Una familia entera lo esperó al otro lado de la oscuridad

Guardia civil retirado, se perdió dos veces —primero en el alcohol, después en el juego— y las dos encontró el camino de regreso agarrado a su mujer y a sus hijos. Con la fundación de la asociación AONUJER ha dedicado media vida a encender la luz para los que aún andan a oscuras; tal ha sido su dedicación, que en casa bromean con que la asociación ha sido, y es, su tercera adicción. Aunque el 30 de septiembre haya pasado el testigo a su hija Laura, todos saben que morirá con las botas puestas…

Por: Ana Hermida

Era un anochecer de mediados de septiembre cuando Jorge Barroso Barrera se sentó a desandar su vida en casa de quien firma estas líneas…

Llegó de la mano de Luisa, su mujer, y con Laura, su hija mayor, al otro costado, porque la suya es una historia que no se entiende de uno en uno: es la de una familia entera que una noche se agarró de la mano y se juró no soltarse. Habla Jorge, y de pronto se miran entre ellos y los tres empiezan a reír por donde durante años solo les brotó el llanto. Y quizá no haya mejor retrato de su victoria que esa risa compartida: la de quien ya puede bromear con sus fantasmas porque ha aprendido a mirarlos de frente y salir a su encuentro.

Jorge con su esposa y su hija, tras la entrevista.

Para entender esa risa hay que volver muy atrás. Jorge nació en Ayamonte, hijo de guardia civil, y se crió a saltos, al compás de los destinos de su padre: Minas de Riotinto, Campofrío, El Campillo y, más tarde, Badajoz, donde él mismo vistió por primera vez el tricornio. Salió de la Academia de Úbeda y lo mandaron a un puesto del Campo de Gibraltar, pegado a La Línea de la Concepción; primero a un puesto de playa y después a la aduana. Fue allí, en un pequeño restaurante al que acudía a diario, donde el destino le tenía reservado lo mejor de su vida: una muchacha linense que entraba cada mediodía a comprar “La Casera” para llevarla a su casa. Se llamaba Luisa, y en ella se le quedaron los ojos prendidos para siempre.

Lo que vino después fueron poco más de dos años de noviazgo. Empezaron en La Línea, pero a Jorge lo trasladaron al muelle de Huelva y tuvo que marcharse, y aquella distancia la fueron salvando a fuerza de cartas, de echarse de menos sobre el papel. Un día le pidió que se casara con él; ella era todavía menor de edad. Se dieron el «sí» un 20 de diciembre y se vinieron juntos a Huelva a empezarlo todo. Alquilaron primero una casa en la Isla Chica; después recalaron en La Joya; y en 1975 estrenaron piso en La Comandancia, cuatro habitaciones en las que fueron creciendo sus tres hijos: Laura, Jorge y David. La vida parecía sonreírles…

El matrimonio con sus tres hijos.

Y vaya si le sonrió: un día le tocó la suerte, y quizá fue allí, sin saberlo, donde empezó a gestarse su desgracia. En la Lotería del Niño le cayeron dieciséis millones de pesetas que había de repartir con dos compañeros; a él le correspondieron poco más de cinco. Con ellos compró una vivienda en Punta Umbría, un coche y muebles nuevos, y hasta pudieron permitirse un viaje a Zaragoza. Pero aquel pellizco de fortuna le dejó dentro una semilla peligrosa, una certeza que con los años le saldría muy cara: “yo con estas cosas tengo suerte”.

El alcohol llegó a su vida despacio, casi de puntillas. Fue en el cuartel, de la mano de un compañero aficionado a la bebida que lo animaba a acompañarlo. “Ni me gustaba el vino, ni me gustaba el alcohol en ninguna de sus versiones”, recuerda. Pero pesaba aquella idea tramposa de que uno se hacía más hombre, más mayor, con una copa de coñac en la mano, y así empezó a compartir el Magno. Lo que vino después lo fue arrastrando sin que él se diera cuenta: el whisky barato de la Comandancia haciendo mella día tras día, hasta que aquel gesto de camaradería se volvió una sombra que entraba en casa cada tarde.

