su infancia entre Huelva y el pueblo materno, sin faltar nunca a la cita con los veranos, enteros, en Punta Umbría. Fue una niñez feliz de clase media trabajadora, la de un chaval de muchos amigos criado en la barriada de Tartessos, alumno primero de los Maristas y después del instituto La Rábida.

De aquellos años guarda también el recuerdo de una prueba temprana. Con siete años, en 1968, lo operaron de un tumor alojado detrás de un ojo, una intervención muy delicada para los medios de la época. «No era lo de ahora», resume él, que despacha el episodio sin dramatismo, quitándole importancia como quien no quiere que la vida se le vaya en lo malo ya pasado. Le supuso pasar casi un año «fuera del circuito» y arrastrar durante un tiempo, de niño, el complejo natural por la huella que aquella operación dejó en su rostro. Pero lo cuenta ya sin sombra, como una batalla lejana y ganada.

Estudió para perito tasador y se especializó en valoraciones de daño biomecánico, automóviles y embarcaciones, una profesión que ha ejercido toda su vida y que aún mantiene. Porque si por algo se distingue José Luis es por no haber querido nunca depender de la política: montó con un socio un gabinete pericial a comienzos de los noventa, y ese despacho, que todavía conserva, ha sido siempre su sostén y su independencia.

Antes de dedicarse a lo público, José Luis vivió una etapa que todavía hoy le arranca una sonrisa, la del bar Crápula. Corría el año 1986 cuando, siendo aún estudiante, se lanzó con tres amigos a montar un bar en la calle Marina, en pleno corazón de la movida onubense. Costó doscientas mil pesetas de la época, y como no quisieron pedir el dinero a sus padres, se recorrieron media ciudad hasta que un banco les dio la financiación. Aquel local se convirtió en un fenómeno social: se cortaba la calle de tanta gente, y por allí, dice, «pasaba toda Huelva». Tanto, que asegura entre risas que «cualquiera que hoy pase de los cincuenta ha estado alguna vez en el Crápula».

De aquellos años, que se prolongaron hasta 1993, no se queda con el negocio, sino con lo aprendido: a asumir responsabilidades muy joven, con apenas veinte años, y sobre todo a hacer amigos. «No era aquello para enriquecernos, sino que buscábamos pasarlo bien y no perder», resume. Porque la amistad y la vida social han sido siempre su combustible.

La política le llegó pronto y casi por casualidad. Cuenta que había sido delegado de clase varias veces, así que el gusanillo venía de lejos, pero el empujón definitivo se lo dio un amigo que lo llamó, al cumplir los dieciocho, para hacer de apoderado en una mesa electoral. Aquel primer contacto le bastó para darse cuenta de que en política podía llegar a ser muy feliz. Con dieciocho o diecinueve años ya estaba en Nuevas Generaciones, las juventudes del Partido Popular, y desde entonces no ha dejado de estar vinculado a lo público.

Su gran pasión ha sido siempre la política municipal, la que él considera «la más bonita que hay», la más cercana, la que no pierde el contacto con la realidad. Entró en el Ayuntamiento de Huelva en 1989 como concejal de la oposición y, a partir de 1995, ya en el gobierno, fue concejal de Movilidad y Tráfico hasta 2011, además de diputado provincial. Fueron años de mucho trabajo y de muchos logros: la creación de la mesa del taxi, las calles peatonales, los aparcamientos en las barriadas y, como presidente de la Empresa Municipal de la Vivienda, la construcción de más de setecientas viviendas al amparo de los convenios con la Junta.

En 2011 llegó un punto y aparte. No entró en las listas y salió del Ayuntamiento de Huelva. Lo cuenta sin rencor alguno: «Simplemente no contaron conmigo». Le sirvió de algo que había tenido siempre muy claro, no depender jamás de la política para vivir. Su gabinete pericial seguía ahí, como siempre.

Pero un hombre así no estaba hecho para quedarse quieto. En Aljaraque, el municipio al que se había mudado en 2003 al casarse con Beatriz, empezó a fraguarse una segunda vida pública, esta vez desde abajo del todo. Junto a un grupo de vecinos de Bellavista, Corrales y La Monacilla, cansados del abandono que sentían en sus núcleos, montó un movimiento vecinal para reclamar mejoras e infraestructuras. Aquello, que nació sin ninguna etiqueta ideológica, cristalizó en una candidatura independiente que él encabezó en las elecciones de 2019. Lograron un concejal y desde la oposición hicieron lo que José Luis llama una labor «constructiva», la de sumar sin ruido.

