José Antonio Sosa llegó a mi casa a las dos y media. Le mandé la ubicación y apareció puntualísimo y con una gran sonrisa, como quien lleva años entrando allí.
Su expresión amable va, como siempre, delante de él, como una especie de carta de presentación. Llegó con una ilusión casi infantil por compartir un buen rato de conversación tranquila y sin prisas con alguien a quien ya conocía, pero con quien nunca había tenido ocasión de sentarse realmente a hablar de la vida.
La entrevista empezó mucho antes de encender la grabadora.
Empezó entre platos, vino, bromas, olor a comida casera y esa confianza que a veces tarda años en construirse y otras aparece sola en apenas unos minutos. José Antonio tiene una especial facilidad para desmontar distancias. La de hablar de asuntos profundos con absoluta naturalidad y sin una sola gota de impostura.
Y claro, con gente así… pasa lo que pasa.
Que una piensa que va a entrevistar a un sacerdote y termina encontrándose a un hombre divertido, muy humano y extraordinariamente fácil de querer. Me encontré ante un cura al que le gusta comer bien, reír mucho, descubrir sitios nuevos, conducir sin rumbo y perderse por carreteras secundarias. Un hombre profundamente leal, trabajador incansable y tremendamente cabezón cuando algo se le mete entre ceja y ceja. Muy tauro, aunque probablemente él se ría al leer esto. De esos que disfrutan intensamente de los pequeños placeres de la vida: una sobremesa larga, un buen vino, un dulce casero hecho para la ocasión o la belleza tranquila de la naturaleza.
Durante horas hablamos prácticamente de todo. No estábamos solos. Tres amigos comunes nos acompañaron y terminaron prestándose también a intervenir en la entrevista. (Muy agradecida por su inmersión periodística a Paloma, Mari Angustias y Kiko, que disfrutaron del encuentro y colaboraron con sus preguntas).
Hablamos de Dios y de los enfados con Dios. De la Iglesia y sus heridas. De la muerte. De los pobres. De los migrantes. De Isla Cristina. De Punta Umbría. De las personas que marcan una vida. De las debilidades y fortalezas. Del amor y de la vocación.
José Antonio hablaba y se reía con gran facilidad. Tiene una carcajada contagiosa, limpia y espontánea. De esas que terminan relajando incluso las conversaciones más delicadas. Y mientras hablaba descubrí a alguien que ha aprendido a lo largo de la vida a mirar siempre hacia adelante, sin quedarse demasiado tiempo atrapado en el dolor ni en las heridas del pasado. Algo aprendido desde la cuna.
A ratos olvidaba que estábamos entrevistándolo y cuando reparaba en que la grabadora seguía encendida se reía y decía:
“Tú sabrás cómo vas a transcribir esta entrevista. Vas a necesitar mucho más que un periódico”.
Parecía más bien una de esas sobremesas largas que se van estirando sin que nadie quiera levantarse de la mesa.
Y cuando terminamos, después de varias horas de conversación, José Antonio se levantó todavía sonriendo y soltó entre risas una frase que resumía perfectamente el ambiente que había quedado flotando en casa: “Qué bien lo hemos pasado… y sin hablar ni de política ni de fútbol”.
Le contesté inmediatamente que quedábamos emplazados para esos dos asuntos pendientes.
Y volvió a reírse.
Por Ana Hermida
José Antonio Sosa tiene una manera extraordinariamente natural de hablar de cualquier tema y una cercanía que desmonta rápidamente cualquier prejuicio que uno pueda tener antes de sentarse frente a un sacerdote. Es abierto, divertido, espontáneo y tremendamente humano.

Nació hace 59 años en Isla Cristina, tierra de mar, de sal y de familias acostumbradas a salir adelante trabajando muchísimo. Se define como un hombre “testarudo, cabezón” y reconoce entre risas que no sabe dejar nada a medias. “No puedo empezar una cosa y no terminarla. La tengo que terminar aunque me cueste el tiempo y la vida”.
