Teresa Armida: pintar para no dejar a la mujer en la sombra

La antigua bibliotecaria que decidió dedicarse por completo a la pintura es mucho más que una artista: es una persona natural, firme y profundamente coherente, que reivindica el papel de la mujer en la sociedad mientras vive —y crea— con una filosofía clara: vivir y deja vivir

“La mujer ha estado siempre demasiado oculta y mi pintura pretende poner en valor su papel en la sociedad”.

No es una frase lanzada al aire. Es una declaración de intenciones que resume no solo su obra, sino su manera de estar en el mundo.

Después de más de tres décadas trabajando entre libros, Teresa Armida Torres ha decidido entregarse por completo a los colores. Madrileña de nacimiento y onubense de adopción desde hace casi cuarenta años, esta antigua bibliotecaria residente en Bellavista inaugura su primera exposición en solitario en Berdigón 14 de Huelva, un espacio singular del casco histórico que encaja con su manera de entender el arte: cercano, íntimo y sin artificios.

Este lugar —una casa del siglo XVII que conserva el encanto de la Huelva más tradicional— no es un escenario casual. Teresa ha tenido que adaptar el formato de los cuadros a sus características arquitectónicas, procurando que los lienzos dialoguen con los muros y los patios, integrando colores y tonalidades que armonicen con el espacio.

“La intención es que el visitante pueda contemplar las pinturas como si estuvieran colgadas en su propia casa, en un ambiente íntimo y cercano donde puedan contemplarlas con serenidad”.

Porque Teresa no pinta para colgar obras en una pared distante. Pinta para compartir. La muestra en Berdigón 14 permanecerá expuesta hasta el próximo 20 de marzo.

Teresa posa junto a una de sus obras.

La naturalidad como identidad

Teresa no interpreta papeles, no ensaya gestos, no necesita aparentar. Su naturalidad no es una pose: es su forma de estar en el mundo, sin filtros ni artificios.

Es más reflexiva que impulsiva y afronta los problemas de frente, sin rodeos. Le indigna la injusticia y las dobles varas de medir, porque tiene una brújula moral que rara vez se desorienta. Y, al mismo tiempo, es de lágrima fácil cuando las desgracias del mundo la atraviesan. Tiene un corazón que no se ha endurecido con los años.

Teresa y ellas…

La constancia es uno de sus rasgos más admirados. A lo largo de su vida ha conseguido todo lo que se ha propuesto —y un poco más— gracias a esa mezcla de disciplina y determinación que la define. Es cabezona incluso cuando no lleva razón. Y mucho más inteligente de lo que deja ver.

Nunca ha buscado protagonismo. Pero el trabajo bien hecho, tarde o temprano, termina imponiéndose.

Los colores y las miradas que exhibe Teresa en sus obras.

Color y movimiento: una pintura que respira

La muestra que presenta en Berdigón 14 lleva por título Color y movimiento, y no es una elección casual. Teresa lleva años persiguiendo la idea de capturar figuras en tránsito, alejándose deliberadamente de la rigidez de lo estático.

“Intento plasmar escenas vivas, llenas de energía y movimiento, no figuras quietas”.

Ese pulso vital atraviesa las 18 obras al óleo que componen la exposición, un recorrido que abarca desde trabajos realizados en 2011 hasta creaciones recientes de 2025. Aunque algunas piezas invitan a una contemplación más serena, el color se impone como protagonista y actúa como hilo conductor de toda la muestra.

El espacio no es un mero contenedor. Berdigón 14 —una casa del siglo XVII en pleno casco histórico— dialoga con los lienzos. Aquí los cuadros no se imponen: acompañan. Decorando el ambiente, se integran en las conversaciones, en la cercanía de quienes comparten una copa, en la sensación de estar en un lugar habitado y no en una sala distante.

Y esa es precisamente la intención. Teresa defiende los espacios alternativos como escenarios idóneos para que el arte se acerque a la vida cotidiana.

“Un pintor pinta para que le vean y a veces las salas no son espacios demasiado visibles. Es muy importante que el arte salga a la calle”.

Una trayectoria marcada por el aprendizaje

Aunque ahora puede dedicar más horas a la pintura gracias a su jubilación, Teresa nunca ha dejado de capacitarse. Su formación académica nada tiene que ver con el arte —estudió informática—, pero lleva más de veinte años recorriendo talleres y escuelas de pintura en Huelva.

Ha pasado por las clases de Jon Castizo, Isabel Castilla y actualmente continúa aprendiendo con Laura González.

“No me interesa tanto el virtuosismo en una técnica como el proceso de aprenderla”.

Esa inquietud la ha llevado a experimentar con distintos procedimientos, desde el óleo hasta el carboncillo. Actualmente se encuentra trabajando en dibujos rápidos en carboncillo, entrenando la mirada y la mano, con la idea de participar este próximo verano en certámenes de pintura al aire libre. En apenas una hora se propone completar piezas de gran formato, capturando la esencia de la escena y expresando sobre el papel lo que transmiten esos rincones.

Teresa forma parte de la asociación Huelva Pinta, colectivo que reúne a más de sesenta artistas onubenses y que apuesta por sacar el arte a la calle. Exponen regularmente en la Ría y ya trabajan en nuevos proyectos en espacios alternativos de Huelva con la vista puesta en 2026.

