A sus 62 años, este vecino de Punta Umbría, de elegantes maneras, repasa una vida profundamente unida a la mar, marcada por el trabajo intenso, la intuición para los negocios, la familia y una necesidad constante de aprender, emprender y no quedarse nunca de brazos cruzados viendo pasar la vida…

A Rafael Pomares Ortega no hace falta darle muchas vueltas para saber por dónde va.
Tiene 62 años y una forma muy concreta de mirar la vida. No cree en nada que no se pueda demostrar. No le interesan las teorías sin base científica ni las explicaciones que no pasan el filtro de la lógica. Lo suyo siempre ha sido lo que se puede tocar, razonar, comprobar. Todo lo demás, para él, es hablar por hablar…
Es directo. Práctico. De los que necesitan entender para creer.
Y con esa manera de estar en el mundo ha construido su historia. No desde las ideas, sino desde las decisiones. Desde pasos firmes. Desde una intuición que, con el paso del tiempo, ha demostrado tener muy bien afinada.
Así ha recorrido su camino: con los pies muy en la tierra y la mirada, casi siempre, puesta en la mar.
Por eso, cuando habla, todo en él suena a verdad. A hechos. A disciplina sin alardes. A esa necesidad que le ha acompañado siempre de hacer, de aprender, de emprender… y, sobre todo, de no quedarse nunca quieto con brazos cruzados viendo la vida pasar.
Su infancia
Sus padres ya no viven. Su padre era de Almería y su madre, de Isla Cristina. Ambos acabaron en nuestra provincia empujados por la dureza de los años de posguerra. Se conocieron en Punta del Moral y, tiempo después, dieron el paso definitivo hacia Punta Umbría, donde empezaron de nuevo, con la mar como sustento y horizonte, y donde levantaron una familia numerosa.
Rafael es el menor de ocho hermanos. Lo dice con una sonrisa: “el octavo, el último, el mimado”, reconoce sin dudar. Y cuando habla de su infancia, tampoco titubea: “tuve una infancia muy feliz”.
Y se le nota. Se siente profundamente agradecido a la vida por haber crecido aquí y así.
Sus hermanos mayores, quizá, vivieron tiempos más duros. Él llegó al mundo cuando la situación familiar era ya más cómoda, cuando muchos de sus hermanos trabajaban y en casa entraba más dinero. Tuvo la suerte de ser el pequeño, de crecer arropado, de sentir siempre cerca a los suyos. Y añade, entre bromas, que también puso de su parte para merecer ese cariño: “yo tampoco los decepcioné”.
Estrenó ropa alguna vez, sí, pero también heredó mucha. Nada fuera de lo común. Era, simplemente, la vida de entonces.
Su infancia fue la de tantos niños de Punta Umbría en los años sesenta y setenta: mucha calle, mucha libertad, la isla Saltés como aventura, la playa… y la sensación de que el mundo estaba ahí fuera, misterioso y mágico, esperándolo.
Todos sus recuerdos están atravesados por el mismo escenario: el mar y la arena.
Cuando intenta buscar el primero de todos sus recuerdos de infancia, vuelve a aparecer la felicidad. Pero hay una imagen que destaca con especial nitidez: su madre con él en brazos, meciéndolo con ternura para dormirlo. No solo recuerda la escena. Recuerda también el olor. Y lo dice convencido: «si ese olor se cruzara hoy en mi camino, lo reconocería al instante«.
Y junto a esa ternura, la figura firme de su padre. Presente siempre como un referente indiscutible. De él aprendió el valor del esfuerzo, la constancia y esa forma de estar en el mundo mirando siempre hacia delante.
De aprendiz a empresario
En el colegio era buen estudiante y buen compañero. Nada problemático. Desde muy joven mostró una madurez poco habitual. Muchos amigos acudían a él en busca de consejo cuando aún era un niño.
Estudió la EGB en el colegio Santo Cristo del Mar y después cursó Formación Profesional en Huelva, en el antiguo Instituto Politécnico Nacional, donde se formó como Maestro Industrial en Máquinas Herramientas.
Mientras aún estudiaba, empezó a trabajar. Por las tardes se iba al taller de reparación de barcos de Agustín Sánchez. Salía de clase y cambiaba los libros por las herramientas.
Allí aprendió el oficio.
Cuando terminó sus estudios, el taller pasó a ocupar todo su tiempo. Con apenas 17 o 18 años ya trabajaba a jornada completa. Su vida empezaba a definirse.
Poco después llegó la mili, que recuerda como otra buena etapa.
