“Pasamos muchas necesidades, pero no hambre porque la mar nos daba de comer”

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Manuel Ángel Rodríguez Riera, marinero de 86 años, recibirá esta semana un simbólico homenaje con motivo de las fiestas patronales en honor a la Virgen del Carmen, la patrona de Punta Umbría . Se crió en El Portil, en una choza de junco, junto a otras familias que encontraban en el mar su único sustento. Su vida es símbolo de esfuerzo, fe y entrega para sacar adelante a los suyos
Manuel Ángel Rodríguez Riera, marinero de mayor de edad en las Fiestas del Carmen de 2025.

Por: José Luis Galloso

La Hermandad de Nuestra Señora del Carmen de Punta Umbría y la Cofradía de Pescadores ‘Santo Cristo del Mar’ rinden homenaje a Manuel Ángel Rodríguez Riera como el marinero más veterano de las fiestas patronales.

Con casi 86 años, Manuel es un ejemplo de entrega, tanto a su profesión en la mar como a su devoción por la Virgen del Carmen, a quien se encomendó en tantos momentos de incertidumbre mientras surcaba las aguas del Atlántico.

Nació en Lepe en 1939, aunque sus recuerdos más remotos pertenecen a su infancia en la arena de El Portil, donde vivía en una choza de junco, protegiéndose del viento, el salitre y la escasez. “Hasta los 12 años no me puse unos zapatos. Y eran de goma”, recuerda. “Descalzo, siempre, con los pies duros como piedras. Pero hambre, gracias a Dios, no pasamos. La mar siempre nos dio de comer”.

Vivíamos en la arena, con mis padres y mis hermanos. En El Portil había unos 40 o 50 padres de familia, viviendo como se podía. Nosotros éramos cinco: mis dos hermanas, María y Silvia, junto con mis hermanos Paco y José… y yo. Ahí empecé a aprender todo de la mar. Desde niño me metía en las barcas con mi padre, mi abuelo, mis tíos. Tendría ocho o nueve años. Ayudábamos en todo lo que podíamos: preparar los artes, limpiarlos… Vivíamos del mar, y las mujeres trabajaban tanto como los hombres”.

Las barcas eran entonces de vela o de remos, y las faenas, largas. “Tirábamos la red hasta siete u ocho brazas en la playa, con un copo de 30 metros, y entre todos jalábamos con unas cinchas desde la orilla, hasta las mujeres. Ahí salía de todo: chocos, pulpos, bonitos, pámpanos, corvinas… La playa estaba llena de pescado. No como ahora”.

A veces, los recursos familiares escaseaban y había que buscar trabajo en la flota de los armadores del pueblo. “Cuando la cosa estaba corta en la barca, mi padre se embarcaba en los galeones y echaba la temporada. Estuvo con el Chumí. Yo también estuve, con 16 o 17 años, en los galeones y en el Carolo, una traíña de aquella época”. Los días empezaban antes de que saliera el sol. “Nos levantábamos de madrugada, a oscuras, comíamos lo que hubiera y salíamos. El frío te cortaba la cara. Pero no había tiempo de quejarse. A remar y a faenar”.

Su infancia y su adolescencia estuvieron marcadas por el trabajo al lado de su padre, un hombre al que recuerda con especial admiración. “Mi padre era un fuera de serie. Un hombre bueno, trabajador. No sabía leer ni escribir, pero lo sabía todo del mar. Nos enseñó a ganarnos el pan con dignidad y a no quejarnos. Si hoy tengo lo que tengo, es por él. Y nunca me dijo una palabra más alta que otra”, rescata Manuel del baúl de los recuerdos, mientras sonríe al recordar una expresión que usaba su padre cuando se enfadaba. “¡La Virgen del tomate!, decía mi padre cuando se mosqueaba, pero de ahí no pasaba”, cuenta entre risas. Manuel se rinde en palabras de admiración a su progenitor. “Mi padre era lepero de pura cepa; se llamaba Manuel Ángel Rodríguez Cáceres y conocía estas marismas como la palma de su mano. Se iba bogando en una lancha que tenía hasta Huelva en noches de niebla… y no se perdía. No necesitaba aparatos ni nada”.

Fueron muchas las jornadas con su padre y sus hermanos buscándose la vida en la mar o, en verano, aprovechando los primeros compases del turismo en nuestras costas. “Nos levantábamos de madrugada y nos íbamos andando a El Rompido para coger bocas, cangrejos, camarones, burgalaos. Luego lo cocíamos y los vendíamos en la misma playa de Punta Umbría. A la vuelta, convencíamos a mi padre para entrar a ver una película al cine, y después nos volvíamos andando a El Portil”, relata con cierta nostalgia.

También rememora un episodio muy particular ocurrido hacia la mitad del siglo XX. “Me acuerdo perfectamente cuando cayó la nieve. Nos levantamos y toda la playa estaba blanca. Eso no ha vuelto a pasar nunca por aquí”. Y sorprende con la alegría con la que recuerda aquellos años en que la playa de El Portil era un lugar inhóspito, poblado de chozas, cuya imagen permanece en la retina de quienes han visto fotografías de aquel pasado puntaumbrieño, no tan lejano en el tiempo, pero sí muy distante en el vertiginoso desarrollo de la sociedad onubense.

