Cuando un choco muerde el señuelo, vuelve el niño que Jesús nunca pudo ser

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Cada captura desata una auténtica fiesta a bordo de El Bichito. Mientras el barco navega, las migrañas, la depresión y los malos recuerdos se quedan en el pantalán. Solo quedan Jesús, La Guapa y Canela celebrando la vida como si cada choco fuera el primero

Muchos vecinos de Punta Umbría lo conocen sin haber cruzado nunca una palabra con él. Basta haber paseado alguna vez junto a la ría para recordar la imagen de un hombre moreno, delgado y de caminar tranquilo con un guacamayo azul y amarillo posado sobre el hombro. Es Jesús. Y ella, inseparable, es La Guapa. Una estampa tan singular que hace años dejó de llamar la atención para convertirse en parte del paisaje cotidiano de este rincón marinero.

Por: Ana Hermida

Hasta hace unos días, yo también lo conocía solo de vista.

Quedamos en mi casa para una entrevista. Como imaginaba, no vino solo.

La Guapa llegó con él.

Jesús y La Guapa durante la entrevista.

Le ofrecí un café, un refresco o una copa. Él sonrió con esa amabilidad serena que lo acompaña y pidió únicamente un vaso de agua. Las fuertes jaquecas con las que convive desde niño apenas le permiten tomar otra cosa.

Antes incluso de empezar la conversación acercó el vaso a La Guapa, por si también quería beber. Ella lo observó unos segundos, pero decidió que la terraza ofrecía planes mucho más interesantes. Pasó buena parte de la entrevista subida a la barandilla, vigilando todo cuanto ocurría a su alrededor. A ratos regresaba al hombro de Jesús. En otros momentos aterrizaba sobre mi pierna con absoluta confianza o recorría el suelo hasta detenerse frente a un descubrimiento que la mantuvo entretenida durante un buen rato: el esmalte naranja de las uñas de mis pies. Lo examinaba con pequeños picotazos delicados, como si intentara averiguar qué extraño animal tenía delante.

La única víctima de aquella tarde fue la camiseta nueva que Jesús había estrenado apenas unas horas antes. La Guapa decidió que también merecía su atención y en pocos minutos la convirtió en un improvisado colador.

Él ni siquiera se inmutó.

Sonrió.

Y, con la naturalidad de quien lleva años resignado a ese tipo de travesuras, comentó: «Mis camisetas son de usar y tirar. No me duran ni cinco minutos«.

Aquello me hizo comprender que aquella no era la relación habitual entre un hombre y su mascota. Era otra cosa mucho más profunda.

Durante las más de tres horas que siguieron fui descubriendo que, igual que La Guapa nunca ha vuelto a conocer una jaula desde que llegó a su vida, Jesús tampoco entiende el cariño como una forma de posesión. Lo entiende como libertad. Quizá por eso el guacamayo hace exactamente lo que quiere durante todo el día. Pasea por la casa, ocupa la terraza como si fuera suya, acompaña a Jesús en cada salida al mar y, cuando cae la noche, busca siempre el mismo lugar para dormir: su pecho. Allí pasa las horas velando el sueño de Jesús hasta el amanecer, convencida de que no existe refugio más seguro.

Jesús habla despacio. Como si antes de pronunciar cada frase necesitara asegurarse de que merece la pena decirla. Apenas gesticula. Mantiene muchas veces la mirada baja y sonríe poco. Pero cuando lo hace, su cara cambia por completo.

Es un hombre delgado y con un rostro donde el tiempo y el exceso de medicación no han dejado únicamente arrugas. También han dejado sol. Viento. Frío. Madrugadas. Décadas enteras trabajando al aire libre. Y jaquecas, fuertes y continuas jaquecas.

Hay personas cuya profesión se adivina en las manos. En Jesús también puede leerse en la cara. Basta observarlo unos segundos para comprender que pasó buena parte de su vida enfrentándose a la meteorología sin más techo que el cielo.

Y, sin embargo, conserva una inocencia que sorprende.

Habla bien de casi todo el mundo. Desconfía de quienes se acercan movidos por el interés y busca, casi sin darse cuenta, a las personas sencillas, las que ofrecen conversación antes que apariencia. Quizá por eso se siente tan cómodo entre los aficionados a la pesca de Punta Umbría. Allí nadie le pregunta cuánto tiene. Le preguntan si hoy han entrado chocos, si la marea venía buena o si La Guapa ha vuelto a liarla parda…

Hubo algo que me llamó especialmente la atención durante la entrevista.

Jesús fue capaz de recordar con una precisión asombrosa algunos de los momentos más difíciles de su vida. Sin embargo, era incapaz de reconocer una sola de sus virtudes.

Y eso resulta llamativo porque basta hablar cinco minutos con quienes lo conocen bien para escuchar siempre las mismas palabras.

«Es un buen hombre.»

«No hace daño a nadie.»

«Tiene un corazón enorme.»

Él, en cambio, parece incapaz de creérselo.

