Manolo Raposo, todo corazón

A sus 74 años mantiene una sonrisa jovial, una mirada limpia, un entusiasmo casi infantil ante la vida y una necesidad intacta de ayudar a quienes más lo necesitan, dentro y fuera de su pueblo

Hay personas a las que no hace falta escuchar demasiado para comprender que están hechas de una pasta especial. Basta observar cómo miran, cómo sonríen o cómo pronuncian ciertas palabras. Manolo Raposo pertenece a esa clase de hombres que transmiten verdad sin esfuerzo. Tiene una dulzura serena al hablar, una expresión noble y una cercanía que desarma. Es mayor, sí, pero no aparenta en absoluto la edad que tiene. En él hay una vitalidad que no responde solo al cuerpo, sino también al alma. Le gusta montar a caballo, hacer gimnasia de mantenimiento con otros mayores y mantenerse en movimiento. Pero lo que realmente lo mantiene joven es otra cosa: una forma de vivir que siempre encuentra motivos para mirar a los demás.

A sus 74 años, Manolo sigue disfrutando de sus paseos a caballo.

Nació en Moguer el 9 de enero de 1952. Tiene 74 años. Creció en una familia humilde junto a su hermano menor, Antonio. Su infancia la recuerda feliz. Feliz de verdad. Sin lujos, sin sobras, pero con lo necesario. Algo que hoy ve con más claridad después de haber conocido lugares del mundo donde poder comer un puñado de arroz hervido al día es casi una bendición. En su memoria no hay resentimiento. Todo lo contrario: gratitud.

Vivían en la calle Fuente, en el número 73, en una casa con cuatro habitaciones donde convivían abuelos, padres, tíos y primos. Había estrecheces. Había vida compartida. Y había, sobre todo, una familia que cada día se buscaba el pan con mucho esfuerzo.

De niño era goloso. Le encantaba la leche condensada y ahorraba para comprarse de vez en cuando una latita pequeña que, según recuerda entre risas, probablemente se bebía de una sentada. Es un detalle pequeño, casi anecdótico, pero dice mucho de aquellos años en los que, pese a todo, fue feliz.

Pero bajo aquella infancia luminosa hubo también una renuncia que lo marcó. Quería estudiar. Lo quería de verdad. Tenía inquietud, ganas de aprender, hambre de avanzar. Sin embargo, la realidad familiar no le permitió seguir el camino que soñaba. Dejó la escuela con apenas nueve años para irse a trabajar al campo junto a su padre. Nueve años. Una edad en la que hoy cualquier niño todavía anda descubriendo el mundo y en la que él ya empezaba a enfrentarse a la dureza de la tierra.

Aun así, no se resignó del todo. Por la noche iba al colegio. Aprovechaba cualquier oportunidad que apareciera: las clases de doña Manuela, el grupo escolar, la extensión agraria… Todo lo que pudiera ayudarle a seguir aprendiendo. Tenía claro que si no avanzaba por su cuenta se quedaría con lo justo. Y él quería más. No por ambición, sino por pura inquietud.

Su padre, su madre, su hermano y él formaban parte de una maquinaria humilde y constante que salía adelante a base de trabajo. Poco a poco fueron comprando algo de tierra y, más tarde, una casa propia. Ese fue uno de los grandes logros de la familia. La prueba de que tanto esfuerzo había servido para algo.

Manolo recuerda aquellos años sin amargura. Habla de travesuras con otros niños, de escapadas nocturnas para robar naranjas y de pequeñas aventuras que entonces parecían gigantes.

Con 18 o 19 años empezó a mirar de otra forma a Toñi, a la que conocía desde chico. Le echó el ojillo, como se dice aquí. Fueron novios durante varios años. Y salió bien la copla. Cuando habla de ella se le dibuja una sonrisa evocadora, como si quisiera recorrer en silencio todas las etapas que han vivido juntos. Hoy sigue siendo su mujer, la madre de sus hijos, la abuela de sus nietos y la compañera de toda una vida.

Manolo y Toñi junto a sus tres hijos, Teresa, María y Jesús.

Se casaron jóvenes. Recuerda la boda con alegría, celebrada en El Lobito. Papas aliñadas, chuletas y muchos invitados. El viaje de novios también fue breve, casi un suspiro: apenas dos días en Madrid. Pero para un hombre que había pasado la infancia entre surcos, aquello fue una aventura inmensa. Mirar hacia arriba y descubrir la altura de los edificios era, para él, como asomarse a otro mundo.

Tras muchos años en el campo, comenzó a trabajar en Celulosa. Aquel empleo le ofrecía una mejora económica importante. Gracias a ello pudo comprar su propia casa y comenzar una nueva etapa junto a Toñi.

Pero si hay una parte de su historia que lo retrata de cuerpo entero es su implicación social. Manolo estuvo cerca de 17 años en Cáritas y llegó a ser presidente. No entró por postureo, ni por obligación, ni por llenar horas. Entró porque le nacía desde lo más profundo de su ser. Porque venía de una familia humilde y sabía perfectamente lo que era vivir con lo justo. Porque no le daba miedo llamar a ninguna puerta para pedir ayuda para otros. Porque tenía ese don de no sentirse menos que nadie y de mirar a las personas de frente, sin complejos.

