«Por encima del equipo no hay nadie»

Psicólogo de las categorías inferiores de la selección española y campeón de Europa sub-19, este onubense de sesenta años ha hecho del fútbol y de la mente un solo oficio, y de ayudar a los demás una forma de estar en el mundo…

Por: Ana Hermida

Nicolás Sainz, con la indumentaria deportiva que lo acompaña en las concentraciones.

Eran las seis y media de la tarde cuando subí por la escalera de caracol que asciende a la terraza de su casa en Punta Umbría. Allí arriba, donde la tarde parecía demorarse un poco más que en la calle, esperaba Nicolás Sainz Gutiérrez, un hombre al que el tiempo ha tratado con cortesía y un conversador tan pausado que uno enseguida comprende que ha hecho de la palabra precisa, de la palabra bien dicha, una forma de religión. Nicolás demostró ser un anfitrión matrícula de honor, además, de los que se paran en cada detalle —el café en su punto, el sitio bien elegido, la distancia justa entre él y yo— para convertir una simple entrevista en un momento memorable. Acababa de cumplir sesenta años el día de la entrevista, y todavía le duraba en los labios el buen sabor del viaje con el que quiso celebrarlos, una semana en el País Vasco, la tierra de su padre, esa que le tira del alma con la misma fuerza que el Athletic, el Club Deportivo Los Dolores, el Recre y la selección.

Nicolás nació en Huelva en 1966 y se crió en el barrio de las Colonias, pero si hay un territorio que explica sus años de infancia y guarda sus recuerdos más preciados, ese es el de los Cabezos. Allí, salir del colegio era subir a lo alto a levantar cabañas y a inventarse, sobre la tierra desnuda, un campo de fútbol que la pandilla dibujaba a su antojo. Fue una infancia de límites que educaban —todos los niños comían a las dos, nadie cruzaba la calle Navarra, dos o tres normas insalvables y, entre medias, mucha calle—, y precisamente entre aquellas fronteras invisibles descubrió el que para él sigue siendo el valor más grande, la amistad. «Estoy muy entroncado en ese tipo de infancia que hoy, por desgracia, se ha perdido.»

Sus héroes de niño fueron futbolistas, pero cuando habla de referentes de verdad nombra a quienes le enseñaron a vivir. De su padre heredó el gusto por la pesca y una lección que aún hoy aplica sin darse cuenta, el valor de la calma, «el no sentirse mal ni aburrido cuando no estás haciendo nada». De esos momentos surgen las grandes ideas y las mejores reflexiones. De su madre, una bondad sin medida: «A pesar de que te llamen tonto, tú ayuda siempre», y acostarse «sintiendo la satisfacción de haber ayudado a los demás». Y del tío Pepe, su «segundo padre», la valentía y una escena que se le grabó a fuego y que le asalta muy a menudo. Un día de lluvia torrencial, acompañó a su tío a por pan y, al ver a un mendigo dormido en un soportal, lo vio quitarse la gabardina y echársela por encima, colocarle el paraguas para que siguiera durmiendo al abrigo del agua que entraba de costado y dejarle un bollo de pan con salchichón para que lo encontrara al despertar. «Tito, ¿pero por qué le has dejado todo eso?», le preguntó el niño. «Porque lo necesita más que nosotros.» La vuelta a casa fue bajo la lluvia; llegaron empapados, pero felices.

Y hubo un cuarto maestro que no era de su sangre pero que le enseñó lo que en casa no se hablaba: Paco, «el del refino», el dueño de la mercería Refino Concepción. En el umbral de aquel comercio, entre tertulia y tertulia, Paco le habló sin tapujos de todo aquello que los demás esquivaban —las novias, el sexo, la envidia, cómo levantarse cuando alguien te intenta humillar—, y se convirtió en una brújula para un chaval que en su hogar recibía cariño, pero no siempre respuestas. Fue Paco, precisamente, quien un día le señaló a una muchacha que pasaba por la calle y le dio el codazo definitivo de su vida: aquella, le dijo, era una mujer que merecía la pena. Tenía razón, y Nicolás no lo ha olvidado jamás.