Y ahí aparece ya una de las grandes claves de su personalidad: mirar siempre hacia adelante. Aprender del pasado sin quedarse atrapado en él. Una filosofía que no nació de los libros, sino de la propia historia de su familia.
José Antonio procede de una familia profundamente vinculada a la emigración, al sacrificio y al mar. Por parte materna tiene raíces portuguesas y por parte paterna isleñas, con alguna rama gaditana. Creció prácticamente pegado a la playa, en una calle que todavía no estaba asfaltada y donde la arena formaba parte de la vida cotidiana.
“En la puerta de mi casa había un barreño de zinc donde teníamos que meter los pies antes de entrar para no llenar la casa de arena”.
Cuando recuerda su infancia, habla desde la felicidad más absoluta: “Tuve una infancia muy feliz”.
Feliz pese a haber crecido en una casa donde siempre había más gente de la prevista. O feliz precisamente por eso.
Porque la casa familiar de José Antonio funcionaba casi como un refugio permanente. Allí convivían hermanos, tíos, primos y familiares que iban necesitando ayuda en distintos momentos de la vida.
“Toda mi vida he compartido habitación con alguien. La primera vez que dormí solo fue cuando entré en el seminario”.
De sus padres heredó dos valores fundamentales: la hospitalidad y la responsabilidad.
Recuerda especialmente a su madre cocinando para todos los que hubiera alrededor. “Mientras echaba puñados de arroz o de lentejas a la olla iba nombrando a cada miembro de la familia y, cuando terminaba, siempre añadía: ‘y este otro puñado para quien venga’”, dice divertido.
Porque en aquella casa siempre había sitio para alguien más.
Su padre, mientras tanto, le enseñó la responsabilidad con la que hay que afrontar la vida. Trabajaba muchísimo. Salía temprano, regresaba de noche, tardísimo y enlazaba varios empleos para sacar adelante a la familia.
La infancia de José Antonio huele constantemente a memoria. Y él habla de ella como quien abre una caja llena de imágenes intactas.
“El olor a sal, el olor a eucalipto del camino de la playa, el olor a tortilla de papas… Los olores de la infancia son lo último que se olvida. Esos olores aún viven en mí”.
Y entonces aparece otro personaje importantísimo en su vida: su abuela portuguesa.
Con ella cruzaba la frontera siendo apenas un niño para traer café y harina de maíz desde Portugal. Lo cuenta entre carcajadas.
“Antes de cura fui contrabandista. Esto no lo vayas a publicar por lo que más quieras, que la liamos… jajajja”.
Su abuela tenía un puesto de verduras en el mercado de Isla Cristina y aprovechaba sus viajes para traer productos portugueses que luego vendía discretamente a algunas clientas. José Antonio cruzaba la frontera escondiendo en los bolsillos y en el doble forro del abrigo algunos paquetes de café y harina mientras ella entretenía a los guardias portugueses preguntándoles por toda la familia.
Lo recuerda divertido. Él tenía cuatro o cinco años.
José Antonio reconoce que nunca fue un sacerdote especialmente “místico” en el sentido clásico de la palabra. Lo suyo empezó por otro sitio.
“Empecé por lo social”.
Y esa frase explica muchísimo quién es hoy.
Cuando Juan Pablo II lanzó aquel mensaje que terminaría removiéndole la vida —“Cristo te necesita, la Iglesia te necesita… descúbrelo”— él no sintió una llamada abstracta ni contemplativa. Lo que empezó a preguntarse fue algo mucho más concreto: “¿Para qué y dónde me necesita?”.
Y ahí comenzó todo.
Durante los años de seminario fue descubriendo distintas formas de entender el sacerdocio y terminó encontrando la que verdaderamente conectaba con él: el servicio directo a las personas. El contacto con la calle. La ayuda social. Escuchar. Acompañar. Entender al otro sin juzgarlo.
