Con la jubilación ya en el horizonte, Antonio Tejada Gómez no descarta seguir ligado al quirófano, siempre que la salud lo acompañe y pueda ejercer la medicina de una forma más pausada, disfrutándola con la calma que dan los años. Nacido en Granada, afincado en Sevilla y rendido a Punta Umbría, ha operado durante casi cuarenta años y ha cruzado varias veces a África, con Hernia International, para curar y enseñar de forma altruista. Tejada defiende que un buen cirujano debe dominar la técnica, sí, pero también algo que no cabe en los manuales: la empatía
Por: Ana Hermida
Antonio Tejada es de esas personas que, cuando entran en un sitio, lo llenan todo de luz. Y no por estridente ni bullanguero, sino justo por lo contrario, por su discreción y su sencillez. Gasta un look muy particular, de esos que atraen miradas sin buscarlas, y una sonrisa amable, siempre puesta, que invita a detenerse a su lado. Lo delatan una cabeza siempre perfectamente rapada, los ojos enmarcados por unas gafas de pasta oscura y esa expresión tan suya de sabio despistado que desarma de pura ternura. Pero si algo cautiva de Antonio no es lo que se ve, sino lo que desprende: una cercanía que se nota en la mano que se posa en tu hombro, en el abrazo que llega sin avisar, en esa calidez que tiende puentes antes incluso de que abra la boca. Basta tenerlo cerca un instante para sentir que uno está en buenas manos.
Lo entrevisté en mi casa y, después de tres horas de conversación, tuve la extraña sensación de haberme quedado a medias, de apenas haber rozado la superficie de un hombre inabarcable. Antonio es de esos a los que uno escucharía durante días: por su trato de seda, por ese criterio tan trabajado que tiene sobre cualquier asunto y por esa manera reposada, casi musical, de decir las cosas. Porque si algo domina, dentro y fuera del quirófano, es el arte de la palabra, el de escoger siempre la justa, en el tono justo, para cada persona que tiene delante.
Y esto es, humildemente, lo poco que cabe de él en un puñado de páginas.
Antonio nació en Granada capital el 31 de octubre de 1961. Es el segundo de dos gemelos —primero Nicolás, después él— y hermano mayor de Carmen, que llegaría más tarde. Pero que naciera en la ciudad es lo de menos, apenas un dato de partida, porque Antonio se siente de su pueblo, de Purullena. Nació en Granada porque su madre pudo permitirse una clínica de la capital, y allí quiso su padre inscribir el nacimiento, adelantándose a un futuro que solo él parecía intuir: el día de mañana, pensaba, a sus hijos les allanaría cualquier trámite figurar como nacidos en la ciudad. En aquel gesto, pequeño y visionario, cabe entero el hombre que fue su padre, el gran referente de su vida, uno de esos que siempre van un paso por delante de todos los demás.
La infancia de Antonio fue feliz y tranquila, transcurrida dentro de esa educación autoritaria que por aquel entonces era lo habitual y que él tenía del todo normalizada. Reconoce que el conformismo, uno de los rasgos de su carácter, le allanó bastante el camino en aquellos años. Como no le costaba portarse bien ni sacar buenas notas, la infancia y la adolescencia pasaron sin sobresaltos. Su héroe era el Capitán Trueno. Su madre, empeñada en estimular la lectura de sus hijos, le compraba el tebeo cada semana al volver del mercado, y Antonio llegó a reunir casi la colección entera, esperando siempre ilusionado la siguiente entrega. Leía también a Mortadelo y Filemón, a Carpanta, al Botones Sacarino y, sobre todo, a Zipi y Zape, en los que se veía retratado: no porque él y su hermano fueran unos trastos, que no lo eran, sino porque eran, como aquellos, dos gemelos y una piña para todo. Ahí nació una afición a la lectura que ha ido creciendo con los años y que todavía hoy prefiere en papel.
A los doce años, él y Nicolás se marcharon internos a un colegio de Santa Fe, de los regidos por redentoristas. Era la época de los internados, cuando se pensaba que la educación en los pueblos quedaba «un poco coja» y las familias con alguna posibilidad mandaban a sus hijos fuera. Antonio fue obligado, sí, pero también ilusionado, siguiendo la estela de un primo un año mayor. Guarda un buen recuerdo de aquellos cinco años. Y fue precisamente allí, con doce años recién estrenados, donde tuvo su primer encuentro con la enfermedad y con los médicos: una fiebre reumática lo tuvo un mes de reposo, de vuelta en casa, con la cama instalada en el salón para evitar el aislamiento, mientras su hermano se quedaba interno pasándolo fatal por la separación, ellos que eran uña y carne. De aquel mes de pediatras le nació la primera curiosidad por la medicina.
