Nació en Isla Saltés, perdió a dos hijos y al gran amor de su vida, pero jamás dejó de encontrar motivos para sonreír. A sus cien años, Amparo Durán sigue aferrada a la alegría, al gazpacho, al café, al amor de los suyos y a la fe

Por: Ana Hermida
Fui invitada al cumpleaños de Amparo Durán sin imaginar que aquella tarde acabaría convirtiéndose en uno de esos días que se quedan contigo durante mucho tiempo. El salón de Casa Carmelo estaba vestido para la ocasión: flores, globos, fotografías, abrazos y un menú muy especial preparado con el cariño que solo se pone cuando lo que se celebra es verdaderamente importante. Porque no todos los días se cumplen cien años. Y mucho menos se cumplen como los ha cumplido Amparo.
En el centro de aquella mesa interminable estaba ella.

Pequeña, pero hermosísima. Perfectamente peinada. Sonriente. Observándolo todo con esos ojos vivarachos de quien sigue teniendo curiosidad por la vida y muchísimas ganas de continuar exprimiéndola.
A su alrededor ocurría lo que ocurre en las familias felices: varias conversaciones al mismo tiempo, nietos y bisnietos entrando y saliendo, camareros cruzando platos, bromas que se pisan unas a otras, ruido de cubiertos, carcajadas y ese pequeño caos maravilloso que solo existe donde hay amor de verdad.
Pero entonces pude ver algo que llamó poderosamente mi atención.
Cada vez que Amparo se disponía a decir algo, todos callaban. Y no porque levantara la voz. Todo lo contrario…
Amparo habla bajito, obligando a quien quiere escucharla a acercarse a ella. Habla despacio, con una dulzura infinita y un discurso cargado de sentido, de memoria y de verdad. Y allí estaban todos, inclinándose ligeramente hacia ella para no perderse ni una palabra. De repente, solo se escuchaba aquella voz suave y todas las miradas terminaban posadas sobre la abuela Amparo.
Ahí entendí perfectamente quién es ella para los suyos.
La escuchan porque todavía aprenden de ella. Porque saben que en esa mujer dulce, coqueta y luminosa de cien años hay una vida entera de amor, dignidad, humor, dolor y fortaleza. Como si todo lo que Amparo dijera siguiera teniendo categoría de enseñanza.
Todos la adoran. Pero no hace falta que nadie lo diga. Se nota constantemente. En cómo le hablan. En cómo la miran. En cómo celebran cada ocurrencia suya como si acabara de pronunciar la frase más ingeniosa del mundo. En cómo la corrigen con ternura cuando la memoria le juega alguna pequeña trampa. En cómo no la dejan descansar ni un minuto porque todos quieren sentarse a su lado, tocarla, besarla, hablar con ella o simplemente escucharla reír.
Y es imposible no entender por qué.
Amparo tiene una dulzura que te deja pegada. A mí me pasó. También una alegría luminosa que se le escapa incluso cuando permanece callada observando todo lo que ocurre a su alrededor. Conserva una lucidez extraordinaria, una capacidad asombrosa para expresarse y una memoria viva que aparece y desaparece a ratos con muchísimo sentido del humor. Tiene la piel aterciopelada, una sonrisa preciosa y esa risa contagiosa de las personas que hacen que uno tenga ganas de quedarse un poco más a su lado.
Amparo es, simple y claramente, una disfrutona.
Coqueta hasta el extremo. Vitalista. De las que han exprimido todo lo bueno que la vida les ha ido dejando por el camino. Le gusta arreglarse, comer bien, jugar al parchís, reírse y, sobre todo, que la hagan reír. Adora el gazpacho, el café, el puchero, las tostadas y, ojo al dato, las chucherías saladas tipo gusanitos, que devora como una niña pequeña.

