Ana Zarza, todo corazón: la alegría y la entrega que Huelva premia este año

Huelva le rinde homenaje en la categoría de ‘Familia y Trabajo’. Conocemos a la mujer que hay detrás de ese reconocimiento
Ana Zarza, tal y como la conoce todo el que se cruza con ella: sonriendo.

En la caseta de Fariña, la única con nombre propio de todo el recinto colombino, hay una noche al año en la que Huelva se detiene a mirar a sus mujeres sin preguntarles antes a qué se dedican ni a quién representan. Este jueves 30, entre mesas redondas y la actuación de Las Niñas de Pata Negra, un jurado de once personas entregará ocho galardones a mujeres que, según la propia filosofía del premio impulsado por Jesús de Fariña, encarnan unos valores a través de su forma de estar en el mundo. En la categoría de ‘Familia y Trabajo’, ese reconocimiento tiene este año el nombre de Ana Zarza Vázquez.

Parece que esta categoría se haya creado pensando en Ana Zarza. Porque su trabajo, el de verdad, el que le ha llevado toda una vida, no se ha medido nunca en horas de despacho ni en juicios ganados, sino en todo lo que su entrega ha permitido construir a su alrededor. Mientras ella se quedaba en casa, Eugenio, su marido, pudo volcarse por completo en hacer crecer su despacho sin mirar el reloj, sus hijos crecieron con su madre siempre cerca, y hoy, ya adultos, ejercen su propia profesión con la misma tranquilidad con la que fueron criados: sabiendo que alguien sostenía, en silencio y sin pedir nada a cambio, los cimientos de todo lo demás.

Para entender por qué Huelva ha decidido subirla a ese altar particular que es la caseta de Fariña, lo mejor es acercarse a ella sin prisa, como a ella le gusta vivir…

Tenía apenas doce o trece años cuando Eugenio la vio por primera vez, sirviendo mesas con delantalito blanco en una de aquellas cenas benéficas que se organizaban en la finca de Los Arenales, en Valverde del Camino, para ayudar a las Hermanas de la Cruz. Él, un chaval algo mayor, no le quitaba ojo. Ninguno de los dos podía imaginar entonces que aquella escena de infancia sería el primer capítulo de una vida entera juntos.

Hija de Pedro Zarza Vizcaíno y de Jacinta Vázquez Méndez, nació en la capital onubense, se crio en Valverde del Camino y regresó a Huelva para cursar sus estudios universitarios. Es Piscis, del 24 de febrero de 1967, y muy piscis. Sensible, romántica, alegre, divertida y tremendamente sociable —ella es como un lindo cascabel, la alegría la lleva por delante a modo de carta de presentación. A los dos minutos de entrar en cualquier lugar público, ya conoce vida y milagros de la camarera, del vecino de mesa, del señor que pasa por allí y del guarda de seguridad—, es también una auténtica esponja emocional, de esas personas empáticas que se preocupan genuinamente por los demás, siempre anteponiendo las necesidades ajenas a las propias. Le atrae el agua, el mar, la naturaleza, y busca en la gente que la rodea conexiones profundas y auténticas.

Es la segunda de cinco hermanos —tres mujeres y dos varones—. Su hermano Pedro, el siguiente en la fila tras ella, murió con cuarenta y seis años, y de él habla con una devoción que no disimula: «para mí, mi hermano era un bálsamo tremendo«, dice, recordando la complicidad que los unía desde niños. Lo describe como «un ángel«, y aunque no lo diga con esas palabras exactas, cualquiera que la escuche entiende enseguida que aquella pérdida es la herida más profunda que ha vivido, una que jamás se cierra del todo, y con la que ha aprendido a convivir sabiendo que siempre estará ahí, como recordatorio permanente de lo mucho que se puede llegar a querer a alguien.

De su infancia guarda pocos recuerdos, pero sí recuerda una casa gobernada con mano firme por su madre, Jacinta —a la que todos, por una confusión de nombres tan absurda como entrañable, llamaban Cinta—. Una matriarca que llevaba con precisión de contable la casa, el dinero y todo lo instrumental referente a sus cinco hijos. De esa casa salió una Ana decidida, ya de adulta, a poner en práctica con sus propios hijos una costumbre muy suya: ni un beso de buenas noches se queda sin dar. «Soy tirando a muy pegajosa, muy besucona«, confiesa entre risas, y añade sin ningún rubor que «no duermo contenta y feliz si los míos no me dan el beso de buenas noches«. Cuando alguno, ya en plena adolescencia, ha tratado de escaquearse del ritual por la vergüenza típica de la edad, ella se lo ha dicho sin rodeos: «no me quites eso, por favor, porque lo necesito para ser feliz«. Y así sigue siendo hoy, con Pablo, el menor de sus tres hijos y el único que todavía vive con Ana y Eugenio, que ya con veintitrés años cumplidos mantiene la costumbre por prescripción maternal.