Atreverse
Al volver de la mili, siguió trabajando en el mismo taller. Lo habían esperado. Y allí continuó hasta que, con solo 24 años, decidió montar su propio negocio.
La razón era clara: su entorno familiar estaba lleno de barcos. Y todos le decían lo mismo: si montas tu taller, no te va a faltar trabajo…
Y así fue.
Abrió su primer taller en un local de su padre, junto a lo que hoy es el restaurante Juanito Coronel. Allí empezó, por su cuenta, sin hacer ruido… pero con las ideas muy claras.
Años después dio un paso decisivo. Hizo números, se apretó el cinturón… y se lanzó a comprar una nave en la zona industrial de Punta Umbría. Era 1990.
La inversión era enorme. Y llegó en un momento delicado: primera vivienda, primer hijo… todo a la vez.
Trabajaba sin descanso. Y aun así, las cuentas no salían. “Fue una etapa dura”.
Pero en medio de aquella incertidumbre, hizo lo que mejor sabe: estar atento. Y ahí apareció la oportunidad.
Recuerda que por entonces había un barco italiano trabajando por la zona con un permiso experimental de la Junta de Andalucía. A su taller llegaban muchas reparaciones de aquella embarcación… y ahí vio algo. Intuyó que había futuro.
Empezó a interesarse por los sistemas hidráulicos que utilizaba aquella embarcación. Pensó que podía hacerlo él. Solo necesitaba conocimiento, materiales… y atreverse.
Y se atrevió.
Se fue a Italia. Visitó talleres, habló con armadores, observó, aprendió y localizó proveedores de bombas hidráulicas, embragues frontales y otros materiales que aquí no se encontraban. Volvió… y dio el paso: montó el primer barco español de draga hidráulica para la chirla.
Al principio no tenía permiso para ponerlo en marcha, pero su padre —ligado por aquel entonces al Ayuntamiento y al entorno socialista— le ayudó a conseguir la autorización. Y ahí empezó todo…
Muchos armadores quisieron replicar el sistema y buena parte de esos trabajos pasaron por sus manos. Fue el inicio de una etapa de crecimiento constante.
Un hombre hecho a sí mismo
Muchas horas en la nave. Formación continua. Inversión. Atención. Intuición. Ese fue su camino. Las grandes claves de su éxito empresarial.
Llegó a tener barcos propios, que más tarde vendió para centrarse en la mecánica.
Hoy se define como un emprendedor nato. Pero no por ambición económica, sino por pura inquietud. Siempre le han atraído los retos que lo sacan de lo conocido, los que le obligan a aprender, a inventar y a arriesgar.
Crecer juntos
En lo sentimental, su historia también empezó pronto. Y, como tantas cosas en su vida, en el lugar de siempre: Punta Umbría.
Conoció a María José cuando apenas eran unos críos. Ella tenía 14 años y él 16.
Coincidían en La Cueva, una discoteca de jóvenes donde no había copas, solo refrescos… y muchas historias empezando. “De allí han salido muchas parejas del pueblo”, dice. Y la suya fue una de ellas.
Al principio, el padre de María José no se lo puso fácil. Rafa recuerda cómo, cuando iba a recogerla, el padre lo esperaba en el balcón y, en cuanto lo veía llegar, lo despachaba sin demasiadas contemplaciones. Pero el tiempo —y el boca a boca del pueblo— hizo su trabajo. Los vecinos empezaron a hablarle bien de él, el trato fue acercando posturas… y las reticencias acabaron desapareciendo.
Se casaron en 1988. Él tenía 25 años; ella, 23. Al principio vivieron en casa de los padres de Rafa, donde nació su primer hijo, Samuel. Poco después dieron el salto a su propio piso, en la calle Delfín, junto a la ría. Allí llegaría el segundo, Abraham.

Con el tiempo, y ya con la estabilidad recuperada tras la compra de la nave, volvió a aparecer ese impulso tan suyo de ir un paso más allá. Siempre había soñado con tener una casa hecha a su manera. Y cuando pudo, lo hizo. Compró una parcela y levantó su hogar. Hoy sigue viviendo allí, con María José, mientras sus hijos ya han trazado su propio camino.
Trabajar sin parar…
Durante años, su vida fue un auténtico torbellino. Trabajo sin freno ni medida, clientes metiendo prisa, jornadas de trabajo interminables.
Sabe que ese ritmo le quitó tiempo con los suyos. Hoy le entristece pensar lo mucho que se ha perdido a nivel familiar, pero no se lo reprocha. Entiende que su apuesta empresarial exigía todo de él.