Quizá porque lleva demasiados años conviviendo con una depresión silenciosa que le ha robado muchas cosas. Entre ellas, la capacidad de mirarse con la misma ternura con la que lo miran los demás.

Y quizá todo empezara mucho antes de que él mismo fuera consciente.

Porque mientras la mayoría de los niños aprendían a jugar en el colegio, Jesús ya había aprendido algo mucho más duro. Que, para sobrevivir, primero había que hartarse de trabajar. Y hacerlo hasta la extenuación…

Jesús nació en Moguer el 2 de junio de 1976 y fue el pequeño de tres hermanos. Su infancia transcurrió en una finca donde el trabajo marcaba el ritmo de absolutamente todo. Mientras muchas familias soñaban con prosperar para dejar atrás las penurias del campo, la suya fue levantando, poco a poco, un importante patrimonio agrícola. Sin embargo, y a pesar de que el patrimonio crecía, durante buena parte de su infancia y adolescencia siguieron viviendo en una humilde choza construida con palos y plásticos. No había cuarto de baño. Ni las comodidades más elementales. Pero lo más llamativo es que, mientras los trabajadores que ayudaban a la familia descansaban en viviendas de obra, ellos seguían viviendo en aquella choza porque entendían que aquella era su forma natural de vida.

Jesús no recuerda una infancia parecida a la de los demás niños.

Recuerda trabajo.

Muchísimo trabajo.

Con apenas diez años ya conducía tractores. Aprendió a recoger fruta, a cargar cajas. Sus jornadas comenzaban cuando para otros apenas estaba amaneciendo. El colegio ocupaba un lugar secundario. Faltaba a clase con frecuencia porque en el campo siempre hacía falta una mano más.

Nunca tuvo una pandilla con la que perder las tardes en las calles de Moguer.

Nunca disfrutó de unas vacaciones de verano. Ni de una Navidad…

Nunca supo lo que era divertirse.

Hay una frase que vuelve una y otra vez durante la conversación. Una frase que resume el vacío con el que Jesús dice haber convivido durante buena parte de su vida: «Casi siempre he sentido que no tenía ni pasado, ni presente ni futuro«.

Solo trabajo.

Él, su padre y sus hermanos trabajaban de sol a sol. Era el padre quien administraba los ingresos que iba generando la explotación agrícola y quien decidía reinvertirlos para seguir ampliando el patrimonio familiar. Jesús nunca tuvo un sueldo propio. Si necesitaba dinero para cualquier gasto, tenía que pedirlo y conformarse con lo que su padre consideraba necesario. Nunca protestó. Nunca reclamó nada. Simplemente aceptó aquella forma de vivir porque era la única que había conocido desde niño. Era el único modo de vida que había conocido y nunca se planteó que pudiera existir otro.

Paradójicamente, uno de los recuerdos más felices de su juventud llegó cuando tuvo que marcharse a hacer el servicio militar.

A muchos jóvenes de su generación la mili les pareció un castigo. Para Jesús fue casi unas vacaciones.

Por primera vez desde que era un niño dejó de levantarse cada mañana pensando únicamente en trabajar. Descansó físicamente. Conoció otra rutina. Descubrió que existía una vida donde el cuerpo podía permitirse el lujo de no terminar exhausto cada noche.

Todavía hoy sonríe cuando lo recuerda. Le cuesta creer que una obligación que tantos deseaban terminar cuanto antes llegara a convertirse para él en uno de los periodos más tranquilos y felices de toda su vida.

Con el paso de los muchos años decidió emprender su propio camino separándolo del de su padre. No fue una decisión sencilla.

Empezó de nuevo. Construyó su propio hogar. Y poco a poco consiguió que las rentas generadas por el patrimonio acumulado le permitieran dejar de depender del trabajo diario en el campo. Algo que supuso un respiro porque sus jaquecas en el campo eran un auténtico calvario.

Sin embargo, la tranquilidad económica nunca consiguió traer consigo la paz interior. Las migrañas siguieron caminando a su lado como una pesada cruz de la que nunca ha logrado desprenderse. Hay días en los que apenas le conceden tregua y otros en los que lo obligan a detener su vida por completo. A ese dolor físico se suma una depresión silenciosa que lleva demasiados años intentando convencerlo de que la vida tiene poco que ofrecerle.

Pero todavía quedaba un lugar donde todo eso parecía perder fuerza. Ese lugar olía a sal.

Cada mañana, cuando baja hasta el pantalán donde permanece amarrado El Bichito, parece que deja una parte del peso de su vida en tierra. Canela y La Guapa también lo saben. La pequeña bodeguera, cuando divisa la embarcación, apenas puede contener la impaciencia. Va de un lado a otro moviendo el rabo sin descanso. La Guapa nerviosa sobre el hombro de Jesús comprueba que todo está listo para zarpar. Las dos parecen entender que el verdadero día no comienza cuando sale el sol, sino cuando el motor rompe el silencio de la mañana.

La Guapa y Canela esperando que Jesús suba al barco para zarpar.

Y entonces ocurre algo extraordinario.

El hombre callado, de voz pausada y mirada melancólica se queda en el pantalán.

