La esquina más querida de Punta Umbría tiene nombre propio: Curro Plana

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Sin proponérselo, este marinero convertido en poeta se ha ganado el cariño de todo un pueblo, que no duda en llamarlo «la mejor persona de Punta Umbría»
Curro Plana, tímido al iniciar la entrevista.

Por: Ana Hermida

La casa de Curro y Adelaida es, probablemente, la vivienda más admirada de todo Punta Umbría, no por su tamaño ni por su lujo, sino por algo mucho más difícil de fabricar: huele a Punta Umbría de verdad.

Sentados en su terraza de esquina, con el agua prácticamente a los pies y las barquitas meciéndose enfrente, Curro y Adelaida ven pasar a medio pueblo cada tarde, y medio pueblo, sin apenas excepción, para a saludarlos.

Aquella tarde de mediados de julio, mientras el sol iba cayendo poco a poco sobre la ría, esta cronista tuvo el privilegio de sentarse con ellos junto al huerto que Curro cuida a diario y rodeada por esos jilgueros que atiende con la misma paciencia con la que hace todo lo demás. La gente que pasaba por delante nos miraba con curiosidad discreta, preguntándose sin decirlo quién sería la visita de Curro esa tarde, porque en esa esquina todos conocen a todos, y esta que escribe, desde luego, no era una cara habitual por esos lares.

Curro y Adelaida, en el patio de su casa, durante la entrevista.

Francisco Plana Callejo —Curro o Currito para absolutamente todo el mundo— nació el 18 de septiembre de 1942 en Moguer, aunque llegó a Punta Umbría con apenas seis meses, en brazos de su padre, también Francisco, y por indicación de su tío Rafael de La Parra, que ya vivía en el pueblo y les convenció de que aquí se vivía muy bien.

Al llegar, su padre montó una tabernita y una pequeña tienda de comestibles, con la que salieron airosos de una época donde se vivía con lo puesto y poco más. De aquella taberna, una especie de choza levantada en la zona de la calle Coquina, donde entonces vivían, nació también el apodo familiar que Curro conserva hasta hoy: «Currito el del Palomar». El mote se quedó pegado no solo a él, sino a toda la familia, y con el tiempo incluso al propio terreno que hoy habitan, ya que pocos años después de llegar a Punta Umbría, los Plana se hicieron con unas tierras en la zona de la ría, junto a las llamadas casas baratas, en pleno pinar.

Currito es el único varón de cuatro hermanos —Encarnación, Dolores, él mismo y Trinidad, la más pequeña—, todos afincados hoy en el pueblo, y todos viviendo puerta con puerta. Fue, como él mismo reconoce entre risas, el niño mimado de la casa: «estaba rifado», dice, recordando cómo sus hermanas le atendían de mil amores cuando volvía a casa de trabajar siendo aun un niño.

Creció en ese Punta Umbría que hoy resulta casi imposible de imaginar: todo pinares, monte y cabras pastando donde hoy hay calles y casas, con burros cargando leña para las panaderías y hornillos de carbón repartidos por el paisaje. Su vida arrancó en la calle Coquina, para trasladarse años después a la zona en la que sigue residiendo la familia al completo a día de hoy.

Dejó la escuela con apenas diez u once años, aunque siempre reconoce que aprendió más de su padre —que les enseñaba a los cuatro hermanos cuentas y letras con cuaderno, pizarra, pizarrín y una vieja enciclopedia familiar— que de ningún maestro.

Empezó a trabajar con doce años en una fábrica de salazón, y poco después en la red, hasta que con catorce o quince se echó a la mar junto a su tío. Su padre nunca quiso que Currito se dedicara a la pesca: «la mar es para los pescados… el dinero está en tierra, hijo», le decía, una frase que Curro recuerda como pura sabiduría paterna, aunque terminó obviándola sin remedio, porque en aquel Punta Umbría de posguerra las opciones eran limitadas: «o eras albañil, o te ibas a la mar», explica resignado.

Con veinte años, tras una travesía hasta Marruecos, tomó la decisión que marcaría el resto de su vida laboral: comprarse su propio barco, el «Dos Hermanas», pagado poquito a poco, con la ayuda de su padre, que a pesar de sus reticencias iniciales le dio el mejor consejo posible: «ya que te has decidido por la mar, al menos trabaja para ti». Fue cambiando de embarcación por otras mejores, hasta que en 1972 compró la última, con la que faenó hasta su jubilación, pescando de todo: anchoa, arrastre, cerco, langostino, caballa… La mar, admite hoy con la distancia que dan los años, «es muy complicada y en ocasiones, muy mala», y guarda memoria de muchos sustos vividos, especialmente uno que no olvidará jamás: atrapado con el barco en la barra de Sanlúcar, con mar de fondo y un oleaje criminal, timón compartido a dos manos con otro pescador mientras otro tripulante lloraba de miedo a bordo. «Las piernas me temblaban más que unas alas», recuerda todavía. Allí pasó horas hasta lograr salir airoso, casi de milagro.