“No se trata de solucionarle la vida a la gente. A veces la persona no sale de hablar contigo con el problema resuelto, pero sí con la sensación de que alguien la ha escuchado”.
José Antonio no transmite la imagen de un sacerdote encerrado en estructuras rígidas. Más bien parece alguien que aprendió a mirar la vida desde la calle, desde el trato cotidiano con personas reales y problemas reales.
Quizá por eso terminó obsesionándose con el trabajo social durante la carrera en el seminario, donde estuvo ocho años.
Y quizá también por eso, diez años después de ordenarse, disfrutó de una experiencia como misionero en Perú que duró tres años.
“Yo necesitaba pasar por un país de misión”.
Allí vivió en una casa de acogida para niños y terminó trayéndose a España a un joven peruano que hoy sigue formando parte de su familia.
La etapa en el seminario la recuerda con cariño y con muchísimo humor… y también con alguna herida. Porque José Antonio nunca fue exactamente un seminarista convencional.
De hecho, él mismo cuenta entre carcajadas que tuvo “siete años de carrera y uno más…”.
La culpa de ese año de propina la tuvo el trabajo de fin de carrera que hizo sobre Juan Pablo I.
Mientras otros compañeros escogían pontificados larguísimos y temas más previsibles para sacar adelante el trabajo, él decidió investigar los apenas 33 días que duró el papado de Juan Pablo I y todas las sombras que rodearon aquella muerte repentina.
Lo que parecía un trabajo “fácil” acabó convirtiéndose en un análisis de más de 500 folios sobre la situación socioeconómica de aquellos días haciendo alusión a temas muy sensibles y plasmando sobre sus páginas las dudas razonables existentes alrededor de la muerte del Papa.
Las conclusiones de aquel trabajo no gustaron demasiado. Y aquello terminó costándole un año más de carrera. Aquel trabajo fue destruido y retrasó un año su ordenación sacerdotal.
Recuerda especialmente duro el día en el que vio ordenarse a todos sus compañeros mientras él quedaba atrás. Sin embargo, lejos de replantearse abandonarlo todo, aquello reforzó todavía más su vocación: “Yo no tenía vocación de seminarista. Yo tenía vocación de cura”.
Y quizá esa frase vuelva a resumirlo todo otra vez.
Porque José Antonio nunca pareció sentirse demasiado cómodo dentro de ciertos moldes rígidos. Él mismo reconoce entre risas que se entendía mucho mejor con los universitarios que vivían internos en el seminario que con algunos compañeros seminaristas excesivamente místicos.
Y entonces empiezan a aparecer las anécdotas más inesperadas…
Como las escapadas nocturnas saltando la valla del seminario para irse a la discoteca. “Tenía veintipocos años… ¿qué querías que hiciera? ”.
O aquellas noches de Rocío en las que también saltaba la valla porque no concebía perderse el salto de la reja. “Si me saltaba la valla para ir a la discoteca, cómo no me la iba a saltar para ir a ver a la Virgen del Rocío?”.
Hasta que un año lo pilló el obispo dentro del santuario. “Mañana quiero verte en mi despacho”, le dijo. Lo cuenta entre risas. ¿Cómo no?
Y quizá ahí está una de las cosas más interesantes de José Antonio: jamás intenta disfrazar quién fue. No borra etapas. No maquilla contradicciones. Las integra. Las entiende como parte del camino que terminó convirtiéndolo en quien es hoy.
Recuerda que trabajó durísimo para pagarse la carrera.
“Yo la carrera se la debo al alcohol”, dice mirándome a los ojos esperando mi respuesta. Cuando ve mi cara de sorpresa, empieza a reírse y se explica. “Pasé muchos veranos trabajando de noche en un pub familiar de La Antilla. Y cuando aquel negocio cerró, me puse a limpiar calles para el Ayuntamiento de Isla Cristina. También trabajé cargando cajas de pescado en la lonja. No se me caen los anillos”.