Nunca levantó la mano a nadie —“nunca nos maltrató físicamente”, dicen los suyos—, pero en aquel hogar se vivía como en guerra. El aire dejó de ser sano, y Jorge dejó de ser Jorge para convertirse en un extraño dentro de su propia casa. Vivían pendientes del sonido de la cerradura: cuando la llave empezaba a girar, a todos les asaltaba la misma pregunta, muda y encogida —“a ver cómo viene hoy”—, aunque con solo atender a cómo sonaba al abrirse la puerta ya intuían cómo de cargado de alcohol regresaba.

Y una Navidad llegó el fondo. Jorge decidió dejar la bebida de golpe, convencido de que con su sola voluntad bastaría, y fue entonces cuando el cuerpo le pasó la factura más temida: un delirium tremens. Es la cara más brutal y peligrosa del síndrome de abstinencia del alcohol, un cuadro que puede llegar a matar y que aparece cuando un organismo acostumbrado a beber se queda de pronto sin alcohol. El cerebro, desbordado, entra en una tormenta de alucinaciones, temblores, desorientación y agitación extrema; Jorge empezó a ver y a oír cosas que no existían, y perdió por completo el control de sí mismo. Veía bichos y telarañas trepando por las paredes, debajo del armario, y hasta sobre el cuerpo de Luisa. Todavía hoy recuerda a un enano de orejas grandes que le hablaba desde el árbol de Navidad y le pedía que golpeara el tiesto de porcelana en el que se sostenía; llegó a cortarse con los trozos rotos y se empeñó en arrancar los apliques de la luz. Pesaba entonces unos ciento treinta kilos y daba miedo verlo así, fuera de control. Fue su vecino, Inocencio, el único que se atrevió a entrar a calmarlo —“tranquilo, no te pasa nada, Jorge”, le repetía—, mientras él, perdido, le suplicaba una y otra vez que le “cantara el perdigón”. Y hoy la familia se ríe a carcajadas al recordar a aquel buen hombre que, por complacerlo en pleno delirio, se llevó la mano a la boca y se puso a soplar para imitar el canto del perdigón en mitad de la noche más negra. Hubo que trasladarlo en ambulancia al hospital psiquiátrico de Huelva, y allí le hablaron a la familia sin anestesia: tenía veinticuatro horas, “en ese tiempo sabremos si se muere o logra salir adelante”. Lo ingresaron y allí lo atendió don Cristóbal Gangoso Aragón. En pocos días perdió sesenta kilos: “la guerrera —la chaqueta del uniforme— me daba dos vueltas”.

La primera señal de que ganaría aquella batalla llegó de madrugada. Cuando abrió los ojos, lo hizo con un hambre feroz, y aquello —tan prosaico— fue la mejor de las noticias. Los enfermeros del turno de noche mataban las horas jugando a las cartas; al verlo despierto y reclamando comida, aliviados por la mejoría, le trajeron a toda prisa lo único que encontraron a esas horas: un vaso de leche con galletas. Aquel pequeño gesto se le quedó grabado para siempre, y aún hoy, cada noche antes de dormir, repite el mismo ritual. Le dieron el alta en Nochebuena.

Y salió adelante. Hizo terapia primero en la capilla del psiquiátrico, con un grupito que llevaba don Cristóbal Gangoso, y después en ARO, la asociación de alcohólicos que por aquel entonces estaba en la calle Isaac Peral, donde pasó dos años rehabilitándose. En el primer congreso andaluz de la federación de alcohólicos lo propusieron para la junta directiva, pero dijo que no: «siendo guardia civil, no podía«. Al concluir la terapia dejó ARO, y desde aquel delirium tremens no ha vuelto a probar una sola gota. Su fuerza de voluntad quedó sellada para siempre, aunque él es el primero en reconocer que la adicción nunca se marcha del todo, que sigue agazapada y que no hay que bajar jamás la guardia. Lo sabe bien: años después de su última copa, la tentación volvió a llamar a su puerta en la comunión de un sobrino. Abrió una nevera repleta de cervezas heladas, bien frías, las miró de frente y, sin nada que pensar, la cerró con la misma firmeza con la que había aprendido a cerrarle la puerta a su pasado.

