Juan José Fernández, el hombre que persigue horizontes sobre dos ruedas

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A sus 66 años, este vecino de Moguer ha hecho de la bicicleta mucho más que una afición: un reto personal, una forma de mantenerse vivo y una manera de demostrarse que todavía le quedan muchos caminos por conquistar

Cuando se jubilan, muchos buscan descanso. Juan José Fernández Pérez buscó pasar más tiempo pedaleando… y horizontes cada vez más lejanos. No necesita medallas, focos ni podios. Le basta una ruta larguísima por delante y esa mezcla de obstinación y valentía con la que se construyen los retos de verdad. A sus 66 años, cuando muchos piensan en bajar el ritmo, él sigue soñando despierto sobre la bicicleta. Y lo hace con una naturalidad pasmosa, como si pedalear hasta Santiago, recorrer la península o plantarse en París fuera algo tan sencillo como su ruta diaria por los alrededores de Moguer.

Juan José nació en Huelva y se crio en Mazagón hasta que se casó y se vino a vivir a Moguer. No se aferra demasiado a las etiquetas identitarias. Se siente de donde está, de donde vive, de donde ha echado raíces. Y esas raíces hoy están aquí, en Moguer, junto a su mujer, Isabel, con la que ha formado una familia de dos hijos —Francisco Javier e Isabel— y cuatro nietos, dos niños y dos niñas.

Está jubilado. Y cuando se le pregunta qué hace con su tiempo, responde sin rodeos: montar en bici. No se define como un loco de la bicicleta, aunque cualquiera lo pensaría al escuchar todo lo que ha hecho. La bici lo ha acompañado siempre. Primero la de carretera, después la de montaña y ahora la eléctrica. Durante muchos años fue una afición tranquila, sin grandes rutas ni aventuras descomunales. Todo cambió hace seis o siete años, casi por casualidad. Recuerda perfectamente el día. Compró una bicicleta de montaña y se lo comentó a un amigo, Juan Huelva. Lo dijo medio en broma, casi como una ocurrencia: “nos vamos a Santiago”. Lo que no imaginaba es que su amigo respondería que sí. Y así empezó todo.

Juanjo durante la entrevista.

Aquel primer viaje a Santiago de Compostela lo hicieron juntos, con coche de apoyo. Tardaron once días. Y él lo pasó fatal. Tan mal que, al volver, apenas quería ni hablar del asunto. El desgaste fue enorme y terminó con una herida terrible en el trasero que casi lo obliga a abandonar. Pero hay experiencias que, incluso cuando duelen, dejan dentro una semilla difícil de arrancar. La herida se curó. Y, sin darse cuenta, ya estaba pensando en la siguiente.

Volvió a Santiago una segunda vez, esta vez completamente solo. Después llegaría una tercera aventura junto a Paco el Tigre, otro compañero muy conocido por la zona. En esa ocasión no solo hicieron la ida: también la vuelta, pasando además por Portugal y por Fátima antes de regresar a casa. Casi veinte días sobre la bicicleta que ya empezaban a dejar claro que aquello iba mucho más allá de una simple afición.

Chubasquero, carretera y muchos kilómetros por delante: así transcurren muchas de las jornadas de este ciclista moguereño.

Pero lo más impresionante estaba todavía por llegar.

En 2024 decidió darle la vuelta a la península ibérica. Solo. Recorrió 4.531 kilómetros en 43 días. Una auténtica barbaridad. Una de esas aventuras que solo entienden quienes sienten la carretera como una conversación íntima con uno mismo. En un viaje así hay tiempo para todo: para disfrutar, para sufrir, para cansarse hasta el extremo y también para preguntarse, en algún momento, qué hace uno metido en semejante historia.

Él mismo reconoce que siempre hay al menos un día en cada viaje en el que piensa en abandonar. Y es entonces cuando aparece una figura decisiva: su hijo Javi. Es quien sabe tocar la tecla exacta cuando el padre flaquea. Ya ocurrió en aquella vuelta a la península. Al segundo día llamó con ganas de dejarlo y al otro lado del teléfono escuchó una frase que se le quedó clavada: “te vas a arrepentir toda la vida”. Fue suficiente para seguir.