Pero la vocación se le fraguó de verdad más tarde, ya de vuelta, cuando cursaba tercero de BUP en Guadix, adonde iba cada día en un autobús escolar cargado de chavales del pueblo. Le entró la medicina por la puerta de la biología, con diferencia su asignatura preferida, de la mano de un profesor que sabía enseñarla y, sobre todo, hacérsela querer. Le fascinaban los procesos biológicos, la fisiología, y la medicina se le apareció como la forma más práctica y hermosa de poner todo aquello al servicio de la gente. Ayudó también, reconoce, que la carrera estuviera entonces de moda.
Si hay alguien que marcó a Antonio por encima de todo, ese fue su padre. Lo admiraba sin reservas: uno de doce hermanos, un hombre hecho a sí mismo, un empresario con una visión muy por delante de su tiempo, capaz de montar una fábrica de aceite, explotar fincas y exportar uva a Londres sin saber una palabra de inglés. «Es que mi padre era un genio», resume, y lo dice con una admiración que el paso de los años no ha logrado apagar.
Aquel hombre solía confesar que le habría encantado estudiar, y que, de haber podido, habría elegido ingeniería o arquitectura, porque lo suyo era construir, diseñar, levantar cosas donde antes no había nada. No imaginaba hasta qué punto ese anhelo quedaría cosido al hijo. Porque si a Antonio le preguntas hoy qué habría sido de no ser médico, responde sin dudarlo: ingeniero civil. Le fascinan los puentes, el modo en que se piensan y se levantan, y es capaz de detenerse a contemplarlos —el de Triana, el del V Centenario— con una devoción que no acierta del todo a explicar. Padre e hijo, separados por una generación y unidos, sin saberlo, por una misma pasión. Un cirujano, a su manera, también tiende puentes entre las orillas que la vida ha roto.
Para aquel hombre, tener un hijo médico era un sueño cumplido, y aunque al principio no entendió del todo su elección, acabó aceptándola encantado y presumiendo de él ante todo el mundo. Tanto lo agrandaba que, en su versión, Antonio no era un cirujano más, sino poco menos que «el que había encontrado la cura del cáncer», recuerda Tejada entre risas, todavía asombrado de aquella publicidad paterna que ninguna consulta habría podido pagar. Con los años, cuando el negocio familiar hubo de cerrarse, su padre tuvo que sobreponerse a un duelo hondo, y fue entonces cuando Antonio pudo admirar en él lo que más lo definía: una capacidad de adaptación brutal. Se mudó a Sevilla con más de ochenta años, se rehízo una vida entera, se metió en una peña a jugar al dominó y, a los pocos días, ya lo querían de presidente. Sus padres pasaron los últimos años en Sevilla, cerca de él, y Antonio, junto a sus hermanos, tuvo el privilegio y la satisfacción de acompañarlos a los dos hasta el final.
Cuando le preguntamos en qué momento entró Luisa en escena, Antonio nos lleva de vuelta a los años del instituto. «Nos conocimos en el coro», dice con la naturalidad de quien da por hecho que cantar en un coro es lo más corriente del mundo. A él siempre le había gustado cantar —su madre lo hacía muy bien y acostumbraban a entonar juntos; también dibujaba de maravilla, un don que él admira y lamenta no haber heredado—. En Guadix había mucha tradición coral, y en 1974 nació, en el Instituto Pedro Antonio de Alarcón, el Coro Mixto que llevaba ese mismo nombre, de la mano de un cura joven y muy querido, Salvador Olivares. Antonio asistió a su concierto de Navidad, quedó prendado y, a la vuelta de vacaciones, se apuntó junto a su hermano. Allí cantaba Luisa. De ella le cautivó todo: lo desenvuelta e inquieta que era, su liderazgo natural, su inteligencia y, cómo no, su belleza.

