La Tertulia: donde las diferencias suman

Un grupo de amigos de Punta Umbría convierte cada encuentro diario en una historia compartida en la que la risa, el respeto y la memoria lo sostienen todo

Hay historias que nacen sin pretenderlo. Sin nombre, sin fecha exacta, sin una idea clara de lo que llegarán a ser. Historias que simplemente ocurren. Así empezó La Tertulia, un grupo de amigos unidos por el amor a Punta Umbría que hoy es mucho más que una reunión diaria alrededor de una mesa de un bar en la calle Ancha.

El origen hay que buscarlo en un lugar muy concreto: la Librería La Parada. Allí, entre libros, conversaciones improvisadas y encuentros casi casuales, se fue tejiendo una red de amistades que con el tiempo acabaría tomando forma. Y no es difícil imaginarlo. La Parada fue durante años mucho más que una librería. Fue un punto de encuentro, un pequeño club social donde la gente llegaba… y, por una cosa o por otra, se quedaba.

Muchos de ellos ya se conocían desde la infancia. Otros se fueron sumando con el paso del tiempo. Pero todos comparten algo: décadas de vida en común. De ahí viene ese vínculo que hoy describen como algo más fuerte que la amistad. Algo que, sin darse cuenta, se parece mucho a una bonita familia.

El grupo, tal y como se reconoce hoy, tomó forma hace unos cuantos años, coincidiendo con una etapa en la que el tiempo empezó a abrirse paso en sus vidas. La jubilación, el cierre de La Parada, los cambios personales… todo eso hizo que buscaran un nuevo espacio. Y lo encontraron.

Cada día, sin necesidad de mensajes ni convocatorias, hay una cita fija. A partir de la una del mediodía, en un bar de la Calle Ancha. Hoy el punto de encuentro es El Arriate. Pero el lugar es casi lo de menos. Lo importante es que la mesa nunca queda vacía.

A veces son dos. Otras, tres o cuatro. Pero siempre hay alguien. Siempre hay conversación. Siempre hay un rato, una historia, una risa, una cerveza o un vino compartido.

Y en esa mesa cabe todo. La política local, la autonómica, la nacional… El fútbol. La vida. Las anécdotas de ayer y las preocupaciones de hoy y mañana. Pero, sobre todo, cabe el humor. Reírse es una norma no escrita. Igual que el respeto. Porque si algo define a La Tertulia es la capacidad de discrepar sin romper nada. Cada uno con su forma de pensar, cada uno con su historia, con sus sensibilidades, pero todos con el mismo sitio.

También hay espacio para lo importante. Para lo que pesa. Para lo que duele.

En el grupo hay historias duras. Pérdidas. Duelo. Soledad. Y ahí, en ese terreno, La Tertulia deja de ser solo un grupo de colegas para convertirse en algo más parecido a un refugio. Ellos mismos lo dicen: este encuentro diario es también una terapia. Un apoyo. Un lugar donde uno se sostiene cuando la vida aprieta.

La Tertulia está formada por Fernando Barranco, Juan González, Luis Molina, Juan Álvarez, Juan Benito Pérez, Jesús Mora, Manuel de la Corte, Jorge Rafael, Juan Franconetti, Juan Manuel Rodolosi, Ángel Luis Vizcaíno, Fco. Javier Ávila y Joaquín Corral. Y, de forma póstuma, Miguel Franco Maestre, El Porra, porque hay ausencias que no borran una pertenencia.

Por eso, cuando hablan de Miguel Franco Maestre, el silencio cambia el tono de la conversación.

Miguel ya no está. Pero sigue estando. Fue uno de los pilares del grupo. Amigo de toda la vida. Un hombre de carácter tranquilo, cercano, con esa bondad que se percibe sin necesidad de palabras.

Su ausencia ha dejado un vacío difícil de llenar. De los que se aprenden a llevar, pero no dejan de doler.

Desde que se fue, hay un gesto que se repite cada día. Un brindis. Siempre. Por él. Por el amigo que falta.

Y en ese gesto sencillo se resume todo.

También en las palabras. Porque Juan Olivera quiso dejar escrito, tras la pérdida de Miguel, un romance que guarda algo de despedida, de memoria y de promesa compartida:

Romance andaluz a Miguel “El Porra”

A la una en el Arriate
ya estaba Miguel sentado,
con la sonrisa en la boca
y el corazón en la mano.

“Que hable quien tenga palabra”,
decía guiñando el ojo,
y la tertulia crecía
entre cerveza y alborozo.

Si daban las dos en punto
se levantaba despacio:
—La comida no perdona,
mañana sigo el relato—.

Pero llevaba por dentro
un silencio ensangrentado,
una pena que en sus ojos
se quedaba reflejando.

Todos lo vimos callados,
porque el dolor era sagrado,
y hay heridas que en el alma
no se curan con los años.

Hoy descansa con su amor,
con quien tanto había soñado,
bajo un cielo sin relojes
ni despedidas marcando.

Y aquí seguimos, Miguel,
con tu silla a nuestro lado,
en la mesa de costumbre
donde tu nombre nombramos.

Algún día, compañero,
volveremos a encontrarnos,
y entre risas contaremos
las batallas del pasado.

Hasta entonces, buen amigo,
tu recuerdo está sonando,
como copla que en el viento
nunca se queda callando❣️

La Tertulia no es un grupo cerrado. No hay normas estrictas ni requisitos. Cualquiera puede acercarse, arrimar una silla y participar. Da igual la edad, el pensamiento o de dónde venga. Lo importante es querer y saber estar.

Son hombres de historias distintas, casi todos jubilados, aunque no todos. Cada uno con su vida. Cada uno con su recorrido. Todos con algo que contar.

Y si hay algo que los une, además de la amistad, es el amor a Punta Umbría. Y la mar. La llevan tan dentro que incluso han convertido su grupo de WhatsApp en una especie de barco compartido, donde cada mañana se dan los buenos días con lenguaje marinero, como si la jornada empezara siempre con una guardia, un relevo, una mirada al horizonte y un café en cubierta.

Patrón, buenos días. Los grumetes duermen confiados en tus buenas manos al timón en la guardia y hoy los vamos a dejar descansar”, escriben en uno de esos mensajes. Otro responde manteniendo el tono: “Mantén la proa a puerto que hoy es sábado y el personal necesita tierra firme”. Entre bromas, afecto y ese argot de mar que les sale casi de manera natural, van empezando el día como quien revisa el viento antes de zarpar.

No es casualidad. En Punta Umbría, la mar no es solo paisaje. Es memoria, oficio, forma de hablar y manera de estar en el mundo. Y en La Tertulia esa identidad aparece constantemente, en los saludos, en las conversaciones y en esa forma de mirar el pueblo desde el cariño y también desde la preocupación.

También tienen sus rutinas. Cada dos meses, una comida. Siempre cerca. Siempre en el entorno. Porque, aunque hayan viajado, aunque conozcan mundo, hay algo que tienen claro: Punta Umbría es su sitio.

Lo dicen sin rodeos. Les duele. La analizan. Hablan de sus carencias y de los errores cometidos en su gestión a lo largo de los años, pero también, y sobre todo, de sus encantos. De su naturaleza. De esa sensación de lugar único que, para ellos, sigue teniendo.

Entre bromas, recuerdos y alguna que otra pulla, pasa la hora compartida. A las dos, más o menos, la mesa se levanta. Cada uno vuelve a su vida. A sus obligaciones. A sus familias.

Pero al día siguiente, todo vuelve a empezar.

Porque hay cosas que no necesitan organizarse.

Simplemente ocurren.

Y La Tertulia es una de ellas. Larga vida

 

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