Su hijo no solo lo empuja a resistir; también lo acompaña emocionalmente en cada reto. Durante aquel viaje coincidieron en Valencia, donde Javi fue con los niños a verlo. Aquella inyección de ánimo le sirvió para el resto del camino.

Después llegó París. Ida y vuelta. Otro viaje descomunal, y aún más duro que el anterior. Al cruzar la frontera francesa, el idioma, la lluvia, los campings cerrados y la sensación de desamparo lo hicieron tocar fondo. Pasó una de las peores noches de toda la ruta. A las seis de la mañana volvió a llamar a su hijo con la idea de regresar. Y otra vez encontró en él el empujón necesario para seguir adelante.

Juan José Fernández posa frente a la Torre Eiffel con la bandera de Moguer que le entregó el alcalde, Gustavo Cuéllar, antes de iniciar su aventura.

Juan José no viaja con comodidades. Todo lo contrario. Duerme en tienda de campaña, busca campings y, si no queda más remedio, improvisa refugio. Se mueve con una austeridad llamativa, intentando controlar gastos, aunque reconoce que en rutas así el dinero siempre acaba volando.

Una imagen habitual en sus viajes: la bicicleta descansando junto a la tienda tras una jornada de muchos kilómetros.

Por fortuna, no ha tenido grandes accidentes ni problemas graves de salud en ruta. No ha pinchado en miles de kilómetros y no ha sufrido caídas importantes. Sabe que eso no es solo habilidad. También es suerte.

Al frente del pelotón, como tantas otras veces, sumando kilómetros junto a otros apasionados de la bicicleta.

En mayo quiere salir de nuevo. Su próximo reto es Roma. Lo cuenta con serenidad, como quien anuncia una excursión cualquiera. Va tranquilo, aunque solo en parte. Porque si algo deja claro durante la conversación es que, más que disfrutar relajadamente del camino, se mueve por una fuerte autoexigencia. Para Juan José, cada viaje es sobre todo un reto personal. La meta nunca está realmente en el destino. Si llega a París, todavía queda la vuelta. Si alcanza Roma, también tendrá que regresar. El verdadero final siempre está en casa.

Antes de centrarse en la bicicleta jugó al fútbol, pero un menisco roto le cerró esa puerta. El ciclismo se convirtió entonces en su refugio, su disciplina y también en su medicina. Está convencido de que le ha ayudado muchísimo con las piernas y las rodillas, hasta el punto de pensar que, sin ella, quizá ya habría tenido que pasar por quirófano.

Su rutina es cualquier cosa menos sedentaria. Sale a pedalear varios días por semana. Los lunes, miércoles y viernes lo hace con un grupo de jubilados; los jueves y sábados con los llamados Legionarios del Camino; y los domingos con el club Los Domingueros de Moguer.

Suelen ser rutas de 70 u 80 kilómetros, mañanas largas y, al final, alguna cerveza que sirve para rematar la jornada con buen sabor de boca y unas risas entre amigos.

Porque si algo se percibe al escucharlo es que, aunque su reto sea muy íntimo, la bicicleta también le ha regalado comunidad. Amigos, grupos, complicidades, conversaciones y paisajes compartidos. No todo es sufrimiento ni superación. También hay camaradería.

Juan José con su familia en el salón de plenos del Ayuntamiento, donde fue recibido por el alcalde de Moguer, Gustavo Cuéllar.

Tiene 66 años y ya piensa en Roma. Lo cuenta con calma y sencillez. Pero debajo de esa calma hay una determinación inmensa. La de un hombre que no se resigna a hacerse pequeño con los años. La de alguien que sigue saliendo al encuentro del mundo pedaleando. La de quien, en el fondo, continúa soñando despierto y ha decidido que algunos sueños, por difíciles que parezcan, están también para cumplirlos.

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