Podría haber sido el final feliz, pero la vida aún le tenía reservada una segunda prueba. Hacia 1990 cerró el bar de la Comandancia donde acostumbraba a echar su partidita de dominó, y un compañero le habló de un bingo recién abierto en la Merced, en el antiguo cine Oriente. El primer día que entró le tocaron dieciocho mil pesetas: “aquí me voy a volver yo rico”, pensó. Volvió al día siguiente, y al otro, y al otro. Escondió cartillas, vendió lo que pudo y, aun así, acumuló una deuda de más de cuatro millones de pesetas. Para justificar el dinero que desaparecía de la cuenta mentía con un oficio que él mismo reconoce sin rodeos —“yo era un profesional del embuste”—. Su excusa más socorrida era que había vuelto a pinchar las ruedas del coche; tantas pinchó, que en casa no salían del asombro, incapaces de entender cómo un solo hombre podía reventar neumáticos a semejante ritmo. Otras veces hilaba mentiras mayores: llegó a jurar que se le habían caído dos millones y medio de pesetas por una alcantarilla. Y su mujer, en su inocencia, le creyó sin dudar.

La salvación le llegó por una televisión encendida. En Canal Sur, en el programa Tema 7, Jorge vio el testimonio de Emilio Mortón, un valenciano que presidía la asociación de ludopatía de Sevilla y que, según recuerda, lo había perdido todo por causa del juego: “había llegado a pactar con su hijo que se cortara un brazo con una radial para cobrar un seguro y así poder seguir jugando”. A Jorge se le heló la sangre. “¿Quién me dice a mí que no pueda llegar yo a esto?”, pensó. Fue a Sevilla, de la mano de su hija Laura, hasta una asociación de ludopatía en la avenida de Cruz Campo; allí los esperaba la hermana de Jorge, la tía Natalia, para acompañarlos. La psicóloga le puso reglas de hierro: nada de dinero encima y terapia los lunes y los jueves. Desde aquella primera sesión, Jorge no ha vuelto a jugar jamás.

Y de nuevo, en lugar de guardarse la cura, decidió repartirla. En las terapias de Sevilla había conocido a Miguel Ángel Escala Vizcaíno, profesor del instituto Pintor Pedro Gómez de Huelva, que un día se presentó en la Comandancia con una propuesta: montar una asociación en Huelva, donde no existía ninguna y la más cercana quedaba en Sevilla, a cien kilómetros. Jorge se resistió —“conmigo no cuentes”—, pero las dos mujeres de la casa, Luisa y Laura, le prometieron que lo ayudarían si se decidía a tirar adelante con aquella misión. Y se decidió. Aún se ve redactando los estatutos a máquina de escribir mientras un capitán se burlaba al pasar: “¿Eso de la ludopatía qué es? Una buena vara de adelfa, así es como se quitan esas cosas”. Jorge no bajó la mirada: “Dios quiera que no te toque a ti en tu familia”.

Así nació, el 13 de junio de 1991, AONUJER, la Asociación Onubense de Jugadores de Azar en Rehabilitación. La fundaron dos matrimonios que iban a terapia a Sevilla —Jorge y Luisa, y Miguel Ángel con su mujer, María del Carmen Manzanares—, junto a la propia Laura, hija de Jorge, y hasta la abuela materna, a la que sumaron al proyecto para completar el número mínimo de personas necesario para poner en marcha la asociación. Al poco tiempo se integraron en FAJER, la Federación Andaluza de Jugadores de Azar Rehabilitados, como cuarta asociación tras las de Córdoba (ACOJER), Sevilla (ASEJER) y Málaga (AMALAJER).