Sobre El Bichito embarca otro Jesús.

Jesús, La Guapa y Canela a bordo de El Bichito.

Empieza a cantar. La Guapa, absolutamente convencida de que nació para el mundo del espectáculo, entra al instante a hacerle los coros. Canela, incapaz de quedarse al margen de semejante celebración, acompaña la función con unos ladridos que ya quisieran para sí muchas charangas de feria. El resultado es un concierto bastante mejorable, pero tan contagioso que resulta imposible no acabar riéndose con ellos.

Todo queda inmortalizado por una pequeña cámara instalada sobre un trípode sujeto a su gorra. Sin darle apenas importancia, Jesús comparte esos vídeos con el grupo de WhatsApp de aficionados a la pesca que administra Luis Domínguez Olaya. Y es entonces cuando el espectáculo salta del mar a los teléfonos móviles de casi doscientas personas que, cada mañana, esperan impacientes una nueva entrega de esa peculiar banda formada por un pescador, un guacamayo que canta fatal y una bodeguera que parece empeñada en no perder nunca el compás.

Quien lo vea en esa situación seguro que pensará que ese hombre no ha tenido un solo problema en la vida.

Y, sin embargo, basta escuchar su historia para comprender el inmenso milagro que está ocurriendo delante de nuestros ojos.

La tristeza no ha desaparecido.

Las migrañas tampoco.

Lo único que ha cambiado es el escenario.

Y, a veces, eso basta.

Los aficionados a la pesca que comparten con él el grupo de WhatsApp conocen perfectamente ese ritual. Cada mañana esperan con auténtica ilusión los vídeos de Jesús. No para comprobar cuántos chocos ha capturado ni para discutir si la marea venía mejor o peor. En cuanto aparece su nombre en la pantalla, muchos hacen exactamente lo mismo: suben el volumen del teléfono. Saben que en cualquier momento estallará el inconfundible «¡De locoooo!», seguido por los improvisados coros de La Guapa y los ladridos entusiastas de Canela. Y, aunque la escena se repita una y otra vez, nadie parece cansarse de verla.

Lo mejor de todo es que ocurre siempre.

Con el primero.

Con el quinto.

Con el décimo.

Jesús nunca pierde la capacidad de asombrarse.

Quizá porque, en el fondo, cada captura significa mucho más que un simple choco.

Es la prueba de que todavía es capaz de reír con ganas.

Y eso, para alguien que lleva tantos años peleando contra la depresión, vale infinitamente más que cualquier pesca.

Hace apenas unas semanas, Jesús sorprendía a sus amigos de la pesca y a los más de 20.000 seguidores que tiene en TikTok. Tras capturar más de veinte chocos durante una mañana de pesca, los fue devolviendo uno a uno al mar. Aquella jornada quería dedicársela a una amiga de la juventud que atraviesa una grave enfermedad.

Ese gesto resume muy bien quién es.

A veces la depresión no le deja fuerzas para hacer una visita o descolgar el teléfono, pero casi siempre encuentra otra forma de decir «estoy contigo». Sabía perfectamente que devolver aquellos chocos al agua no iba a cambiar el curso de la enfermedad. Pero también sabía que, si ella veía aquel vídeo, comprendería que alguien seguía acordándose de ella. Y hay momentos en los que saberse presente en el corazón de otra persona también ayuda a seguir adelante.

Cuando Jesús salió de mi casa volvió a colocar a La Guapa sobre su hombro y echó a andar con ese paso tranquilo con el que tantas veces lo había visto recorrer la ría de Punta Umbría. Durante unos segundos me quedé observándolo desde la puerta.

La escena era exactamente la misma de siempre.

Sin embargo, el hombre ya no lo era.

Hasta aquella tarde yo solo veía a alguien paseando con un guacamayo.

Ahora veía alejarse a un hombre al que no dejaron ser niño.

A alguien que convive desde que tiene uso de razón con unas migrañas diarias incapacitantes y con una depresión que le ha hecho creer demasiadas veces que la vida apenas tenía sentido.

Pero, sobre todo, veía algo que Jesús todavía no ha sido capaz de descubrir.

Veía a una persona extraordinariamente buena.

Lo comprendí cuando acercó un vaso de agua a La Guapa por si tenía sed. Cuando no mostró el menor enfado al ver una camiseta nueva convertida en un colador. Cuando hablaba con inmensa ternura de sus hijas y del hijo de su pareja. Cuando me contó que un día devolvió más de veinte chocos al mar porque quería dedicárselos a una mujer que sufría…

Así que, mientras siga escuchándose un «¡De locoooo!» perdido en mitad de la ría, mientras La Guapa siga empeñada en cantar unos coros imposibles y Canela continúe ladrando convencida de que aquello merece una celebración, habrá una parte de Jesús que seguirá ganándole la partida a la tristeza.

Quizá por eso, después de conocerlo, comprendí que el mayor tesoro que ha conseguido pescar en toda su vida nunca salió del agua.

Siempre estuvo dentro de él.

Solo que todavía no ha aprendido a verlo.

 

 

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