Y todavía hoy mantiene intacta esa vena juguetona y traviesa que tanto divierte a su familia. Disfruta llevando al límite de la paciencia a Pepe, el marido de su nieta Amparo, provocándolo con humor y observando después, entre risas, cómo él intenta mantener la calma. A ella le parece divertidísimo. Y a los demás también.
Pero entre risas y pequeños piques familiares aparece también una de las cosas más bonitas que habitan en Amparo: su obsesión por la justicia dentro de la familia. Ha pasado la vida pendiente de que nadie de los suyos se sienta menos querido que otro, de que nadie se quede atrás, de que todos reciban exactamente el mismo cariño, la misma atención y hasta los mismos regalos.
Y quizá por eso los suyos la miran como la miran. Como quien sabe perfectamente que está sentado al lado de alguien irrepetible.
Detrás de aquella celebración de cumpleaños estaba Carmelo, ahijado de Amparo, que junto a María, su esposa, quiso reunir a toda la familia en su restaurante para regalarle una sorpresa a la altura de una vida tan larga y tan ejemplar. Entre toda aquella emoción apareció también José Antonio Sosa, sacerdote de la localidad y una persona muy importante para ella.
Porque si hay algo que ha sostenido la vida de Amparo, además del amor, el sentido del humor y las ganas de disfrutar, ha sido la fe.

Nació el 8 de mayo de 1926 en Isla Saltés, cuando aquel mundo era todavía un territorio humilde de chozos, huertos, cabras, marismas y noches oscuras. Allí pasó su infancia. Allí aprendió a trabajar. Allí aprendió también a no tenerle miedo a la vida.
Recuerda perfectamente aquellas dos semanas en las que su padre sacó a toda la familia de casa para dormir en el campo. Eran tiempos de guerra y habían bombardeado un barco de dragas al confundirlo con un buque de guerra. El miedo se extendió rápidamente entre los habitantes de la zona y, por las noches, abandonaban la vivienda para refugiarse entre cañas y matas, en un chozo improvisado que levantó su padre para protegerlos.
“Nos llevábamos las mantas y allí dormíamos”.
Lo cuenta sin dramatismo, con la serenidad de quien aprendió demasiado pronto que la vida puede cambiar de un momento a otro.
Sin embargo, cuando habla de su infancia no habla desde la tristeza.
“Gracias a Dios lo pasé muy bien”, comenta Amparo con una enorme sonrisa en la cara.
Sus padres le dieron muchísimo cariño. Nunca pasaron hambre porque tenían huerto y su padre sembraba de todo: chícharos, habas, acelgas, alcauciles. La vida era humilde, pero digna.
Amparo pronto dejó claro que era una mujer valiente y capaz de todo.
Con apenas 18 o 19 años cruzaba sola desde Isla Saltés hasta Punta Umbría en una patera para vender leche después de que su padre se accidentara partiéndose varias costillas. Ella ordeñaba las cabras, las buscaba, las encerraba y luego remaba sola hasta el pueblo.
“Mi padre decía siempre a todo el mundo: ‘A mi hija mirarla como la miran mis ojos’”.
Y nadie se metió jamás con ella. «Todo el mundo me respetaba«.
A los 19 años salió definitivamente de Isla Saltés para casarse con Fortunato Castilla, guardia civil. Habla de él con una emoción todavía intacta más de veinte años después de su muerte.
“Mi marido fue muy bueno conmigo. Buenísimo”.
La frase se le escapa varias veces durante la entrevista. Adoración pura.