Y después de cerrar el pub a las tres de la madrugada, todavía le quedaban fuerzas para irse de fiesta con los amigos. “Yo tenía energía para trabajar, para divertirme y para vivir”.
José Antonio habla muchísimo de las personas que se fue encontrando por el camino. Y cuando lo hace, queda claro que buena parte del sacerdote que es hoy nació precisamente ahí: en el contacto directo con la gente.
“He aprendido de cada persona”. Lo dice convencido. Sin postureo. Como alguien que de verdad sigue sintiéndose alumno de la vida.
Por eso insiste tanto en algo que considera fundamental para ejercer su trabajo: las habilidades humanas. “¿Cómo entra uno en la habitación de una persona que se está muriendo y una familia destrozada si no tiene habilidades sociales?”.
La pregunta se queda suspendida en el aire unos segundos. Y enseguida responde él mismo: “Eso no se estudia en las aulas. Eso es lo que se aprende viviendo y estando atento a todo y a todos”.
Ahí vuelve a aparecer otra vez ese sacerdote terrenal, muy poco dado a los discursos impostados y muy consciente de que acompañar a las personas exige muchísimo más que teoría.
Cuando terminó el seminario comenzó una etapa decisiva para él. Primero ejerció como diácono en Isla Cristina mientras el párroco de su pueblo se recuperaba de una operación. Después lo fueron enviando a distintas parroquias para aprender junto a sacerdotes mayores.
Y de todas aquellas experiencias hay una que recuerda especialmente: la barriada de Pérez Cubillas en Huelva. Una barriada humilde marcada entonces por la droga, la pobreza y las dificultades sociales. “El contacto con realidades duras fue desde el principio”.
Después llegaron Aracena, Cala, Alosno y otros destinos que terminaron moldeando su forma de entender la vida y el sacerdocio.
José Antonio habla constantemente de personas reales. Con nombres y apellidos. Habla de dolor real. De problemas concretos. De familias. De jóvenes rotos. De acompañar sin juzgar.
Cuando regresó definitivamente a Huelva lo hizo por un motivo muy concreto: su madre enfermó. Durante dos años prácticamente vivió entre ingresos y altas médicas en el Hospital Vázquez Díaz mientras compaginaba el cuidado familiar con su trabajo pastoral en la barriada de Pérez Cubillas.
Ahí ya ejercía como párroco. El barrio había cambiado muchísimo respecto a sus primeros años allí. Había aumentado la población migrante, los problemas sociales seguían siendo muy duros y la coordinación vecinal se convirtió en una herramienta fundamental para intentar mejorar la vida cotidiana de muchas familias.
Cuenta que existía una coordinadora de barrio formada por distintos colectivos donde cada uno aportaba lo que sabía hacer. Vivienda. Infancia. Salud. Drogodependencias. Formación. Alimentación.
Todos trabajaban conjuntamente.
Y ahí vuelve a aparecer otra de las ideas que más repite durante la entrevista: la parroquia no puede funcionar como un poder aislado. “La parroquia no es el centro del mundo. Somos una parte más de la sociedad”. Lo dice con absoluta naturalidad, pero dejando muy clara su forma de entender el sacerdocio enormemente abierta y poco rígida.
De hecho, insiste mucho en que una de las cosas más importantes que aprendió tanto en las misiones como en barrios humildes fue precisamente eso: convivir y trabajar con todo el mundo independientemente de sus ideas o creencias.
“No se trata de dividir. Se trata de sumar”. Lo tiene clarísimo.
En Huelva desarrolló varios proyectos de gran calado, pero llegó el momento de recibir la noticia de su traslado. Y ahí aparece el José Antonio perfeccionista, cabezón y tremendamente implicado que no soporta dejar proyectos a medias.
Y precisamente esa sensación de “tener cosas sin terminar” fue una de las razones por las que le costó marcharse de Pérez Cubillas cuando en 2018 recibió el destino de Punta Umbría.
José Antonio aterrizó en Punta Umbría en agosto. Su traslado con urgencia se debió a su experiencia gestionando conflictos complejos y a su capacidad para calmar ambientes muy tensionados.
