“El Pueblo Olvidado es un homenaje a los saharauis, pero también a las familias de acogida que son capaces de abrir su hogar y su corazón”

El espíritu solidario de los vecinos de Valverde del Camino con los pueblos necesitados ha sido una constante en la historia reciente de la localidad. La llamada de auxilio de comunidades en situación de vulnerabilidad ha encontrado siempre una respuesta casi inmediata por parte de una población especialmente sensible a las causas sociales. Así lo han demostrado en los últimos años con su apoyo a los niños ucranianos afectados por el conflicto armado con Rusia; con su reciente implicación ante la guerra en Gaza y, cada verano, con la acogida de menores procedentes de los campamentos de refugiados del Sáhara Occidental.

En Valverde la hospitalidad no es un gesto, es una costumbre. Y cada verano el compromiso con los saharauis se hace presente en el hogar de varias familias de la localidad y el calor de los valverdeños se extiende a toda la ciudadanía. Una sensibilidad que se ha expresado en el arte musical y literario, que las fiestas de carnaval reparten no solo en el municipio sino también por toda la provincia de Huelva.

Dos veteranos autores de carnaval, José Ángel Garrido y Eliseo Parreño, presentaron el pasado mes de febrero la comparsa El Pueblo Olvidado, en la que dedicaron su repertorio al pueblo saharaui. Este gesto nació del compromiso social y del afecto que en la localidad onubense se profesa a quienes, verano tras verano, llegan desde los campamentos de refugiados para convivir con familias de acogida.

Comparsa El Pueblo Olvidado durante la llegada de los niños saharauis a Huelva.
Representación de los campamentos de Tinduf sobre el escenario del teatro de Valverde.

La chispa que encendió esta comparsa surgió de la experiencia directa. “Aquí en Valverde hay muchas familias que acogen a niños del pueblo saharaui. Conocemos bien el tema, y pensamos que podíamos darle voz desde el carnaval”, cuenta José Ángel. Las coplas interpretadas por el grupo han contado las vivencias de estos menores durante los meses de verano en Huelva y su regreso a los campamentos del desierto argelino, entre otros momentos. “Era un homenaje a los saharauis, pero también a las familias de acogida, capaces de abrir su hogar y su corazón”, argumenta Garrido. La verosimilitud de la comparsa no solo se recreó con la narración de las experiencias de los niños, sino también en los ropajes saharauis que vistieron las integrantes de la comparsa. Cuentan los autores que “el apoyo de las familias de acogida ha sido muy importante” en la composición de sus letras y para la puesta en escena del grupo.

Niños saharauis acogidos este verano en Valverde del Camino con el responsable del programa Vacaciones por la Paz, Luis Cruz.

Carnaval con mensaje

Para José Ángel y Eliseo, el carnaval es un vehículo idóneo para la reivindicación. “Es una gran oportunidad para hacer crítica constructiva y señalar lo que creemos que se puede hacer mejor. Si un solo espectador decide acoger a un niño después de escucharnos, ya ha merecido la pena”, afirma el autor. Con más de tres décadas de experiencia en las tablas, ambos sabían que su agrupación, compuesta por jóvenes de 17 y 18 años, no partía como favorita en el concurso. Aun así, la recompensa no se medía en premios, sino en la reacción del público.

En Valverde y en Huelva, las letras resonaron con fuerza. Algunas, centradas en las familias de acogida, arrancaron las lágrimas entre los asistentes. “Era habitual ver al público emocionado, sobre todo a quienes vivían de cerca esta realidad”, recuerda José Ángel.

Los autores quisieron respaldar su mensaje con información precisa. Se documentaron leyendo sobre la historia del Sáhara Occidental y conversando con familias de acogida. Entre sus fuentes estaba Teresa Rivera Arroyo, una de las responsables a nivel provincial del programa Vacaciones por la Paz, que les ayudó a comprender mejor las dificultades del pueblo saharaui. “Les ayudamos en todo lo que pudimos. Les buscamos ropa, les prestamos una bandera y compartimos con ellos nuestra experiencia. Cuando escuché la comparsa, no pude contener las lágrimas. Se me hizo un nudo en la garganta impresionante, sobre todo al verles actuar en el teatro y después, el 2 de julio, cuando fueron a recibir a los niños. Allí lloramos de emoción mucha gente, empezando por ellos mismos”.

Y es que la comparsa fue invitada al acto de bienvenida del centenar de niños y niñas del Sáhara que esta temporada han sido acogidos en la provincia de Huelva, un acto especialmente emotivo que dejó huella en el público y en los propios artistas, visiblemente emocionados tras la actuación. “Vimos cómo la gente lloraba. Teníamos a los niños al lado, las familias abrazándolos, y fue precioso”, relata el autor. Para él, ese momento fue la verdadera final del concurso.

Han mostrado un compromiso real con la causa saharaui y todas las familias de acogida estamos muy agradecidas por hacer más visible la realidad de estos niños”, comparte Teresa, quien lleva catorce años acogiendo a niños en su casa. “En este tiempo han pasado tres por mi casa. La niña que está con nosotros ahora se llama Glul y es su cuarto año en casa. Estos niños tienen un corazón que no les cabe en el pecho, por lo menos los que yo he tenido todos. Prefiero dedicar mis vacaciones de verano a cuidarlos antes que irme de viaje. Para mí, darles un bienestar y un recuerdo bonito de infancia es mucho más gratificante”, confiesa en un gesto de emoción compartida.

Glul disfruta de sus vacaciones con Teresa Rivera Arroyo.
Sukeina, Glul, Rafía y Hayat durante la feria chica de Valverde.

La recompensa del artista

La experiencia de El Pueblo Olvidado demuestra que el carnaval puede ir más allá del entretenimiento. En esta ocasión, se convirtió en una herramienta de concienciación, un puente entre culturas y un homenaje a la solidaridad. “El carnaval lleva un componente muy grande de sentimientos. Si cantas y ves emoción en el público, eso es lo más grande para un carnavalero”, sentencia José Ángel.

Más allá de los resultados en los concursos, para sus autores el verdadero premio fue haber despertado emociones y sembrado conciencia. En un mundo donde muchas realidades se olvidan si no nos tocan de cerca, El Pueblo Olvidado recordó que la música y la palabra también pueden ser refugio, memoria y esperanza.

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