Aquella muchacha era Rosa, su mujer, a la que conoció casi de crío. Se le declaró a la antigua usanza un 21 de julio de 1985 en la puerta de los Caracoles de Punta Umbría, y desde entonces celebran ese día y no el de la boda. No ha habido otro amor: «El único, el primero y el último».

Rosa y Nicolás, cómplices de toda una vida.

El salto al instituto le costó más de lo que esperaba. Había sido un buen estudiante durante la EGB —conserva aún los diplomas de sus mejores cursos, terminados con notable y sobresaliente—, pero venía de una infancia protegida en exceso, con una madre y una abuela que lo cuidaban a dúo, y de pronto se vio en el Santa Marta siendo uno más, sin el calor del barrio. Le costó encontrar su sitio, hasta que dio con las asignaturas que de verdad lo movían y renació. En COU brillaba, y con ello le llegó su primer gran dilema, deporte o psicología. La vida, o quizá el destino, lo resolvió por él: una lesión de rodilla, herencia de tantas tardes de fútbol sobre campos de piedra, le cerró la puerta del INEF de Granada, y Nicolás entendió que la psicología podía devolverle el deporte por otro camino. Sevilla, y la carrera, fueron entonces su despegue, la primera bocanada de libertad lejos de casa, la pandilla, los vínculos nuevos y también el aprendizaje de ponerse los propios límites. «La vida, al final, es convertir las situaciones en dilemas y obligarte a decidir», sostiene. Y él decidió.

En 1990, cuando aún estudiaba psicología, conoció a la persona que ordenaría toda su vida profesional, Cristóbal Gangoso Aragón, el médico fundador de ARO. Nicolás quiso hacer prácticas junto a él, y Cristóbal lo recibió y le habló sin rodeos —«si eres bueno, seguirás conmigo mucho tiempo; si no, estarás fuera en una semana»—. De él aprendió la importancia de la precisión y del buen manejo de la palabra, el valor de saber gestionar los silencios y un principio que hoy repite como lema: «Por encima del equipo no hay nadie». Nicolás vivió en las aulas casi tres décadas —Adoratrices, Las Esclavas, Los Maristas—, siempre como psicólogo y orientador, hasta que el fútbol, que lo acompañaba desde el banquillo del Recre, se cruzó de lleno en su camino.

Con Cristóbal Gangoso, el hombre que le enseñó que la palabra solo vale cuando se hace gesto.

En el Decano trabajó con entrenadores como Lucas Alcaraz, José Luis Oltra o Quique Hernández. Oltra, al que conoció en el Recre, se lo llevó al Córdoba en 2014, y desde entonces colaboran esté donde esté. A comienzos de 2024, tras un exigente proceso de selección, la Real Federación Española de Fútbol lo fichó para las categorías inferiores masculinas, una llamada que le cambió la vida. Hace dos años fue campeón de Europa sub-19, y en 2026 formó parte del cuerpo técnico de la selección sub-17 que disputó el Europeo de Estonia.

Su manera de entender su oficio es siempre la misma, la persona por delante del futbolista, del torero o del político. Lo dice también en público, con la coherencia de quien predica con el ejemplo: «los niños deben ser felices jugando y no cargar con el peso de los deseos de sus padres, porque el fútbol es un medio, no un fin».