La mujer como eje y mirada constructiva

En su obra se perciben referencias a distintas culturas y una presencia femenina constante, casi estructural.

“En mi pintura se puede identificar un trasfondo feminista y a través de ella quiero poner en valor a la mujer, representándola desde diferentes contextos culturales y emocionales”.

No se trata de una reivindicación estridente, sino de una mirada consciente. Una geisha puede aparecer hermosa, pero con una tristeza apenas insinuada en la mirada. Una bailarina zíngara transmite energía y orgullo. Teresa no busca el exotismo superficial ni la estética vacía; busca emoción, carácter, verdad. Quiere reivindicar el lugar que la mujer merece sin convertir el lienzo en un panfleto.

Y lo hace desde una actitud constructiva.

“Siempre intento encontrar la belleza y el lado constructivo”.

Pinta desde el optimismo. Desde la convicción de que el arte puede ser una herramienta para visibilizar sin herir, para reivindicar sin gritar, para abrir preguntas sin imponer respuestas.

La Geisha.
Mujer africana.

Su universo no se limita a la figura humana. También hay espacio para los paisajes onubenses en su producción. Ha trabajado sobre Aracena o Punta Umbría en exposiciones colectivas, integrando el entorno cercano en su mirada. Sin embargo, insiste en que no tiene una temática fija ni un guion previo.

“Mis cuadros nacen de estados de ánimo, de impulsos, de aquello que en un momento determinado me conmueve”.

Cuando está entre sus pinceles, el mundo desaparece

Teresa se aísla por completo cuando trabaja. No necesita música. Se concentra hasta el punto de que el mundo exterior se diluye y el tiempo deja de existir. Puede olvidarse de todo lo demás si está frente al lienzo.

Es ordenada en su estudio, aunque de vez en cuando algún pincel aparece en el lugar más insospechado, como si el proceso creativo también reclamara su pequeño margen de caos. No le molesta que su marido observe cómo evoluciona un cuadro; al contrario, le gusta compartir el avance. Agradece una opinión honesta, una mirada externa que le señale algo que ella aún no ha visto.

No pinta para encerrarse en sí misma. Su pintura es diálogo, intercambio, una conversación silenciosa que empieza en el lienzo y termina en quien la contempla.

Cocina, baile y vida

Improvisa en la cocina y casi siempre acierta. Tiene ese instinto que no se aprende en libros de recetas. El cocido madrileño lo borda —con un par de trucos que lo hacen especialmente sabroso— y disfruta preparando tanto como viendo a los demás reunidos alrededor de su mesa. Cocina como pinta: toma platos conocidos, les da una vuelta personal y los transforma sin traicionar su esencia.

También le gusta dejarse sorprender. Le alegra el día que le sirvan un buen bacalao en cualquiera de sus modalidades o un plato de sushi bien presentado. Comer, como pintar, es para ella una experiencia que mezcla intuición, placer y detalle.

El baile latino ha sido otra de sus grandes pasiones, compartida durante años con su marido, José Luis. En plena pandemia, cuando el mundo se detuvo, el salón de su casa se convirtió en pista improvisada y el encierro tuvo ritmo propio. Hoy baila menos, porque sus intereses han ido evolucionando, pero el movimiento sigue formando parte de su identidad. Ese mismo movimiento que intenta capturar en sus cuadros, como si el cuerpo y el pincel hablaran el mismo idioma.

Su mundo interior

Madre de dos hijos que trabajan y residen en Madrid, Teresa los ha acompañado siempre desde una idea muy clara: educar para la independencia, no para la sobreprotección. “Es una madraza”, reconoce su marido, “pero con una convicción firme: los hijos deben valerse por sí mismos”. Y así lo ha hecho.

Le teme a la enfermedad. Y, por encima de todo, le inquieta que sus hijos puedan pasarlo mal. Esa es su vulnerabilidad más sincera.

Hoy le ilusionan su pintura y sus exposiciones. Se siente más viva cuando hace lo que le gusta: pintar, viajar, bailar, cocinar, comer bien y compartir mesa y mantel con amigos. Disfruta de las cosas sencillas, como un atardecer en la playa cuando ya no queda nadie, contemplándolo sin prisas y, si es posible, con un whisky en la mano.

A quienes sienten el deseo de pintar pero dudan de su capacidad, les lanza un mensaje directo: “Nadie nace sabiendo. Al principio pesa más la técnica, pero con el tiempo la creatividad va ganando terreno”. Para ella, la constancia —más que el talento innato— es la que termina construyendo un estilo propio.

En Berdigón 14, sus cuadros no solo decoran: acompañan, dialogan, se integran en la vida cotidiana. Teresa no pinta para encerrarse en el estudio. Pinta para compartir, para conversar, para seguir aprendiendo.

Su exposición no es solo una colección de óleos, sino el resultado de años de búsqueda, de coherencia y de mirada atenta.

El arte, como la vida, se construye con movimiento y con color. Y Teresa lo resume mejor que nadie con una frase que define su filosofía: VIVE Y DEJA VIVIR.

 

 

 

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