Carlos Barragán Martín no entiende la vida sin deporte. No lo dice como un eslogan, sino como una certeza construida a base de rutina, esfuerzo y muchas horas rodando. “El deporte es algo fundamental para mí, tanto a nivel físico como a nivel mental”, resume. Nacido en Coria del Río (Sevilla) en 1986 y afincado en Moguer desde hace años, Carlos convive desde su nacimiento con una discapacidad visual progresiva. “Tengo restos de visión, pero actualmente no veo prácticamente nada”, explica, una realidad que ha aprendido a normalizar porque “forma parte de mi día a día desde que tengo uso de razón”.
Su relación con la actividad física viene de lejos. “Practico deporte desde los diez u once años”, recuerda. Empezó en la ONCE con atletismo, pasó por el goalball durante varios años y, con el tiempo, encontró en correr su mayor motivación. “Ahora mismo lo que más me satisface es correr”, afirma. Para él, el entrenamiento es una vía de escape y la competición, un estímulo que le empuja a no dejarlo. “Yo entreno, pero siempre necesito un objetivo”, reconoce.
En la actualidad mantiene una rutina constante, aunque adaptada a sus circunstancias. “No hago siete u ocho carreras todos los meses, suelo hacer unas diez al año”, señala. Elige pruebas accesibles y evita, siempre que puede, recorridos demasiado técnicos. “Ahora hay mucha afición por el trail y muchos de los compañeros con los que entreno salen a correr por el campo. A mí, la verdad, el asfalto me da más seguridad que el campo”, confiesa ante la creciente moda del trail. Pero Carlos no se acobarda y da un paso adelante con nuevos retos. “Yo me adapto también al campo cuando es necesario y mis compañeros me apoyan en un terreno más complicado para mí, y eso es de agradecer”, dice, recalcando que correr por el campo le exige mucho más. “Me provoca estrés porque tengo que ir muy atento y el guía tiene que ir explicándome todo”.

Uno de los grandes hándicaps en su preparación es la imposibilidad de entrenar solo. “No puedo salir a correr sin alguien y, por tanto, tengo que cuadrar con alguno de mis compañeros. En esta tarea es necesario cuadrar horarios y no siempre es fácil”. Esa dependencia condiciona incluso su manera de inscribirse en las pruebas. “Programarme una carrera con meses de antelación me genera mucho estrés y ansiedad”, confiesa, porque nunca sabe con certeza con quién podrá entrenar ni en qué estado de forma llegará. “Prefiero ir sobre la marcha y decidir según cómo me encuentre”.
En ese contexto aparece una figura clave, como es la del guía que le acompaña. Para Carlos, su papel es absolutamente imprescindible. “El guía es una herramienta fundamental para una persona ciega. Sin él sería imposible salir a correr y mucho menos hacerlo en espacios donde el suelo presenta mayor dificultad”, afirma sin dudar. Corre unido a él mediante una cuerda o un aro, un gesto sencillo que esconde una enorme responsabilidad compartida. “Yo confío al cien por cien en la persona que llevo al lado y se crea un vínculo y una complicidad especial durante el entrenamiento o la carrera”, asegura. No todos guían igual, y con algunos existe una compenetración especial. “Cuando corres muchas veces con alguien, se desarrolla una intuición casi automática. Es una sincronización que te aporta muchas cosas positivas en ambos lados de la cuerda”.
Carlos tiene muy claro cuáles son las características de un buen guía. “Tiene que estar físicamente mejor que yo”, explica, y también “tener fuerza para empujarme o tirarme en un momento complicado”. Pero, sobre todo, exige atención constante. “Que esté muy atento a todo lo que pueda venir, por arriba y por abajo”, insiste. Y puntualiza algo vital: el guía nunca debe olvidar que está acompañando a alguien cuya visión es muy limitada o inexistente. “A veces naturalizamos tanto la situación que el guía se olvida de que no vemos”, explica con una sonrisa cómplice.
En carreras especialmente duras, incluso se turnan varios guías. “Ellos se sacrifican por mí”, dice con gratitud. “Las ramas se las tragan ellos, las raíces se las comen ellos y yo voy siempre por lo mejor del camino”. Por eso, cuando llega el momento de cruzar la meta, Carlos tiene claro que el público debe homenajear a ese soporte vital para corredores en su situación. “Siempre entro agarrado al guía, aunque pudiera hacerlo solo. Tengo claro que es su momento y el gran responsable de que crucemos los dos la meta”, explica. “La meta es el lugar donde la gente tiene que ver el trabajo del guía”, insiste.
Los ánimos del público forman parte del paisaje sonoro de cada carrera. “La gente te anima con mucho cariño”, reconoce, aunque para él no hay épica personal. “Yo no siento que esté haciendo nada extraordinario”, insiste. “Esta es mi realidad y la tengo totalmente normalizada, aunque reconozco que para el público sea algo diferente que le llama la atención, y agradezco siempre los ánimos. De hecho, doy las gracias continuamente cuando alguien nos jalea”.
Un maestro dentro y fuera del aula
Más allá del atletismo, Carlos es maestro desde 2011. Profesor de música y tutor de Primaria, vive su profesión con vocación. “Mi trabajo me apasiona y disfruto mucho enseñando a los niños”, afirma. En el aula, su discapacidad visual no es un problema, sino una oportunidad para educar en valores. “Los niños saben que no veo y lo tienen totalmente asumido. En ese sentido, el trabajo con ellos es llevadero”, explica, recordando pequeños gestos de ayuda espontánea que le emocionan.
Sin embargo, observa con preocupación la evolución del sistema educativo. “He notado un cambio grande en el respeto hacia los maestros”, señala. En su opinión, la docencia está cada vez menos valorada. “La sociedad tiene una imagen peor del profesorado”, lamenta. Aun así, defiende el compromiso del colectivo. “Los maestros no vamos al colegio a no trabajar, vamos a enseñar y a preocuparnos por nuestros alumnos”.
Si tuviera que dejar un mensaje final, lo uniría todo en una misma idea. “El deporte es salud física, mental y una herramienta de superación”, concluye. En su caso, cada zancada es también una lección de confianza compartida.