Lo suyo, sin embargo, no fue un amor de los que estallan a primera vista, sino de los que maduran despacio. Antonio y Luisa tardaron cuatro o cinco años en empezar a salir, ya en la carrera. Antes fueron solo compañeros de coro, dos voces que se cruzaban en los mismos ensayos y los mismos viajes, hasta que un día, cuando cada uno andaba ya en lo suyo, aquella vieja amistad amaneció convertida en otra cosa.
La carrera de Medicina la estudió en Granada, y fueron años estupendos, de pisos de estudiantes compartidos, el primero con su hermano Nicolás y los siguientes con compañeros. Se lo tomó con la seriedad de quien sabe lo que tiene entre manos —«era un privilegio; no todo el mundo podía estudiar»—, aprobando siempre en junio pero sin renunciar a divertirse. Terminada la carrera, Antonio y Luisa se casaron. La boda tuvo lugar en la Virgen de las Angustias de Guadix y la celebración en un restaurante de Purullena: los casó Mateo, tío de Luisa y el mismo cura que años atrás había casado a sus padres. Hasta la luna de miel los retrata de cuerpo entero: soñaban con recorrer el Egeo, pero un contratiempo con los pasajes les torció el plan a última hora y acabaron en Canarias, que disfrutaron con idéntico entusiasmo. Porque Antonio es así: cuando la vida le tuerce el rumbo, él siempre encuentra la manera de enamorarse del desvío.
Ya casados, se fueron a vivir juntos a Granada, donde Luisa tenía su destino de maestra. Fue allí donde Antonio aprobó el MIR, y con él llegó la marcha a Sevilla para hacer la residencia de Cirugía en el Hospital Virgen Macarena, ese hospital al que, con los años, acabaría regresando y en el que se jubilará. A los pocos meses, Luisa pidió traslado y se reunió con él, y así Sevilla se convirtió en la ciudad de los dos, allí donde ya estaban los hermanos de Antonio y la familia de ella. Los años de residencia fueron una etapa espléndida: eran muy jóvenes, sin ataduras, con un sueldo por primera vez en el bolsillo y una camaradería que todavía perdura, la de una peña de residentes llegados de todos los rincones de la geografía.
Sevilla fue, desde entonces, su hogar y su centro neurálgico, el lugar al que siempre se vuelve. Durante años su oficio siguió rotando por distintos hospitales de Huelva y Sevilla, hasta que hace tres años, cansado de tanto ir y venir, fijó su ejercicio de forma definitiva en la Virgen Macarena, donde todo había empezado.

Pero si Sevilla es su ciudad, Punta Umbría es su remanso, el lugar donde deja de ser médico para ser, sencillamente, un hombre en paz. Y la conoció casi por casualidad. Antonio no pisaba la costa de Huelva; era, como buen granadino, hombre del Mediterráneo, de Aguadulce, de aquellos veranos de Almería. Fueron sus cuñados Sole y Antonio Laureano quienes lo trajeron por primera vez a Punta, y quedó prendado al instante. Le enamoró todo: la calma, la sencillez, el pinar, la ría reposando sobre el mar, esa mezcla de naturaleza y de luz que no había encontrado en ningún otro sitio. Empezaron viniendo de vacaciones, de alquiler, hasta que compraron una vivienda, ese apartamento de pequeña terraza y vistas a la ría que para Antonio es la viva estampa de la felicidad.

Dice que basta con cruzar el puente de Punta Umbría para que el ruido del mundo se silencie y lo invada una serenidad difícil de igualar. Al llegar a casa, su primer gesto es siempre el mismo: sacar los muebles de jardín a la terraza e instalarse al aire libre, frente a esa lámina de agua por la que ve deslizarse a los remeros cada mañana. Allí se le van las horas leyendo, contemplando el ir y venir de la naturaleza. En Punta ha aprendido a pasear sin rumbo ni reloj, dejando que la vida transcurra despacio, como debe. Y aquí guarda, además, una espina dulce, un reto pendiente: probar algún día ese remo que observa desde la orilla.