Dice sentirse muy querido y muy bien acogido por la gente del pueblo. Y cuando explica cuáles son sus prioridades pastorales aquí, vuelve a dejar muy claro qué tipo de sacerdote es. “Mis prioridades son los niños y los enfermos”. Los niños, porque todavía están formándose y cree profundamente en la necesidad de transmitir valores en un mundo que define como “muy complicado”.
Y los enfermos porque son vulnerables.
José Antonio conoce prácticamente al detalle la situación de muchísimos enfermos de Punta Umbría gracias a una red de visitadores creada hace décadas por las Hijas de la Caridad. Personas que recorren calles y bloques manteniéndose pendientes de quienes atraviesan situaciones delicadas. Él recibe constantemente esa información. Sabe quién está ingresado. Quién vuelve a casa. Quién necesita compañía. Quién necesita simplemente ser escuchado.
Y entonces habla de una de las cosas más difíciles de su trabajo: aprender a convivir con el dolor sin dejarse arrastrar por él.
Dice que aprendió hace años a “compartimentar” emocionalmente cada situación. “El secreto está en no poner el foco en el lugar del que vienes… sino ponerlo en a dónde vas”.
Y probablemente esa frase resuma muy bien cómo ha conseguido sostener durante tantos años un trabajo emocionalmente tan duro.
Porque además de ser párroco de Punta Umbría, José Antonio coordina buena parte de la Pastoral Social y Promoción Humana de la diócesis de Huelva.
Cuando empieza a enumerar responsabilidades, cuesta incluso seguirle el ritmo. Coordina equipos de Cáritas de toda la provincia, proyectos de atención a migrantes, pastoral penitenciaria, pastoral de la salud, casas de acogida para enfermos, menores, mujeres maltratadas y personas sin hogar, además de la coordinación de capellanes hospitalarios.
Y, sin embargo, lo cuenta todo desde una naturalidad absoluta. Sin solemnidad. Sin darse importancia.
Hay un momento de la conversación en el que José Antonio deja de hablar como párroco y empieza a hacerlo simplemente como una persona profundamente convencida de cuál debería ser el verdadero sentido de la Iglesia. “Una Iglesia que no tiene la rama de la caridad y del servicio al necesitado no tiene sentido”.
Y enseguida remata con otra frase que probablemente resume perfectamente toda su forma de entender el sacerdocio: “Yo no me he hecho cura para decir misa”. Ni para las ceremonias. Ni para el protocolo. Ni para la foto.
José Antonio habla constantemente de presencia, compañía y consuelo.
De entrar en una habitación de hospital para que alguien no se sienta solo.
De acudir a un asentamiento chabolista simplemente para escuchar.
De acompañar a personas sin tratar de imponerles nada. “Nosotros no vamos a los sitios a adoctrinar”.
José Antonio tiene esa capacidad de introducir humor incluso en medio de los relatos más duros. Quizá porque sabe perfectamente que sin humor sería imposible sostener emocionalmente todo lo que vive. Porque sí, reconoce que muchas veces siente frustración. Sobre todo cuando no llega a tiempo. Cuando faltan recursos. Cuando alguien pierde absolutamente todo y aun así no consiguen ofrecerle una solución inmediata.
Lo que más le rompe: los niños enfermos.
Cuando pasa por la planta de pediatría se le rompe completamente el discurso. “Eso humanamente no lo entiendo”. Y ahí ya no habla el sacerdote. Habla el hombre. El que sigue rebelándose ante el sufrimiento. El que todavía busca respuestas. El que sigue enfadándose con Dios algunas noches. Aunque después termine encontrando esperanza precisamente en esos mismos niños. “Ellos siguen sonriendo a pesar de todo”.
Asegura que su forma de descansar es “cambiando de actividad”.
Que duerme “como un bebé”.