De sus suegros, Miguela Macías y José Manuel Encina, habla siempre con enorme cariño y gratitud. Su suegra falleció hacía poco más de un mes en el momento de esta entrevista; su suegro, afortunadamente, aún vive. A Miguela la define, sin dudarlo, como «una segunda madre«: una mujer discreta, humilde, a la que nunca le gustó el protagonismo, y con la que Ana compartía esa misma discreción, esa forma de querer sin hacer ruido, y de la que además reconoce haberse nutrido de mucho más que de recetas de cocina.

El origen de su historia con Eugenio tiene su propia escena de comedia clásica: él le confesó a un primo de Ana, Juan Vázquez, que ella le gustaba, y la respuesta del primo fue tajante, casi de advertencia de otra época: que aquello no era para tontear, que si empezaba con ella tendría que ir en serio, «que como te pases, el tío Pedro coge la escopeta«. La advertencia llegó tarde y sirvió de bien poco: Eugenio ya estaba atrapado sin remedio por el magnetismo de Ana, y como de los cobardes nunca se escribió nada, el chaval, intrépido, se lanzó a la aventura sin pensárselo dos veces. Él tenía sobre catorce años, uno más que ella. El primer beso, que no llegó hasta pasado más de un año de noviazgo, fue robado y le costó a Ana una noche entera sin dormir del susto y del remordimiento propio de una educación estricta, un recuerdo que hoy le arranca la risa a carcajadas.

Ana besando a Eugenio, casi cuarenta años después de aquel primer beso robado.

Fue buena estudiante, con especial pasión por el inglés desde niña. De hecho, su verdadera vocación era ser profesora de ese idioma, pero su padre puso como condición viajar cada verano a Inglaterra mientras estudiaba, algo que no encajaba en absoluto con su deseo de no separarse de Eugenio. Así que, casi por puro mimetismo con su amor, terminó estudiando Derecho, la misma carrera que él. Nunca llegó a disfrutar de la carrera, ya que según reconoce sin rodeos «nunca me gustó«, aunque sus profesores le auguraban un buen futuro como abogado por lo reivindicativa y discutidora que era, comenta entre risas.

Tuvo un noviazgo largo con Eugenio Encina, de unos doce años, hasta que se casaron cuando ella tenía veinticinco. Recuerda el día de su boda como uno de los más felices de su vida: «para mí era como tocar la libertad con las dos manos«, dice. Fue una celebración multitudinaria. Al año siguiente nació su primera hija, Ana, y tres años después llegó Eugenio, los dos primeros de los tres hijos que tendría el matrimonio —el tercero, Pablo, llegaría más adelante—, fruto todos ellos de una clara vocación de formar familia: «queríamos ser padres… estábamos deseando«, recuerda.

Ana feliz rodeada de los suyos.

Durante unos años estuvo trabajando en el despacho de abogados —atendiendo el teléfono, gestionando citas, yendo al registro o a notaría— mientras criaba a sus dos hijos mayores allí mismo, entre papeles y demandas judiciales, apoyada por su suegra y por su cuñada Mari Loli, que regentaba una tienda de bebés pared con pared con el despacho familiar. Pero con el tiempo, y con la situación económica ya más estable, llegó el momento de tomar una decisión que marcaría el resto de su vida: sentados los dos, ella y Eugenio, decidieron que sería Ana quien dejara el despacho para volcarse por completo en la familia, apostando por no contratar a nadie externo que criara a sus hijos en su lugar. No fue una renuncia impuesta ni resignada, sino una elección consciente y compartida, pensada para el bien de todos: de los niños, que tendrían a su madre siempre cerca; de Eugenio, que podría centrarse en hacer crecer el despacho; y de la propia Ana, que encontró en esa entrega su forma particular de sentirse realizada.

Fue entonces cuando incorporaron a Rocío Sánchez en el despacho, una vecina que, más de veinte años después, sigue siendo parte esencial tanto del despacho como de la familia. «Para mí es una hermana«, dice sobre ella, a la que llama cariñosamente «Tata«. Hoy trabajan juntos en el mismo despacho Eugenio, su hija Ana —también abogada— y Rocío, convertida en secretaria de ambos. Su hijo mediano, Eugenio, no siguió el camino de las leyes: estudió un módulo superior de técnico forestal y encontró trabajo nada más terminar las prácticas. El pequeño, Pablo, licenciado en Derecho, prepara actualmente una exigente oposición.

Como madre reconoce haber sido cariñosa, pero también estricta cuando ha tocado corregir. Hoy tiene dos nietas, Ana y Laura, y espera la llegada de una tercera, Julieta, para septiembre. Cuidar de ellas se ha convertido en parte central de su vida. No conoce la pereza a la hora de prepararles sabrosos y nutritivos purés caseros, capaz de convertir la cocina en una fábrica de conservas por amor, aunque sí reconoce el cansancio de sostener una casa grande en el campo, con gallinas, canarios, perros, gata y acuario —»el arca de Noé, al lado de mi casa, es un juego de niños«, bromea—, un ajetreo que se multiplica en verano, cuando toda la familia desembarca en Punta Umbría y ella organiza los traslados que incluyen cantidades industriales de comida ya preparada en el campo, para que una vez en la playa pueda dedicarse a disfrutar sin mirar el reloj junto a sus hijos y nietas, porque a disfrutona, todo sea dicho, no hay quien la gane.

