Huelva le rinde homenaje en la categoría de ‘Familia y Trabajo’. Conocemos a la mujer que hay detrás de ese reconocimiento

En la caseta de Fariña, la única con nombre propio de todo el recinto colombino, hay una noche al año en la que Huelva se detiene a mirar a sus mujeres sin preguntarles antes a qué se dedican ni a quién representan. Este jueves 30 de julio, un jurado de once personas entregará ocho galardones a mujeres que, según la propia filosofía del premio impulsado por Jesús de Fariña, encarnan unos valores a través de su forma de estar en el mundo. En la categoría de ‘Familia y Trabajo’, ese reconocimiento tiene este año el nombre de Ana Zarza Vázquez.
Parece que esta categoría se haya creado pensando en Ana Zarza. Su trabajo, el de verdad, no se ha medido nunca en horas de despacho, sino en todo lo que su entrega ha permitido construir a su alrededor. Mientras ella se quedaba en casa, Eugenio, su marido, pudo volcarse en hacer crecer su despacho de abogados, y sus hijos crecieron con su madre siempre cerca, sabiendo que alguien sostenía, en silencio y sin pedir nada a cambio, los cimientos de todo lo demás.
Para entender por qué Huelva la sube a ese altar particular, hay que remontarse a una tarde de infancia: tenía apenas doce o trece años cuando Eugenio la vio por primera vez, sirviendo mesas con delantalito blanco en una cena benéfica en Valverde del Camino. Él, un chaval algo mayor, no le quitaba ojo. Le faltó tiempo para confesarle a un primo de Ana que ella le gustaba, y la respuesta fue tajante: que aquello no era para tontear, que «como te pases, el tío Pedro coge la escopeta«. La advertencia llegó tarde: Eugenio ya estaba atrapado sin remedio por el magnetismo de Ana, y como de los cobardes nunca se escribió nada, se lanzó a la aventura sin pensárselo dos veces…

Ana nació el 24 de febrero de 1967, es Piscis y muy piscis: sensible, romántica, alegre y tremendamente sociable —es como un lindo cascabel, la alegría la lleva por delante a modo de carta de presentación—, una auténtica esponja emocional que siempre antepone las necesidades ajenas a las propias. Es la segunda de cinco hermanos. Su hermano Pedro murió con cuarenta y seis años, y de él habla con una devoción que no disimula: «para mí, mi hermano era un bálsamo tremendo«, dice, describiéndolo como «un ángel«.
Estudió Derecho casi por mimetismo con Eugenio —su verdadera vocación era ser profesora de inglés—, aunque nunca llegó a disfrutar de la carrera, pues nunca le gustó. Se casaron cuando ella tenía veinticinco años, en una boda que recuerda como uno de los días más felices de su vida: «para mí era como tocar la libertad con las dos manos«. Tuvieron tres hijos, Ana, Eugenio y Pablo, y durante los primeros años de su matrimonio ella siguió trabajando en el despacho de Eugenio, hasta que, con la economía ya más estable, tomaron juntos una decisión que marcaría el resto de su vida: sería Ana quien dejara el despacho para volcarse por completo en su familia. No fue una renuncia resignada, sino una elección compartida, pensada para el beneficio de todos.
Como madre reconoce haber sido cariñosa pero también estricta. Hay una costumbre suya que no falla nunca: ni un beso de buenas noches se queda sin dar. «Soy tirando a muy pegajosa, muy besucona«, confiesa entre risas, «no duermo contenta y feliz si los míos no me dan el beso de buenas noches«. Y así sigue siendo hoy, con Pablo, el menor de sus tres hijos, que siendo el único que queda en casa, ya con veintitrés años cumplidos, mantiene la costumbre por prescripción maternal.
Hoy tiene además dos nietas, Ana y Laura, con una tercera, Julieta, en camino, y no conoce la pereza a la hora de prepararles purés caseros, aunque sí admite el cansancio de sostener una casa grande en el campo con gallinas, canarios, perros, gata y acuario —»el arca de Noé, al lado de mi casa, es un juego de niños«, bromea—. Se define muy positiva, capaz de mostrar buena cara incluso en los peores momentos: tras la muerte de su hermano, recomponía la compostura antes de que sus hijos volvieran del instituto. Un día, Pablo le preguntó por qué había dejado de pintarse los ojos de verde, y le confesó con tristeza que le gustaba que se los pintase «porque se nota menos que has llorado«. Desde entonces se los pinta de forma exagerada, algo que sigue haciendo hoy.

Se declara «diplomacia cero«, incapaz de fingir o disimular, y reconoce competir constantemente consigo misma en busca de su mejor versión, ya sea en la cocina, donde nunca sigue una receta al pie de la letra, o en cualquier otra tarea. Volvería a repetir su vida entera, asegura, especialmente su matrimonio con Eugenio: «para mí Eugenio lo es todo… es mi persona«.
Cuando le llegó la noticia del premio, su primera reacción fue de vergüenza, convencida de que lo que ha hecho con su vida no es ninguna hazaña. Fue su marido quien tuvo que insistirle para que lo aceptara. Y ahí, en esa dificultad tan suya para reconocerse el mérito, está quizá la clave de toda su historia: una mujer de agua, de piscis, de corazón desbordado, que ha pasado la vida entera dándolo todo por los suyos sin darse cuenta de que se ha convertido en el pilar silencioso de toda una familia feliz. Ana no necesitaba una caseta en Colombinas para saberlo: lo sabe cada noche, cuando Pablo entra a darle su beso.
Si quieres conocer a fondo la historia de Ana Zarza —su infancia, su historia de amor con Eugenio, su etapa en el despacho y mucho más— puedes leer el reportaje completo aquí: https://periodicospuntocero.com/2026/07/ana-zarza-todo-corazon-la-alegria-y-la-entrega-que-huelva-premia-este-ano/