Fortunato, o como todos lo conocían, Castilla, era un hombre recto, disciplinado y profundamente honesto. No aceptaba regalos de nadie. Si algún vecino intentaba agradecerle algo por cualquier cuestión relacionada con su trabajo, él lo rechazaba. Decía que su familia vivía de su sueldo y que no necesitaba nada más. Aquella honestidad marcó profundamente la educación de todos sus hijos.
Pero Amparo recuerda otra cualidad de Castilla que cambió especialmente su propia vida: la defensa de la libertad bien entendida.
Fortunato no solo fue un marido bueno. También fue un hombre que entendió algo poco habitual para aquella época: que querer a alguien no significa encerrarlo.
Amparo disfrutó muchísimo de esa libertad.
Ella se arreglaba, se pintaba los ojos, se hacía las uñas, salía con sus amigas, paseaba, organizaba planes y vivía con alegría. Y él la miraba orgulloso y feliz.
“Me decía: vete con tus amigas. Tú no te quedes sola en casa. Y yo me lo tomaba al pie de la letra”, recuerda riéndose.
En el cuartel de Punta Umbría nacieron sus tres hijos: Tomás, Mari y Vito. Los crio prácticamente enlazando un embarazo con otro. Les dio el pecho durante meses y levantó su casa con una mezcla de disciplina, ternura y muchísimo sentido común.
Nunca necesitó imponer grandes castigos. Cuando alguno de sus hijos metía la pata, bastaba con una mirada. “Mira que te miro y no te veo”, les decía… Y con aquella frase y una simple expresión levantando las cejas era más que suficiente.
Quería hijos educados, respetuosos y buenos. Defendía que “el arbolito de chiquitito… que de grande no hay quien lo enderece”. Y lo consiguió.
Pero la vida terminó golpeándola donde más duele.
Primero murió su Tomás, con tan solo 33 años, de un infarto fulminante. Diez años después falleció Vito, también de un infarto, con apenas 42 años.
Dos hijos.
Dos veces.
Dos abismos.

Y después llegó la muerte de Fortunato, el hombre del que todavía sigue hablando en presente.
Cuando se le pregunta qué pérdida le dolió más, responde sin dramatismos:
“Todas iguales”.
Ahí aparece la dimensión verdadera de Amparo. Su capacidad para seguir adelante sin endurecerse. Para no llenarse de amargura. Para conservar intacta la dulzura después de tanto dolor.
La fe ha sido y sigue siendo su refugio.
Recuerda que siempre ha ido a misa diariamente, que ayudaba en la iglesia, que repartía leche entre familias necesitadas y que pasó durante décadas la canastilla en misa. Todavía hoy sigue recibiendo la comunión en casa. Sus nietas cuentan que algunas noches, a altas horas de la madrugada, la escuchan rezar y pedirle a Dios salud para ella y para todos los suyos.
Sus nietas le dicen entre bromas: «Abuela, pide salud para nosotros, que estamos viendo que a este ritmo te vas a quedar sola en el mundo«. Ella ríe mientras las mira con ternura.
“Es la matriarca, siempre nos ha dado muy buenos consejos y sobre todo nos ha cuidado por encima de todo. Nosotras, mi hermana y yo, podemos decir que tenemos dos madres. Afortunadas nosotras…”, dice emocionada su nieta Amparo.
Y es que, a día de hoy, para todos los suyos, Amparo no es solo un referente. Es también la persona con la que tienen las risas aseguradas.
Cada tarde juega al parchís con su hija después de merendar café con tostadas. Y sigue empeñada en no sentirse vieja.
Cuando le pregunto directamente si se considera una anciana, responde convencida: “No estoy vieja. Solo me flojean un poco las piernas”.
Por eso se resiste a acostumbrarse a la silla de ruedas… “Vaya que me acostumbre y luego no pueda andar”. Genio y figura…
Y ahí vuelve a aparecer ella entera.
La mujer fuerte. La coqueta. La creyente. La divertida. La madre. La abuela. La bisabuela. La disfrutona. La niña que sigue escondida dentro de esa mujer de cien años que todavía mira la vida con ganas e ilusión.
Hoy Amparo tiene siete nietos y nueve bisnietos. Y todos parecen moverse alrededor de ella como quien protege algo extraordinariamente valioso.
Quizá porque, sin darse cuenta, Amparo lleva cien años enseñándoles que el secreto de la eterna juventud nunca estuvo en el tiempo.
Sino en el amor.