Retrocedemos un poco en el tiempo para ponerle el lacito rosa a este artículo. Le preguntamos a Currito cómo se inició en los asuntos amorosos, y su respuesta fue un largo silencio y una gran sonrisa dirigida a Adelaida que durante la entrevista se mantuvo sentada a su derecha con una dulce mirada de admiración hacia su esposo. Fue en un baile —en la plaza Pérez Pastor, entonces conocida como «La Esperanza»— donde conoció a una preciosa muchachita «muy pispireta», esa misma mujer que hoy comparte con él esta terraza sobre la ría. Él tenía veinticuatro años; ella, un añito menos. Le gustó a primera vista, cuenta Curro sin rodeos: le llamó la atención que era «buena gente y muy guapita», y resume aquel flechazo con una frase que sigue arrancando carcajadas en la pareja: «cuando la vi pensé inmediatamente: esta mujer va a ser la madre de mis niños». Y así fue. Pidió permiso a su suegro siguiendo la costumbre de la época, abordándolo a la salida del bar Los Caracoles. Tras contar con su aprobación, y con la de su futura suegra, disfrutó de un noviazgo fácil y cómodo, respaldado por ambas familias. Se casaron en el Casino de la Esperanza, en una boda sencilla y muy madrugadora, tras la cual se fueron de viaje de novios casi una semana, visitando Sevilla y Granada.

Muy pronto llegó su primera hija, Teresa, a los diez meses de casados —menos mal que no se adelantó el parto—. Mucho después, nueve años más tarde, llegaría María, que se hizo de rogar sin que mediara ninguna intención particular, aclaran entre risas. Teresa vive hoy muy cerca de la casa de sus padres, está casada y tiene dos hijos, Álvaro y Javier. María, por su parte, convive con los abuelos junto a su propia hija, también llamada María.

Currito se jubiló joven, con sesenta y un años, por incapacidad laboral debida a sus problemas en las cervicales. El cuerpo pasa factura cuando la vida ha sido dura y demasiado expuesta. Desde entonces, reparte su tiempo entre mil pequeñas rutinas que le hacen sentirse pleno: se levanta casi siempre de madrugada, entre las cuatro y las cinco, algo que Adelaida procura frenar con cariño, aunque sin mucho éxito. Cuida su huerto y sus jilgueros, sale a pescar cuando el tiempo y la salud se lo permiten, y saca sus herramientas de carpintería para hacer arreglitos en casa —es tan habilidoso en ese oficio que llegó a diseñar y construir una pequeña barquita, hoy atracada en la Cofradía de Pescadores del pueblo—. También hace sus cositas de albañilería y remienda redes, como en sus tiempos de marinero.

Currito reparando redes en el patio de su casa y charlando con todo el que pasa por allí.
Los amigos de Currito, junto a la barca construida por él, hoy atracada en la Cofradía de Pescadores.

Casi a diario visita «los Flojos», donde se toma unos vasitos de vino blanco con los amigos, una costumbre que da pie a una de sus anécdotas más celebradas y que más risas provocan en casa: Adelaida le pide siempre que no se entretenga, que la comida estará lista, y él, entre risas, admite que la promesa rara vez se cumple, porque «si el ambiente está bueno, ya no me acuerdo de nada y me tomo otro vasito». El desenlace, cuenta con su humor de siempre, suele ser siempre el mismo: llegar a casa y encontrar a Adelaida «con la escopeta cargá», a lo que él responde invariablemente con su frase favorita: «siempre son los mejores los que juegan la final».

Nuestro protagonista de hoy es, además, un cocinero de los que sorprenden: prepara con maestría pescado, arroz con patatas, raya al pimentón, pulpo e incluso congrio, para desgracia de su mujer, que no soporta ver a ese bicho entrar en casa. «Es un pescado oscuro y largo como una bicha. Feísimo. Le tengo prohibido que lo meta en casa, salvo que lo traiga ya limpio y cortado en rodajas», cuenta Adelaida debatiéndose entre la risa y el asco.