Y cuando le pregunto por sus aficiones aparece otro José Antonio todavía más cercano y divertido. Le encanta compartir una mesa larga con conversación, risas, buena comida y buen vino. Es goloso y disfrutón.
Adora la música en prácticamente todos sus estilos: carnaval, flamenco, música clásica.
Y hay algo que le hace especialmente feliz: perderse. Literalmente.
Coger el coche sin rumbo, conducir durante horas y terminar descubriendo un rincón nuevo. Aparcar. Caminar. Mirar. “Tenemos maravillas en Huelva”. Lo dice con auténtica pasión.
Y probablemente ahí vuelve a aparecer otra de sus grandes características: el amor inmenso que siente por sus raíces. De la costa. De la gente abierta. Del olor a mar. De los pueblos donde todavía se conoce todo el mundo.
Y entre todas las personas importantes de su vida menciona especialmente a Paco Echevarría, un sacerdote al que considera uno de sus grandes referentes y al que define como su particular “Betania”, ese lugar simbólico donde Jesús descansaba.
Después la conversación entra en terrenos mucho más delicados. La Iglesia. Sus contradicciones. Sus resistencias. Sus heridas…
Y José Antonio vuelve a hablar con una transparencia sorprendente. Dice que lo mejor de la Iglesia es “la caridad y el Espíritu Santo”. Y lo peor: “Los intereses personales, las envidias y el egoísmo”.
También habla sin esquivar ninguno de los grandes debates actuales.
Sobre la homosexualidad habla desde una posición enormemente humana y poco habitual dentro de ciertos discursos eclesiásticos. “No soy quién para juzgar el amor”. Defiende una Iglesia inclusiva, abierta y acogedora.
Y aunque reconoce que existen normas que debe obedecer, también deja clara su postura personal. “Donde hay amor, ahí está Dios”.
Después habla de otro asunto que considera prioritario: el papel de la mujer dentro de la Iglesia. Y ahí también se muestra crítico. “Todavía queda muchísimo camino”.
José Antonio no intenta aparentar perfección. Ni siquiera intenta parecer un cura “correcto” constantemente. Y probablemente ahí esté buena parte de lo que lo hace tan cercano.
Al final de la conversación le pregunto si es feliz.
Ni siquiera se lo piensa: “Sí. En todos lados”.
Y entonces, después de horas escuchándolo hablar de la vida, una termina comprendiendo que quizá la gran vocación de José Antonio Sosa nunca fue únicamente la de ser sacerdote.
Su verdadera vocación parece ser otra mucho más sencilla y mucho más difícil al mismo tiempo: acompañar.
Acompañar sin invadir.
Escuchar sin juzgar.
Estar. Simplemente estar.
Porque José Antonio no habla desde un altar. Habla desde la vida. Desde las personas rotas. Desde los enfados con Dios. Desde la mesa compartida. Desde el abrazo.
Y mientras lo escuchaba reírse, recordar, emocionarse y volver a reírse, tuve la sensación de estar delante de alguien que ha entendido que la felicidad no siempre tiene que ver con una vida perfecta, sino con una forma concreta de mirar el mundo.
Mirarlo con agradecimiento. Con curiosidad. Con ternura. Y sin dejar que el dolor termine endureciendo el corazón.
Quizá por eso José Antonio transmite tanta paz cuando habla.
Y quizá también por eso, cuando se marcha, ocurre algo extraño.
La casa se queda más callada. Más quieta. Como cuando termina una sobremesa hermosa y nadie tiene demasiadas ganas de recoger la mesa todavía.
Y entonces entiendes que José Antonio no deja recuerdos grandilocuentes ni discursos memorables.
Deja algo muchísimo más difícil de conseguir. Deja paz.
En esa forma tan suya de ir por la vida:
sin solemnidad, sin dureza, sin ruido,
pero dejando siempre algo bonito en los demás.
Y entonces una entiende que hay personas que dejan algo bueno incluso después de irse.
Algo difícil de nombrar.
Pero muy fácil de sentir.