Los comienzos fueron de pura épica humilde. El domicilio social se puso en casa de Miguel Ángel, en el Polígono San Sebastián; luego Cáritas de la parroquia de la Concepción les cedió una sala; y después alquilaron un local propio en la calle Daniel Vázquez Díaz, que sostenían de su bolsillo tres socios: Jorge, Miguel Ángel y Paco Teba, ferroviario. Un delegado de la Junta, Sánchez Nieva, muy sensibilizado con los problemas de adicción, los mandó al Ayuntamiento de Huelva, donde el alcalde de entonces, Juan Ceada, les entregó las llaves de unos locales en la avenida Cristóbal Colón, el mismo lugar donde hoy sigue estando la sede. Las primeras terapias se dieron con el local “en bruto”: el suelo de arena, los ratones correteando, los asistentes sentados sobre ladrillos y alumbrándose con una batería. Para acondicionarlo pidieron un préstamo de dos millones de pesetas avalado con sus propias casas, la de Miguel Ángel y la de Jorge, que pasó muchas noches en vela por la intranquilidad de aquella deuda. Las obras las hizo un amigo constructor de Punta Umbría, Francisco Moreira, con cargo a ese préstamo; pero pronto llegó dinero para un programa que presentó la asociación, gracias a la intervención del entonces delegado de Servicios Sociales, Manuel Alfonso Jiménez. Y así, poco a poco, aquella semilla sembrada sobre un suelo de arena echó a andar.

De aquel arranque de ladrillos y batería a lo que es hoy media un mundo. El equipo técnico lo sostienen ahora la psicóloga Lola Gómez Nogueras, la abogada María Rangel Morón y la trabajadora social Laura Pérez Pérez. Los monitores empezaron a formarse en 1995 y son ya una veintena, todos ellos personas que han pasado por la enfermedad o la han vivido en casa. La asociación atiende actualmente a unas trescientas quince personas repartidas en ocho grupos de terapia, y el último miércoles de cada mes celebra una terapia social a la que acuden más de cien, tantas que hay que pedir prestado el salón de la asociación de vecinos de las colonias.

Si AONUJER ha llegado hasta aquí es, en buena parte, porque Jorge defendió desde el primer día que aquello fuera «solo lo que tenía que ser«. Paró a quien quiso vender oro con las mantas desplegadas en el local al terminar las terapias, a quien vendía ropa interior entre los asociados y hasta un intento de montar un taller de costura un par de horas antes de empezar la sesión. Se puso en contra de todas esas iniciativas con una lógica que no admitía grietas: “un adicto es un potencial adicto a todo, y aquí venimos a lo que venimos”. Por ese mismo motivo respaldó sin fisuras a las psicólogas cuando prohibieron el alcohol a quienes estaban en rehabilitación, en unos tiempos en que todavía se fumaba en las terapias. Para él era inadmisible que un monitor llegara oliendo a aguardiente a la terapia. Esa rigidez le costó enemigos —tres matrimonios se marcharon y fundaron otra asociación paralela, que cerró hace dos años—, pero también le dio una casa levantada sobre unas normas claras que, con el tiempo, ya nadie discute.

Esa entrega tuvo un precio y una fecha. En el año 2000, con cincuenta y cuatro años, pasó a la reserva activa, acogiéndose a un cupo de cien plazas y renunciando a parte de la paga, para volcarse por entero —mañanas, tardes, sábados y domingos, siempre de forma altruista— en la asociación. Fue su segundo presidente, después de Miguel Ángel, y desde 2009 ejerce además de secretario de la federación andaluza, un cargo que ha intentado soltar en varias ocasiones sin éxito, pero que piensa dejar en el congreso de abril de 2027. Vive desde hace media vida con el teléfono de AONUJER encendido las veinticuatro horas, porque hay quien llama de madrugada, desesperado, dispuesto a quitarse la vida tras haberlo perdido todo, y él siempre contesta. En su casa bromean con que la asociación es su “tercera adicción”: alcohol, juego y ahora, AONUJER.