Y ya para terminar de sorprender, hay que decir que Currito, además de todo eso, escribe poesía desde hace años, con material suficiente reunido como para publicar un libro entero, aunque prefiere guardar sus escritos para él —»no quiero figurar», dice con modestia—. Ha dedicado versos a personas queridas y a la Virgen del Carmen, patrona de los marineros, a la que recita de memoria con auténtico sentimiento, describiendo la cuesta del Colmorán abarrotada de gente esperando ver a la Virgen camino de la playa, entre versos que piden a sus hermanas que la cuiden como a una madre.

El azulejo con la poesía de Curro que el Ayuntamiento colocó el año pasado frente a su casa, bajo el cual aparece, escrito a mano en un papel, el poema que ha dedicado este año.

Su pasión por la Virgen del Carmen le ha llevado a ser costalero durante casi veinte años, y a llevar también a sus hijas pequeñas en la procesión, aunque hoy se define en un terreno espiritual difuso: cree que «algo arriba tiene que haber», aunque no está seguro de la vida después de la muerte, y resume su filosofía con una frase sencilla: «nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos. Lo que hay después está por ver», cuenta mientras Adelaida lo mira de reojo con cara de asombro.

No teme tanto a morir —lo asume como algo que «tiene que venir un día»— como a la dependencia y la enfermedad: perder la autonomía es, confiesa, lo que de verdad le aterra. Le cambia la cara cuando habla de medicinas y enfermedad, y es precisamente ese miedo el que explica los pocos enfados que tiene en casa, casi siempre con sus hijas cuando insisten en que se tome la medicación pautada por el médico. «En temas de medicamentos es un rebelde», dice Adelaida con determinación.

En esas cosas prefiere no pensar, y pone el foco en lo que más ilusión le hace en el día a día: «levantarme y comprobar que toda mi gente está bien y cerquita».

No es hombre de besos ni abrazos efusivos, confiesa, pero tiene su propia forma de manifestar el amor, tan sencilla como definitiva: «la alegría con la que se mira a la persona que tienes frente a ti dice más que el abrazo que le puedas dar». Y es verdad que la de Curro es especialmente cariñosa y tierna, una mirada que abraza sin necesidad de brazos. Una mirada cautivadora. De esas que uno no olvida…

Cuando en febrero de 2020 Curro y Adelaida cumplieron sus bodas de oro, su sobrino Pepe Carrasquilla les dedicó unas palabras que hoy resumen, mejor que ninguna otra, lo que este matrimonio representa para toda la familia. Los definió como personas entrañables, humildes, bondadosas, sencillas, cariñosas, responsables, luchadoras, hospitalarias, respetuosas y amables: en definitiva, «muy fáciles de querer».

En ese mismo texto, el sobrino recordaba una escena de infancia «que retrata al Tío Curro de siempre»: una tarde cualquiera, «estaba yo jugando al balón en la puerta de casa junto a mi hermano y un primo, cuando de pronto apareció él, recién llegado de la mar, todavía con las botas de agua puestas y sin soltar el canasto de pescado, encadenó decenas de toques seguidos al balón, mientras lo mirábamos con la boca abierta». Fue, según comenta el propio Carrasquilla, el instante exacto en que Curro se convirtió en su héroe, un título que asegura que conserva intacto hasta hoy, aunque ya no por aquella proeza futbolística, sino por todo lo que vino después: «por verlo repartir su parte del pescado entre los marineros cuando las jornadas se alargaban tanto que ellos no lograban llevar jornal a casa, o por verlo regalar sin pensárselo el pescado que traía si alguien se lo pedía por el camino».

Mientras el sol termina de ponerse sobre la ría y alguien más pasa por delante para saludarlos, queda claro por qué esa esquina, con esas dos personas sentadas en ella, es la esquina más querida de todo el pueblo.

Unas palabras de Diego López, patrocinador de esta sección: 

Diego López (Propietario Bogo)

Por Diego lópez: «No tengo el gusto de conocer a Curro en persona, pero me han hablado de él como se habla de muy pocas personas: con esa mezcla de respeto y cariño que no se compra ni se finge. Dicen que es de los que saluda igual a todo el mundo, que nunca ha necesitado aparentar nada para ganarse el aprecio de la gente, y que su generosidad, lejos de ser un gesto puntual, ha sido una forma de vivir toda la vida. Ojalá tuviéramos más Curros en Punta Umbría. Es un honor, aunque sea a distancia, patrocinar la historia de un vecino que, sin proponérselo, se ha convertido en un ejemplo de lo que de verdad importa: la sencillez, la humildad y el cariño genuino por los demás.»

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