De su oficio habla con la pasión serena del que ha encontrado su sitio. Y eso que la realidad del quirófano, de tanto imaginarla desde los libros, acabó pillándolo casi por sorpresa. Antonio recuerda su primera vez entre paños verdes como un pequeño descubrimiento de los sentidos: los colores, que no eran los que esperaba; los olores, tan característicos; y, sobre todo, la extrañeza de comprobar que aquello no tenía nada que ver con la sangre a borbotones de una matanza, sino que era algo mucho más limpio, más medido, casi delicado. Nada era como lo había dibujado en su cabeza, y quizá por eso le fascinó todavía más. Le gusta la cirugía por su variedad y porque es resolutiva, y también porque exige decidir sin descanso, aunque reconoce que el paso de los años ha traído consigo una proliferación de protocolos que reduce en buena medida esa necesidad de tomar decisiones que antes se antojaban delicadísimas. Si se le pregunta por su operación favorita, la que de verdad lo divierte, no lo duda: la hemicolectomía derecha por vía laparoscópica, esto es, extirpar un tramo del intestino grueso sin apenas abrir, guiándose por una cámara y unos monitores. Le apasiona esa cirugía mínimamente invasiva, tan limpia y tan precisa, que resume mejor que ninguna otra hacia dónde ha caminado su oficio.
Y si su oficio ha cambiado tanto, es porque Antonio ha cambiado con él. La medicina ha vivido en estas décadas una auténtica revolución tecnológica, con avances que se suceden sin tregua, y él se ha mantenido siempre a la última a base de una exigencia que no se permite bajar: la de no dejar de formarse jamás. Dedica buena parte de su tiempo a estudiar, a reciclarse, a estar al día de cada novedad, convencido de que un cirujano que deja de aprender es un cirujano que empieza a quedarse atrás.
Pero para Antonio la técnica nunca lo es todo: junto al bisturí reivindica siempre esa otra mitad del oficio, la más humana y menos vistosa, la relación con el paciente y sus familiares, el acompañar, el saber comunicar. Una sensibilidad que procura transmitir también a sus residentes. Y su mujer lo confirma sin que él lo sepa: «Es un docente tranquilo, reposado, didáctico, al que los residentes adoran. Es un maestro nato, de esos que no hacen ruido pero dejan escuela».
Esa misma convicción —la de que la medicina es, más que solo técnica, un cuidar de la gente— lo ha llevado varias veces al otro extremo del mundo. Antonio colabora desde hace años con Hernia International, una fundación británica de cirujanos voluntarios que operan a pacientes sin recursos en países en desarrollo y, al tiempo, enseñan a los sanitarios locales a resolver por sí mismos las incidencias del futuro. Con ella ha operado en Ghana, Nigeria y Uganda, y de aquellas misiones ha vuelto siempre transformado. La labor le encaja como un guante, porque reúne de un golpe sus dos vocaciones: la del cirujano que resuelve con las manos y la del maestro que enseña lo que sabe. De aquellas expediciones, a las que piensa volver, se ha traído la lección más valiosa, la de una felicidad que convive con la escasez. Le fascinan, dice, la dignidad y la sonrisa de quienes lo tienen casi todo en contra.

Pero para ver su entrega a las causas de salud, no hay que irse tan lejos. Esto no me lo contó él —jamás presumiría de algo así—, pero su cuñado Laureano atravesó hace años una grave incidencia de salud, y tras la operación llegaron complicaciones agravadas por el tabaco, una adicción que ambos compartían. Tejada no se limitó a recomendarle que lo dejara, sino que decidió dejarlo con él, a la vez, para que Laureano no librara solo aquella batalla. Ese es también Antonio, un hombre tremendamente familiar, incapaz de pedir a los suyos lo que no está dispuesto a hacer, un médico que ha entendido que a veces la mejor medicina no se receta, sino que consiste, sencillamente, en no dejar solo al otro.
Prefiere hablar de ética y de cómo trata uno a los demás antes que de dogmas. Lo que sí tiene grabado a fuego es su código, y lo enuncia sin titubear: el bienestar del paciente por encima de todo, y no engañarlo jamás por dinero. Esa honestidad es la columna vertebral de su manera de ejercer y, en el fondo, de su manera de ser.
Y luego está el Antonio de puertas adentro, el que a sus amigos les arranca una sonrisa nada más nombrarlo. Si le pido que se defina, echa mano de una sola palabra, «serio», y uno no puede evitar sorprenderse porque lo dice un hombre de sonrisa permanente y cariñoso como pocos. Tal vez es que no supe interpretarlo, tal vez la seriedad a la que se refiere no está en el gesto, sino en el fondo: es serio en la palabra dada, en lo que promete, en su manera cabal de tomarse la vida y a la gente, una seriedad que permanece incluso cuando se divierte y ríe a carcajadas. Tratando de que se autodefina sale también el que considera su gran defecto, la conformidad, esa querencia a no romper la armonía ni buscarle las cosquillas al conflicto.