El reconocimiento, con los años, le ha ido llegando también a la casa que levantó. En 2011, al cumplir sus primeros veinte años, AONUJER recibió la distinción Huelva – Junta de Andalucía, que recogió el propio Jorge; en 2012 llegó la Medalla de la Ciudad de Huelva; y en 2016, el Premio al Valor Social de la Fundación Cepsa por su proyecto de prevención entre los más jóvenes, que se extendió a Huelva, Palos de la Frontera, Moguer, Lucena del Puerto y Mazagón. Declarada de Utilidad Pública, certificada con la ISO 9001 y concertada con la Junta de Andalucía, la asociación ha atendido ya a más de quince mil personas.

Y al propio Jorge, el guardia civil, también le llegó su homenaje. Este mismo mes, el 12 de octubre, por el Día del Pilar, el Cuerpo quiso honrarlo junto a Luisa. Sin esperárselo, los dos salieron cuando los llamaron, arropados por la alcaldesa de Huelva, Pilar Miranda, por el coronel y por la subdelegada del Gobierno, María José Rico: Luisa caminó del brazo de su hijo Jorge, también guardia civil, y él, del brazo de una joven compañera, hacia el lugar donde los esperaban para rendirles aquel emotivo tributo. Después, la familia al completo, dieciséis, se fue a comer para celebrarlo, una excusa tan buena como cualquier otra para estar todos juntos, porque desde hace muchísimos años, para la familia de Jorge, cualquier día es Navidad.

Homenaje que recibió Jorge el pasado 12 de octubre.

Y llegó el momento del relevo. El 13 de junio de este año AONUJER cumplió treinta y cinco años, y el 30 de septiembre Jorge entregó el mando a quien mejor lo conoce: su hija Laura, la nueva presidenta. La misma que con dieciocho años se armó de valor para pedir un anticipo en su primer trabajo porque en casa no había para comer; la misma que le dijo a su madre aquello de “yo le voy a ayudar, porque es mi padre y esto es una enfermedad que nos ha tocado a todos en casa”. Él la mira con admiración cuando ella habla, y la define, con un orgullo que no sabe disimular, como “una hermanita de la Caridad”. Ella le devuelve la mirada con cariño y reconoce que su padre le ha dejado el listón por las nubes, con una vida entera volcada en la asociación. “Ahora le toca algo que le va a costar muchísimo: ir soltando poco a poco las riendas y confiar en que todo va a seguir funcionando”, dice entre risas. “Pero me da en la nariz que, aunque haya dejado la presidencia, mi padre no va a despegarse de la gestión de esto hasta media hora antes de terminar sus días”.

Laura, nueva presidenta de AONUJER.

Aquella noche de septiembre, cuando se apagó la grabadora, Jorge seguía riéndose de sus propios fantasmas, de los bichos de la pared y de aquel perdigón que su vecino, Inocencio, cantó para él en la noche más oscura. Y si hoy puede reírse de aquel infierno, es porque lo ha dejado atrás para siempre. Ha caído dos veces y dos veces se ha levantado; y de la segunda, de la del juego, supo sacar algo más que su propia salvación: convirtió su rehabilitación en una mano tendida para todos los que venían detrás. Mira a Luisa, que lo esperó al otro lado de la oscuridad cuando tuvo mil motivos para marcharse; mira a Laura, que con dieciocho años decidió sostener a su padre en lugar de abandonarlo y seguir con su vida, que era lo que a su edad le correspondía; y entiende, sin necesidad de decirlo, que si hoy está aquí para contarlo es porque ellas, y toda la familia, decidieron no soltarle la mano. Por eso, cuando ve pasar a alguien perdido, no lo juzga: sabe que nadie está libre de nada, y que la frontera entre quien se salva y quien se hunde es, muchas veces, tan fina como una mano que no te suelta.

“El problema lo tienen ellos”, dice de los que aún no quieren curarse, con una dureza que es pura ternura disfrazada. Y por eso, cada noche, deja el teléfono encendido sobre la mesilla. Por si alguno, a las tantas de la madrugada, con todo perdido y el alma encerrada en un puño, decide por fin que ha llegado su hora de recuperar la libertad.

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