Todavía hoy se emociona cuando alguien le da las gracias por aquella etapa. La recuerda como un trabajo de equipo en el que, desde la parroquia, varias personas se implicaron para buscar ayudas, tramitar pensiones, repartir alimentos y apoyar a los primeros inmigrantes que llegaron a Moguer para trabajar en la fresa. También pusieron en marcha un ropero solidario. Para Manolo, ayudar siempre ha sido lo natural.

En su forma de recordar aquella etapa no hay épica, solo humanidad. Siempre sintió que esa era su gente: los que tenían menos, los que necesitaban una mano, los que a veces no encontraban a nadie. Ese impulso sigue intacto en él.

Tras años en Celulosa —una etapa que le permitió compaginar su trabajo con su labor social en Cáritas— llegó otra aventura laboral: la de la Bodeguita Los Raposo. Tras salir de la fábrica por una regulación de empleo, se volcó en aquel negocio familiar que terminó transformando con ingenio y mucho trabajo. Su padre ya vendía allí vino elaborado por él mismo, pero Manolo supo darle una vuelta. Ideó un sistema de ventas con precios de “20 duros la tapa, dos veces 20 duros la media ración y tres veces 20 duros la ración completa”, inspirado en las tiendas de los 20 duros de entonces. Aquello fue un éxito. Él y Toñi lo levantaron juntos: primero solos, después con más ayuda, pero siempre trabajando sin descanso.

Tras muchos años de trabajo intenso, Manolo y Toñi pudieron empezar a recoger los frutos de tanto esfuerzo. Con una mentalidad de ahorro forjada en una vida de estrecheces, supieron administrar con prudencia lo que iban ganando y construir poco a poco una vida más desahogada.

Y cuando la vida empezó a darle algo más de margen, dio otro paso que volvería a cambiarle la mirada: la cooperación internacional.

Se fue a Ecuador. Luego a África. Después volvió. Y volvió otra vez. Ha viajado varias veces, la última hace muy poco, para colaborar en proyectos solidarios ligados al cultivo, la alimentación y el apoyo a menores. Ha estado en Ghana, en orfanatos y colegios, enseñando a trabajar la tierra, ayudando a poner en marcha una granja, supervisando pequeñas mejoras, implicándose de verdad.

Manolo en Ghana.

Lo que ha visto allí le ha dejado huella. Mucha. Habla de niños con hambre, de barrigas hinchadas, de la precariedad más extrema, de duchas improvisadas que se convierten en una fiesta, de una pobreza que aquí cuesta incluso imaginar. Y, sin embargo, también habla de otra cosa: de la alegría.

Dice que allí hay más alegría que aquí. Que los niños cantan, bailan y sonríen con una autenticidad que desarma. Que nosotros, en cambio, nos hemos llenado de egoísmo, de prisas, de pantallas y de distancia. Que hablamos poco. Que vivimos demasiado hacia dentro. Que hemos confundido bienestar con felicidad.

Cada viaje le deja dolor. A veces también un desgaste físico enorme. Ha llegado a perder nueve kilos en un mes. Su familia sufre cuando se va y desea que no se vuelva a ir. Ya tiene una edad. Pero él siente que tiene que hacerlo. Que no es lo mismo mandar dinero que estar allí, convivir con ellos, dormir con ellos, mirarles a los ojos. Manolo necesita poner el corazón, no solo la cartera.

Y esa filosofía no la aplica solo fuera. También aquí, en Moguer, sigue ayudando a personas que no tienen dónde vivir, ofreciéndoles un techo provisional en una finca que él llama La Burrera. No sabe mirar hacia otro lado cuando se tropieza con la necesidad de los demás.

Nuestro protagonista de hoy tiene tres hijos: María, Jesús y Teresa. Y tiene ocho nietos, que hoy son una de sus mayores alegrías. Cuando habla de ellos se le ilumina la cara. Le ilusiona verlos avanzar, saber de sus cosas, comprobar que cada uno va encontrando su sitio en el mundo. Pero por encima de todo le emociona que la familia siga unida.

Nunca ha sido un hombre autoritario. No cree en las prohibiciones. Entiende que a los hijos hay que orientarlos, no asfixiarlos. Y que cuando surge un problema, la familia debe hacerse piña e ir todos a una.

Siente una especial sensibilidad hacia los inmigrantes. Le duele el rechazo que aún encuentran en algunos lugares y lo dice con claridad: Moguer no puede darles la espalda. Recuerda que buena parte de la agricultura del pueblo sale adelante gracias a ellos, pero, por encima de todo, defiende algo más simple y más importante: que son personas como nosotros, muchas veces separadas de sus hijos y de su tierra en busca de un futuro mejor. Por eso pide empatía y sensibilidad hacia ellos.

Cuando se le pregunta qué consejo daría para ser un poco más felices, no duda: pensar más en los demás que en uno mismo. Esa es probablemente la frase que mejor resume su manera de estar en el mundo. No es teoría. Es práctica. Es vida vivida. Es coherencia.

Manolo Raposo no es solo un hombre trabajador. Ni solo un buen marido. Ni solo un padre y abuelo orgulloso. Ni solo alguien comprometido con las causas justas. Es, sobre todo, un hombre bueno. Y eso, que parece tan sencillo, es quizá lo más extraordinario de todo.

En un tiempo de apariencias, él conserva una mirada limpia. En una época de discursos vacíos, él habla con verdad. En una sociedad cada vez más encerrada en sí misma, él sigue pensando en quienes tienen menos. Tal vez por eso no aparenta la edad que tiene. Porque hay personas a las que la vida no envejece, sino que las vuelve más hermosas. Y Manolo es una de ellas.

 

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