Quien mejor lo conoce dice de él, sin embargo, que uno de los rasgos que mejor lo retrata es que es «un despistado de campeonato con una calma a prueba de bombas», dos características que no deberían caber en un mismo hombre y que en él se llevan de maravilla. La prueba la guarda Luisa, y es de las que hacen historia familiar. En el último viaje a Nápoles, ya en el aeropuerto, con la maleta facturada y el embarque a un paso, Antonio reparó en un pequeño detalle: no llevaba el DNI. Cualquiera habría entrado en combustión; él, no. Se quedó pensando un instante, con cara de «y ahora qué», recordó dónde lo había dejado, volvió a por él, reservó otro vuelo y acabó aterrizando de noche, con su sonrisa y tan pancho. El desliz costó ciento veinte euros y una carcajada colectiva, pero lo pintó de cuerpo entero: capaz de plantarse sin carné para cruzar media Europa, e igual de capaz de resolverlo sin que se le borre la sonrisa ni se le acelere el pulso. Ese es Tejada.

Propuse a Antonio que nos contara alguna manía que nos arrancara una risotada. Con el cuarto de baño, al parecer, es «especialito»: la puerta siempre cerrada y las cosas de aseo alineadas con precisión de quirófano; y, aunque es generoso hasta aburrir con todo lo que tiene, ese rincón sagrado donde guarda sus cositas de aseo mejor no tocarlo. Nos llega también, por la puerta de atrás, que el desorden lo saca de quicio. Y por esa misma vía nos entra su afición más tierna, la de prepararle el desayuno a los suyos, pero eso sí, ojo, a su manera, con su método secreto y sin que nadie ose ayudarlo ni respirarle en la nuca. Es madrugador incorregible, y prefiere el mar en calma al mar bravo.
Los placeres que elige son los de un hombre que ha aprendido a disfrutar de lo esencial. Lee sin descanso, siempre en papel, y prefiere operar con música de fondo; adora la canción francesa —sugiere «Le métèque», de Georges Moustaki—, porque está convencido de que no hay idioma que sepa cantarle a la vida como el francés. Y en la mesa se retrata: comedor entusiasta de lo salado, tiene los callos por enemigo jurado y los cacahuetes por perdición a cualquier hora. Así que ya saben, quienes quieran ganarse a Antonio lo tienen fácil y barato: una cerveza bien fría y un platito de cacahuetes salados. Con eso, y con una buena conversación, Tejada feliz.
Pero cuidado, que nada de lo dicho le quita, ni mucho menos, carácter. Basta con ser un copiloto pesado o meter los dedos en el tema del fútbol para verlo entrar en ebullición. Sevillista de toda la vida, su corazón palangana atraviesa horas bajas, tanto que este año no ha renovado su asiento en el estadio, y lo explica sin anestesia ni paños calientes: «No soporto que sus dueños y gestores sean unos incompetentes». Por si alguien que lea esta entrevista quiere tomar nota…
Al final, todo en él tiende a lo simple y a lo auténtico. Su domingo perfecto no aspira a grandes cosas: basta un paseo por la mañana, una buena comida, una siesta de esas que te dejan los pies fríos y una tarde de cine con coca cola y cacahuetes. Y, por supuesto, disfrutar de esa última cerveza del día, dice, con Luisa, que como ya es tradición pediría tomarla a medias con él.
Cuando después de tres horas Antonio se marchó, quedé con la sensación de no haber completado la entrevista, y mientras lo veía bajar la escalera me quedé pensando en el niño de Purullena que esperaba en vilo la siguiente entrega del Capitán Trueno, asomado a la puerta de su casa para respirar ese olor a tierra mojada y a leche recién hervida que ha echado raíces en su memoria. Y pensando, sobre todo, en el hombre en que aquel niño se convirtió, uno que lleva toda la vida haciendo, sin saberlo, lo mismo que soñó su padre y lo mismo que admira en los puentes: unir orillas. La del médico y la del paciente. La de Sevilla y la de Punta. La del mundo que lo tiene todo y la del que no tiene casi nada. Tender puentes ha sido siempre su manera de estar en el mundo. Y aunque él, por pura modestia, jamás lo reconocería, no hay obra de ingeniería más compleja, ni más hermosa, que esa.