En 2023 repitieron, con más apoyos, y esta vez el resultado los llevó a formar parte del equipo de gobierno. Hoy José Luis es concejal en Aljaraque, con las áreas de Formación, Prevención, Salud y Turismo, en un pacto que, insiste, «goza de máxima salud» porque no se sostiene sobre siglas, sino sobre una única idea: el municipio y sus vecinos por delante de todo.

El concejal José Luis Barragán, en el salón de plenos del Ayuntamiento de Aljaraque.

De sus áreas habla con el entusiasmo de quien disfruta gestionando. En Formación presume de los cursos para desempleados sacados adelante con la Junta. En Salud, de las charlas y talleres, de los desayunos saludables que se costean con la colaboración de las empresas hortofrutícolas de la zona, y de campañas tan sencillas como la de los diez mil pasos, esas que, dice, «no cuestan dinero, solo hay que ponerles alma». Y en Turismo trabaja por un Aljaraque que crezca «con modernidad, pero manteniendo las características y la esencia del pueblo», un referente de naturaleza y turismo activo a ocho minutos de la capital y a diez de las playas, hacia el que cada vez más gente quiere mudarse en busca de calidad de vida.

Pero si hay un proyecto que le hace brillar los ojos al nombrarlo, ese es el PAI, el Plan de Actuación Integrado que va a transformar el municipio, bautizado con un nombre que resume bien su espíritu: «Conectando patrimonio, comunidad y sostenibilidad». José Luis lo cuenta como quien ha ganado la lotería, y con razón, porque supone la mayor inversión de fondos europeos en la historia de Aljaraque: cerca de nueve millones de euros procedentes del FEDER que, sumados a la aportación municipal, elevan el proyecto por encima de los diez millones. Un plan en cuya elaboración han tenido voz los propios vecinos, algo que a él, hombre de movimiento vecinal, le llena especialmente. Con esos fondos se levantará un gran centro multiusos, se rehabilitarán espacios patrimoniales en Corrales, se mejorarán las infraestructuras deportivas y se crearán carriles bici, todo bajo la bandera de la sostenibilidad y la regeneración urbana. «Ha sido un pelotazo», resume con esa sinceridad tan suya, incapaz de disimular la ilusión.

Escuchar. Si hubiera que resumir en un verbo la manera que tiene José Luis de entender su oficio, sería ese. Lo repite de mil formas a lo largo de la conversación: que la política municipal se hace en la calle, parándose con la gente, oyendo lo que necesita; que un ayuntamiento debe ser «ágil, abierto y cercano», con las puertas siempre abiertas; que el político está para coordinar y para servir, no para figurar. Y defiende una idea que dice mucho de él: que la buena gestión «no es cuestión solo de dinero, sino de creatividad, de alma y de ganas de ayudar».

Su jornada no conoce horarios. Se levanta a las siete y media, se ducha y sale de casa sin desayunar, camino del Ayuntamiento, y a partir de ahí el día es una sucesión de reuniones, visitas y vecinos. Solo se detiene para comer, siempre en casa, con «las dos Beatrices de su vida», su mujer y su hija. Pero por la tarde vuelve a la carga, y así hasta la noche, los siete días de la semana. «La jornada de un político local no acaba nunca», dice sin queja alguna, más bien al contrario, como quien no sabría entender la vida de otra manera.

Porque a José Luis la política no le provoca ni estrés ni frustración, sino todo lo contrario. Lo único que de verdad le duele es el enfrentamiento personal entre políticos, esa costumbre tan española de hacer de lo público un cuerpo a cuerpo. «Es un error», sentencia. «La sociedad no quiere ese enfrentamiento, quiere que se le den soluciones a los problemas que dificultan el día a día.» Él presume de no tener enemigos ni aquí ni allá y de ir siempre por la vida de frente, «a pecho descubierto», que es también lo que más valora en los demás.

Eso sí, tanta entrega tiene un coste personal, y él lo sabe. No puede evitar, ni quiere, hacer suyos los problemas de la gente. Se los lleva a casa y hasta duerme con ellos.