Ana posa para la cámara en su casa.

Nuestra Ana se confiesa dormilona y prefiere trasnochar antes que madrugar. Desde el confinamiento vive junto a Eugenio y su hijo Pablo —que prepara oposiciones— en su casa de campo en Navahermosa, una aldea de Beas colindante con Valverde. Hoy se define casi como «una ermitaña«, habiendo priorizado en este momento de su vida acompañar a su hijo menor en sus rígidas rutinas de estudio, sin dejar por ello de ejercer, a la vez, de abuela y de esposa.

Cuando le preguntamos cómo se siente como suegra, nos cuenta una curiosidad familiar que suena a puzzle bien resuelto. Afinen la atención que allá va: sus dos hijos mayores están casados con dos hermanos: su hija Ana está casada con Luis Santos Hinestrosa, hermano de Laura Santos Hinestrosa, mujer de su hijo Eugenio. Pablo, en cambio, mantiene un noviazgo de larga duración con una chica con apellidos diferentes, María González Ponce, aunque cuenta entre risas que, cuando se consumó la casualidad de sus dos hermanos casados con dos Santos Hinestrosa, él mismo llegó a preguntar en broma si quedaba alguna otra hermana disponible para completar la colección.

Ana aprendió de su propia suegra a ser buena suegra, y en ese sentido considera que a ella también se lo han puesto muy fácil: se siente muy afortunada por el cariño con que la tratan sus dos nueras y su yerno.

«Volvería a repetir mi vida entera«, asegura, especialmente su matrimonio con Eugenio, de quien habla con gran devoción: «para mí Eugenio lo es todo… es como mi hermano, mi amante, mi confidente. Es mi persona«. Cuando le preguntan qué es lo más importante para ella, responde sin dudar: «que los míos sean felices«.

Se define como una persona muy positiva, capaz de mostrar buena cara incluso en los peores momentos, y de eso ella sabe bastante: tras la muerte de su hermano pasaba los días llorando en casa, pero recomponía la compostura antes de que sus hijos volvieran del instituto, procurando que nadie notara nada. Recuerda que un día su hijo Pablo le preguntó por qué había dejado de pintarse los ojos de verde, y le dijo que a él le gustaba que se los pintara «porque se nota menos que has llorado«. Entonces ella empezó a pintárselos de forma exagerada, cosa que sigue haciendo. Ana lo cuenta hoy como la prueba más bonita de que en su casa, hasta en los días más difíciles, siempre hay alguien mirándola con atención y amor.

Su mayor miedo, sin duda, es la llegada de alguna enfermedad a la familia, una marca que dejó en ella el cáncer y la muerte de su hermano. En lo material se conforma con lo necesario para vivir bien, sabiendo que para ella, vivir bien es sinónimo de no escatimar en la mesa: mantener siempre la despensa llena, porque disfruta recibiendo en casa y agasajando a quien llega. Se declara amiga fiel y leal, con un grupo reducido pero muy estable desde la infancia —Lole Garrido, Pilar Miranda, Eva, Rocío Romero…—, amistades que cultiva activamente y que le reportan mucha felicidad.

Ana, disfrutando de uno de sus placeres favoritos: la buena mesa.

Aunque no se compara con nadie, sí reconoce competir constantemente consigo misma en cualquier tarea, siempre en busca de su mejor versión. Uno de sus peores defectos es «que soy diplomacia cero, como me decía mi padre«: es incapaz de disimular o fingir, algo que en más de una romería le ha costado algún que otro rapapolvo por parte de su marido.

Apasionada de la lectura, confiesa que cuando un libro la atrapa, y con lo intensa que puede llegar a ser, es capaz de devorar quinientas páginas en dos días, quedándose despierta la noche entera. La pasión también la lleva a los fogones, donde se niega a seguir una receta: prefiere tirar de creatividad y fiarse del instinto y del cariño, convencida de que ahí, precisamente, está el secreto de que todo salga bien.

Y quizá sea esa misma pasión la que ahora la ha llevado, sin buscarlo, a un reconocimiento que le da tanto pudor como ternura provoca en quien la conoce. Su primera reacción al enterarse fue de vergüenza, convencida de que lo que ella ha hecho con su vida no es ninguna hazaña. Fue su marido quien tuvo que insistirle para que aceptara el reconocimiento. Y ahí, en esa dificultad tan suya para reconocerse el mérito, está quizá la clave de toda su historia: una mujer de agua, de piscis, de corazón desbordado y diplomacia inexistente, que ha pasado la vida entera dándolo todo por los suyos sin darse ni cuenta de que se ha convertido en el pilar silencioso de toda una familia feliz. Ana no necesitaba una caseta en Colombinas para saberlo: lo sabe cada noche, cuando Pablo entra a darle su beso.

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