El equilibrio: correr, cantar… respirar
Aun así, encontró su manera de sostenerse y no decaer jamás. Comparsas. Fútbol. Carreras. Bicicleta…
Todo eso le ayudó a llevar con cierta calma la sobrecarga del trabajo. Gracias a esos espacios de evasión—y a lo mucho que le gustaba lo que hacía— nunca sintió el estrés como una losa; al contrario, lo transformaba en energía para seguir el ritmo imparable de lunes a viernes, siempre con la mirada puesta en el fin de semana.
Porque el fin de semana era para su familia. Sin discusión. Casi como un pacto sagrado consigo mismo. Esa era su manera de compensar: volver a casa y dar lo mejor de sí después de toda una semana de ausencia.
El momento de parar
Hoy, tras su jubilación, puede por fin ofrecer a su familia algo que antes faltó: presencia. Más conversaciones sin prisas, más tiempo compartido, más manos en el día a día. Rafa y María José están viviendo una etapa distinta, más serena, más consciente.
Ya no son aquellos jóvenes que discutían por cualquier chispa. Ahora todo fluye de otra manera, “como a mí me gusta”, dice. Ella sigue siendo espontánea, más guerrera; él, más calmado. Pero el tiempo —y lo que enseña— les ha llevado a encontrarse en ese punto justo donde todo encaja… y donde vivir en armonía deja de ser un objetivo para convertirse en la forma natural de estar.
Cuando se le pregunta por las personas imprescindibles en su vida, no duda ni un segundo: “María José”. Es la suya. Su imprescindible.
Hoy, cuando se detiene y echa la vista atrás, siente un profundo orgullo al ver en quiénes se han convertido sus hijos.
Y ahora, como abuelo, lo vive distinto. Tiene dos nietos, Bruno y Rafa, a los que les regala más juego, más tiempo y algún que otro capricho que, como padre, no siempre pudo permitirse. Porque ahora la responsabilidad pesa menos… y el disfrute, mucho más.

Así es Rafa…
No es religioso. Cree solo en lo que puede explicarse.
En cuanto a sus defectos, no los esconde. Dice, sin rodeos, que en la cocina es un auténtico cero a la izquierda. Y que no es nada detallista. A veces, incluso, peca de seco. No es de grandes gestos ni de fechas señaladas. No está pendiente de cumpleaños ni de adornar lo que siente. Lo suyo va por dentro: sentimientos profundos… pero poco escaparate.
Eso sí, en otras cosas no falla. Se reconoce coqueto, de los que cuidan su imagen y no salen a la calle de cualquier manera. Se le puede olvidar el móvil en casa… pero no se olvida de salir bien acicalado.
Y hablando de móvil, lo tiene casi por obligación —y desde luego no es de última generación, más bien un ladrillo—. Lo usa para llamar y, como mucho, responder algún que otro whatsapp… si se acuerda de mirarlo. Y, por supuesto, nada de redes sociales.
Lo suyo, sin duda, sigue siendo el cara a cara.
El tiempo, por fin, a favor
Hoy Rafa vive una etapa muy distinta a todas las anteriores. Más tranquila, más pausada. Y la encara como ha hecho siempre: sin ruido, pero con muchas ganas. Dispuesto a dejarse sorprender por todo lo que venga.
Porque después de toda una vida corriendo —detrás del trabajo, de los retos, de las oportunidades— hay algo que ahora puede hacer: parar, sentarse y mirar.
Mirar a su alrededor y comprobar que todo ha ido cayendo en su sitio. Que aquel niño que su madre mecía en brazos, aquel joven que se fue a Italia sin saber muy bien qué iba a encontrar, aquel hombre que echaba cuentas de madrugada… no se equivocó.
Que cada paso, cada decisión, cada renuncia… tenía sentido.
Hoy puede sentarse en su casa, la que soñó y construyó, mirar a María José —aquella niña de 14 años que un día le robó el corazón— y entender que todo empezó ahí, junto a ella… y que lo esencial sigue intacto, solo que ahora con todo lo vivido sumando.
Le gusta detenerse y mirar. A ella. A su familia. A sus hijos. A esos nietos que hoy corren donde antes corrían ellos.
Y entonces, sin grandes palabras —porque nunca las ha necesitado—, reconoce algo que ni siquiera su cabeza tan lógica puede discutir: que la vida no necesita adornos para ser extraordinaria.
Que la suya, hecha de trabajo, de mar, de esfuerzo y de afectos de verdad… lo es.
Y que, si tuviera que volver a empezar, posiblemente, no cambiaría nada.









