Superó una insuficiencia renal severa, un embarazo de riesgo y un trasplante. Rosa cuenta cómo la enfermedad transformó su vida por completo y cómo la gratitud guía ahora cada uno de sus días.
Rosa María Pérez Da Concepción, vecina de Aljaraque de 50 años, habla de su vida como quien ha vuelto a experimentar un renacimiento en el que solo cabe un profundo sentimiento de gratitud que decora con una imborrable sonrisa. “A mí la vida me ha dado una segunda oportunidad”, resume. Su historia de superación arranca en 2011, cuando una analítica rutinaria en su trabajo encendió todas las alarmas y puso patas arriba una vida que ya de por sí no era sencilla.
Hija de emigrantes, nació en Alemania y llegó muy pequeña a Huelva. “Vine de niña, casi no recuerdo mi paso por aquel país natal”, cuenta. Tras años de trabajos variados en almacenes, oficinas y en la hostelería, se casó y en 2005 se mudó con su pareja a Aljaraque buscando tranquilidad para criar a su primer hijo, Álvaro. “Queríamos un sitio más tranquilo para él, un lugar donde hacer vida de pueblo”, recuerda.
En 2011 Rosa estaba trabajando en un restaurante de una conocida franquicia estadounidense y su ritmo era frenético. “Mi vida era súper estresante… el trabajo, la casa y mi hijo. Aunque es cierto que siempre Luis y yo colaboramos desde siempre en todo”, dice. Se sentía muy cansada, pero lo achacaba a las jornadas interminables. “Pensaba que el cansancio se debía al ritmo de trabajo y que yo no paraba, así que el cansancio me parecía normal”.
Como cada año, se sometió al reconocimiento médico de la empresa. Aquella analítica salió alterada y la doctora le recomendó repetirla en el centro de salud. “Al principio pensaba que aquellos resultados no eran míos, incluso bromeaba… ¡pero si mis analíticas nunca traen estrellitas!”, refiriéndose a los asteriscos que indicaban en el documento que algo no iba bien. Pero aquellos signos se repitieron en el informe del Juan Ramón Jiménez. “Cuando llegué al hospital me hicieron otra analítica y al momento me llamaron. Había un equipo de nefrología esperándome. Me dijeron que me quedaba ingresada”.
Rosa, por una inercia propia de un desmedido sentido de la responsabilidad, casi se negaba a quedarse en el hospital. “Yo les decía que tenía que trabajar al día siguiente, que era imposible quedarme. Y me contestaron de una manera muy directa… ‘sin salud no hay trabajo’”. Tras varias pruebas y una biopsia renal, le diagnosticaron insuficiencia renal crónica, con los riñones funcionando apenas al 33 por ciento. “Tenía la creatinina por las nubes. Me dijeron que era algo serio y que no sabían el origen”.
La noticia cayó como una losa sobre una familia que ya arrastraba otras cargas. Álvaro, entonces de seis años, acababa de ser diagnosticado con síndrome de Asperger. “A todo le intentaba quitar hierro, pero por dentro estaba asustada”, reconoce. Su médico fue tajante y le recomendó dejar el trabajo y priorizar su salud. “Yo no me quería dar cuenta. Tiraba del carro como siempre, a pesar de que también tenía diagnosticada esclerosis múltiple desde hacía algunos años”. La doctora fue muy directa con Rosa: “Tienes dos enfermedades gordas, la insuficiencia renal y la esclerosis múltiple, y no puedes jugar con tu salud”.
La baja laboral llegó acompañada de una profunda depresión. “Mi vida era levantarme, llevar a los niños al colegio y volver a casa a acostarme. No tenía fuerzas para nada”, confiesa. En ese momento, el apoyo de su pareja, Luis, y de su ‘hermana de la vida’, María, fue esencial. “Ellos estuvieron a mi lado y María, que es para mí como una hermana, estuvo junto a mí para absolutamente todo. Es ese tipo de persona que te regala la vida”.

En medio de ese torbellino llegó otra noticia inesperada. Tras dos abortos previos, los médicos le advirtieron de que un nuevo embarazo, con su estado de salud, sería un riesgo muy serio para su vida y la del bebé. “Me dijeron claramente que no debía quedarme embarazada”, recuerda. Solo tres días después, una prueba de farmacia daba positivo. “Lloré como una magdalena. Mi amiga me miraba y yo solo pensaba en todo lo que podía salir mal”.
Rosa tuvo una semana para decidir qué hacía en esas circunstancias con el ser que crecía dentro de ella. Ella lo tuvo claro antes. “Siempre he estado en contra del aborto para mí. Además, mi hijo llevaba tiempo pidiéndome una hermanita y me decía… ‘mamá, vamos al hospital a por una hermanita’. Nunca quise que fuera hijo único. Al final pensé que ese embarazo no podía ser casualidad y tiré para adelante”.