De El Portil a Punta Umbría

Hacia mediados de la década de 1950, Manuel y su familia se afincaron definitivamente en Punta Umbría. “Mi abuelo falleció y la familia repartió la herencia. Él tenía dos barcas y algunas casas en La Antilla (Lepe). Cogimos 20.000 pesetas, nos vinimos aquí y compramos un terreno en la calle Congrio”, relata. La vida en Punta Umbría trajo algo de bonanza y emprendimiento. “Mi padre compró un barquito, Hermanos Daza, y lo trabajábamos mi padre, mis hermanos y yo. Recuerdo que vendíamos 1.600 o 1.700 pesetas cuando salíamos a pescar”. Uno de los momentos que no olvida fue una tormenta cerca de El Portil en aquel buque.“Nos cogió una levantera y no podíamos llegar a Huelva. Dije: ‘Vamos a entrar por la Barra de Bajamar’. Mi hermano se amarró, yo al timón. Pegó una mar y entramos volando. Cuando mi padre nos vio, dijo que estábamos locos. Pero entramos. Y yo sabía que fue la Virgen la que nos metió”. “Luego yo hice mi primer barco, el María del Mar y Manolo. Me lo construyó Manuel ‘El Calé’ y trabajamos bastantes años con él. Íbamos a la pareja y también al cerco, a pescar caballas. Lo tuve durante quince años, más o menos. Después lo vendí y compré con mi primo, en Algeciras, un barco que se llamaba Claro de Luna. Estaba en malas condiciones y se nos terminó yendo al fondo. Pero, gracias a Dios, con el dinero del seguro pudimos hacer el Nuevo Claro de Luna, el barco con el que estuvimos trabajando desde 1988 hasta 2007”, repasa.

Fue patrón y motorista. “Yo sabía hacer de todo. Conocía el motor, conocía la mar. Iba yo al puente, al timón. En el Nuevo Claro de Luna estuvimos trabajando muchos años en Marruecos y luego, cuando se rompió el convenio, terminamos faenando aquí, en nuestra costa”.

Con el Nuevo Claro de Luna trabajó en la costa de Marruecos. Aguas ricas, pero peligrosas. “Pasar el Estrecho era criminal. Me pasaba toda la navegación rezando a la Virgen del Carmen, que sé que me ha sacado de muchos apuros. ¡Rezaba más que el Papa!”, dice entre risas. Pero aquellos riesgos también tenían su recompensa. “A veces, salíamos del Puerto de Santa María y estábamos cinco, seis días faenando. Pescábamos cigala, gamba, choco, merluza, langostino… aquello era una mina”.

En su barco faenaban cinco o seis hombres. “Todos éramos familia o del pueblo. A veces pasábamos más tiempo juntos que con nuestras mujeres. Y ahí, en medio del mar, es cuando uno se conoce de verdad”. Cuenta que a veces pasaban días sin dormir. “Comíamos lo que podíamos, dormíamos a ratos. Cuando entraba buena gamba, había que aprovechar. El mar no espera”.

Nuestro protagonista no concibe un día sin rezar. “Yo rezo a cualquier hora. Me levanto de madrugada, veo a la Virgen del Carmen y me santiguo. En la iglesia me tiro 20 minutos rezando. Pido salud, paz, que haya pesca, que todo el mundo se lleve bien. Porque lo más bonito es llevarse bien con todo el mundo”.

Y de eso saben bien sus vecinos, pues Manuel reparte cada mañana grandes dosis de energía a su paso por las calles del centro donde vive. Su buen humor también es todo un ejemplo de vida.“¡Alegría, chiquillo, hay que estar alegre!”, comparte entre la gente de su entorno vecinal. “Yo saludo a todos. Les doy la mano y les digo: ‘Vas a durar 100 años’. A mí me gusta ver a la gente feliz. Que se rían. Eso es vida”.

Tuvo cuatro hijos: María del Mar, Manuel, Juan José y Alejandro. “Todos salieron hacia delante. Tienen su casa, su vida. Dos han ido a la mar, uno como patrón y el otro como marinero. Pero se cansaron de este trabajo y desguazamos el barco hace ya casi 20 años”, relata.

A sus 86 años, Manuel sigue bajando a la Cofradía a poner velas a la Virgen. “No vengo a que me den nada. Vengo a rezar. A pedir por los marineros, por la gente del pueblo, por la paz. Yo lo que quiero es que haya paz”.

Además, su espíritu de colaboración también lo ha llevado a ser voluntario en eventos deportivos y otros actos locales, una faceta que disfruta especialmente. “Yo participo en todo lo que puedo. Me gusta estar activo y disfrutar con la gente de mi pueblo, con los jóvenes y con los mayores; con todo el mundo”.

El homenaje al marinero

Por eso, el 12 de julio, en la plaza 26 de Abril, se le rinde homenaje. Un acto muy simbólico dentro de las fiestas en honor a la patrona, para quien ha entregado su vida a la mar con dignidad, humor y fe. Será un momento para reconocer a un hombre que representa a toda una generación de marineros que lo dieron todo en las aguas por sus familias y su pueblo. Su historia marinera, brotada de la fina arena de El Portil, forjada en las aguas del Atlántico y tejida con las redes de la esperanza, siempre con el anhelo de una vida mejor, es también la historia de un pueblo. Y como dice Manuel, “Lo que hay que hacer en la vida es rezar, trabajar y llevarse bien con todo el mundo. Lo demás, lo pone Dios”. Y es difícil no creerle.

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