Se define por dos herencias que lleva cosidas al carácter, la valentía de su tío y la bondad de su madre. Es hombre cariñoso y leal, pero si algo lo define por encima de todo es la gratitud, esa costumbre de los que no olvidan lo que recibieron. Su enfado, para desgracia de su esposa, no grita, se repliega en un silencio hondo, «en busca de la reflexión y el autocontrol». Lo que de verdad lo remueve es la injusticia —le duelen «los sin nombre», los que sufren lejos y sin testigos— y confiesa, sin coartadas, que arrastra un exceso de sensibilidad: «Yo me implico como el cerdo en la Navidad, al cien por cien, desde el minuto cero». Sus hijos, Fabiola y Asier, le reprochan con cariño que es «demasiado bueno», y él los mira con ternura, incapaz de ver dónde está el defecto. Su mayor ilusión, si se le aprieta, no es un título ni un Mundial, sino que ellos encuentren su camino, el que lleva a la felicidad.

Perdona en dos minutos y olvida en veinticuatro horas, y no necesita papeles ni firmas para sellar un pacto: «Te doy mi palabra, y eso es lo más importante». Por eso no comprende que al mundo le cueste tanto perdonar, ni siquiera allí donde debería sobrar el perdón, en lo religioso; le asombra que, siendo el más cristiano de los valores, tan pocos sepan ejercerlo de corazón. Adora a los animales, y aún se le escapa el nombre de Único, aquel galgo roto que un día encontró en su casa un refugio y una segunda vida, y que se marchó hace apenas unos días dejándole el hueco que dejan los que quisimos bien. Le fascinan los pájaros, herencia también del tío Pepe, y no conoce placer más sencillo ni más suyo que disfrutar de un huevo frito con patatas y unos buenos calamares rellenos, rematados siempre con una de esas sobremesas interminables en las que se le va la tarde, porque a Nicolás la conversación le alimenta el alma tanto como la comida el cuerpo.

Bajé la escalera de caracol cuando la tarde se rendía, con esa sensación tibia que deja el haber estado cerca de uno de esos hombres que no hacen ruido pero dejan huella para siempre. Un niño de los Cabezos que aprendió de su padre el arte de estar en paz, de su madre a tender la mano aunque lo llamaran tonto, de un tío valiente a no temer mojarse sin paraguas con tal de abrigar al que no tiene nada, de Paco «el del refino» a mirar la vida de frente, y de un maestro, Cristóbal Gangoso, que la palabra solo vale cuando se hace gesto. De todos ellos conserva lo mejor, y lo lleva puesto como quien hereda un abrigo que aún guarda el calor de quien lo vistió antes.

Pero Nicolás no es solo lo que le dieron. Es también todo lo que él ha ido sumando a fuerza de vivir, de equivocarse y de pensarlo todo despacio, hasta convertirse en este hombre que perdona en dos minutos, que da su palabra y con eso le basta, y que ha puesto siempre a la persona en el centro, la del futbolista que gana millones y la del mendigo que duerme en un soportal, convencido hasta la médula de que valen exactamente lo mismo. Un enamorado del cine que no concibe una película sin sus palomitas y un enamorado, sobre todo, de la misma mujer desde aquella tarde de Caracoles; tanto, que confiesa que pagaría lo que fuera porque sus hijos hubieran podido asomarse a la historia de amor de sus padres, verla por dentro, entender de qué está hecho el querer bien.

Y mientras tanto, cada mañana, sale a caminar con la memoria de un galgo llamado Único, tan roto y tan salvado como todos a los que él ha tendido la mano. Me despedí de él en la puerta de su casa, con esa ternura suya envolviéndolo todo y el eco de una conversación en la que ni una sola palabra había caído al azar, porque hablar, para Nicolás, es también una forma de cuidar. Lo imaginé después subiendo despacio su escalera de caracol, recreándose en lo dicho y en lo callado, en lo que quedó por contar y en lo que quizá se le olvidó, mientras allá abajo, en algún rincón de Punta Umbría, sus amigos de siempre le guardaban ya un sitio en la mesa. Y supe que, cuando apareciera por la puerta del restaurante, todos levantarían la vista y se les encendería la cara, felices, sencillamente de verlo llegar, porque hay personas cuya sola presencia es ya motivo de fiesta, y Nicolás, sin proponérselo, es una de ellas.

 

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