El embarazo de María fue un camino lleno de miedos. “No he llorado más en mi vida. Por la noche le daba vueltas a la cabeza, me daba esperanzas a mí misma para que no pasara nada”. A ello se sumaba la dieta estricta propia de la insuficiencia renal. “Todo sin sal, todo lavado. Comía muy poquito”. El 3 de julio, tras 9 meses, nació María, pequeñita pero sana. “Cuando la vi pensé… ahora le toca luchar a ella. Pero todo salió bien”.
Con el paso de los años, la función renal siguió deteriorándose hasta que en 2017 los médicos le plantearon la diálisis, a la espera de un donante de riñón. Los suyos se deterioraban progresivamente. Optó por la peritoneal, que podía hacerse en casa. “Siempre pienso en mi familia. Soy como ‘mamá gallina’, así que decidí hacerla en casa para seguir cerca de mis hijos”. Transformó su habitación en su “oficina”. “Yo me lo tomaba con humor y decía que me iba un rato a la oficina o que la máquina era mi impresora. Era mi forma inconsciente de normalizarlo”.

Apenas un año después llegó la llamada esperada… había un riñón compatible para ella. “La espera es inquietante. Te dicen que gracias a que otras personas mueren, tú puedes vivir. Eso te llega al corazón. Es muy duro pensar que tiene que morir alguien para que tú sigas”.
Lo tenía todo preparado… mochila, papeles médicos, lista de actividades de sus hijos para que su hermana se organizara. “Sabía que me iba y no sabía cuándo iba a volver, ni siquiera si volvería de nuevo a casa”, admite. Me despedí de Luis a las puertas del quirófano como si fuese a salir un rato. Allí el equipo médico se presentó uno a uno. “Me dijeron ‘dentro de un ratito nos vemos’. Cuando desperté en la UCI me sentía nueva. El color de mi piel era otro, el eczema que tenía en el cuello había desaparecido. Me miré en el espejo y sentí que era una persona renovada”.
Ocho días después le dieron el alta. “Lo primero que pregunté fue qué podía comer. Cuando me dijeron ‘de todo, con moderación’, llamé a mi hermana María y le pedí un puchero y un gazpacho. Me los comí a las diez de la noche. Después de años sin poder probar un tomate, aquello me supo a gloria”.
Este 2024 se cumplen ocho años de aquel trasplante que ella llama su “segundo cumpleaños. Le digo a mi sobrina Candela que tenemos los mismos años, los del riñón”, bromea. Desde entonces vive con una gratitud que impregna cada gesto. “Me despierto y todos los días doy las gracias a ese ángel que me ha dado vida. Hay que donar. Se salvan muchísimas vidas”.
Su hijo Álvaro, hoy estudiante de informática, lo ha asumido como una misión propia. “El día que cumplió 18 años lo llevé a donar sangre. Él me dijo ‘es la única manera que tengo de agradecer que a mi madre le hayan salvado la vida’. Dona cuatro veces al año y también se ha dejado el pelo crecer para donarlo para pelucas oncológicas”, cuenta orgullosa.
Rosa participa con sus hijos cada año en la carrera onubense a favor de la donación de órganos. No corre, por las secuelas de la esclerosis, pero camina con su hija y sus mascotas. “A la gente que espera un órgano le diría que tenga mucha fe y mucha paciencia. No hablo solo de fe religiosa, sino de confianza en que todo llega. La vida te cambia un 100 por cien y cada amanecer merece la pena”.
Tras la pandemia, su filosofía se ha radicalizado. “El COVID me hizo aún más fuerte. Después de ver tanta gente que se fue de un día para otro, pienso que hay que decir que se está bien aunque te duela todo. Hay que ser positivo siempre. Ves el sol, ves a tu familia, ¿qué más se puede pedir?”.
Hoy, cuando camina por Aljaraque, mucha gente la ve sonreír sola. “Voy mirando alrededor y pienso que estoy viva gracias a mi ángel. Hasta cuando mi hija me repite ‘mamá, mamá, mamá’ mil veces, ya no me quejo. Hubo un tiempo en el que pensé que no volvería a escuchar esa palabra”.
Rosa María Pérez Da Concepción sabe que su historia es la de una lucha larga, pero también la de una victoria compartida. “La vida me ha dado una segunda oportunidad y yo lo único que puedo hacer es aprovecharla y agradecerla”, concluye.
Por: J.L. Galloso