Y luego está el José Luis de puertas adentro, que en su caso es también, inevitablemente, el de puertas afuera, porque este hombre es calle pura. Empezando por su medio de transporte, que lo retrata como pocas cosas: la bicicleta. No la de las rutas con casco y maillot, sino la de toda la vida, la de moverse por Aljaraque y por Punta con sus pertenencias metidas en una bolsa de plástico del Mercadona, esa que se ha convertido ya en una seña de identidad. A las reuniones, si son en Bellavista o La Monacilla, va pedaleando, con la naturalidad del que no entiende de postureos.

Su otra gran pasión sobre ruedas es la moto, que disfruta como un chaval. Él se define como «un motero prudente», aunque de los que saben gozar del camino. Acababa de volver, de hecho, de hacer el Camino de Santiago en moto, dos mil ochocientos kilómetros por carreteras nacionales desde Huelva hasta Galicia, en la mejor compañía, la de su mujer y sus amigos.

Barragán, durante su reciente Camino de Santiago en moto.

En lo demás, es hombre de placeres sencillos y muy de su tierra. Le pierde el flamenco, y en especial los fandangos, que canta «unas veces con mejor tino y otras con menos», dice riendo, y hasta le da a la guitarra, aunque solo «para uso interno», por echar el rato. Su comida preferida es el arroz, en cualquiera de sus formas; no soporta las alitas de pollo; y su bebida de cabecera es el agua con gas, que él, con su pasado de barman, ha cambiado por las copas largas de antaño.

Se reconoce perfeccionista hasta la extenuación, incapaz de dejar las cosas a medias o de tolerar una chapuza. Lo que más valora en la gente es la sinceridad, y lo que menos soporta, la hipocresía. Confiesa un par de miedos que lo humanizan: el avión, que evita siempre que puede, y sobre todo el sufrimiento, el propio y el ajeno, ese que ha visto de cerca en los últimos meses en un amigo enfermo y que lo castiga por dentro. «El hombre ha ido a la luna y ha descubierto muchas cosas, pero el sufrimiento sigue aquí, y no somos capaces de evitarlo.»

A Beatriz, su mujer, la conoció donde mejor podía conocerla alguien como él: en la política. Ella era nada menos que su jefa, segunda teniente de alcalde del Ayuntamiento de Huelva cuando él era concejal de Movilidad, en aquellos años noventa de jornadas maratonianas que recuerda como una época maravillosa. De aquel Ayuntamiento salió el gran amor de su vida y, con el tiempo, su hija, la segunda Beatriz. Curiosamente, la abuela de su mujer fue la primera concejala de Aljaraque, así que la vocación pública le viene a la familia por los dos costados.

Dice que se ha vuelto muy familiar con los años. Ahora valora como nunca a los suyos, a esa mujer que lo entiende como solo puede entenderlo quien también vivió la política, y a un puñado de amigos «que son hermanos». Da un valor enorme a la amistad, a las tertulias sin prisa, a un desayuno largo de sábado con una tostada y un café que se estire toda la mañana. Cosas pequeñas, las de siempre, las que de verdad importan.

La entrevista se acababa, pero a José Luis todavía le quedaba un último gesto con el que retratarse sin querer. Por allí rondaba ya el técnico de bicicletas, que lo esperaba para hacerle una puesta a punto, esas que necesita con frecuencia porque a su bici no le da tregua. Como aún me quedaba hacerle unas fotos, José Luis resolvió el asunto a su manera: le dijo al técnico que subiera él solo a su casa y le arreglara la bicicleta allí mismo. «Mi casa está abierta. Abre y coge lo que necesites.» El pobre hombre lo miró atónito, como es natural, pero para José Luis no había nada de extraño en aquello; el técnico, cómo no, también es amigo suyo, como más de media provincia.

Y en ese gesto, pensé, estaba él entero. El niño de Tartessos que veraneaba en Punta, el del bar por el que pasó toda Huelva, aquel concejal al que todavía paran los taxistas por la calle, el vecino que pedalea con su bolsa del Mercadona y que se deja el alma escuchando a quien se le acerca. Un hombre que ha hecho de la confianza y de la puerta abierta una forma de estar en el mundo. Me despedí de él en el Club Náutico, donde otro conocido esperaba ya su turno para saludarlo, y lo dejé allí, en su salsa, entre saludos y abrazos, que es exactamente donde José Luis Barragán ha querido estar toda su vida.

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